5/6/08

Sicilianos

¿Cuántas calorías tendrán 150 gramos de prosciutto di Parma cortado bien finito, un trozo de formaggio sfumato, un pan casero, dos vasos de vino ‘Nero de D’Avola’ (elaborado en el perdido paese di Catalbellota) y un enorme pedazo di cioccolato al latte? No lo sé, pero la idea, además de disfrutar, es no parecer una desnutrida al lado de las sicilianas. ¡Mamma mia, qué delanteras! Esta isla es el paraíso de los hombres que enloquecen con las pechugonas, aunque las sicilianas tengan -lo digo con cariño- brazos como palos de amasar, piernas para triturar uva y –algunas- un poco de bigote.
En fin, io mangio, con la esperanza de no parecer una lánguida rubia que no ha comido en semanas.

Escribo desde lejos, o sea lejos de Palermo. Estoy en otra de las tres puntas de la isla, en la divina Ortygia, la zona más vieja y portuaria de la histórica Siracusa. ¿Cómo llegué acá? Manejando un Fiat azzurro. No quedó otra, a los tres días de estar en Sicilia me di cuenta de que si quería ver todo lo que me proponía, el pullman (bus) no iba a funcionar. Así que alquilé una macchina en Trapani. ¿Dónde es esto? Al sudoeste de Palermo, a donde llegué en bus hace –creo- tres días.
Voy para atrás ahora. En Palermo decidí ir hacia la región más al sudoeste de la isla porque además de ser menos turística, es la que más influencias ha tenido de los fenicios y de los árabes. Trapani mira a África, tanto que su plato más típico sigue siendo el cous cous.
Las dos horas de pullman hasta Trapani (capital de la provincia del mismo nombre) me permitieron entablar conversación con Gianni, un siciliano que estudió en Pisa y trabajó durante varios años -hasta hace sólo un mes, en que regresó a su Trapani natal- en Bordeaux, Francia. Gianni iba sentado atrás mío y quedó demudado con que la rubia con pinta de guiri que iba adelante hablase en italiano. La cuestión es que charlamos durante todo el trayecto. Gianni me dio mil consejos, contestó todas mis preguntas y corrigió con paciencia mi italiano. Yo creía que nuestra charla era privada; resulta que no: poco a poco a nuestra conversación se fueron sumando otras voces. Sí, la gente que estaba alrededor también comenzó a opinar sobre lo que María tenía que ver, comer, tomar y hacer. Wow, ¿cómo es que el universo me hace estos regalos? Después de las dos horas de viaje yo tenía una lista de los mejores y más secretos sitios de la provincia de Trapani, y una invitación de Gianni a comer pizza en Calvino, la mejor pizzería de la cittá según toda la gente que iba en el colectivo.
¿Qué hice después? Me despedí de todos con nombre y apellido, me instalé en la estupenda pensione Messina (20 € con baño compartido, decoración intacta desde 1930, y un propietario muy viejo que me atendió en pantuflas y batón), dejé mis cosas y me tomé el alíscafo a Favignana, una de las cuatro islas Egadi.

En veinte minutos estaba en medio del Mediterráneo. Sicilia lo está también, pero Favignana es minúscula y en cuatro horas le di la vuelta entera en bicicleta. Lo más fascinante que tiene Favignana, aparte de su mar transparente y cálido, es su historia. Toda la isla está llena de vestigios de una ciudad cartaginesa enorme que existió allí. Favignana está toda horadada: las casas en vez de huerto o jardín tienen unos agujeros de varios metros donde hay ruinas, ruinas y más ruinas. La zona más espectacular es Cala Rossa, llamada así porque hace diecinueve siglos –nada menos que durante una de las guerras púnicas- el mar quedó teñido de rojo con la sangre de cientos de cartagineses muertos.
Resulta fascinante tratar de imaginar qué pensarán los isleños que conviven desde siempre con tanta historia. Tal vez para un europeo, un asiático, africano o incluso latinoamericano (de Bolivia hacia el norte) esto no resulta tan llamativo. ¿Pero para una argentina? Pedaleé toda la isla pensando que yo me conformo con saber que mi casita del Bajo de San Isidro la haya levantado un inmigrante polaco en 1940, quien allí mismo tenía su herrería. ¿Qué habrá bajo los cimientos de mi Andoriña? Nunca me lo había preguntado. Barro, solamente, tierra nueva, fresca y salvaje, sin siquiera un recuerdo de los querandíes, los tehuelches, o como se llamen los indígenas que vivieron en la ribera del Río de la Plata hasta que llegó Colón y fueron exteminados.

Difícil explicar mi estado después de pedalear tantas horas. Volví en el alíscafo medio dormida y llena de tierra. Gianni y sus amigos Dario (pronúnciese Dário) y Vittorio (horriblemente apodado por Dina, su encantadora novia, ‘Toto’) me estaban esperando. Qué más da, pensé, y así me fui. Fue una noche divertidísima, aunque tengo que confesar que al promediar la cena (jamás podré olvidar el sabor de la pizza Calvino, por demás regada con birra Moretti), ya no entendí nada. Es que mis nuevos amigos ya no hablaban en italiano, cantaban en purísimo si-shshshshshshsh-iliano.

Estoy realmente anonadada con cómo me tratan aquí. Aunque para los sicilianos el norte de Italia (mi abuelo era del Veneto) es otro planeta, el hecho de que yo sea nieta de un italiano los emociona hasta las lágrimas. A todos les cuento la historia de mi aventurero abuelo Lucio, quien antes de establecerse en Argentina viajó por buena parte del mundo pensando que su respaldo económico era un valiosísimo anillo familiar que finalmente resultó absolutamente falso. Gracias a mio nonno he pasado a ser ‘María pariente de todos’, porque no hay ni un solo siciliano que no tenga un familiar emigrado a la Argentina en la primera mitad del siglo XX. Así que me retribuyen, como si yo hubiera ayudado a sus ancestros a no morir de inanición. Gianni se ocupó de conseguirme una habitación en la pensione Messina, el barquero que me llevó a través de las salinas cerca de Marsala a la isla de Mozia no me quiso cobrar, el encargado del parcheggio del Valle degli Templi de Agrigento me perdonó los 2 € para aparcar. En fin, a pesar de que Sicilia es caro (especialmente el transporte) me las arreglo bastante bien. A todos les digo lo mismo: ¡No! Non sono tedesca, non sono francesa, sono argentina, ¡mio nonno era italiano!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Por suerte queda gente "de pueblo" y que gratificante es rodearse de tanto afecto!Que no les llegue nunca la "mala" civilización! Bravo maría!!!

MP dijo...

la historia del anillo no la tenia...!!habra mas detalles..? besos..!