16/3/09

Milagros en Cusco

Tenía miedo de regresar a Cusco, terror de arruinar los recuerdos del viaje que hice hace casi 5 años. Estuve aquí en agosto del 2004 y desde el momento en que me fui siempre quise volver, pero también siempre supe que regresar supondría un enorme riesgo. Es que Cusco fue un punto de inflexión en mi vida, un viaje hacia lo más profundo de mí misma, el primer viaje a un sitio que en ese momento me parecía remoto, misterioso y, por eso mismo, peligroso. Pero, ¿cómo no venir? Pasarle cerca (a esta altura 10 horas de bus desde Arequipa me parece poco), evitarlo, era ser una cobarde, casi como no querer recordarme.
Tal vez por eso, porque quería regresar y al mismo tiempo quería que el viaje no tuviera nada que ver con ese primer viaje del que terminé escribiendo una crónica, tenté a mi hermana Milagros para que me acompañara durante la semana que dedicaría a Cusco. Confesaré que lo pensé mucho. Amo viajar sola, ir para donde se me ocurra sin tener que dar explicaciones. Pero mi hermana Milagros es Mila, mi hermana, alguien especial, diferente a mí, pero que disfruta enormemente de muchas de las cosas que a mí me llenan de placer. Quería mostrarle Cusco. Quería que lo saboreara. Sabía que Cusco la iba a colmar de sensaciones fuertes, de sorpresas, de momentos inolvidables.
O sea que por mí y por ella, por las dos, la llamé por teléfono y le dije: ¿Y si te venís a Cusco?
No lo dudó: en seguida me dijo que sí. Así fue como nos encontramos en el Corihuasi, el hostal donde me alojé 5 años atrás, ella directamente desde Buenos Aires vía Lima en avión, yo desde Arequipa en bus.

La experiencia resultó -y todavía resulta, porque nos quedan unos poquitos días juntas- fascinante. No hablaré de lo que le sucede a ella: esas cosas, en todo caso, que las cuente Mila a quien quiera. Pero para mí, Cusco acompañada y, sobretodo, compartida, resultó la misma Cusco de mis recuerdos, ésa que me hizo estallar la cabeza y el corazón, y una totalmente nueva.

Salvo el soroche corto pero terrorífico de Milagros (entre otras cosas vomitó en plena calle Procuradores, y arruinó nuestra pizza en Chez Maggy porque tuvimos que volver a los apurones al hostal), todo funciona como un engranaje perfecto, a pesar de las lógicas diferencias. Andamos por los lugares donde yo ya anduve, sin embargo disfruto igual. Lo que me pasa es mágico, estoy todo el tiempo gozando por adelantado: sé que después de tal esquina o tal curva Mila se quedará boquiabierta ante determinado sitio o paisaje.
A la noche nos vamos a los restaurantes que me recomendó mi hijo 'limeño' -increíble el Kukuli- o a mi recordado Kusikuy, y cenamos delicias cusqueñas con una copa de vino; al mediodía almorzamos escabeche de gallina en el Mercado de San Pedro o paramos en cualquier sucucho barato y entre cholas y cholas comemos chicharrón de cerdo con las manos.

De Cusco, nos fuimos en bus a mi amado Chinchero, recorrimos el Valle Sagrado, trepamos a las ruinas de Písac, y, desde ayer, estamos en la fabulosa Ollantaytambo. De este lugar tengo mucho para contar. Pero estoy viajando acompañada, así que la escritura ha quedado por unos días relegada a segundo lugar.

Por último quiero describir un momento de esta mañana que nos pinta de cuerpo entero: tempranísimo subimos a las ruinas incas de Ollanta. Pasamos las últimas murallas y por un caminito altísimo casi llegamos al sol. Yo iba sacando fotos, cambiando a cada rato de objetivo. Mila iba un poco más atrás, juntado piedras. Le encantan las piedras. Le expliqué que podía llevarse las que quisiera, siempre y cuando le dejara a la Pachmama, por cada cosa que le quitara, algo de ella. ¿Qué cosa?, me preguntó. Un pelo, por ejemplo.
Mila juntó tantas piedras que tuve miedo que quedara pelada.

1 comentario:

alicia dijo...

Otra vez??? digo "Genio y figura hasta la sepultura!" va para las dos!!!! o no?????