21/6/08

Raquel tiene novio

El bar Milano está en la plaza de Matute, muy cerca del piso de Huertas donde viví unos meses, hace ya cinco años. El Milano es como cualquier otro bar madrileño, salvo por su terraza, que ocupa buena parte de la plaza y es un deleite tanto en invierno como en verano. En los meses fríos el sol reverbera contra la pared del bar haciendo creer a uno que ha subido la temperatura. En verano, los arbolitos que milagrosamente han sobrevivido a la lejía con que las vecinas lavan las veredas, dan una sombra leve, la justa para tomarse una caña y comer algo liviano al mediodía.
Fui habitué del Milano desde que me instalé en Huertas. En esa época la antigua e histórica calle estaba recién remozada, convertida en peatonal. Los vecinos asistían a los cambios bastante azorados. La calle, corazón del barrio de Las Letras, lucía ahora frases de célebres escritores estampadas en el pavimento. Desde el Paseo del Prado uno podía subir la cuesta hasta la plaza del Ángel leyendo a Cervantes, Espronceda, Lope de Vega, Góngora, o Quevedo. También se podía descansar en los nuevos bancos de piedra o imaginarse cómo iban a hacer los pobres árboles recién plantados para crecer entre tanto cemento.
La inauguración de Huertas fue todo un acontecimiento. Me acuerdo que presencié el acto desde el balcón de mi piso. Estaban allí varias autoridades y un montón de vecinos. Hasta Gabriel (‘Grabiel’, se presentaba él), un viejito medio jorobado con aspecto de duende que tocaba la armónica y pedía plata a los transeúntes, estaba allí, por una vez solemne y silencioso. La transformación de Huertas fue el comienzo del espectacular remozamiento del Viejo Madrid, que duró varios años y recién ahora parece haberse terminado.
El tiempo que viví en Huertas me dio material para escribir una novela. Fascinada, poco a poco, yo descubría la ciudad desde el fondo de su alma. Siempre he dicho que no soy urbana, pero el Viejo Madrid me sedujo con su aire de barrio, con sus personajes de toda la vida, con sus librerías de viejo, con el canto de los canarios. Huertas, como toda la zona entre Sol, Embajadores y Atocha, ha sido invadida por inmigrantes, artistas y jóvenes bohemios. De ahí que la mezcla de gente y de costumbres sea apasionante. Cierran las tiendas tradicionales de 2 a 4; las alimentaciones chinas funcionan 24 horas al día. Se escucha el parloteo de las vecinas cuando vuelven de la compra temprano a la mañana; resuena la música en los bares hasta bien entrada la madrugada. Andan trajeados los señores por la tarde; los artesanos, con gorros jamaiquinos y sentados en el suelo, fuman tranquilos un porrito de marihuana.
Mi calle y sus alrededores me atraparon como un laberinto del que no deseaba salir. Yo iba y venía, intentaba memorizar los fabulosos nombres de las calles (Amor de Dios, Desamparados, de Jesús, Berenjena, Ave María), espiaba a través del ruinoso escaparate cubierto de espejos y madera dorada de la librería La Celestina a don Miguel, su dueño, un personaje solitario que me tenía intrigada, seguía a ‘Grabiel’ sin que se diera cuenta, intentando descubrir dónde vivía. Y en algún momento, cansada y maravillada, me sentaba en la terraza del Milano. Desde esa época conozco a Raquel.
Raquel me pareció desde el primer día un personaje caído del cielo en un lugar equivocado. Pululaba entre las mesitas de la plaza como si no entendiera qué estaba haciendo allí. El entrecejo siempre fruncido a causa –supongo- de la miopía, el pelo corto y duro peinado con litros de spray, vestida eternamente con un pantalón marrón que le sentaba horrible, mocasines al tono y, según la época, suéter o camisa beige, Raquel y sus sesenta o sesenta y cinco años no cuadraban para nada con la imagen que uno tiene de la solícita camarera. Es más, pensé que estaba a prueba y que en cualquier momento la echarían. Pero Raquel siguió allí durante los meses que pasé en Huertas. Siempre vestida de la misma manera, demorándose eternamente en atender a los clientes, confundiéndose u olvidándose de manera increíble las comandas, cobrando un día una cosa y al siguiente otra aunque uno comiera siempre lo mismo, poco a poco entendí que Raquel debía ser la dueña del Milano o una pariente muy cercana -y protegida- de los propietarios.

A pesar de que ya pasaron cinco años siempre que vuelvo a Madrid regreso a Huertas, casi como una ceremonia, un homenaje a mi vida. Cada vez la recorro con miedo, imaginándome que tal vez todo esté cambiado. Pero algo mágico sucede: La Celestina sigue aun abierta y don Miguel no ha desaparecido, los arbolitos, aunque no han crecido nada, sobreviven a la lejía y al cemento, el duende Gabriel se deja ver y escuchar de tanto en tanto. Raquel sigue ahí, peinada y vestida como hace cinco años. Hoy al mediodía elegí una mesa sombreada y ella misma, luego de una espera de 20 minutos, vino a atenderme. Le pedí una caña y una ensalada, me trajo una coca cola y una ración de queso. Hasta ahí todo era igual que siempre, poco a poco la plaza se apaciguaba preparándose para las horas de la siesta. Pero de pronto algo sucedió. Un señor muy mayor, seguramente octogenario, sus pocos pelos engominados, trajeado y encorbatado, salió hecho una furia del interior del Milano. Parado al sol, en medio de las mesas, llamó casi gritando a Raquel. La mujer, con un plato de patatas fritas en la mano, se le acercó arrastrando sus mocasines y lo miró con sus ojos miopes.
-Es que esto no puede ser Raquel. Es que vengo a verte y lo sabes. Es que tenemos sólo unos minutos para estar juntos y así como así me dejas y te pones a hablar por teléfono con tu hija de niñerías.
Raquel lo miraba como si estuviese viendo llover. En un momento tuvo un gesto que creí de ternura y le pasó la mano que tenía libre por el pecho. No, sólo limpiaba las migas que su galán tenía en la solapa.
La escena continuó.
-¿Por qué Raquel me haces esto? ¿Es que lo nuestro no te importa? ¿Es que ya no quieres verme? Mira, que yo te quiero, que me gustas, pero tú no haces nada, no dices nada, y eso a mí me pone muy mal. ¿Qué soy yo para ti, a ver?
Raquel seguía sin decir ni mu. Miraba a su alrededor, con cara de a éste lo tengo que aguantar. Ante tanto silencio el señor estalló:
-¿No dices nada? ¿No tienes nada que decirme mujer? ¡Pues entonces me voy!- Dio unos pasos entre las mesas y pareció que todo había terminado, sin embargo de pronto se detuvo, giró y gritó:
-¡Y me lo pensaré bien, porque tal vez no he de volver nunca más!

Raquel miró las mesas, vio que alguien le hacía un gesto impaciente para que le cobrara, no hizo caso, cogió una patata del plato que aun llevaba en la mano y se fue para dentro.
El señor, como un general altivo al que le esperan kilómetros de retirada, salió del radio de las mesitas del Milano con paso firme. No tuve tiempo de preguntarme hacia dónde iría, porque atravesó la plaza de Matute, sacó un manojo de llaves del bolsillo y desapareció tras las enormes puertas de un viejo portal.

3 comentarios:

Anónimo dijo...
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Valkiria dijo...

Hola María,

Lindo post. Pobre viejito. Pero que suertuda tú de haber presenciado semajante escena. Pero mejor aún que la hayas podido escribir de la manera en que lo hiciste; como lo haces con todas.

Saludos.

Anotaciones Viajeras dijo...

Genial relato, muy vívido, me ha dado la impresión de estar caminando por Madrid, entre esas mesas.

Un abrazo grande!

Brenda Zaniuk (eviajado.com)