3/6/08

De Túnez a Palermo, dos mundos y el mismo mar

¡Splashhhhhhhhhh! Olvidando lo poco que sé de geología puedo imaginar a mis anchas que las islas que sobrevuelo cayeron del cielo. La luz y el Mediterráneo son tan transparentes que desde el avioncito que cruza a Sicilia desde Túnez veo más allá de la superficie, como si desde las alturas estuviera buceando. Soy el protagonista de The Big Blue, mitad humana y mitad pez, y nado entre ánforas, joyas hechas de coral, mosaicos, estatuas, tesoros y naves que yacen hundidas.
Vuelo sobre el Mediterráneo más antiguo, el más navegado, donde floreció la Magna Grecia, el que perteneció a fenicios, griegos, cartagineses y romanos, por sólo nombrar a algunos. ¿Cómo no entender ahora que civilizaciones enteras hayan dado la vida por estas islas silenciosas de pura roca gris? El mundo aquí se aprieta: Al otro lado del pie italiano está Grecia, apenas más allá está Creta; África y Sicilia casi se tocan; Pantelleria, una de las cuatro islas Egadi, aunque italiana, está más cerca de Túnez que de Italia. En vez de ir al colegio y a la universidad uno tendría que leer y viajar. Mucho, continuamente, sin parar. Todo se simplificaría entonces, uno entendería la historia, el arte, las religiones, las culturas, las lenguas y hasta un poco de filosofía con sólo observar.
El avioncito descendió hasta casi rozar el agua, pasó muy cerca de unas montañas grisáceas y aterrizó en Palermo.
Pero antes de meterme de lleno en el relato de mi viaje siciliano, quiero contar un episodio que habla por si solo de las tremendas lejanías que existen en este mundo, más allá de los pocos kilómetros que separen a los seres humanos. Resulta que en Túnez embarcaron varios italianos y algunos tunecinos. Entre ellos me llamó la atención un anciano dignísimo de barba blanca, tocado con un fez rojo y vestido con una túnica medio dorada. Lo acompañaba una mujer mayor velada, supongo que su mujer. Era evidente que por primera vez volarían y que seguramente por primera vez saldrían de Túnez. No respetaron la fila para subir al avión, al entrar el hombre perdió una sandalia, una azafata tuvo que bajar la escalera para buscarla y luego calzársela. El vuelo duró 45 minutos. Los perdí de vista hasta el control de inmigraciones de Palermo. Otra vez el señor mayor y su señora pasaron por delante de todos y se metieron en la cabina de inmigraciones mientras el oficial atendía a un pasajero. No hubo forma de que entendieran que tenían que esperar su turno detrás de la línea amarilla. Pasaron el control sin problemas y yo pasé detrás. Lo que seguía era un pasillo y luego unas escaleras mecánicas, que para peor, descendían. Ahí me los volví a encontrar. La mujer, cargada de bártulos, gemía agarrada al anciano. Una italiana comprendió que estaban al borde de un ataque de pánico y trató de ayudar. No me quedó otra que colaborar. La italiana tomó a la mujer de la mano, y recién al tercer intento logró hacerla dar un paso y meterla en la escalera. Lo mío fue más fácil, empujé suavemente al anciano, quien, dócil, cerró los ojos y se entregó a Alá. Pero ni bien empezamos a descender el hombre se recostó sobre el pasamanos. Yo le decía, no monsieur, no, no, no, pero el señor tumbado sobre el pasamanos parecía que estaba a punto de morirse o de vomitar. A todo esto los bártulos de la señora rodaron por las escaleras y para colmo, el marido de la italiana, que contemplaba la escena desde abajo, le gritaba indignadísimo que nos íbamos a matar. Pero lo logramos, a pesar de que la túnica del anciano se salvó milagrosamente de quedar enredada entre los dientes de la escalera. Ahí los dejamos, imaginando que sus parientes emigrados estarían esperándolos.
Así, toda transpirada y agitada llegué a la cittá della mafia, Palermo.

El contraste fue notorio: en una hora pasé del simple blanco y azul tunecino al barroco siciliano. Raro, pero fascinante. El único dato que tenía lo había sacado de internet: cerca de la Stazione Centrale había un albergo que supuestamente estaba bastante bien. Tuve que constatar dos veces la dirección: no podía creer que ese enorme palazzo del siglo XVII absolutamente destartalado escondiera en alguna parte un hostal medianamente digno. Pero toqué el timbre, pregunté si tenían lugar, me dijeron que sí y subí. Incredibile. Para llegar a la prima pianta tuve que subir una escalera de 30 metros de ancho y 20 de alto. Mármol blanco y rojo por doquier, lámparas fastuosas, hileras de columnas, ventanales de fantástica forja, restos de stucco, faunos resguardando portales, paredes desconchadas, estatuas en los rincones. Decadente, ésa es la palabra, pero tan hermoso. El albergo resultó genial. Me quedé sin aire al tener que pagar 50 € cuando en la Maison Doree de Túnez dormía por 20. Pero no estaba para salir en busca de otro albergo, dije sí, desembalé mis cosas y salí a caminar.
Yo creo que no hace falta que el Etna (aunque está en la otra punta de la isla) entre en erupción para que todo Palermo se venga abajo. Tal es el deterioro de la fascinante ciudad que si al scirocco o al tramontana les da por soplar muy fuerte, la desarman como un castillo de naipes. Todo se tambalea, el barroco, el gótico, el normando (sí, dije bien: normando), y hasta el sólido aragonés. Atiborrada de palazzi y de iglesias, Palermo debe haber sido grandiosa; sin embargo hace unas décadas uno de sus barrios más típicos (La Kalsa) era tan mísero que la Madre Teresa asentó allí una misión. De todas maneras la ciudad arde de vida. La gente llena las calles, los mercados invaden las plazas y las veredas, y si te descuidás las vespa, las bicicletas y hasta algún Fiat 600 pintado de celeste te pasan por encima. Ciudad de la mafia, del siciliano de toda la vida y de inmigrantes de todos los colores, lenguas y religiones, Palermo es como uno de esos espectaculares mosaicos que vi hace menos de un día en el Museo del Bardo de Túnez. Sin embargo no es ésta la Sicilia que a mí más me interesa. Al menos ahora, en que estoy todavía impregnada del silencio y esa sensación de nada nordafricanas. Yo vengo a la isla rural, medio feudal, con aroma a paese. Además, llego llena de recuerdos. Digo Sicilia y pienso en Garibaldi (mamma mía, ¡qué personaje!). Il Gattopardo, la novela de Lampedusa, robada y vuelta a guardar en la biblioteca de mi abuelo cuando tenía 13 ó 14 años, me marcó para siempre. Todavía me acuerdo de la tapa de libro -amarilla-, de las ilustraciones que abrían cada capítulo, del imponente signore Fabrizio y de los nombres de las protagonistas femeninas: Concetta y Angelica (pronúnciense 'Concheta' y 'Anyélica'). En la Sicilia que busco sucedieron algunas historias de Luigi Pirandello, y en la campagna y en una playa desolada, se desarrollaban los tres maravillosos cuentos de Kaos, una película sin igual de los hermanos Taviani.
Con mil imágenes de otras épocas dándome vueltas comí temprano y me metí en el albergo, con una guía recién comprada y un mapa de la isla. La cosa es bastante importante: tengo que decidir hacia dónde voy mañana.

3 comentarios:

MP dijo...

Ayyy cana, te leo, y me pregunto que ostea hago quietaaaa.....!!!!!???? que lindo, que amplio, que envidiaaaa...!!!!

Paco Piniella dijo...

Con qué facilidad te mueves, y los mortales junto a un ordenador en el trabajo,... Me he fijado en tu comentario sobre la entrada en Italia. Es muy duro el tema de los visados. A mi me da verguenza como español el trato que se da a nuestros hermanos de Sudamérica en el aeropuerto de Barajas. Ya los españoles no nos acordamos de cuando eramos nosotros los emigrantes.
Bueno, ¿y de Sicilia a dónde?
Ciao bambina!

Claudia dijo...

Tal y como comenta MP... no sé qué rayos hago quieta!!! Cada vez que te leo me dan unas ganas impresionantes de agarrar mi mochila e irme a viajar -no importa adónde-; así no tenga un sólo peso en el bolsillo. Pero lo pienso tanto -tantas veces- que al final no hago nada... y quieta me quedo. Desearía tener tu valentía y hacer lo mismo que llevas haciendo por años.