23/3/09

Día del Mar en el Titicaca


Son las 5 y media de la tarde, el sol se refleja sobre el Titicaca y arde sin clemencia en mi cara. La gente de Copacabana está reunida en la orilla del lago. A estas horas están todos muy achispados. La cerveza corre a raudales. Pero el ambiente está tranquilo; hay varios policías y, bajo un toldo, las autoridades del pueblo todavía festejan al son de unas guitarras.

Hoy es 23 de marzo, día del Mar en Bolivia. Después de un viaje interminable desde Cusco con un trasbordo que se retrasó 5 horas (de las 3 de la madrugada hasta las 7 de la mañana) en la congelada terminal de Puno, lo que menos esperaba era que el primer pueblo boliviano después de la frontera estuviera de fiesta.
El día del Mar, me dijeron cuando pregunté. Supuse que sería el día del Titicaca, un espectacular océano de agua trasparente a 3800 metros de altura, considerado sagrado. Pero tantos militares me despistaron. Volvi a preguntar: la fiesta del Mar conmemora a los muertos en la guerra con Chile, guerra en la que Bolivia perdió su única salida al mar. El festejo fue a lo grande y en un punto apabullador. Es que es intenso llegar a Bolivia, encontrarse con todas las cholas y cholos vestidos con sus mejores ropas, verlos correr atajándose los bombines y sombreros para no perderse nada, escuchar un discurso aclamado por un montón de marineros, buzos y hombres rana montados en gomones y a su vez en camiones. Digamos, como si Bolivia tuviera mar. Pero antes del 'Viva Bolivia, muera Chile' de las fuerzas de la marina, desfilaron todos los gremios y comunidades del pueblo. Y si más arriba dije apabullador es porque tanto extraño colorido intimidaba, me cohibía. Tardé media hora en sacar la cámara de la funda, otra media hora en animarme a tomar la primera foto.

Copacabana, mínimo pueblo en el altiplano boliviano, era un revoleo de polleras de colores, los ponchos y chales más preciosos que he visto en mi vida, zapatitos de charol en los pies pequeñitos de las mujeres, muchas flores y guirnaldas, y una actitud como de concentración, como esto es nuestro, miren gringos si quieren, nosotros a ustedes no los vemos. No estoy hablando de agresividad o mal trato. No. Sólo que los bolivianos parecen vivir en su mundo, ignorando todo lo que no sea Ellos. Aquí nadie te pide una moneda para que le tomes una foto, nadie te pregunta de dónde eres, por tu país, o por tu trabajo, como los peruanos que se te acercan en la plaza de Cuzco. Aquí se vive hacia adentro, sin curiosidad por el extranjero o por lo que sucede fuera de Bolivia.

El interminable desfile me dio la posibilidad de sacar fotos que, de otra manera, y por respeto, no me hubiera animado a sacar. Con un cansancio terrible a cuestas estuve todo el día en la orilla del Titicaca, mezclada entre cholos y cholas. Después del agotador viaje de anoche, se me cerraban los ojos, pero simplemente no me podía ir. En algún momento caminé hasta la espectacular iglesia del pueblo, blanca y extrañamente medio mudéjar contra el cielo más azul que he visto, pero volví en seguida a la playa, me senté en el pasto y me dediqué a mirar, mirar y mirar.

El sol ya se pone. Se empieza a sentir el frío otra vez. Dejo. Voy a bajar al Titicaca una vez más y después me voy a dormir. Ya me imagino lo que soñaré.

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