14/3/09

Corazón mío

Estaré sentada frente a la pantalla de la computadora hasta que me echen de este cíber. Es que no me queda otra: ya hice el check out del hostal y mi bus a Cusco sale a las 9 de la noche. Podría pasear por la blanca Arequipa, el problema es que sólo puedo mover los dedos: el resto de mi cuerpo está completamente entumecido. Así quedé después de la experiencia de ayer: molida.

Retomo: Campamento en el fondo del Cañón del Colca, 4 menos cuarto de la madrugada, todos arriba. Es completamente de noche, desayunamos panqueques con bananas y litros de té de coca, preparándonos para la falta de oxígeno que supondrá la trepada. Nadie habla, no se ve nada, seguimos a Elías. La luna casi llena en el cielo, linternas en mano, subimos a esa hora para evitar el sol y el calor. Pero 100 metros de caminata y yo ya estoy transpirando. Voy en musculosa, secándome el sudor que se me mete en los ojos. Me digo que no sé cómo voy a hacer para llegar. What the hell I`m doing here. Pero en toda situación hay una enseñanza. No sé muy bien cuál hay en ésta; tan concentrada estoy en avanzar, que no puedo pensar. Sigo, el grupo se separa, algunos se adelantan, otros quedan muy atrás. Sigo, me acerco a la luna, llego a la altura dondo flotan las nubes, el corazón parece que me va a estallar. Desde algún lado llega un poco de claridad. El sol, atrás de las montañas, comienza a salir.
Me detengo, tomo agua. Corazón, corazón mío, no me dejes, quedate conmigo. Paso a paso, me digo, como me enseñó un chamán en Machu Picchu. Sin pensar en el final, sólo en este paso corto que estoy dando en este momento. Respiro profundo, comienzo a caminar otra vez. Y no sé cuánto faltará.
Mil doscientos metros casi verticales es mucho. Especialmente cuando esos 1200 metros ya están a una altura considerable sobre el nivel del mar. El calor selvático que sentí al principio se perdió a medio camino. Más arriba me doy cuenta de que no puedo mover los brazos ni las manos. Simplemente no los siento. Vuelvo a ponerme la ropa que me saqué, pero está empapada y no me sirve de nada. La verdad, estoy un poco asustada. No sé que me pasa. Finalmente llego. Llego. Arriba me esperan Jap y Janeke. Les digo que me voy al pueblo. Necesito calor. Camino de vuelta entre los maizales, llego hasta donde están las mulas con mi mochila, me cambio de ropa, me pongo campera, gorro y guantes. Parezco una loca: en el pueblo está todos en camiseta. No puedo parar de temblar. Entonces me meto en un almacén y me compro una bolsa grande de papas fritas y tres chocolates. Papas fritas Lays a las 9 de la mañana. Con guantes y al sol.
Elías me dice que me ha bajado la presión.
En la camioneta me quedo dormida; corazón mío, ya te siento mejor.

La vuelta a Arequipa es lenta y plácida. Paramos en varios pueblecitos, recorremos los mercados, almorzamos en el mismo restaurante de Chivay y terminamos el día en unas piletas naturales termales. Lo pienso dos veces, porque esos lugares me dan un asco tremendo, pero con la mugre que tengo encima qué más da. Así que termino flotando en un piscina de agua hirviendo con olor a azufre rodeada de extranjeros que como yo anduvieron dando vueltas por el Colca y de cholas de largas trenzas retintas que, sorpresivamente, sin pudor, andan en corpiño y calzón.
Sucia, con olor a azufre y ya acusando los estragos de tanto esfuerzo en mis músculos, llegué a Arequipa.
Un ducha de 30 minutos, mi shampoo, mi jabón, y ropa limpia en mi humilde hostal fueron el colmo de la felicidad.
Ay, aguantador corazón mío, cómo te quiero, cómo me hacés disfrutar.

1 comentario:

Kalyana dijo...

María...hice el Cañon del Colca también, que treking más maravilloso, por el exterior ya también por el interior, el corazón.
También antes de partir el ascenso me pregunte quién me mando a meterme en esto???, pero la satisfacción que tuve al llegar a la cima no se compara con ningún otro momento en que haya sentido orgullo de mi misma :P
K.