24/9/08

Me dijo rubia (un cuento escorpiano)

Eran las 2 ó 3 de la tarde, el sol entraba por la ventana abierta de mi auto y la ruta 8 reverberaba vacía. Recuerdo que en la radio sonaba una canción de Queen ("…can anybody find me somebody to love…") y yo la cantaba a los gritos, feliz porque ya era primavera. No registré la moto hasta que la tuve cerca: la descubrí a 200 ó 300 metros por el espejito retrovisor. Al principio fue sólo una mancha difusa en la lejanía; poco a poco se convirtió en una moto grande, brillante y negra que se me acercaba veloz. Me pregunté a cuánto vendría el tipo. Miré mi cuentakilómetros: marcaba 120; 180 ó 200 marcaría el de él. El hombre en el espejito retrovisor se me acercaba cada vez más, en cualquier momento lo tendría a mi lado. Sentí vértigo, no sólo por su velocidad, sino por el asfalto interminable rodeado de campo mudo. Parecía que en el mundo estábamos sólo nosotros dos. A través de la música escuché su motor sibilante. De pronto la imagen fue nítida: el hombre, sus jeans, su campera de cuero, los guantes y el casco negro se fundían con la moto, como si fueran una sola cosa, un extraño animal enfurecido queriendo alcanzarme. Un minuto y lo tendría a mi lado. Medio minuto y el rugido de nuestros motores fue sólo uno. Por un segundo estuvimos a la par, juntos, él y yo. El viento en mi cara, mi pelo arremolinado, la visera de su casco cerrada, nuestra mirada.
Comenzó a alejarse. Ahora el asfalto desierto frente a mí lo tenía a él, primero a 50, luego a 100, a 200 y a 300 metros. Dejé de oír su motor, su imagen perdió nitidez y volvió a ser una mancha difusa. Pero pude ver su maniobra rápida, urgente, descontrolada. Se movió a la izquierda, luego a la derecha, luego los vi volar. A él y a la moto. Los vi elevarse por el cielo. El tiempo fue un instante y sin embargo infinito. Allá arriba se separaron. La moto cayó pesadamente y se hizo pedazos. El hombre cayó pesadamente aunque -no puedo explicarlo-, pareció que hacia algún lado se lo había llevado el viento.
Clavé los frenos en la banquina. Me resistí a ver lo que había visto. No quería seguir, no quería llegar hasta allí y enfrentarme con eso. Por qué a mí, por qué a mí, por qué a mí. Miré hacia todos lados. La ruta seguía vacía. Me refregué la cara, intenté apaciguar mi corazón y me dije que tenía que continuar, llegar hasta allí.
Avancé hasta donde creía que había sucedido todo. Apagué el motor. Me bajé. Sólo se escuchaba el viento. Nada más. Caminé por la banquina, bajé el terraplén, tropecé entre los pastos largos. De pronto descubrí la moto: estaba desmembrada entre las ramas podridas de un árbol caído. Cerré los ojos, pensé que el corazón me iba a estallar. Dónde estás, insinué. Dónde estás, dije más fuerte. Dónde estás, grité. Ya no pude dejar de gritar. Dónde estás dónde estás dónde estás. Caminaba rápido, lo buscaba entre los pastos, entre los espinos, entre las retamas salvajes, entre los cardos florecidos. Dónde estás dónde estás dónde estás. Corría ahora, y tropezaba, dónde estás.
De pronto lo vi. Allí, tirado de cualquier forma, hundido entre los pastizales. Sus botas tejanas, su jean, su campera de cuero, sus guantes, su casco negro. Me acerqué, dije estás bien. Estás bien. Pensé: está inconsciente, sólo eso, no hay rastro de sangre, no está lastimado. Hablame, dije. Por favor hablame. Por favor decí algo. Por favor.
Volví a mirar hacia la ruta desierta. Sabía lo que tenía que hacer y otra vez me dije por qué yo. Me acerqué despacito, me agaché, apoyé mi mano en la visera cerrada. Debía abrirla. Tenía que mirar, ayudarlo a respirar, comprobar que sólo estaba desmayado, o que tal vez, tal vez, tal vez... La deslicé suavemente, lentamente, con terror. Vi sus labios, su nariz, vi sus ojos cerrados. Me escuchás. Te voy a ayudar. Yo te voy a ayudar. Voy a ir hasta a la ruta a buscar ayuda. Te dejo solo un minuto, vuelvo en seguida. Me escuchás. Decime algo por favor.
No movió la cabeza, sólo abrió los ojos. Vi cómo los abría. Paseó la mirada, perdida, ida, por un mundo que no era éste. Tuviste un accidente, dije. Pero estás bien, sabés. Voy hasta la ruta a pedir ayuda, no te dejo solo, ya vuelvo. Entonces me pareció que decía algo. Quería decir algo. Movía imperceptiblemente los labios, como si tuviera sed, como si quisiera hablar. Me di cuenta de que no podía. O tal vez hablaba en susurros y yo no oía. Me acerqué más, hasta que mi pelo rozó su casco. Más, todavía más. Más. Quedé recostada a su lado, mi mirada en su mirada, mi oído cerca de su boca.
Hablame. Hablame. Por favor hablame, le imploré. Él cerró los ojos, respiró entrecortado. Hablame, insistí. Sin saber lo que hacía le quité lentamente un guante y le tomé la mano. Aquí estoy, ¿ves? Estoy aquí con vos. En seguida vendrá alguien y nos va a ayudar. Y vas a estar bien. Por favor esperá. No te duermas, no te vayas, por favor esperá. ¿Me escuchás? ¿Me escuchás? Comencé a llorar. Entonces él volvió a abrir los ojos. Y me miró. Se me quedó mirando, así, con toda su mirada puesta en mí. Y nítidamente, claramente, lo escuché decir: Rubia, no llores.
Supe que había muerto. No hizo ningún ruido, sólo dejó de respirar. Me quedé recostada a su lado, mi mano en su mano no sé cuánto tiempo. Yo ya no lloraba y creo que no pensaba en nada. Miraba el cielo a través de las ramas de los sauces.
Después me puse de pie, me sacudí los pastos de mi ropa y volví hacia la ruta. El asfalto reverberaba solitario e infinito y sólo se escuchaba al viento. Recuerdo que el aire estaba azucarado con las flores de los paraísos y que me dije que era una suerte que otra vez fuera primavera.

(1994, Hughes, Pcia. de Santa Fe)

6 comentarios:

Paco Piniella dijo...

El relato esta francamente bien redactado ¿pero es real?

SerViajera dijo...

Hola Paco,
qué bueno que nuevamente me visites...
Me preguntas si el relato es real. Yo te pregunto: ¿qué es real y qué es fantasía?.
A veces los sueños son tan reales que necesitas escribirlos para librarte de ellos.
Yo vi la moto, el hombre y su casco, los vi elevarse por el cielo. Con el corazón en la boca me metí en el montecito de sauces, encontré al hombre, me miró, lloré, me habló y murió.
Sin embargo no sé si alguna vez todo esto sucedió...
Un abrazo
María

Paco Piniella dijo...

Puro Borges!!!!

Argonauta dijo...

¡Espeluznante! La muerte camina siempre entre nosotros, María, ¿no es cierto?

Qué bien escrito, qué bueno que volviste...

Un beso desde el Mediterráneo.

JAVIER ADAN dijo...

Un relato precioso.

Valkiria dijo...

Wow. Excelente. Con este relato me han entrado ganas nuevamente de escribir.