15/7/10

Entrega

Una vez que pasa el llanto, una vez que se me deshinchan los ojos, una vez que me duermo y me despierto y constato que continúo respirando, decido entregarme, tristeza. Sos como el día, un sol desteñido, el silencio del sábado, los árboles sin hojas, la calle mojada.
Así de callada, casi vencida, con ganas de hundirme en la madre tierra, sos lo único que me queda. Un refugio donde escucho a mi corazón que al fin se ha calmado, donde navego sin pensar en nada.
Otra vez debo empezar, y cada vez estoy más cansada. Ya no me resisto como antes, ya no bailo para conjurarte, no me muerdo los labios con rabia, no te desafío con mi mirada. Al contrario: me acurruco en vos sin pedirte nada. Sé quién sos, te conozco; me mecerás lento con tu vaivén, tristeza, me desvestirás suavecito hasta que de tan desnuda pueda mirarme el alma.
Entonces tristeza, tal vez en primavera, me digas un par de palabras. Adiós, María, hasta pronto. Y te retirarás, por un tiempo, a ese lugar donde siempre es invierno. Pero hasta que no canten los zorzales, hasta que en mi corazón no florezca la madreselva, serás mi compañera. Aquí estás, tristeza, a mi lado y al otro lado de mi ventana.

1 comentario:

Paco Piniella dijo...

Tambien la tristeza es parte de nuestra vida.
Paco