28/5/08

Desde el fondo de la tierra


Estoy en Matmata, un pueblo de origen bereber perdido entre montañas bajas. A pocos kilómetros comienza el desierto. La tierra aquí arde, parece hecha de fuego. Tanto calor emana que el cielo esta permanentemente desaparecido. No se sabe si hay nubes, o si el sol esta detrás de las toneladas de polvo que arrastra el constante viento. Llegue aquí después de varias horas de viaje y de una serie de louage que se iban poniendo cada vez más decrépitos. Es que a Matmata no llega nadie, salvo los 4x4 contratados por turistas. En realidad pasan por aquí camino al Sahara, apenas se detienen para ver lo que vine yo a ver: las increíbles casas subterráneas que los bereberes ingeniaron hace siglos para aislarse del calor y guardar alimentos. De estas casas quedan pocas y están diseminadas por los alrededores. Para llegar a ellas se necesitan guías y un todoterreno que desde aquí es imposible contratar: lo intenté, porque me hubiese encantado, pero voy descubriendo que Túnez no es para viajeros independientes, todos los tours vienen empaquetados desde Europa. Sin embargo en el pueblo quedan algunas casas sorprendentes, de hecho estoy hospedada en un albergue que funciona en un ksar, como se llaman estas casas. Este ksar está prácticamente igual a cuando alojaba a varias familias, animales y comida. Las casas no están excavadas en la montaña horizontalmente como en Capadoccia, sino que están excavadas verticalmente, hondo en el suelo. Imagínense pequeños cráteres al ras de la tierra. Al asomarse uno ve, a seis metros de profundidad, un patio redondo a donde dan habitaciones de distinto tamaño. Al ksar se entra por un túnel que poco a poco va descendiendo hasta el patio central, a su vez conectado con otros patios a donde dan más cuevas o habitaciones. Los 'ksour' (ksar en plural) son color tierra; uno los distingue porque sus bordes están pintados de blanco. O sea que el paisaje lunar de Matmata esta conformado por un infinito horizonte de arenisca seca salpicado de cráteres encalados.
Mi cuarto es una celda monacal inmaculada. Me recosté un rato a disfrutar del frescor de mi cueva y con una nitidez sorprendente se escuchan pájaros y el ulular del viento, pero allá abajo no entra ni polvo ni la más mínima mosca. No tengo baño privado, pero tengo luz y hasta un enchufe, así que esta noche podré escribir. Ya adoro este lugar. Claro que nada es perfecto en esta tierra, parece ser que en el ksar en donde vivo se filmaron algunas escenas de La guerra de las galaxias. O sea que muchos turistas rompen la quietud del patio para sacarse una foto en el escenario de George Lucas. Los chicos de Matmata, deseando ganarse una moneda, te persiguen por la calle ofreciéndose como guías de "Starwor". Son pocos, porque en Matmata deben vivir entre 50 y 100 personas.

Después de dormir la siesta en mi cueva entre sabanas blanquísimas y tan duras que parecen almidonadas, salí a caminar. Raro salir a pasear por Matmata. Porque el viento arrecia y te deshidratás. En las calles no hay nadie, en ningún lado hay nadie. Por eso encontrar este cíber fue como un milagro. Las computadoras son modernas, hay ventilación y varios chicos "Starwor" juegan frente a una de las pantallas.
Si Matmata tiene un centro de computación gracias a George Lucas y al turismo, entonces nada es tan malo en esta vida.
Los dejo, me voy a pasear; mejor dicho, me voy a volar.

1 comentario:

bernard n. shull dijo...

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