10/3/09

Río Pescadores

Sentada de costado en mi asiento del bus Ortursa saco fotos por la ventana. ¿Qué tiene de pacífico el Pacífico? A través de los vidrios dobles huelo el guano de las islas blancas habitadas por las gaviotas, la sal flotando en el aire, las algas hamacadas por las olas. El azul es estridente; a veces se aclara, se oscurece, a veces se vuelve loco, como si un remolino le succionara el color desde las profundidades. Entonces se torna blanco blanquísimo, burbujeante, brillante, mar de espumas. Miles de pájaros negros sobrevuelan el horizonte. Siguen un cardumen, una flota de pesqueros oxidados. Mi hijo me ha dicho que la fauna marina peruana es enorme. Cuando surfea le pasan los delfines por debajo de la tabla. A veces juegan, se quedan remoloneando. Me ha contado que entonces mete la cabeza bajo el agua y los mira: pasan tan cerca que les ve los ojos, las marcas en la piel, las cicatrices.

En la tierra la nada continúa. La diferencia entre el Pacífico y el desierto que me rodea es sobrecogedora. Pienso en eso, tanta vida en el mar, tanta nada en la tierra, cuando el bus se detiene. En seco. Una pena, porque justo estamos en una curva y por un segundo ha desaparecido el mar. Miro, y lo que veo es un valle seco pero extrañamente encharcado, la ruta en bajada y una infinita fila de camiones y buses. La señorita que nos ha atendido toda la noche habla por el micrófono: Señoras y señores, lamentamos comunicarles que se 'ha salido un río'.
-¿Que qué?
-Que se ha salido-, me dice mi vecino.
-¿A dónde? pregunto como una idiota.
-Pues a donde él ha querido.
-¿Y eso a dónde es?
-Será la carretera, pues.
Bueno, parece que los ríos peruanos andan en épocas de lluvias por donde se les antoja. Ha llovido mucho en las sierras y aquí, cerca del mar, se ven las concecuencias.
-¿Y cuáles son?
-Pues que aquí nos quedaremos hasta que baje el río.
-¿Cuánto tiempo?
-Y... el río Pescadores suele bajar rápido. Cinco, seis horas pues.

Reacciono con desesperación. Hace 10 horas que estoy en el bus y faltan otras 5 para llegar a Arequipa. Pero la ansiedad me dura 2 minutos. ¿Tengo algún apuro? No. Bajo del bus, hablo con más gente, me doy cuenta de que nadie tiene la más remota idea de lo que pasará. Me subo a un terraplén y trato de ver qué sucede. A lo lejos se ve el río: si ese aluvión de agua enloquecida es lo que tenemos que cruzar me digo que nos quedaremos para siempre a vivir allí.
A todo esto la gente se ha bajado de buses, autos y camiones y deambula por la ruta. Algunos se sientan mirando hacia el valle gris e intentan dar las malas noticias por el celular, pero en medio de los cerros no hay señal. Pasan los minutos y algo me llama la atención: no sé de dónde aparecen vendedores. De cualquier cosa: de chicharrón de cerdo, de fruta, de rocoto relleno, de camarones, de bebidas, de diarios y revistas. De dónde vienen, no sé; alrededor no hay nada, sólo me han dicho que al otro lado del río hay un caserío llamado Oñora. Los vendedores cada vez son más y se los ve organizados. Aparecen sombrillas, mesas, braseros, heladeritas con hielo. Las cholos y cholos se están haciendo el día con el desborde del río Pescadores.

Ante las horas inciertas que esperan, hablo con la señorita del bus y le digo que voy a caminar hasta el río. Así que me voy cuesta abajo con mi cámara de fotos. Ya hace calor, me arremango los pantalones, uso mi chalina como turbante, No, soy argentina, no quiero icecream, tampoco apples, ni peaches, ni water. Gringa soy, sí, pero argentina. El camino no termina nunca. Pienso en lo que me va a costar el regreso cuesta arriba. Pero lo que veo es un espectáculo. De pronto recuerdo un libro grandioso: La guerra del fin del mundo, de Vargas LLosa. Me digo que tengo que volver a leerlo. Esto se parece. La mezcla de gente, los cholos y cholas, los camioneros durmiendo en hamacas paraguayas debajo de sus camiones, los turistas níveos, los hippies que siempre están en todas partes.
Finalmente llego al vadén arrasado por el Pescadores. Me mezclo con timidez con los policías. El barro está en todas partes. Una màquina de la época de Maricastaña va y viene por el medio del río tratando de sacar la arena para que fluya el agua. Levanta olas y más barro. Al otro lado del río la gente de Oñora mira sentada en la orilla. Y tratan de cruzar. Es decir, cruzan, a riesgo de ser arrastrados por la corriente. Ahora entiendo: de allì llegan los vendedores y sus mercancias.
Las balsas son llantas unidas con palos. Tres llantas viejas y remendadas atadas así nomás. Sobre ellas los improvisados balseros cargan el cerdo, el pan, las bolsas con frutas, el brasero, las cholas y cholos. Cuando ya no cabe ni un alfiler, la balsa es guiada por tres hombres que cruzan el Pescadores con el agua a la cintura. Mientras miro fascinada, uno de los balseros se me acerca y me invita a cruzar. Hello lady, cross river? No amigo, gracias. Pero me saco fotos con ellos para el recuerdo, les saco fotos a las cholas empapadas, a lo chicharrones de cerdo y a los rocotos rellenos. Así paso no sé cuanto tiempo, hasta que decido volver. Cuando voy por la mitad de la cuesta la gente empieza a correr: la fila de camiones y buses se mueve. Corro también. Mi bus, cuál era mi bus. Se llamaba Ortursa, iba a Arequipa. Miro, me concentro, al fin lo encuentro, estoy salvada. El bus se pone en marcha, se enciende el aire acondicionado, lentamente avanzamos. Nos acercamos al Pescadores. Allá vamos. Lo cruzamos haciendo olas. Ya está, ya está, estamos al otro lado. El Pacífico vuelve a aparecer. Se desbarrancan desnudos los acantilados. Cinco horas más y llegaré a Arequipa.
Qué aventura. No hay nada mejor que viajar.

3 comentarios:

iboff dijo...

Cana!!! Me encanto.

Estoy deseando ver las fotos. Uff y yo creía que a mi me pasaban cosas. Nos tenemos que hacer un viaje. Yo fotos. Tu escribes y fotos. Jajaja

Un beso fuerte y un abrazo para los momentos de flaqueza

sitclif dijo...

Genial Flaqui, siempre disfruto de tus aventuras. Tu descripción sigue fina como siempre. Me encanta!!!

Valkiria dijo...

Súper! Lo que es la 'malicia indígena' como la llamamos acá. De cualquier lado se saca un negocio. Le cuido el carro por $2000, se lo lavo por $3000, le sirvo de guía por $10000, y no falta la comida, esa sí que se encuentra por todos lados. Eso es lo que me gusta de mi tierra, de latinoamérica, carajo!!

Un abrazo.