8/6/08

El ilegal

El embarque en Palermo fue como cualquier embarque en un aeropuerto chico. Los poquísimos pasajeros que volábamos a Túnez fuimos en un bus hasta la pista y luego subimos al avión por la puerta trasera. Dos cosas me llamaron la atención: rodeando la escalera había 4 autos de la policía; luego, al entrar al avión, la tripulación nos pidió que en vez de ubicarnos en nuestros asientos asignados, lo hiciéramos en las primeras filas, lo más adelante posible. Pero al instante me olvidé; en el cielo no había ni una sola nube, volaría sobre el fabuloso Mediterráneo, y aunque el avión se demoraba en partir más de la cuenta, me acomodé en mi asiento y cerré los ojos, absolutamente relajada. De pronto se escucharon terribles gemidos. Era un llanto desesperado, un grito ahogado, agudo, que venía del fondo del avión. Giré la cabeza y vi una escena que me dejó helada. Custodiado por 6 ó 7 policías, un hombre esposado y medio amordazado estaba siendo atado a un asiento de una de las últimas filas. El hombre, enorme, se resistía con todas sus fuerzas y los policías intentaban contenerlo. Un gorro a rayas blanco y verde le ocultaba la cabeza. El pánico se apoderó de mí, no entendía qué pasaba. La gente a mi alrededor miraba lo que sucedía sin capacidad de reaccionar. Se escucharon sollozos de mujeres. Dos o tres que viajaban con niños se pusieron a gritar. Otra comenzó a rogarle al marido que la sacara del avión. Pasaron instantes eternos, me hice un bollito en el asiento escuchando los latidos gigantescos de mi corazón. Los pasajeros poco a poco reaccionaron, se pusieron de pie. Qué sucede, qué es esto, gritaban. El comisario de a bordo (la tripulación era toda masculina) se acercó y dijo que el hombre no era un criminal: era un ilegal que deportaban a Túnez. Llevaba custodia por obvias razones, e iba maniatado y amordazado porque muchas veces se mordían la lengua hasta cortársela o se herían con lo que encontraban a mano para evitar la deportación. La angustia no me abandonaba, el hombre seguía gimiendo de una manera espantosa, tratando de zafarse de las esposas y las ataduras. Una italiana mayor comenzó a sentirse mal, el marido la reanimó como pudo y gritó furioso que todo lo que sucedía no era legal: el vuelo era privado y al tunecino tenían que transportarlo en un avión militar. En el tumulto, el comisario explicó que la situación era lamentable, pero que Tunisair, como línea aérea tunecina, estaba obligada a transportar al inmigrante. El griterío y los sollozos continuaban. Nadie se ponía de acuerdo, varios insistían en que todos debíamos abandonar el avión.
No sé qué me pasó, pero de pronto me puse de pie y dije en voz alta y en italiano que yo me bajaba. Yo no vuelo, decía, me voy, me voy, esto no es posible. Tomé mi mochila y caminé por el pasillo, pasé entre los policías que custodiaban al tunecino y llegué a la puerta todavía abierta del avión. En la pista había veinte policías más. Desde lo alto de la escalera los encaré. Fuera de mí repetí que yo en ese avión no volaba. Con mordaz ironía, tremenda soberbia y sarcasmo, los policías comenzaron a decirme que bajara si quería, que el problema no lo causaban ellos, sino el deportado. No supe qué me daba más miedo: los policías o el pobre tunecino desesperado.
El comisario intentó serenarme. Me dijo que al deportado le habían dado un somnífero, que pronto dejaría de gritar, que se dormiría. Había otra cosa además: si yo me bajaba retrasaría el vuelo porque mi bolso estaba en el depósito del avión.
Con la cabeza a punto de estallar volví a mi asiento. El comandante salió del cockpit y como si no sucediera nada dijo que en unos minutos partiríamos. El tunecino poco a poco se calló. Me acurruqué en mi asiento y escuché cómo se encendían los motores. El avión despegó con 30 pasajeros, tres policías armados y el pobrecito ilegal.

Todo esto lo escribo en las bolsitas para vomitar que están en los bolsillos de los asientos. Volamos ya sobre el Mediterráneo, pero no puedo disfrutar. Pienso en el deportado. Quien será, cómo será su historia. Puede que sea un vago, una mala persona, pero también cabe la enorme posiblidad de que sea un hombre bueno. A mi alrededor la gente parece haberse olvidado del asunto, come el típico sandwich con sabor a plástico y toma coca cola. Yo no puedo tragar nada, tengo un nudo en el estómago y me duele mucho la cabeza. El avión no se mueve, todo parece tranquilo, sin embargo, cada tanto, a través del rugido de los motores se escuchan los débiles gemidos del tunecino. Entonces, aunque no quiero hacerlo, me doy vuelta y miro. Un policía enguantado le mantiene la cabeza hacia atrás sosteniéndosela con firmeza de la frente. Otro, también enguantado, le aprieta un trapo sobre la nariz. Llego a ver el gorro verde y blanco del ilegal, sus ojos medio idos.

Estoy a 48 horas de finalizar mi viaje por Túnez y Sicilia y todavía tengo mil cosas que contar de estos días maravillosos. Pero el presente irrumpió con una cruel cachetada. El Mediterráneo de fenicios, griegos, romanos, árabes y tantos otros hoy es esto: Un gemido desgarrador de alguien que busca una mejor vida al otro lado del mar.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Que horror hay que ser muy audaz pero seguir contandonos cosas que son re copadas.
besos
ana

Paco Piniella dijo...

Es una injusticia ser ilegal por existir por nacer en otro país; este Berlusconi es peor que Aznar, que ya es decir...
Saludos,
Paco

Anónimo dijo...

Hola Cana:
Es un placer leerte... en unos momentos me senti sumergida dentro de tus cuentos y vivencias...sos increible segui asi...
Cuando volves???
Quizas vaya en Agosto al norte de España ...todavia no se bien donde???
Un beso a mi amiga...ahhh te voy a a mandar una invitacion que creo que no vas a estar si es que volves me encantaria verte...
Patsy

Anónimo dijo...

Maria
Buen día
Estoy consternada, te leo frecuentemente, tan frecuentes como escribes. Felicidades, te he escrito en ocasiones anteriores, pero nunca me había encontrado tan consternada, como me ha dejado tu artículo de regreso a Túnez.

Gracias por dejarnos conocer un mundo que creemos que no existe, o que pasamos de él, día a día, o que desde México que estoy a mas de 15 mil kilómetros, no se ve esta situación.

María recibe un abrazo sincero de mi parte.

Guadalupe Vargas

Ser Viajera dijo...

Hola Guadalupe,
Qué suerte poder comunicarme contigo; es que todavía recuerdo tu comparación de mis descripciones con las del maestro Juan Rulfo. Fue tan grande la emoción (Rulfo es uno de mis escritores preferidos, releo El Llano en llamas y Pedro Páramo cada tanto) que quise escribirte para agradecerte semejante honor, pero no tenía tu mail.
En cuanto al vuelo Palermo-Túnez sé que ha marcado mi vida para siempre. Ya no volveré a subir a un avión sin escuchar los gemidos del tunecino y los gritos de los policías para controlarlo. Como todas las cosas que me suceden, ésta debe tener un motivo. Todavía no sé cuál es, pero me consuela contarlo para que otros se enteren de lo que sucede en los países del primer mundo.
Me encantó tu mail y gracias otra vez por escribirme.
Un abrazo de mi parte
María