6/4/09

El retorno del más allá

La palabra vacaciones es preciosa: viene de 'vagare', o sea estar ocioso, descansar la mente, el alma y el cuerpo. Sin embargo hoy en día el término se ha desvirtuado un tanto. Las vacaciones en estos tiempos son casi como una utopía, la ansiada situación perfecta, el clima justo, el deseo oculto de que suceda todo lo que nunca sucede, las maletas con ropa nueva, la agenda llena de eventos, fiestas y comilonas.
Por eso jamás digo que me voy de vacaciones; lo que yo hago es viajar. El viaje admite todo, las vacaciones no. ¿Cómo decir: me he ido de vacaciones y estoy agotada, demasiado delgada, lo único que deseo es una ducha caliente, un laundry donde lavar mis 3 mudas de ropa y una cama con sábanas blancas? Nadie entendería nada y me tildarían de idiota.
Viajo, diría un Descartes femenino, luego estoy molida. Algo así. Pero soy feliz. Ya llevo un mes viajando y compruebo que hay ciertas cosas que me llenan de placer. Las mañanas, cuando descubro que mi energía y mi curiosidad siguen intactas, mi cámara de fotos, las ganas constantes de escribir, los ratos que paso tecleando apurada en los cíbers, las charlas con la gente del lugar, los encuentros con viajeros de todas partes del mundo, las largas caminatas a través de montañas o por las callecitas de los pueblos, y hasta la quietud, el impagable ocio ('vagare'), de varias horas en un bus.

Me esperaban 6 horas de colectivo de Uyuni a Tupiza, último pueblo donde dormiría antes de cruzar a Jujuy, en Argentina. Sabía que la segunda mitad del camino era una belleza, y que Tupiza, metido en un valle verde y rodeado de espectaculares formaciones rocosas rojizas, era ideal para pasar unos días de relax después de tanto trajín. Así que allá me fui, cuando en Uyuni todavía no amanecía. Allá es la parada de colectivos, una esquina del pueblo llamada por todos 'terminal'.

Pufff, el bus. No es que elegí el peor: Predilecto, 11 de Junio, El Rápido; en Bolivia lo mismo da. Frío polar, polvo aunque las ventanas están selladas, asientos remendados con cinta de embalar, sucios los pisos, sucios los vidrios, sucio todo. Y el camino de cornisa y ripio. Pasaron un par de horas y todo a nuestro alrededor era desolación. Color gris. Todo gris. Paramos en un pueblo, Atocha, que recién se despertaba. El conductor dijo 40 minutos de espera. Espera de no sé qué, porque el bus ya estaba casi lleno. En el pueblo no había nada que hacer, salvo mirar las vías de un tren que no pasa más. Intenté infructuosamente encontrar un sitio donde tomar un té caliente: ni un bar tiene Atocha.

El bus volvió a arrancar. Al principio todo me pareció igual: el zarandeo, los bocinazos exagerados del chofer en cada curva cerrada. Pero al rato noté algo terriblemente desagradable. Lo diré sin vueltas: alguien se había cagado encima. No sólo se había cagado encima, el olor era como de alguien que venía cagándose encima desde hacía semanas. El viaje no duró 6, sino 8 horas. Al mediodía el calor y el hedor eran insoportables. Intenté de todas las maneras posibles abrir una ventana, pero no hubo caso. Opté por cubrirme la nariz y la boca con un pañuelo, tipo cowboy bandolero, pero el olor a cagadera estaba en todas partes.

Oh Bolivia, Bolivia, Bolivia...

El fértil valle cultivado y verdísimo de Tupiza, rodeado de fabulosas formaciones ocres que dejan diminutos a los Mallos de Riglos, en Huesca, es mágico. Lo recorrí a pie bajo el sol del mediodía a la mañana siguiente. Con el bus lo debo haber atravesado antes de llegar a Tupiza, pero a esas alturas, no sólo seguía con el pañuelo atado sobre mi nariz y mi boca, sino que tenía toda la cara cubierta con mi campera y estaba a oscuras.


Oh Bolivia, Bolivia, Bolivia... A pesar de todo te amo, te soy incondicional.



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