14/3/09

Donde el mundo se acaba

Son las 6 de la mañana y, en fila india, los holandeses, el brasileño, la polaca, el guía y yo -los alemanes ya acusaron el tremendo virus y adelgazaron en una noche 4 kilos- caminamos entre maizales y trigales. Cabanaconde queda atrás y de pronto la tierra se cae al vacío.
Eso que no tiene fin es lo que tenemos que bajar. ¿Y cómo? Elìas, el guía, se ríe.
-Despacio, pues.
Nuestras mochilas, bolsas de dormir, tiendas y comida van a lomo de mula. Nosotros nos llevamos sólo a nosotros y a nuestras cámaras de fotos. Allá vamos, abrigados, rodeados por un paisaje imponente, rumbo a lo más hondo del cañón del Colca. Uno quisiera tener 4 ojos, 4 pies, 4 manos. Dios, cuando nos hizo, se olvidó de la bajada al Colca. Porque el camino es casi vertical, las piedras irregulares y la tierra resbaladiza. O sea que yo voy mirando dónde poner los pies sin rodar hacia la eternidad. Cada tanto me detengo: el río que ya se ve en un recodo, los cactus enormes, el color cambiante de las montañas, el sol que sale y llena de luces y sombras la ladera de enfrente.
Tres horas así. Sacando fotos, cayéndome, tropezando, tomando agua, poniéndome kilos de sun block, quitándome la ropa, porque a medida que uno baja la temperatura cambia y uno empieza a transpirar.
Las mulas con nuestras provisiones en algún momento nos pasan haciendo equilibrio entre las piedras. O sea que cuando llegamos a la orilla del Colca tenemos las tiendas preparadas. Rojo, amarillo y azul entre cuatro o cinco cabañitas de hojas de palma. Y el murmulllo estridente del río. Y la naturaleza que ahora es selvática, que huele a olores azucarados, que florece en hojas gigantes y en flores voluptuosas.
Entre enormes rocas, nos metemos todos en una pileta natural. Elías prepara el almuerzo. Saco mi bolsa de dormir de la carpa y duermo la siesta a la sombra de una gran palmera. Despúes continúa la aventura. Monique, la maestra holandesa, claudica, el grupo se hace cada vez más chico. Vamos hacia Malata, una de las aldeas al otro lado del río, que hasta hace tres años no tenía electricidad. Enseguida empezamos a trepar. Yo me pregunto qué estoy haciendo. Estoy muerta. Por qué no me quedo quieta.
Pero ya es tarde, el paisaje me fascina y me olvido de todo. Cruzamos el Colca por un puente colgante y en un par de horas llegamos al pueblo. Tanta soledad y olvido angustia. Aquí sólo viven unos cuantos viejos, el resto se ha ido. Las casas de adobe abandonadas ya no tiene techos, entre sus paredes crecen enredados enormes cactus.
El atardecer tiñe los acantilados del cañón. En dónde estoy, dónde ha quedado el mundo. Todo se pone dorado, el agua de las cascadas parece de plata, y las enredaderas que al mediodía eran sólo verdes están ahora cubiertas de flores blancas.
-Es que saben que se acerca la luna llena-, dice Elías.
Cenamos a las 6 de la tarde a la luz de una vela. Metida en mi bolsa de dormir me duermo en seguida. Tengo que descansar, me digo. Mañana nos despertarán a las 4 menos cuarto de la madrugada.

1 comentario:

Valkiria dijo...

Genial! Ya mismo empiezo a buscar fotografías del cañón del colca. Debe ser majestuoso, bellísimo.

Gracias de nuevo por transportarme a esos maravillosos lugares.

Un abrazo.