24/5/08

Ari-ari-ari-ari...

Descubrí algo: no es que estoy cerca de la estación de tren, es que el tranvía pasa justo por debajo de mi ventana. O sea que aunque dormí como un angelito, amanecí a las 6 de la mañana con constantes chirridos y frenadas. Todavía muerta de sueño abrí cortinas y celosías. Allí estaba la calle con jacarandás en flor, el cielo celeste, los edificios afrancesados con las puertas, ventanas y rejas pintadas de azul turquesa. Lo que veía me recordó a Tánger, aunque aquí no hay pizca de resabios españoles. Todo es francés o genuinamente tunecino.
Túnez capital es una ciudad sorprendentemente cosmopolita, activa, desbordante de cafés donde los hombres parecen pasarse la vida. Es además, muy abarcable a pie. La medina está pegada a la Ville Nouvelle. Es preciosa, pero menos impactante que las de Marruecos. En Túnez se vive mejor, y eso se nota mucho. Su medina es más limpia, menos apretada, menos oscura, menos laberíntica que las que he recorrido. Básicamente es un conglomerado de tiendas de lo más diversas. Pero le falta la vida que le dan los artesanos que suelen trabajar en los souks de Fez, de Tetuán o de Marrakech. Así iba caminando, comparando. Hasta que en un momento dije basta, basta de comparaciones. Esto es Túnez, africana y árabe, pero con otra historia, ligada al mundo occidental desde hace una eternidad.
No me voy a poner ahora a contar la fascinante historia de este país. Voy a aburrir a todos. Pero es necesario que explique que aunque es un 99 por ciento musulmán, las costumbres aquí son moderadas, especialmente en las mujeres. Las tunecinas tienen una libertad parecida a la de las mujeres turcas. Pueden casarse con quienes quieran, divorciarse y lograr la tenencia de sus hijos, usar sólo un chal en la cabeza o ir vestidas según la moda de occidente.
Los cafés tunecinos, instalados al aire libre en los callejones, perfumados por el delicioso olor de las pipas de agua, también me recordaron con enorme melancolía a Estambul. Y es que en el fondo el mundo es pequeño; todo y todos estamos conectados: Túnez perteneció en una época al imperio otomano...

Deambulé toda la mañana, descansé bajo los árboles de la gran kasbah y después decidí que quería ver el mar. Sidi Bou Said, me dije, y allá me fui.

Me hubiera gustado tener un grabador. Lo pensé durante los 30 minutos que duró el viaje hasta este pueblo costero considerado la belleza máxima tunecina. Es que el tren suburbano que tomé fue sobretodo una experiencia sonora. Antes de eso hubo un andén atestado de gente, no saber qué línea tenía que tomar, la gente que se subía por las ventanas y abría las puertas de los vagones antes de que el tren se hubiese detenido del todo. Dudé, el gentío y el apretuje eran impresionantes. Pero di un paso y me metí dentro. Estaba lleno de gente joven: Túnez es un país de gente joven. Al fin el tren empezó a avanzar. Entonces un grupo de amigos –todos hombres- empezó a cantar. A los gritos. Y golpeando contra lo que fuera a modo de tambor. No cantaron una canción, cantaron veinte, treinta, siempre golpeando contra la pared, los vidrios, los marcos de latón de las puertas semiabiertas. Había diez que iban colgados, con medio cuerpo afuera. Mientras cantaba, la mayoría fumaba. Se pasaban los cigarrillos y la ceniza caía en cualquier lado. Uno, súper excitado, se trepó al maletero y desde allí, medio acostado, dirigía la orquesta: Ari, ari, ari, ari, ari... Se notaba que estaban contentos, la verdad es que no daban nada de miedo. Al final me animé y pregunté: eran seguidores del equipo de fútbol ‘Esperance’, felices porque habían ganado no sé qué y no sé cuándo. Una vez roto el hielo la conversación fluyó muy divertida. No entendí nada de nada, sólo capté que se sabían los nombres de todos los jugadores de Boca y River. Terminé yendo desde la estación hasta el centro de Sidi Bou Said acompañada por los fanáticos de Esperance. Me invitaron a ir a la playa con ellos, pero me pareció demasiado. Une otre jour, les dije y nos despedimos, todos encantados.

¿Yo quería calor? ¿El sol reverberando sobre tapias y muros? Sopla el siroco sobre Sidi Bou Said, el mar se ve turquesa. Pero no cuento ahora. Se me acaba la conexión de la costosísima conexión a internet y quiero pasear antes de que anochezca. Sin embargo quiero dejar apuntado un dato delirante: En los cíbers (¡y no saben qué cibers mezozoicos!) te piden el pasaporte y dejan asentado en una planilla todos tus datos. Supongo que esto será una muestra de lo que leí sobre la cero libertad de prensa y expresión que rige en Túnez, a pesar de que es una democracia. Otra cosa: descubrí que el Maison Doree funciona también como hotel alojamiento. De ahí la decoración 'tafetosa' rojo shocking.
Y algo más. A los que leyeron El nombre de la rosa, ¿se acuerdan de Salvatore? Yo no mezclo tantos idiomas, pero hablo en un lenguaje que no tiene nombre. Y a mí me parece de lo más normal.
Amigos, estoy en mi salsa.

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