24/5/08

En Túnez

Escribo desde mi cuarto en el ‘Maison Doree’, un hotel barato y digno que saqué de la Lonely Planet. Como siempre, mi imaginación fue mucho más allá de la descripción de la guía, o sea que llegué pensando que me alojaría en un hotel afrancesado de principios de siglo, ya medio decadente, que hiciera honor a su nombre. Nada que ver. De esas épocas queda un viejo conserje que me preguntó al hacer el check in: ¿¿Vous etês seule??, como si yo fuera una extraterrestre, unas majestuosas escaleras de mármol con grandes zócalos de azulejos y mucho aire en los pasillos y habitaciones, que son enormes. El resto hay que verlo. Mi cuarto parece un 'telo' porteño de la década del cincuenta donde las costureritas terminaban dando el mal paso. Tanto la cama doble como los cortinados son de tafeta rojo sangre, llenos de volados. Hay un silloncito tapizado con pana roja con motivos amarillos donde jamás me sentaré, un ropero oscuro brillante de barniz y un espejo donde mirarse desde la cama con el recato propio de las costureritas. Huele a limpio, o a pintura, que para el caso es lo mismo, y las sábanas y toallas por suerte son blancas.

La verdad es que no sé bien dónde estoy. Aquí son las 11 de la noche y mi avión aterrizó hace sólo una hora. O sea que desde el aeropuerto hasta la Ville Nouvelle (la zona construida por los franceses durante el Protectorado) vi casi nada. Sé, por el ruido, que estoy cerca de una estación de tren. Pero estoy guardada, y eso, esta primera noche en Túnez, es lo que importa. Mientras el avión de Tunisair se hamacaba en interminables turbulencias, mil cosas se me pasaron por la cabeza. Leía la historia larguísima de Túnez y me acordaba de mí en el colegio intentando imaginar a un numida, a un tal Masinisa, a la rica Cartago, al loco de Aníbal Barca avanzando a través de los Pirineos con un montón de elefantes. De Aníbal sé más cosas porque de adulta leí su historia, y no me olvido que se convirtió en ídolo absoluto de mi hijo Esteban cuando era adolescente. Por eso también pensé en él, que ahora está en Perú y hasta hace un rato, en que le mandé un sms (¡Estoy en Túnez!), no tenía idea de los planes de su madre. Es que la decisión de venir fue casi de un día al otro; además, a esta altura tanto mi hijo como mi hija no se sorprenden de que los llame desde Madrid, desde París o desde algún país del Mediterráneo africano. Siempre me dicen lo mismo: Ma, ¡qué bueno! Cuidate y disfrutá.
O sea que perdida en divagaciones históricas, filiales y amorosas transcurrieron las dos horas de vuelo desde Madrid. Después, cuando salí del aeropuerto en busca de un taxi, empezó la aventura conocida de relacionarme con el mundo árabe-africano. Pensé: no tengo derecho a hablar tan mal en francés, del árabe sólo me acuerdo del chokran (gracias), mi nuevo peinado no sirve para nada, aunque me haya cortado mi melena NO parezco un varón. A pesar de que era de noche y ya estaba vestida de manera apropiada (toda tapada, con ropa suelta) me dieron ganas de cubrirme la cabeza. Ser mujer sola y rubia pesa, aun en Túnez, que por lo que leí está mucho más occidentalizado que Marruecos. Los taxistas se me abalanzaron igual y el que finalmente me trajo a la Maison Doree me cobró 20 dinars en vez de 12, que es lo que me habían dicho que correspondía. Pero vaya una a protestar... En el taxi, mientras el amable conductor me iba contando sobre las bellezas de Túnez, me acordé de un episodio (en realidad son muchísimos) que nunca escribí. Fue hace dos años en Marruecos. Era mi primera vez en África y viajé con mi hija Frani. Pero ella, que volaba desde Londres, llegó seis horas antes, y siguiendo mis instrucciones se instaló en el hotelito dentro de la medina de Marrakech donde yo ya había reservado. Desde Barajas, antes de tomar mi avión, la llamé. No me olvidaré nunca de lo que me dijo: Ma, vení rápido, acá están todos locos. No voy a salir del hotel hasta que vos vengas.
De mi llegada, a las 2 y media de la madrugada, mejor ni hablar. Cualquiera que haya estado en la medina de Marrakech comprenderá mi susto. El taxi me dejó en un callejón (dentro de la medina no pueden circulan autos, simplemente porque no pasan por las calles tan estrechitas) y me hizo señas de hacia dónde tenía que caminar. Me acuerdo que corrí arrastrando mi bolso y mi mochila por los callejones desiertos, hasta que en una esquina encontré dos policías y les imploré que me acompañaran al hotel. Llegar fue glorioso. Fran estaba metida en la cama y ya estaba brotada. Sí, dije bien: brotada. Porque a pesar de que al día siguiente nos ubicamos en la ciudad y poco a poco nos fuimos acostumbrando al lugar en donde estábamos, la impresión ‘marroquí’ fue tan fuerte que estuvo cubierta de ronchas rojas durante toda una semana.
Así es esta parte de África, la que mira hacia el Mediterráneo y hacia las profundidades de tierra adentro: siempre un tremendo golpe a los sentidos.
Aquí estoy otra vez, ahora en Túnez.

1 comentario:

Leo dijo...

Si me permites,... acabo de conocerte y ya leí la mayoria de tus crónicas. Desde luego, lo primero que ví fueron tus videos. ¡Fantásticos!.
Te deseo una buena estancia en Tunez. Yo ya lo visite hará ya para 20 años y mantengo un recuerdo muy bonito de todo. Kaouruan, o como se diga,., Hamammet, Sidi Bou Said. Bueno lo dicho que lo pases bien y no se te olvide regalarnos un videos con tus fotos.
Un saludo.