19/6/08

Montségur, 16 de marzo de 1244


 En este lugar es imposible abstraerse de la historia. Han transcurrido setecientos sesenta y dos años, sin embargo cada piedra, la soledad, el silencio, y hasta la enorme belleza que rodea esta gran montaña hablan todavía con voz quejumbrosa, fantasmal. Ha sido arduo trepar a pie hasta aquí arriba, pero de ninguna manera iba a claudicar. Quería ver. Imaginar. Recorrer lo que queda de la fortaleza donde se refugió un grupo de nobles Cátaros decididos a no abjurar de su fe. Camino, me acompaña el viento que viene de los Pirineos nevados y que tiene aquí su morada. Me cuenta, cortante, eterno:  Cantando gozosos “mi reino no es de este mundo”, ellos fueron arrojados a la hoguera. Eran doscientos quince hombres, mujeres y niños. Su crimen era su credo, el rechazo a la autoridad de la Iglesia de Roma y a los sacramentos; el propiciar, mediante la renuncia a la riqueza y la práctica de la compasión, una vuelta al cristianismo de los primeros tiempos. Algunos adeptos eran Creyentes, otros, los que habían optado por la castidad y la búsqueda de la santidad, llamábanse Perfectos. De allí su nombre: cátaro en griego significa puro.
El viento se arremolina, me deja sola. Y recuerdo. Se llamaban también albigenses, ya que la ciudad de Albi fue un importante centro cátaro. Fueron perseguidos y prácticamente exterminados de la antigua y legendaria Occitania, territorio culto, donde los trovadores medievales cantaron por primera vez al Amor Cortés. Bajo la excusa de herejía se escondían profundos intereses políticos: París anhelaba las ricas tierras del Midi donde el catarismo había florecido. Por eso, la cruzada desatada por el Papa Inocencio III no sólo terminó con los albigenses y sentó un oscuro precedente para la futura Inquisición, sino que logró que la antigua lengua de Oc (Languedoc proviene de ‘langue d’Oc’), la rica lengua en que se expresaban los trovadores, literatos y poetas desapareciera para siempre.
El viento no ha vuelto, de todas maneras tengo frío. No es un frío externo, es un frío que anda por mis venas. No puedo evitarlo, entre las piedras grises siento como un cátaro por un momento. Miro hacia los Pirineos, giro y un paisaje más dulce, cubierto de viñedos y bosquecillos, rueda por la bella tierra de Aude, en Languedoc-Rousillon. Amo lo que veo, es mi tierra, aunque mi reino no es de este mundo. Al pie de Montségur han encendido una gran hoguera. Ya vienen, moriré sin miedo, pero aquí y para siempre quedará un trozo de mi alma.
Eso es lo que aquí se siente. 

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