25/3/09

La Paz, un espectáculo a 3600 metros de altura


Sigo andando altísimo sobre el nivel del mar; no sé qué me pasará cuando vuelva a la Tierra. Tal vez caiga en picada como esos pichones que se creen que ya aprendieron a volar y me estrelle contra la -mi- realidad. Ya veremos, mientras tanto no bajo de los 3000 metros desde hace más de dos semanas. Del temible soroche, ni noticias. Trasladarse en bus tiene sus beneficios: trepan tan despacito que te vas acostumbrando a la altitud sin padecerla de ningún modo. Querría contar más del fabuloso Titicaca; del cruce del estrecho de Tiquina, donde el bus es transportado en una balsa del siglo XIX y los pasajeros en un bote de madera recauchutado; del paisaje increíble que rodea al lago; de sus islas; de sus truchas riquísimas; de las dispersas casitas de adobe rodeadas por infinitas y diminutas huertas; de la pasión de los campesinos bolivianos por las flores -especialmente rosas y gladiolos-; de cómo, perdidas entre los surcos, las mujeres trabajan la tierra a mano de sol a sol.
También querría escribir sobre el tiempo que pasé en la helada terminal de Puno. Las casi cinco horas (de 2,30 a 7 de la mañana) las compartí con un portugués llamado Pedro. Entre los dos convencimos al dueño de un bar para que a cambio de 2 soles nos encendiera una estufa que pusimos cerquita de nuestros pies; Pedro aportó queso y pan, yo habas secas, y así -varios mates de coca incluidos- nos inventamos un eterno y conversado desayuno.
Pero todo eso quedará amontonado en algún lugar de mi corazón con la esperanza de que alguna vez pueda sentarme a escribirlo.
Ahora no puedo.

Ahora estoy en La Paz. Inmersa en La Paz, hipnotizada en La Paz, consumida en La Paz. Supongo que llegar en avión a esta ciudad debe ser impresionante. Leí que la pista de aterrizaje de su aeropuerto es mucho más larga que las comunes porque los aviones necesitan más tiempo para frenar en este aire tan liviano. A mí me bastó llegar en bus y desde El Alto (enorme periferia de La Paz donde a través del tiempo se fueron asentando los más humildes y desamparados) ver el profundo cañón donde está asentada para quedarme muda. Mi hija Fran ya me lo había dicho: Ma, imaginate la energía extrema que destila una ciudad que está metida en un hondo agujero. Desde que llegué la estoy sintiendo.

Enmudecida y con las sensaciones a flor de piel, desde hace 48 horas camino sin rumbo cuesta arriba y cuesta abajo tratando de encontrar las palabras que le caben a La Paz. Todavía no las he encontrado. Hasta pensé en no escribir nada. Sólo decir: claudico ante semejante desafío. Pero lentamente uno se acostumbra a todo, van brotando palabras. Aunque sean unas pocas.

Una gran olla de bordes ríspidos y fondo lejano donde se cuece a presión la historia de casi 2 millones de bolivianos. Todo sucede acá, y todo sucede en las calles. Desde El Alto bajan todas las madrugadas legiones de cholos y cholas con sus verduras y frutas, sus mantas, sus ponchos y tejidos, sus pollos, sus frutos secos, sus ramos de flores e infinitas mercancías, y se instalan en las esquinas. Abren temprano las tienduchas de los mercados: toda La Paz es un enorme y caótico mercado. Dudo que los dueños de estos cuchitriles tengan casa, o duerman durante la noche en otro lado: la sensación es que se pasan la vida en los cubículos de 2 por 2, comiendo, haciendo sus necesidades y hasta pariendo. Porque no hay chola que no tenga un bebé. Hay hijos por todas partes. A veces 2, de la misma edad. Las mujeres les dan la teta y trabajan al mismo tiempo. Los bebés están siempre acostados en un rincón de las veredas, envueltos en frazadas mirando al cielo. Supongo que esos primeros meses de vida los debe marcar: ven siempre color celeste, o nublado, tal vez una montaña, un pájaro, un edificio desvencijado. Y si son chicos más grandes sus madres les dan de comer del plato de donde ellas comen. Una cucharada para la mami, otra para el hijo. No se ven hombres. Se ven mujeres. Tal vez los hombres están en alguna parte, buscando unos pocos pesos bolivianos, no lo sé; tal vez la población quedó desequilibrada después de las viejas guerras con Chile y Paraguay. Pero parecería que todo lo hacen las mujeres. Se pasan la vida así: destapando sus poquitas mercancías cuando no llueve, cubriéndolas con plásticos cuando llueve. Y cuando para de llover, otra vez lo mismo. No te piden que compres, no te ofrecen nada. Esperan, tienen la capacidad de esperar.
La Paz es muchísimo más. Paciencia me digo; estoy a la espera de que me surjan las palabras que necesito para seguir contándola.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Brillante relato ma
besos

Claudia dijo...

Increíble. Simplemente increíble.