4/4/09

La magnitud de la nada

Seis de la mañana y todos arriba. Hemos perdido las inhibiciones, nos lavamos los dientes mientras hablamos, nos 'aseamos' sin ver al otro o tener conciencia de que el otro mira. En realidad nadie mira a nadie: hace un frío polar, cada cual está concentrado en sí mismo. El amanecer y el desayuno de Felisa invitan a partir.
El caserío de San Juan queda perdido en la polvareda; con el sol atrás avanzamos en línea recta por un desierto marrón. Parece tierra; no lo es. Son piedras minúsculas volcánicas, lo que ha quedado de una grandiosa explosión. Cada tanto se ven rocas inmensas de formas extrañas. Felisa explica que son las 'tapaderas de los volcanes', lo que salió y rodó con furia cuando la lava pugnó por salir. El Desierto de Siloli se extiende ante nosotros. Una eternidad de pedruzcos donde no crece nada, donde no vive nadie. Las montañas y volcanes a nuestra derecha marcan el límite con Chile. Algunos están nevados, otros tienen 'fumaderas' que caracolean contra el cielo azul. Rozamos los 5000 metros, nos acercamos al sol.

El jeep ya es una fraternidad. Las horas compartidas, la situación extrema y básica, y el lugar en donde estamos han creado una intimidad difícil de explicar. Es en las situaciones límites donde la gente se muestra desnuda, tal cual es, y allí estamos, noruegos, belgas y argentina mirándonos muy adentro, aceptándonos, riéndonos con las ocurrencias del francés Laurent, diciéndole sin tapujos shut up.
Los kilómetros del desierto empiezan a crear ilusiones. Dudo de lo que veo. Una montaña, un salar, un caserío, gente, un lago azul. Todo es inventado. Sin embargo, bajamos por un abrupto huellón de piedras y vemos una gran laguna verde. Esta vez es de verdad.

Durante varias horas recorremos una zona de lagunas inverosímiles. Verdes, turquesas, rojas, 'tumbe' (así dijo Felisa, y me encantó la manera de llamar al ocre). Si el aire está estático el universo que las rodea se refleja en ellas como en un espejo, si sopla el viento se vuelven locas, cambian de color y reflejan a la naturaleza en situación de caos. Metidas entre montañas, rodeadas de blanquísimo borax (un mineral que se exporta a Chile), el único ser viviente que las habita es el frozen flamingo, una variedad de flamenco color carmesí. Frozen flamingo, hasta los nombres en esta parte del mundo son grandiosos.
Almorzamos pollo, quínua y papas al sol y en camiseta, untados de sun creen al borde de la Laguna Hedionda.
La tarde doró 'Árbol de Piedra', una zona de gigantes rocas con formas lunáticas. La sensación es que cayeron de otro planeta.
-¿De dónde llegaron Omar?
-De lejos, miles de kilómetros tal vez. Rodaron o volaron hasta el desierto arrojadas por los volcanes.

El día en estos parajes se termina rápido, hasta el tiempo aquí sucede diferente. Buscamos la Laguna Colorada, un espectáculo de aguas granates rodeadas de bórax y llena de flamencos. Allá lejos, donde ya el sol no llega, en sombras, esta nuestro albergue. Al verlo nadie dice nada: difícil lo que nos espera. El frío arrecia, el viento aúlla, nos organizamos rápido. Entre todos compramos dos botellas de vino boliviano que milagrosamente llegó a la paupérrima tienda del albergue. Felisa nos da lasagna. No sé cómo hace. No me lo pregunto y me la como entera. Brindamos por el frío, brindamos por lo poco que se necesita para vivir, brindamos para que esa noche no se vuelen los techos, brindamos por lo que significa una ducha caliente, nuestra cama, calefacción y electricidad. Terminamos con chocolate, que se ha derretido durante el día y ahora está congelado. Otra vez las linternas de minero. Y sólo lavarse la cara, las manos y los dientes.

Mañana nos despertarán a las 4 de la madrugada, así que a las 8 estamos todos en la cama.

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