6/6/08

La isla 'in macchina' y un comentario sobre 'i maschi siciliani'

Inventando el itinerario detenida en la banquina o mientras comía gelatti di nutella en algún pueblo perdido, rastrillé Sicilia durante 6 días en el Fiat azzurro. Fue así: desde Trapani, en la punta sudoeste de la isla, fui avanzando hacia el este mezclando costa y tierra adentro. Sicilia sorprende constantemente, del borde del mar se pasa a la montaña en menos de media hora. Entonces baja la temperatura, aparecen pueblos medievales encaramados a altísimas laderas y uno se traslada siglos en el tiempo. La mayor parte de Sicilia se volvió a construir a mediados de 1600, cuando varias de sus más importantes ciudades fueron devastadas por impresionantes terremotos. De ahí que en la isla haya tanto barroco: el estilo estaba en boga en esa época.
Durante mi andar, aunque iba lento, vi tanto y tan variado que en un punto comencé a marearme; en pocos días navegué entre viejos molinos de viento por las salinas de Mozia, subí a Erice -una preciosa ciudad medieval cerca de Trapani-, me bañé en el mar que lame las ruinas griegas de Selinunte, me quede muda frente a la belleza de Calascibetta, un pueblo encaramado a un monte rodeado de campos cultivados, y visité el impresionante Valle de los Templos en Agrigento. Recuerdo que el día en que recorrí Agrigento terminé durmiendo en el perdido y altísimo pueblo de Catalbellota. ¿Qué quiere decir semejante palabra? La signora dueña de la casa donde me hospedé no me lo pudo explicar. En Catalbellota soplaba un tramontana que te helaba hasta los huesos, así que para paliar el frío le pedí a la signora que me preparara algo caliente de comer y descorchara una botella de vino rosso, elaborado en la finca de la familia. La cena fue deprimente. Estaba muerta de hambre y el plato de verduras y carne, además de medio frío, era minúsculo. Me comí toda la panera y me tomé media botella de vino. El postre fue grotesco: una pera todavía verde.
De Catalbellota me fui rápido a la mañana siguiente, después de un desayuno tan pobre como la cena. Partí con una rabia terrible: la signora me cobró un disparate por el plato de verduritas y toda la botella de vino. Como venganza le pedí il rosso que había sobrado y, cual avara, lo guardé en el Fiat azzurro.
El día se me fue dando vueltas por remotos pueblos del interior y caminando arriba y abajo la mágica Ragusa, una villa arrasada por un terremoto en 1650 y vuelta a construir tal como era por los poderosos nobles del lugar. A la tarde, ya instalada en el albergo de Siracusa -en la punta sudeste de la isla-, me acordé del rosso de Catalbellota y planeé un picnic sofisticado. Por primera vez incursioné en un almacén siciliano: de pronto quedé sumergida en un universo de increíbles embutidos, jamones y quesos.

Después de un día de marcha, caminatas, sol y calor, ¿hay algo mejor que darse una ducha, ponerse ropa limpia, desplegar manjares y hacer un picnic en una vieja y preciosa habitación de un albergo siciliano? Sentada al lado del balcón que miraba al antiguo patio lleno de flores, intenté fotografiar el momento, después me pregunté para qué, la fiesta era sólo mía y la recordaría siempre.
Siracusa –en realidad la vieja Ortigya, la zona portuaria más antigua de la ciudad-, me enamoró con el color dorado de sus murallas batidas por el mar –il lungomare-, sus barcas, sus plazas pavimentadas con losas de mármol, su barroco decadente y sus callecitas laberínticas.
Tal vez porque Ortigya es un antiguo puerto y a la vez una ciudad con galerías de arte, restaurantes, bares, y buenas tiendas de ropa, aquí conviven jóvenes ‘modernos’ y sicilianos de ley en una mezcla digna de película. I ragazzi son ni más ni menos que dorados efebos. El ejército veintiañero avanza peinado con gel, anteojos Rayban aunque sean las 11 de la noche, aritos en los lóbulos de las dos orejas, bermudas escocesas y remeras blancas sin mangas muy ajustadas. Tienen el físico de Popeye: bajos de estatura y medio chuecos, cinturita de avispa y tronco musculoso. A pesar de tanto mirarse al espejo tienen facha de machitos; debe ser la manera a lo James Dean con que miran, o que en el fondo, más allá de la pinta, siguen siendo nietos o hijos de rudos pescadores. Los sicilianos mayores, en cambio, tienen las manos más grandes y curtidas que vi en mi vida. A cada rato miro la imagen de un pescador que se sacó una foto conmigo: su mano oculta todo mi hombro y parte de mi brazo. Nicola Marino (su nombre) estaba en un sucucho del puerto tejiendo redes. Piel oscura, ojos claros, pantalones con tiradores, su cuerpote desparramado en una silla de paja. Le pregunté si podía sacarle una foto, dijo que sí y luego quiso que posáramos juntos.

He de confesar que el derroche de masculinidad siciliana me tiene pasmada. No sé qué tienen los hombres de esta isla (especialmente los hombres comunes, poco cultivados), pero su masculinidad natural –no importa la edad que tengan, que sean gordos, calvos, o poco agraciados- casi intimida. El mejor lugar para comprobarlo es cualquier mercato del pesce, donde los pescadores, después de pasar toda la noche en el mar, venden sus capturas muy temprano a la mañana. Manos de macho, boca de macho, brazos de macho, mirada de macho. Cuando estos seres sobrevivientes de otro tiempo te hablan, generalmente esbozan una sonrisa, entonces su masculinidad, en vez de decrecer, llega a su apoteosis.

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