8/12/08

Amores perros

Al Bajo de San Isidro han llegado desde Brasil costumbres ‘umbandistas’ y/o ‘yemanjemanas’. Umbanda es una religión, una secta, un conjunto de ritos mágicos. Según lo que he leído, los umbandistas se juntan al anochecer o a la salida del sol, encienden velas, cantan, entran en trance y sacrifican gallinas o palomas.
Yemanjá es madre de todas las ‘orishas’ o divinidades. Su imagen siempre me encantó porque está relacionada con el mar, con lo femenino, con el color blanco de los vestidos de las preciosas negras bahianas. Pensar en Yemanjá es como trasladarme a Salvador y andar acalorada por el Pelourinho.

La cuestión es que hoy salí temprano con mi bicicleta. Feriado de mucho calor en Buenos Aires. Me encantan estos días. La orilla barrosa del Río de la Plata se transforma en un gran carnaval. Familias multitudinarias y grupos de amigos llegan desde temprano. Carpas, toldos, parrillas, toneladas de comida, sillas, radio-grabadores, cañas de pescar, calentadores, cajones de cerveza, piraguas, llantas de tractor para flotar en el agua y catres para dormir la siesta, salen de autos y camiones. La gente se instala con sus bártulos y es feliz. Aunque sus campamentos estén rodeados de la suciedad que trae el río y en el río –teóricamente- no se puedan bañar. Pero nadie hace caso a nada. Los letreros donde dice que el agua está contaminada sirven como postes para atar los toldos, y los chicos, cuando no están chapoteando en el agua, juegan con los desperdicios que trajo la última crecida.

Así venía, pedaleando al compás de Amores perros y filosofando sobre el indescriptible ser argentino, cuando algo en la playita del muelle de los pescadores me llamó la atención. No se veía bien: El sol daba de frente y espejeaba en el río. Me bajé de la bici, trastabillé entre los escombros y miré. Sí, la brillante mancha nívea contra el agua marrón eran hombres y mujeres concentrados en una ceremonia. Pregunté a un señor enteramente vestido de blanco que en ese momento se bajaba de un camión; me dijo que lo que se festejaba era un casamiento umbanda. ¿Umbanda? A pesar de que corría el riesgo de que en un santiamén me la robaran, dejé la bici tirada, tomé mi móvil-cámara y bajé corriendo hasta la orilla.

La escena inmaculadamente blanca contrastaba con las toscas negras que la bajante había dejado al descubierto. Los participantes, portando velas encendidas y ramos de flores, rodeaban a cuatro personas que sostenían un baldaquín. Debajo, una pareja con coronas y collares de flores escuchaban a una mujer. Ambos tenían entre sus manos níveas palomas. La ‘sacerdotisa’, única en el grupo que no llevaba vestidos blancos, estaba muy maquillada y cantaba haciendo suaves gestos con sus brazos. Cuando la mujer terminó de cantar, el grupo caminó entre las toscas, pisó restos de plásticos, tapitas de coca cola y juncos podridos, y se metió en el río.

Volaban moscas y zumbaban jejenes y mosquitos. No soplaba ni la más mínima brisa. Del agua subían vapores calientes. Los novios traspiraban. Las palomas, del susto, parecían medio dormidas. Los chicos que corrían cerca salpicaban espesas gotas de agua chocolate. Me imaginé que desde una playa brasileña de arena dorada llegaba una gran ola salada de espuma blanca. Hubiera sido lindo. Pero no, allí estaban los umbandistas, sus ropas blancas rozando el agua dulce, sus pies hundidos en el barro.
Los novios, a una señal de la sacerdotisa, soltaron las palomas. Ese fue el fin de la ceremonia: los nuevos esposos se besaron y todos aplaudimos.

Los umbandistas poco a poco se dispersaron; el día volvió a su cauce normal. Sonaron muy fuerte y distorsionadas las cumbias, se encendieron los carbones para los asados, los primeros achispados con cerveza hicieron una guerra con el barro el río. Los chicos, siempre empapados, los ojos rojos, inventaron juegos de piratas entre las islitas de toscas. Las abuelas y los abuelos disfrutaban a la sombra de las tipas, mientras algunas privilegiadas mujeres, instaladas como reinas en las llantas, flotaban en el río.
Me dieron ganas de quedarme, aunque ya conozco cómo sigue un día de éstos en el Bajo. Al asado le sigue una monumental siesta con ronquidos, más baños en el río, y a eso de las 5, el súbito sudeste. El viento, con sus soplidos bestiales, hace subir el agua tan rápido que suele llevarse para siempre a algún pobrecito desprevenido.

Amores perros otra vez en mi bici. Pedaleo rápido. Un cambio y otro cambio, quiero pronto llegar a casa. Ya no pienso en el ser argentino. Más vale lo disfruto y, aunque no me sea fácil, lo describo.

2 comentarios:

Paco Piniella dijo...

Que bonito sería volver a Buenos Aires! Aunque dicen que en verano hace mucha calor, aquí ya con las lluvias.
Saludos desde Cádiz.

Juan dijo...

...hola María!..una vez más veo que las ceremonias son tu fuerte..he leído otras....la sorpresa, lo bizarro, y tu testimonio, que seas testigo, hace testigo al lector tambien de manera muy vivida y real ...la sudestada siempre se lleva algo....
un abrazo
Juan