26/3/09

Nubes de Potosí

Estoy como esos bebés criados en las calles de La Paz, los ojos aindiados, marrones, y vivaces todo el tiempo mirando al cielo. ¿Será que estoy tan alto que las nubes se ven tan cerca?. Me paso horas mirándolas, acolchadas, llenas de pliegues y recovecos, como si fueran cuevas blancas, escondites de algodón. Es lo que las rodea, también, lo que las hace especiales. Soles intensos, cielos turquesas que se tocan con las manos, cerros rojos, lejanos picos eternamente nevados.

Después de otra noche en un bus horripilante, con mil paradas y en cada una de ellas la cantinela de los más estrafalarios vendedores ambulantes (los colectivos y la organizacion de las empresas de transporte bolivianas son un espantoso desatre), dejé La Paz y estoy en Potosí. Me acerco a no sé dónde, me alejo de lugares que ya voy extrañanado. He dejado la ciudad, el caos, el abismo en todas sus formas, para deambular despacio con el ritmo pueblerino de la preciosa Potosí, una ciudad que hace la siesta de 12 a 3, como si respetara ese mandato tan hispano desde la época de la colonia.

Aqui estoy, muy cansada. O sea que no puedo pensar: ni idea hacia dónde voy a ir mañana. Tal vez Sucre, tal vez Tupiza, tal vez directamente a Uyuni. Como me conozco y sé que tengo que tenerme paciencia, decidiré mañana cuando me levante. Después de 10 horas de sueño en un buena cama volveré a ser quien soy, y sabré para dónde tengo que ir.
Mientras dejo que el paso cansino de la gente de Potosí me arrastre. Tambien sigo al sol, y ruego para que no se nuble porque de pronto me muero de frio. Me la paso sacándome y poniéndome ropa. Me abrigo como si estuviera en el polo y cuando sale el sol me arremango los pantalones y me quedo en remera.

El famoso Cerro Rico corona a la ciudad y a sus increíbles iglesias coloniales. De sus entrañas salió la plata que llenó las arcas de España -y de toda Europa- durante el virreinato. Rojo, lleno de tajos y horadado, se lo ve desde todos lados. Lo miro desde el campanario de la catedral, uso el objetivo más grande de mi camara como telescopio. Parece un animal viejo, aun vivo, con las heridas oscuras al aire. Y no puedo dejar de pensar que acá cerca, casi bajo mis pies, en túneles que tienen hasta 5 subsuelos, hay, en este momento, hombres trabajando.

Los mineros de Potosí son famosos en el mundo entero. Por los tantísimos que murieron y porque todavía, en cooperativas, siguen hundiéndose en la tierra para ganarse el pan del día. Las condiciones en que trabajan son infrahumanas, aunque cuentan por ahí que están orgullosos del trabajo que realizan: no cualquiera está preparado para vivir agazapado en la oscuridad, inhalando gases tóxicos, en contacto con sustancias venenosas que se meten en los pulmones y llegan hasta el corazón a través de los poros. Sospecho que para hacer semejante tarea hay algo más: la esperanza que mueve a todos los hombres. Los mineros soñarán con descubrir una veta de plata o de oro que los saque de su paupérrima realidad.

La mayoría de los viajeros que llegan a Potosí tienen el propósito de meterse en las minas y ver a los mineros trabajando. Simplemente no lo puedo entender. En algunas calles de la ciudad hay agencias de viajes que ofrecen tours de 7 horas bajo tierra. Y en las vidrieras muestran fotos. Yo las miro y me dan ganas de llorar. ¿Hace falta ir a mirarlos para que la situación te conmueva? Very impressive, comentan los backpackers que vuelven de la aventura bajo tierra mientras tomamos el desayuno en mi hostal. Are you coming, María, me preguntan. Les digo que sufro de claustrofobia y que si bajo hasta allí me voy a desmayar.

Estoy cansada, me arden los ojos, hoy necesito quedarme quieta y descansar. Por suerte sale el sol. Bajo la tierra de Potosi miles de hombres trabajan. Yo me recuesto en un banco de la Plaza de Armas, me arremango los pantalones, me saco las zapatillas y la campera. Miro las nubes que corren por el cielo y eso ya es el colmo de la felicidad.

1 comentario:

Argonauta dijo...

El cielo sobre tu cabeza, el camino bajo tus pies... Es bastante, suficiente para tocar la felicidad.

Un abrazo desde el nivel del mar.