27/5/08

De Mahdia a Djerba, la isla de los lotófagos de La Odisea

Apenas salgo del callejón donde está mi pensión en Mahdia (12 dinares, o sea 7 €, baño compartido, habitación muy básica pero limpia), veo las olas romper contra la vieja muralla. ¡Bum! Las olas salpican, mojan la calle, suenan con estruendo. Me voy siguiendo la costa afilada hasta el faro. Una fortaleza austera domina la colina. A sus pies, hasta la orilla del mar y rodeando el humilde puerto lleno de barcas de colores, la tierra seca y árida está cubierta de innumerables tumbas blancas. Las más antiguas ya deshechas por el tiempo, todas miran hacia La Meca y tienen el mismo tamaño, pequeñito, casi como si allí, a lo largo de los siglos, sólo se hubieran enterrado niños. La imagen es sugestiva e hipnótica. La costa, barrida por el viento, tiene aquí y allá ruinas de los Aglabíes, una dinastía musulmana que dominó Túnez en el siglo X. Están desmoronadas, lamidas constantemente por el mar, sin embargo se las ve imponentes.
Además de una costa impactante, Mahdia tiene una medina pequeña y tranquila que gira alrededor de la preciosa Place du Caire, una placita donde a la sombra de los únicos árboles de la villa toman eternos cafés los hombres del pueblo. Al atardecer intenté quedarme en la plaza, pasear por la playa que se extiende al otro lado de la península, pero no pude. Como hipnotizada, volví a caminar por el enorme cementerio. El viento salado murmuraba solitario entre las tumbas blancas.

Dejé Mahdia al día siguiente a las 7 de la mañana, sin bañarme porque desistí del precario baño compartido y de la ducha fría de la pensión El Medina. Tenía planes: llegar en el día a la Isla de Djerba, 250 kilómetros más al sur, donde dicen que la tripulación del gran viajero Ulises quiso quedarse para siempre, hechizada por haber comido unos lotos mágicos que crecían en la isla. Los lotos encantados -como las mujeres hermosas o el buen vino- sólo pueden criarse en un lugar de espectacular belleza, así que allá me fui. Tardé 6 horas, e hice el viaje en 2 louages (viejos taxis compartidos), las dos veces acompañada sólo por hombres.
Ocho hombres en silencio y yo, sentada, por suerte, contra una de las ventanas. Algunos iban con ropajes tradicionales, otros vestidos con equipos Adidas. A diferencia de lo que se pueda pensar, me sentí protegida. Los tunecinos son increíblemente amables y serviciales con los extranjeros (supongo que mucho más con las extranjeras) y aunque parezca que están en su mundo, suelen están pendientes de cualquier cosa que puedas necesitar. Durante los dos trayectos en louage me preguntaron cada tanto, y siempre con respeto y discreción, si no me molestaba el viento, si no prefería la cortinita cerrada, si no quería poner mi mochila en un hueco en el suelo, si no tenía mucho calor. Algunos intentaban, de vez en cuando, explicarme lo que veía por la ventana. No se veía mucho, en realidad, porque camino al sur la tierra es cada vez más árida, amarillenta, sólo salpicada por viejísimos olivos. También, a medida que avanzábamos, la pobreza y la suciedad se hicieron más y más dolorosas. Al costado del camino aparecieron destartalados puestos de paja con ovejas recién degolladas colgando de una madera; abajo, en el suelo, se habían formado charcos de sangre. Los hombres de los puestos hacían señas para que parásemos, indicando con orgullo el cordero y el brasero encendido. También se veían muchos puestos con bidones de agua. Sí, aquí el agua es un tesoro, se trae de lejos y la gente la tiene que comprar y acarrear hasta sus casas.
El paisaje se tornó tan monótono que me quedé dormida. Esto, además de corroborar que mis 8 compañeros (16, si sumo los ocupantes de los dos taxis en que viajé) me despertaban total confianza, me fascinó: es una señal que estoy compenetrada en el ritmo lento de mi viaje. Me desperté justo antes de que el loauge subiera al ferry que cruza a Djerba. Qué placer, otra vez el mar.

La isla resultó ser muy distinta a todo lo que he visto en Túnez hasta ahora: un mundo aparte donde todavía quedan judíos ortodoxos descendientes de los que emigraron de Andalucía en el siglo XV. Según leí, mezclado con el árabe todavía usan unas pocas palabras españolas muy antiguas que en la Península están en completo desuso. Me instalé en el pueblo más importante de Djerba: Houmt Souq. Había elegido un hotelito barato ubicado en el corazón de la medina que resultó un placer: mi habitación daba a un patio precioso tapizado de azulejos. En seguida salí en busca de los lotos mágicos. Era la tarde, olía a jazmines y el viento arremolinaba las flores caídas de las buganvillas. Por supuesto no encontré ninguno. Tampoco entendí muy bien que a los lotos mágicos se les haya dado en la antigüedad por crecer en Djerba. La isla tiene un mar trasparente, una medina tranquila con una arquitectura extraña, como si cada casa fuera una fortaleza, pero no es el paraíso terrenal. Perdonen historiadores, pero no creo que la isla de los lotófagos de La Odisea sea Djerba.
Ni bien se puso el sol me perdí por las callecitas de la medina buscando un sitio donde cenar. Descubrí que las mujeres habían desaparecido y los cafés se habían llenado de hombres. Sólo otra mujer comprendería lo que sentí al atravesar un pueblo con cientos de hombres sentados al aire libre haciendo nada. No es lo que te dicen (no dicen mucho, tampoco se los escucha hablar demasiado entre ellos; en todo caso, digan lo que digan yo no entiendo nada), tampoco cómo te miran. Es algo peor: Yo me sentí absolutamente fuera de lugar; como si fuera una total intrusa. Por eso, en vez de sentarme como dios manda en un restaurante, entré en una patisserie y, rápido, volví al hotel. Esa noche cené té y una bolsita llena de dulces delikatessen tunecinas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

que ovarios flaquita
felipe

mariana dijo...

estoy con "anonimo"..! pero que geniaaaaaa....!!!!!!

Anónimo dijo...

estoy totalmente hipnotizada....!trasladaría todo a la tela...!
Alicia