14/3/09

Hacia el Colca

Hay un lugar en el mundo tan profundo que el sol sólo lo ilumina de lleno durante unas horas. Está metido 3650 metros hondo en la tierra, oculto entre impresionantes acantilados de roca rojiza y amarillenta. Para llegar hasta allí sólo existe un camino: una trocha empinadísima, estrecha y zigzagueante que salva, siempre bordeando el precipicio, una altura de 1200 metros. La trocha sale de Cabanaconde, última aldea del fértil valle del Colca, río que allá abajo, al encerrarse entre semejantes paredones, se violenta, y murmura fuerte, como si estuviera enojado. De tan angosto y profundo, dentro del cañón no hay pueblos ni caseríos, apenas unos lodge sin electricidad que ofrecen unas rústicas cabañas de hojas de palma en un espacio que milagrosamente el río no se ha comido.
A Cabanaconde llegué en una van 4x4 con 1 guía, 1 driver, y sólo 7 compañeros: 2 alemanes, 3 holandeses, un brasileño, y una polaca. Todos viajeros avezados, todos entre 30 y 35 años: la polaca -Alicja- viajaba desde USA a Argentina desde hacía 4 meses, los holandeses Janeke y Jap estaban dando la vuelta al mundo y llevaban en su haber 9 meses, Monique, una maestra de un pueblo cerca de Amsterdam, venía de vivir durante 8 semanas en Cusco trabajando en una ONG y su itinerario -y trabajo- incluía Bolivia, Chile y Argentina. De los alemanes no puedo contar mucho: se agarraron un virus y terminaron deshidratados, con vómitos y fiebre -imagínense la situación- en una sala de primeros auxilios de Cabanaconde.

Pese a mi terror a los grupos, éste resultó increíble: congeniamos desde el principio y sucedió lo que siempre pasa entre viajeros independientes y buscadores: las conversaciones abarcan el mundo entero, como si éste cupiera en un pañuelo. Otro personaje insustituible resultó Elías, el guía. Sabía muchísimo de todo, era simpático y cocinaba de maravillas.
Desde Arequipa partimos tempranísimo y un sol enorme que duró tres días fue el mejor de los augurios. Volcanes nevados contra el cielo, pampas de pastos ralos llenas de vicuñas y alpacas salvajes, formaciones rocosas extrañísimas (tan impresionantes como las de Capadoccia, en Turquía, lo juro), desiertos de arenisca atravesados por viejas vías de trenes muertos, pueblos paupérrimos de adobe volados por el viento. Y después, áncho y rico, el Colca. En esta época el valle está en su mejor momento: verdes maizales, trigales dorados, cultivos de diferentes tipos de papa separados por interminables pircas, burros cargados con pasto, cholos acarreando leña, gente trabajando en la tierra.
En Chivay almorzamos y me animé con un ceviche de trucha recién pescada en el Colca. Qué manjar. Me acuerdo y se me hace agua la boca. La comida merece un capítulo aparte. No saben lo que es el rocoto relleno, la variedad de sopas y potajes, la mezcla exquisita de cebollas y ajíes, el famoso pollo asado.

La tarde continuó por el valle, los pueblos cada vez más chiquitos, más humildes, las mujeres -todas- con sus vestidos y sombreros típicos que nada tienen que ver con los cusqueños. Los serranos (así se llama a gente de la zona) son diferentes de los andinos: aunque tienen la piel muy oscura, no son tan bajos, y sus rasgos son menos aindiados. Según me contó Elías en la zona de influencia de la poderosa y rica Arequipa el mestizaje fue mucho más fuerte que en Cusco.

El valle se fue estrechando, el camino de tierra trepó hasta las nubes, el sol comenzó a caer. A mí los animales no me llaman mucho la atención, pero me fascinan los pájaros. Y ahí estábamos: en plena zona de cóndores. No saben lo que es verlos de cerca. Digo: de cerca muy cerca, casi tocándolos, porque los glotones estaban comiendo carroña. El momento en que levantaron vuelo fue mágico. Los vimos sobrevolando los acantilados, tres metros de alas abiertas, sin mover un sólo músculo.
El valle se llenó de sombras violetas, las nubes bajaron, una niebla espesa cubrió las montañas. Festejamos con cervezas en el hotelucho de Cabanaconde y a las 7 estábamos todos dormidos.

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