13/1/06

Ciudad de peregrinos

La visión no es irreal, la Catedral sigue ahí, fabulosamente enmarcada en mi ventana. Salgo rápido, tomo el desayuno, me apuro a la calle. Sólo dos cuadras me separan de la Plaza do Obradoiro, más que una plaza una inolvidable y profunda sensación. Enseguida, sin poder contenerme, ni bien entro a este magnífico mundo de piedra, muero de la emoción. Guau, qué pasa aquí. Qué hay. No sólo es la belleza abrumadora del lugar, la silueta imponente de la Catedral, es otra cosa, el aire imbuido de energías peregrinas, almas de millones de caminantes durante casi mil años. Eso tan fuerte se siente en la piel, te toca y te envuelve, me nubla los ojos, me aprieta el corazón.

Cuántos han llegado hasta acá desde tan lejos con una promesa, con un dolor, con fe, con una intención, o simplemente con el ánimo aventurero de llegar. Cada uno de ellos ha dejado un pedacito de sí entre las piedras, flotando en el aire: la energía es poderosa, intensa e inmensa: casi casi se puede tocar.
Me siento en el suelo, apoyo mi cabeza contra una columna y veo a la gente arribar.
Me muero de envidia, esto alguna vez lo tengo que hacer: ponerme en camino, ser peregrino a Santiago de Compostela. Es temprano y no son muchos los que van llegando, pero todos son un universo particular. Diferentes edades, extraños coloridos, vienen en grupo, en solitario, algunos en bicicleta, otros a pie, un viejo señor francés... ¡a caballo!. Me acerco, hablo con ellos. Mary y Tom son dos canadienses muy jóvenes. Están exhaustos pero se los ve absolutamente felices. Francesco es un italiano de muchos años que con un grupo pedaleó desde Milano. Lo acompaña su mujer Margherita, quien con otras mujeres ha hecho de soporte en una camioneta.

Los peregrinos recién llegados se amontonan en la plaza. Están quemados por el sol, algunos caminan lento, a veces rengos y doloridos de tantísimos kilómetros. Todos llevan cayado en una mano y la concha del peregrino colgada al cuello. Festejan, se abrazan, lloran de cansancio y emoción, y después se acuestan sobre los lajas, mirando hacia el cielo y la Catedral. Ahí se quedan, nadie se quiere ir. La plaza es un imán, era una meta lejana, ahora es el lugar donde todos quieren estar.

¡Oh beautiful Santiago! Aquí he encontrado otro lugar donde podría vivir. Vagabundeo, me cruzo con más peregrinos, vuelvo a la plaza una y otra vez, llego hasta la Universidad, me mezclo entre miles de estudiantes... ¡Qué ciudad!

No sé cómo llego al mercado y mi felicidad entonces está a punto de hacerme estallar. Entre los puestos escucho el maravilloso hablar gallego, me hipnotizan las manos curtidas de las mujeres, todas con delantales cuadriculados gris y blanco, azul y blanco, negro y blanco, y pañuelos en la cabeza. Sus caras son obras de arte, la vida pintada en cada profunda arruga, en sus cabelleras cortas y canas. Olores, sonidos y colores me envuelven. Flores, pimientos de Padrón en enormes canastos, hogazas de pan de trigo del país, pan con pasas, tartas de manzana, licores de hierbas y de café, verduras y hortalizas de todas clases. En un galpón los pescados, las pescaderas con sus abarcas de madera para no mojarse los pies.

En otro, los quesos de tetilla, miles de hormas de quesos y entre ellos, en un puesto sencillo, Carmen Puente Barcía, una anciana tan viejita que creo que Dios, tal vez, la olvidó y se la dejó acá. Hablo con ella, apenas le entiendo, me dice que tiene 92 años, que nació un 25 de julio, día de Santiago. Se ríe, pícara, y me cuenta que por su culpa sus 13 hermanos ese año se perdieron ‘los fuegos’. “Es que mi madre bajaba con ellos a la ciudad a ver la fiesta del Apóstol, pero en el camino hizo aguas, y allí nací yo”.

Interrumpo, escucho gaitas. Suenan estridentes bajo los arcos desde la Plaza do Obradoiro. Allá me voy. Amo amo amo esta ciudad.

5 comentarios:

Argonauta dijo...
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Ser Viajera dijo...

Morriña, embeleso, almadraba, Douro, chocolate, tristeza, Neptuno, caos, símbolo, tough, trueno, mandala, acuario, blizz, estrella... Hay palabras que son un manjar.
Mi casita se llama Andoriña, golondrina en gallego...
Un beso desde la orilla del Río de la Plata, David.
Qué lejos...

Carmen Varela dijo...

Querida Canaca: Tu último escrito "Nidos", tocó las fibras de mis recuerdos. Qué increíble la nitidez de "tus recuerdos" de lo que fueron las tardes de verano en el jardín de Oga-i. Te confieso que me impactó mucho y me hizo pensar en esos tiempos que vivimos en la misma casa, experiencias tan distintas. Vos vivías tu niñez con todos los temores propios de la infancia y yo mi juventud con toda la fuerza e ilusión del primer amor, que sería el único y definitivo. A través de tu escrito reviví, olores, sensaciones y casi volví a ver a tantos seres queridos que ya no están con nosotros. Mientras escribo esto tengo el banco de hierro frente a mí, con fuerza viene a mi memoria esos tiempos idos en que nuestra gran familia marcó profundamente nuestras vidas. Espero que esos miedos que vos tenías los hayas dejado de lado para poder disfrutar de los recuerdos agradables que rodearon tu niñez. Si de algo te sirve, yo recuerdo lo importante que eras Vos, no solo para tus padres sino para la familia, eras la niña perfecta: adelantada, inteligente responsable y linda. En fin Cana...me dió ganas de comentar algo respecto a tu escrito, espero que estés bien y seguramente preparando tu próximo viaje. Te quiere, tu tía Carmen.

Ser Viajera dijo...

Qué adorable tu mail, Carmen. Me hace gracia, en el fondo nos llevamos pocos años... En esa época vos eras una veintiañera enamorada... qué lindo! No sé por qué, últimamente se me aparecen imágenes y fantasmas de mi niñez. Será que a pesar de que viajo mucho, vivo a unas pocas cuadras de Oga-i...
Por suerte, cuando sopla el sudeste ya no siento miedo, al contrario, me gusta, porque he descubierto que en mi esencia yo también soy un viento.
Un abrazote tía

Floro dijo...
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