25/5/08

El sabor de los 'makroudh'

Tengo que admitir que todo lo que escribí respecto a las costumbres islámicas moderadas tunecinas aplica sólo para Túnez capital y su zona aledaña, en el norte, que es la región más rica y más abierta a occidente desde siempre. Por algo todas los monumentos romanos más fantásticos y la espectacular y legendaria Cartago (de la cual no queda nada; los romanos arrasaron con ella en el siglo II antes de Cristo), están a pocos kilómetros de la capital.
Huyendo del ambiente cosmopolita y turístico de Túnez, esta mañana muy temprano me tomé un bus hacia Kairouan, cuarta ciudad santa musulmana después de La Meca, Medina y Jerusalén. La ciudad está metida tierra adentro 170 kilómetros al sur de Túnez capital. Ya emprender el viaje hacia allí me mostró otro mundo. La gare routiere era un despliegue coloridísimo. Las mujeres que viajaron conmigo, campesinas supongo, iban vestidas (y tapadas) según su etnia, pero siempre con colores vistosísimos. Los tunecinos son amables y si pueden ayudarte están felices. Menos mal. Porque no tenía idea de qué bus tomar. No existen los números, nadie avisa a dónde se dirigen los ómnibus y los nombres en árabe son imposibles de pronunciar. O sea, caos conocido. Opté por pegotearme a un tipo que iba al mismo lugar que yo. En 3 horas estuve en Kairouan, una ciudad que se levanta en medio de la nada. Por qué se les ocurrió construir la Gran Mosque acá, sólo Alá sabrá. Ni los mismos tunecinos lo saben, y basan su origen en una leyenda.
Sin embargo en seguida quedé fascinada. Esto es lo que yo buscaba: cero turistas, mucho cielo, un ritmo lento que incita a la siesta, una medina completamente amurallada, tranquila, enceguecedoramente blanca, el silencio roto sólo por la llamada a la oración desde lo alto de los minaretes. La Gran Mosque resultó impresionante. A diferencia de las marroquíes o las turcas está muy poco ornamentada, más bien parece una fortaleza. Me quedé bastante rato sentada entre las columnas que rodean el enorme patio. Cada tanto llegaban turistas, pero turistas musulmanes: la Gran Mosque de Kairouan es un símbolo para el islam. También llegaban los otros turistas, aunque no tantos como los que vi en Túnez y en Sidi Bou Said. Es tan extraño, porque no los ves en ningún lado, no sé dónde están metidos. Pero de pronto avanza un bus y se bajan cientos. En Sidi, al ser tan divino y estar sobre el mar, ya era grosero: había millones. Supongo que estarán todos acorralados en los mega hoteles sobre la costa. Seguro, porque casi todos están tan quemados que caminan con cara de sufrimiento. También caminan con el video siempre encendido, filmando porque sí. Admirable, yo terminaría estampada contra un árbol, o metida en un agujero. En fin, les tengo fobia, qué le voy a hacer. ¿Será por eso que ayer no hablé de Sidi Bou Said? Puede ser. El lugar es simplemente increíble, un pueblo blanco y azul –hoy día convertido en refugio de millonarios tunecinos- alrededor de un faro viejo con unas vistas impresionantes del Mediterráneo. Absolutamente bello y tranquilo, salvo la calle principal, atestada de vendedores de chucherías y de gente. No hay nada que hacerle, los grupos de turistas me hacen huir despavorida, aunque la verdad es que encontré un precioso hotelito escondido en una callecita cerca del faro y pregunté si tenían lugar. Me imaginé amaneciendo allí... No tuve suerte, mejor, porque me he venido a Kairouan. El hotel Splendid (sólo 30 dinares, o sea 17 €, con baño privado y desayuno incluido) no tendrá la magia del de Sidi, pero está súper bien. Veremos si a la noche el agua de la ducha sale caliente: lo necesito desesperadamente, el siroco sopló toda la tarde y una capa de polvo finísimo cubre mi ropa y mi piel.
No he contado nada de la gastronomía tunecina. Todavía es muy pronto. Pero Kairouan, además de ser la capital de la alfombra, es famoso por sus ‘makrough’, unas masitas rellenas absolutamente exquisitas. Y ni hablar de la mejor patisserie de la medina. Se llama Segni y parece sacada de una película francesa de los años 30. Los makrough se venden por todas partes, claro que no pude resistir la tentación y, aunque más caros, me los compré en Segni. Aquí los tengo, acomodados en una caja primorosa, sobre la cama.

Tampoco conté que perdí mi móvil español. Otra vez: soy especialista en perder móviles. Al principio me dio rabia; después decidí que todo tiene un porqué. Vine en busca de un viaje lento, un viaje hacia mí, sin interrupciones. Por eso poco a poco iré bajando hacia el Sahara, despacio, durmiendo la siesta sin pensar que estoy perdiendo el tiempo, escribiendo cuando quiera, deteniéndome cuanto quiera. Evidentemente el universo ha decidido que todo esto resultará mucho mejor sin mi móvil.

2 comentarios:

francisca dijo...

halo mama
recien descubri tus llamados xq olvide mi telefono en casa
yo estoymuy bien, soy como un alban~il estos dias, me encanta!
CUIDATEEEE
un besooososos
ffff

tere dijo...

hola cana, ídola. qué coraje o más bien qué huevos tenés para hacer y meterte donde te metés. recuerdo que en la infancia morías de miedo. como dice tu hija francisca CUIDATE.
besos tere