3/4/09

Donde el mundo se torna irreal

Todo es como un sueño, como un cuadro surrealista, como una infinita ilusión óptica, como un cuento de Bradbury, como mirar el mundo permanentemente haciendo la vertical. Ahí nomás de Uyuni un cementerio de locomotoras a vapor, vías muertas, la sensación de querer escapar y no poder ir hacia ninguna parte. Por Colchani accedemos al Salar. He estado en otros salares: el desierto de sal de Uyuni no se parece a ninguno, es único, poderoso, mágico.

Resplandece la sal encharcada, resplandece azul y trasparente el agua estancada. Los hombres hacen montoncitos de sal para que el agua drene, lo hacen a mano, con palas; algunos transitan entre los montoncitos en bicicleta. Más allá, la nada. La blancura que enceguece y el cielo sin nubes. Hace frío, hace calor. El salar es liso, no tiene límites, a veces el viento dibuja olas en la superficie. ¿Por qué buscamos la nada? ¿Por qué la fascinación que produce ser un punto oscuro en la infinita blancura?
-Dónde estamos, hacia dónde nos estamos dirigiendo, norte, sur, este, oeste- pregunto a Omar, el chofer.
-Hacia el sudoeste vamos. Hacia la frontera con Chile.
-Y cómo sabes la dirección, si todo se ve igual.
-Yo sé, yo conozco. Todos los caminos llegan al mismo sitio.

Arriba del techo de la 4x4 van dos tanques de gasolina, agua, las mochilas, las bolsas de dormir, cajas con víveres, una garrafa de gas y la cocina que usará Felisa -la cocinera- para prepararnos la comida.
Aunque el desierto de sal es llano, subimos. Ya estamos a 4000 metros, más kilómetros y llegamos a 4300. No podemos quitarnos los anteojos oscuros ni por un momento; es difícil con tanta luz sacar fotos. Sin embargo todo es una foto. Todo es una inmensa belleza. El blanco, su brillo y el cielo.

Al mediodía atisbamos una isla: una montaña verdinegra en medio del mar de sal. La isla -Inca Huasi se llama- está llena de cactus milenarios. Uno, enorme y todavía en pie, tiene un cartelito: murió en el 2001 después de vivir 1200 años. En la isla paramos a almorzar. Los 12 ó 15 jeeps de otros tours que salieron ese mismo día también paran allí. Me encuentro con Pedro el portugués, ése con quien compartí el eterno desayuno en la terminal de Puno y pensé que jamás iba a volver a ver. Qué abrazo nos damos. Subimos juntos a la cima de la isla; de pronto me siento mal. Muy mal. No puedo con tanta claridad, tanto aire liviano. Vomito, Dios, no debo enfermarme acá. Felisa me dice que es normal, que unos tecitos de coca me sentarán bien. Tomo litros de agua, no como nada, salteo la rotación democrática de asientos del jeep y me instalo adelante. Voy con la ventana abierta, de a poco me siento mejor. Las horas y el desierto de sal se acaban. Aparece la tierra. Pobre, desbastada, sembrada con quinua. Quinua seca, rala, medio marchita, sedienta. No se ve a nadie. El mundo está vacío.

Al atardecer llegamos a un caserío: San Juan. Las casas de adobe abandonadas, desmoronadas, las llamas y las vicuñas correteando por las calles de pueblo. Allí pasaremos la primera noche. En el albergue, sorpresivamente y pagando 7 bolivianos, me puedo bañar con unas gotas de agua caliente. Felisa se afana en la cocina semioscura preparando la cena. A las 7 se encienden las luces, se escucha ronroneando el motor. Me abrigo y salgo a ver el atardecer. Hace mucho, mucho frío, el altiplano ha perdido su color marrón y se ha puesto dorado. Brilla la tierra, rodeada de montañas negras.
Los seis metidos en nuestras camas vestidos y dentro de bolsas de dormir, los dos noruegos y yo con nuestras linternas de minero. Me voy quedando dormida, apago la linterna, se apaga el motor, quedamos a oscuras. Duermo profundamente, pero el viento me despierta en la madrugada. Lo escucho arremolinarse entre los ranchos, hacer ruído entre las chapas de los techos.
No saben cómo sopla el viento en el Altiplano. Parece que está vivo, que anda buscando algo, enloquecido.

1 comentario:

Floro dijo...

Mi Querida Viajera, ¡Que relato! ¡Que remate! Somos viento noctámbulo buscando el absoluto. Viento enloquecido, presintiendo la cercanía de su presa por aquellas inmensidades.
Una Belleza!!, Gracias y Besos, Floro