16/6/08

New Cross Gate, Londres

Un brie de Normandía, un pote de hummus árabe (pasta de garbanzos, litros de aceite de oliva, limón y toneladas de ajo), un vino D.O. Valdepeñas de Castilla-La Mancha, galletas tradicionales suecas de almendras y otras de oat, típicas inglesas. Mi almuerzo híper calórico en pleno junio es como Londres, un mix fascinante, rico, desbordante de sabor.
Hace frío en esta isla del demonio; diecisiete grados y nubes violetas a cinco días del comienzo del verano. Los londinenses transpiran, andan en remera y sandalias; yo he desaparecido en un cardigan irlandés de pura lana tejido a mano.
Aquí siempre me sucede lo mismo: me pregunto por qué viajo tanto, para qué. Si quiero ver gente de todas partes del mundo me bastan unos días en los barrios periféricos de Londres: musulmanes en White Chapel, indios en Brick Lane, senegaleses o etiopes en New Cross Gate. La única cuestión es que esta ciudad es eso: obviamente urbana, terriblemente urbana. Y dura. Salvo en sus espectaculares parques, donde me abrazo a los robles gigantes sin poder contenerme, Londres es tough, hardcore, matadora. Es una sensación mía, lo sé. Lo noto a las 6 de la tarde, cuando me meto en algún restaurante indio, pido un curry con coconut y una cerveza y lo único que deseo después es irme a dormir. Claro que no puedo: me espera casi una hora de bus hasta donde vivo, la casa de mi hija Fran.
Esta casa, en el corazón de New Cross Gate, al este de Londres, ya se acaba. Después de cinco años audaces, Fran se ha graduado y un ciclo se termina. Así es la London de los estudiantes: cambiante, desprendida, esforzada, momentánea, dura. Todo, porque no queda otra, se recicla cada cierto tiempo: amores, amistades, costumbres.
Yo mientras disfruto el regalo de haber podido conocer el Londres de mi hija, de haber venido tantas veces y seguido su experiencia de vivir en distintos barrios, de dormir en esta casa victoriana donde conviven varios estudiantes de distintas partes del mundo. Pero es un deleite extraño, con un poco de esfuerzo: no soy urbana. Londres me hace ser objetiva, mirar con la cabeza, no con las vísceras. No es una emoción, es una idea. Camino, observo, me maravillo, en cierto modo disfruto, pero su aire me desgasta más que el del desierto marroquí, me deshidrata más que el siroco tunecino.
¿Será el hecho de que soy latinoamericana? Fran también lo es, así que no me sirve de excusa. Claro que ella tiene sus razones para estar acá, yo... sólo ella. Seguramente por ella quiero desentrañar esta ciudad, porque Londres es un deseo consumado de mi hija, un tremendo logro, una parte del gran misterio de quién es ella, lo que ve, lo que busca, lo que sueña.
Entonces yo la recorro, quiero aprehenderla. Voy y vengo, husmeo en el mercado junk de Depford, ando por Greenwich, por Wapping, me tomo el barco hasta Tower Bridge y saco mil fotos, recorro Broadway Market y llego hasta el mercado de las flores de Columbia Road, participo del festival pro refugiados y, sentada en el pasto frente al Thames cerca del Tate Modern, miro una bellísima danza paquistaní. Después ceno temprano spicy food en Wagamama, ya no doy más y decido subirme al 453 y encarar el regreso a New Cross Gate. Pero antes la música desde el fondo del Támesis me da curiosidad. Me asomo: la bajante ha dejado una lonja enorme de piedras al desnudo. Un DJ, guarecido contra los pilares de un puente, enardece a los jóvenes con su música. (¿Fiesta en un lugar publico?, después me explicará Fran. La ley lo prohíbe, pero no especifica que la ribera del Thames, cuando está al descubierto, sea un lugar público, así que la poli ahí no puede hacer nada).
El sol todavía está alto, la tarde del domingo dibuja la silueta del Big Ben. Necesito silencio, irme a dormir. Espero al 453 que no llega; algo sucede, el orden inglés está alterado. Al otro lado del Westminster Bridge veo un tumulto. Cientos de policías han cortado el paso, dos helicópteros vuelan en círculos. Decido ir a ver. Se agolpa la gente con grandes carteles en contra del más grande terrorista de la historia. Es que a Londres acaba de llegar Bush. En piloto automático me subo a un mojón, saco fotos.
Las miro ahora: salieron bien, pero para qué las saqué. Las deleteo y me digo que esto no es lo mío. Londres me fascina, es como si leyera entero un enorme tratado de sociología. A tal punto me atrapa que, por un rato, me confunde: creo ser la que no soy. Pero el mareo dura un instante. En seguida me digo que aunque intente aprehenderla, Londres jamás será mía. Aquí yo me pierdo, desaparezco en la enorme multitud. Aprendo toneladas con sólo caminar unas cuadras, pero su tremenda energía no me nutre. Por eso la miro y la gozo con la cabeza; no con el corazón.

2 comentarios:

el viajero impresionista dijo...

Aterrizo desde el blog de Miguel Nonnay. Fantástico blog, fotos comentarios, percepciones...
Londres si es duro aunque en verano te enseña su cara amable, especialmente si eres visitante.
Supongo que el wagamama será el del Brigde, sitio espectacular.
Sobre comportamientos humanos me llamaron la atención los "ciudadanos bala": expulsados a velocidad de las bocas del metro, parecían no tener sentidos: podían pisotearte si no te apartabas de camino, o caer en la trayectoria del siguiente.
Te enlazo en mi blog, saludos.

Nuestro Cuaderno de Viaje dijo...

Muy interesante tu blog; las narraciones de tus experiencias y las fotos, lo mejor. Te he agregado a mi blog.

Un saludo.