28/12/08

Regalo para mi calle

Los arbolitos de Navidad me dan calor. Estarán bien para el nevado hemisferio norte, pero en Buenos Aires, con 34 grados de calor y 80 por ciento de humedad qué tendrán que ver. Por eso este año compré 5 metros de lucecitas de colores y las desenrollé alrededor de Anduriña. El efecto es fascinante: cuando llega la tardecita y las enciendo, mi casita parece un burdel. Nunca estuve en un prostíbulo, pero a ésos de otra época, con un aire entre intelectual y melancólico como los que describe Vargas Llosa, por ejemplo, me los imagino así.

Las paredes rojas, las lámparas de viejo club social que cuelgan del techo, los cuadros multicolores de milongas y candombes que mi abuelo pintó rozando los 100 años, el sofá tapizado con una tela que traje de Marruecos, el enormísimo Suzani que compré en Turquía, el silloncito francés rescatado de un cambalache, los almohadones cusqueños, la biblioteca con todos mis libros desordenados, y una buena cantidad de velas –que enciendo aunque esté sola- crecen, crecen, crecen, y dan lo mejor de sí.

Ante semejante escenario no me queda otra que festejar. Ni vino tinto, ni pavo o cerdo al horno, ni cordero relleno. Tampoco turrón. Navidad en Buenos Aires tiene las ventanas abiertas y noches llenas de grillos y mosquitos. Me sirvo una cerveza helada y me preparo una gran caprese –albahaca fresca, tomate y verdadera muzarella, todo rociado con mucha pimienta y buen aceite de oliva. Pongo un CD con los mejores temas de Ray Charles. Cuando empiezo a comer miro a mi alrededor y me dan ganas de escribir. No tengo argumento, pero la cerveza me anima a contar sobre cualquier cosa. A describir, más que escribir. La vela con olor a vainilla al lado de la computadora, el maravilloso libro de Rulfo que me regaló Falco para Navidad –el mejor regalo, el mejor- abierto en cualquier página sobre la mesa de madera, la fragancia de una invisible dama de noche que ya se empieza a sentir, las lucecitas enredadas con los cuadros de mi abuelo pintor, el fresno de la vereda donde duermen los zorzales.

Mi pequeño paraíso, Anduriña -la golondrina gallega-, se debe atisbar roja e iluminada por las velas desde mi calle. También la voz de Ray se paseará por toda la cuadra. Qué dirán los vecinos que toman la fresca sentados en la vereda, no lo sé. Comentarán que cada vez estoy más loca, mirarán las lucecitas de colores y fantasearán con cualquier cosa.

Imaginen señores y señoras, recuerden historias, cuenten secretos, compartan conversaciones cada vez más picantes, ríanse, añoren antiguos burdeles aunque nunca hayan ido, y, finalmente, quédense en silencio escuchando a Ray.

Que ése sea para ellos mi regalo de Navidad.

4 comentarios:

Toñi dijo...

Parece increíble que exista una navidad así.

En Albacete (España) hace frío, está todo lleno de luces y comemos turrón y todo eso tan típico.

Me parece muy bonita tu propuesta.

Un beso con frío.

JAVIER ADAN dijo...

Bonito post.

JAVIER ADAN dijo...

Gracias por viajar conmigo en mi blog.saludos

Argonauta dijo...

Feliz Año Nuevo, Viajera.

Brindo porque siga soplando en tu espíritu ese viento que te impulsa ineludiblemente a escribir.

Un abrazo desde un gélido invierno mediterráneo.