7/5/08

Marlasca

Soy bienvenida en varias de las casas de mis amigos madrileños, sin embargo esta vez preferí llegar de incógnito y alojarme en un hostal del viejo Madrid. Lo elegí por internet entre muchos: éste, además de barato, estaba ubicado en la segunda planta de la Calle de la Cruz y regenteado por dos hermanas que en seguida supuse solteronas. Pero lo que me decidió fueron las fotos que mostraban la recepción y las habitaciones. Nunca en mi vida había visto ambientes tan deliciosamente kitsch, atiborrados de antigüedades de origen dudoso y de adornos hetereogéneos.

El Hostal Marlasca no me defraudó. Todo fue como me había imaginado, el portal a la calle con dos puertas de madera pesadísimas, la oscura escalera de mármol, el olor a cera, las flores artificiales, los cuadros con marcos dorados, las estatuas de angelitos, y Mario, el dominicano multipropósito de las hermanas dueñas del Marlasca, sonriéndome -mientras las piernas inconscientemente le bailaban una salsa-, detrás del mostrador.

Luego de las doce horas de vuelo desde Buenos Aires, de pasar súbitamente del frío al calor o viceversa, soy un ser difícil de describir; algo así como un alma escindida, mi cuerpo astral por un lado, mi cuerpo físico por el otro. Suelo tardar unos días en volver a ser toda junta esos pedacitos de mí que andan desparramados. Hasta que eso sucede funciono de manera extraña. De ahí que me permita -porque fluye sin que pueda evitarlo- cualquier digresión: apenas entré a la sala-recepción del Marlasca me acordé de Anita la Lencera.

Anita la Lencera (pasaron años hasta que descubrí que ‘Anitalalencera’ no era un solo y largo nombre) vivía en una casa chorizo sobre una calle empedrada del barrio de Victoria, en Buenos Aires. Desde que tuve uso de razón Anita fue anciana; no sólo ella, sino sus otras dos hermanas (una de las cuales era medio boba), que la ayudaban de la mañana a la noche cose que te cose. Anita había bordado el traje de bautismo de mamá, llenado de puntillas su vestido de comunión y los camisones para su boda; mi traje de bautismo y el de mis hermanos, mi vestido de comunión y el de mis hermanas, las sabanitas, batitas, baberos y fundas de moisés de mis dos hijos e hijos de mis hermanas. Con el tiempo y las modas Anita la lencera desapareció de mi vida. A esta altura ya se habrá ido al otro mundo hace años, pero hoy en el Marlasca recordé su piel blanca, sus labios finos, su mirada de mujer sola y hasta su voz entrecortada, que parecía arrastrar una larga resignación.

En fin, con una mezcla de raras sensaciones e insólitos recuerdos brotados no sé de dónde, me instalé en el Marlasca. A pesar del cansancio me di un baño rápido, cerré los ojos media hora y luego partí a tapear. Lo tenía previsto desde hacía semanas: iría a Los Gatos, una taberna antigua llena de motivos taurinos donde tiran cañas como en ningún otro lugar. Y qué montaditos.... A propósito me desvié y recorrí el camino que tantas veces hice hacia mi viejo piso de la calle Huertas. Desde allí seguí cuesta abajo, la primavera ya asomada al cielo anochecido de Madrid.

Los Gatos todavía no se había llenado de gente; apenas había un par de viejos y silenciosos habitués. Pero ni bien entré algo pasó: creo que mi felicidad y mi entusiasmo de viajera embriagada atiborraron el local. Una caña y un montadito de gulas. Y uno de salmón. Y otra caña. Y uno de jamón. Y otro de anchoas. La tercera caña fue invitación de la casa; también el segundo montadito de jamón.

-Pero si es muy pronto para marcharte, guapa- me dice el camarero.

-Es que acabo de bajarme del avión. Tengo tal mareo... No sé cómo volveré al hostal.

-Tres cañas qué son, si no has bebido nada-. El camarero se ríe del otro lado del mostrador.

-¿Sabe usted lo que es atravesar el Atlántico en sólo doce horas? ¿Pasar de las junglas semi tropicales a la sequedad madrileña? ¿Dejar el otoño rojizo y llenarse los ojos de intenso verde recién brotado? ¿Escuchar locas golondrinas en vez de tímidos zorzales? ¿Oler a jamón y a gambas y no a asado?

El camarero se ríe.

-¿Eres tú una poeta?- me pregunta divertido.

-No, es que todavía no he llegado del todo. Estoy aquí, donde usted me ve, en Madrid, pero una parte de mí está demorada por ahí.

-Ah, ya...- termina el camarero casi convencido.

Volví sin perderme al Marlasca. A pesar de que todavía no estoy entera aquí, sé que ya he llegado a mi adorado Madrid.

1 comentario:

Valkiria dijo...

Hola,

Vaya, supongo que ese viajecito de 12 horas debe ser tremendo. Pero debe valer la pena.
Creo que una 'caña' es una cerveza, cierto? Y qué es un 'tiradito'? Me sonó a sandwich, jeje.

Te seguiré leyendo.