6/6/08

El sonido de la antigüedad

En Selinunte se escucha hablar a las piedras. Hablan con su silencio de miles de años. Porosas de tanto viento, saladas de aire de mar, amarillentas de eterno sol, las piedras destilan tremenda energía, como si sus entrañas estuvieran surcadas por venas, como si tuvieran alma, como si les latiera un corazón. Hace calor, el campo ondulado varía entre el dorado del trigo a punto de ser segado y el marrón de la tierra abierta en surcos. Al fondo, más allá de una lonja de arena desierta, el Mediterráneo refulge lleno de brillos azules y espuma blanca que levanta el tramontana. Camino con el sol en la cara, entorno los ojos y no sé si lo que veo son enormes columnas decapitadas por el tiempo. En el paisaje increíble sus siluetas podrían ser fantasmas de cíclopes. Pero no, son columnas. Unas todavía están en pie, otras yacen caídas de cualquier forma entre sarcófagos, lápidas y montones de capiteles rotos. La antigüedad de Selinunte, una ciudad griega del siglo VII AC, me envuelve y me lleva a cualquier parte.

Se escucha cada tanto el graznido de gaviotas. En los huecos de las columnas anidan golondrinas y palomas. Se cruzan en mi camino diminutas lagartijas. Algo vibra en el aire. Lo siento en mi piel erizada. Llego a la acrópolis; como por arte de magia, sobre una elevación aparece un impresionante templo casi intacto. La imagen es sobrecogedora. El templo no está cercado, no hay turistas como en el Valle de los Templos, en Agrigento. Subo las escalinatas dando enormes zancadas. Miro hacia el cielo. Me pregunto si puedo caminar por donde quiera, si puedo tocar las columnas, pasar las manos por su superficie rugosa. ¿Puedo tocarte templo, puedo acariciarte historia? Se me erizan los sentidos, los museos nunca me atrajeron mucho, tampoco las ruinas muertas, pero Selinunte es distinto: está vivo. Vuelvo con el pensamiento a Machu Picchu. Dios, me digo, qué lejos, qué distinto, y sin embargo lo que siento es igual. Me urge tocarte, Tiempo, acariciarte es una enorme necesidad. Entonces apoyo las manos en una columna. La siento.
Dejo mis manos ahí, después arrastro las yemas de mis dedos por su piel ondeada. ¿Cómo algo tan áspero puede transmitir tanta suavidad? Cierro los ojos, el sol baja por mi espalda, y por un instante soy viento, soy mar, soy cielo, soy eternidad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
zulaicamedium dijo...

Chapeau. Me gusta cómo escribes. Si te parece bien añadiré tu blog al mío. Voy en breves a Sicilia (15 días) y viene bien leer dónde uno no se encontrará mucho turista, donde sí, que le gusta a quién se patea la isla, etc. No voy de turista, voy de mochilero, y alquilaré coche para ver el Sur de Este a Oeste y tren de Oeste a Este por el norte.
Me serán útiles tus palabras.
Saludos.
http://zulaicamedium.blogspot.com/