22/3/09

Agua en la tierra y desde el cielo

Marzo en la sierra peruana no tiene nada que ver con julio o agosto, meses secos. En marzo -en realidad desde noviembre a abril- llueve. Todo está verde, todo despide olor, todo florece. El paisaje, de tan exuberante, siempre te llena los ojos de colores.
El último destino que teníamos planeado con mi hermana Mila era Machu Picchu, y hacia allá fuimos desde Ollantaytambo, siempre con el Urubamba lleno de espumas y color chocolate al lado de las vías. Tanta agua viene del mismo remoto lugar donde nace el Amazonas y desemboca después de serpentear entre impresionantes montañas en el Pacífico.

No hablaré sobre la impresión que causa Aguas Calientes, el pueblo del que se accede a Machu Picchu. Ya lo hice en En Cusco, la crónica que escribí hace 5 años, luego de viajar en solitario por gran parte del departamento de Cuzco por primera vez. Sólo diré que sigue igual de fea, igual de ilógica, igual de fascinante. Todos los extremos se tocan: La fealdad a veces puede ser tan poderosa como la belleza. Fue divertido ver la cara de Milagros cuando bajamos del tren en medio del pueblo. Abrió enormes los ojos y dijo qué horror, qué locura, me encanta.
La humedad de la selva hacía que el aire estuviera empapado. La niebla navegaba blanca entre las montañas. Nuestro hostal estaba ahí, encajado entre las vías y el río furioso. Como estamos en plena temporada baja, por el precio de un cuarto normal nos dieron uno con vistas: bajo las ventanas rugía el Urubamba. Al principio festejamos, dijimos qué suerte. A los 5 minutos el ruido empezó a darnos miedo. Milagros estaba callada. Sólo decía, cada tanto, que ese lugar y el río parecían endemoniados. Salimos a comer (menú exquisito por 10 soles, partida de ajedrez y pisco souer incluidos) y ya de noche tratamos de entender hacia dónde te llevaban los enormes carteles de 'Vía de Escape' con forma de flechas pintados en las esquinas del pueblo, pero concluimos que no se dirigen a ninguna parte. Ya se sabe: en caso de temblor o de alud, Aguas Calientes desaparecerá de la faz de la tierra como por arte de magia.
Yo dormí, Milagros, más o menos. A las 4,30 de la madrugada nos levantamos, queríamos llegar a Machu Picchu antes de que amaneciera. Lloviznaba, y mientras subíamos, Milagros trató de explicarme sus sensaciones. 'Eran el ruido del río y el ruido subterráneo del río. Era el caos, era como si la tierra estuviera hecha de agua y piedras, como si el ruido subiera desde las entrañas de la tierra en terribles y enloquecidos remolinos...'

El magnífico y limpio amanecer que presencié 5 años atrás estaba absolutamente desaparecido. Nos fuimos a los andenes más altos y frente a nosotras el mundo era una espesa cortina blanca. This is heaven, dije con optimismo. Pasaron un par de horas y la niebla empezó a levantarse. Muy despacio, como si quisiera mantener escondido el tesoro. Este Machu Picchu tuvo como protagonista a las nubes. Gordas y bajas, sutiles y rápidas, le daban al paisaje un aspecto fantasmagórico, onírico. Caminamos hasta Puente del Inca y después decidimos trepar el inmenso Wuayna Picchu. Yo no lo había hecho. Me lo debía.

La experiencia fue una locura. Son 2660 metros muy empinados por una tosca escalinata tallada en la piedra que siempre va bordeando el precipicio. Las vistas te dejan demudada... pero lloviznaba. La roca estaba terriblemente resbaladiza, el musgo, el barro y el agua hacían de cada paso una aventura. Ganar la cima fue espectacular. Abajo, diminutos, se veían Machu Pucchu y los andenes que la rodean. El gozo de estar allá arriba duró 3 minutos. Empezó a diluviar. Y no paró nunca, parecía el diluvio universal. No puedo explicar lo que fue la bajada. La sensación de peligro fue tan fuerte que con otros locos que bajaban con nosotras formamos un grupo. Nunca supe sus nombres, ni de dónde venían. Pero entre todos nos cuidábamos, nos avisábamos cuando venía un trecho peligroso.
Envueltas en capas de plástico, empapadas y llenas de barro, logramos bajar sin un rasguño.
Así volvimos a Aguas Calientes. Fuimos directo a almorzar. Crema de zapallo y espinacas, tallarines con tuco, chocolates y... pisco souer para dos.

El tren de regreso a Cusco llegó a las 9,30 de la noche. Éramos dos trapos de piso. Cero glamour. Nos bañamos rápido, mejoramos como pudimos nuestro aspecto y nos fuimos a celebrar la última noche de Milagros. Soberbia tortilla y pollo a la cusqueña en Chez Maggie.

Milagros, mi compañera de este tramo del viaje, ya partió. Vuelvo a estar sola. En un par de horas salgo en bus para Puno, sobre el Titicaca, y ya cerca de Bolivia. Hay algo que me inquieta... Me enteré que hay paro agrario y pueden estar cortadas las rutas. Por las dudas hice acopio de habas secas y chocolates.
Si me demoro en volver a escribir es porque estoy por ahí, con los campesinos peruanos.

2 comentarios:

Valkiria dijo...

Cómo te fue con el paro agrario? Tuviste que comerte las habas y los chocolates?

Anónimo dijo...

Felicidades por su viaje, Perú es un excelente destino turístico. He viajado muchas veces a este lugar y he conocido más sobre su historia y su cultura. Además, he participado de actividades culturales, de entretenimiento y aventura; sin tener que gastar tanto. Este es un excelente destino turístico que siempre recomiendo que es perfectamente complementado con Hoteles Libertador, una de las cadenas hoteleras más importantes de Perú ubicada en varias ciudades de este país. Yo se los recomiendo a todos por la excelente atención que ofrecen y la calidad en su servicio. Para más información pueden visitar su página www.libertador.com.pe