1/4/09

La aventura de llegar a Uyuni

Dicho y hecho: después de dormir mucho todo se aclara. Tempranísimo salté de la cama y decidí que me iba a Uyuni. Antes me compré una linterna de minero, de ésas que van calzadas alrededor de la cabeza. Es tan sofisticada que parezco un OVNI. Un botón y veo kilómetros hacia adelante, otro e ilumino a izquierda o derecha. También titilo, si quiero. Y si estoy en peligro me convierto en una espectacular valiza roja.
Con mi linterna nueva y una alta cuota de audacia tomé el bus a Uyuni. Audacia, sí. Tengo que reconocer ahora que 'el tema Uyuni' me provocaba bastante ansiedad. Mi hija Fran me lo había dicho: ma, el viaje es alucinante pero es extremadamente duro, no lo hagas sola. Fran me cuida. ¿Pero si no es ahora cuándo? Así que emprendí el viaje al remoto Uyuni, un pueblo de origen minero perdido en el sudoeste del altiplano boliviano. ¿Qué tiene Uyuni de especial? El desierto de sal más alto (3.650 metros) y más grande (12.000 km2) del mundo. Este espectacular universo blanco bastaría para justificar las 6 horas del terrible camino -encima está en reparación- en un bus destartalado, sin embargo hay más: desde Uyuni salen tours de tres o cuatro días que después de atravesar el salar se internan en desiertos volcánicos salpicados de formaciones rocosas fantásticas y de lagunas de colores inverosimiles habitadas por flamencos. La audacia de embarcarse en esta aventura es que se recorren aproximadamwente 1000 kilómetros en camionetas 4x4 por pistas inventadas y huellones entre enormes piedras, se pasa de calores sofocantes a 15 grados bajo cero, se sube varias veces hasta los 5000 metros, y los albergues (adonde uno llega agotado, lleno de tierra y con frío) son desmoralizadores: construidos con lo poco que se tiene a mano en esas soledades, parecen cárceles: habitaciones con 6 camas sin calefacción, un solo baño sin ducha de agua caliente, y una luz mortecina que gracias a un motor funciona de 7 a 9.
La cosa pintaba dura, ¿pero cómo no ir?
Ah, Bolivia... Tierra bellísima, pero tan pobre, olvidada. La aventura no empezó en Uyuni, sin embargo. Tres horas de marcha en un bus con las ventanas selladas y de pronto éste se paró. A esta altura yo ya tenía amigos con quienes habíamos decidido compartir el tour de Uyuni: Laurent, un francés completamente loco que sólo hablaba de su experiencia en la Isla del Sol (Titicaca) donde había pasado una semana tomando San Pedro (un cactus alucinógeno), y dos belgas: Geraldine y Laura. Entendimos que se había pinchado una goma; nos bajamos y descubrimos que el bus había perdido el tanque de gasolina. Pensé que nunca más volvería a alguna parte; me agaché y vi un tubo enorme que arrastraba por el suelo. El chofer no se desanimó: pidió a un cholo que lo ayudara, se metió debajo del bus, levantó el tanque con unas piedras, lograron encajarlo en su lugar y lo ataron con unas sogas. El chofer estaba todavía abajo del colectivo cuando dijo Todos los pasajeros arriba, ya está pues, nos vamos.
Aunque no se pueda creer, 4 horas después llegamos a Uyuni. Mis amigos y yo nos decidimos por Oasis Tour (100 dólares por persona, todo incluido), nos enteramos que nuestros otros dos compañeros eran dos noruegos (las camionetas llevan, además de su chofer y cocinera, a 6 personas) y exultantes nos fuimos todos juntos a cenar.
Es cierto que Uyuni es un pueblo que no vale nada. Lo dicen todas las guías, Routard, Lonely Planet, Rough Guides, Let's go, etc., etc. Sin embargo tiene algo especial, inolvidable: está tomado por gente muy joven de todas partes del mundo ansiosa por partir al fin del mundo, y por los alucinados que acaban de regresar. La energía en este punto perdido de la Tierra es brutal.
Me fui a dormir, conciente que temprano a la mañana emprendería una aventura sin igual. Y que durante 3 días no me bañaría. ¿Sobreviviría?

No hay comentarios: