22/11/07

A propósito de Louise Bourgeois

Si en el norte de Inglaterra y las Highlands escocesas me sentí Catherine Earnshaw arrasada por el viento y por los sentimientos, en Tanger soy Kit, la protagonista de Sheltering Sky. No sólo soy ella, soy toda la desesperante y ambigua situación, soy su marido Port, el ambiente sofocante y a la vez abierto de la novela, y Paul Bowles, el que la escribió. ¡Perdón grandes genios de la literatura por robarles sus personajes y sus historias! Pero en el fondo la culpa no es mía; es suya por llenarme desde chiquita la cabeza de pajaritos.

La cuestión es que menos de 24 horas y vía Madrid, pasé de otro Sunday Roast con cerveza negra y velas encendidas a las 3 de la tarde en ‘The Dove’, la taberna de Broadway Market que le gusta a mi hija Frani, a Tanger. Sí, leyeron bien: desde hoy al mediodía estoy en Marruecos.

¿Qué hago aquí? Bueno, además de imaginar que soy Kit y que deambulo por la medina de Tánger en 1949 con un mambo de aquéllos, he venido a trabajar. Hace sólo un año recorrí con Fran el sur de Maroc desde Fez, el Marruecos más profundo y auténtico; ahora me toca un itinerario por el norte, más influenciado por las culturas europeas del Mediterráneo: Tanger, la costa hasta Rabat, y después la mayor de las aventuras: internarme en las montañas del Rif hasta Chauen (o Chefchauen).

No era mi idea venir sin compañía a Marruecos. Soy la primera en proclamar que éste no es un país para una mujer viajando en solitario. Sin embargo una mañana en Londres me levanté y descubrí que ya no me importaba viajar sola. Al principio no supe por qué, después me di cuenta de que la razón de mi 'no miedo' era la espectacular retrospectiva que en el Tate Modern había visto de Louise Bourgeois.

¿Quién es esta mujer? Una francesa nacida a principios del siglo XX -¡sigue viva!- tocada por la genialidad.

Acérrima feminista, Louise B. se casó, parió tres hijos y se mudó a New York. Joven, madre, esposa, sin mucha plata y con necesidad de expresarse, montó su estudio en la terraza del edificio donde vivía. Allí, al aire libre y entre las altas torres de Manhattan, Louise Bourgeois hizo de todo: pintó, dibujó, esculpió madera, mármol, resina, metal y escribió. Además creó unas instalaciones o 'casitas' terroríficas -terroríficas porque apuntan directo a las zonas más oscuras del corazón-, a veces laberínticas, colmadas de objetos. Estas 'Cells' (jaulas o prisiones), como las llama la artista, simbolizan a la Mujer, ése ser lleno de cosas dentro pero enclautrado por la cultura, la sociedad y la educación.

Siempre obsesionada con la imagen de su imponente padre, con la de su madre (a quien muchas veces representa como una enorme araña, bicho a la vez protector y depredador), con la sexualidad brutal de los hombres, con el hecho de ser hija, amante y madre, y con la sociedad castradora donde se crió, el feminismo de Louise B. trata más que nada de la reivindicación de la libertad con la que cada ser –aunque sea mujer- viene al mundo.

Como verán, la muestra de Louise B. –por otra parte tan bien montada por el Tate, con un video final donde aparece la artista en su estudio, viejita, aunque todavía hecha una fiera- me partió la cabeza. Es que gracias a mujeres así una ha corrido un poquito los límites impuestos.

Visceral como soy, la verdad es que no elaboré ningún pensamiento cuando salí del Tate. Tenía la piel erizada de pura emoción, así que crucé el puente del Millenium y caminé durante horas por la ribera del Thames hasta que creí que se me había pasado el sofocón.

Algo habrá sucedido durante la noche durmiendo en el cuarto victoriano de Fran. Yo tengo la teoría que pienso cuando duermo, ¿podrá ser? La cuestión es que abrí los ojos y descubrí que no me importaba nada de nada, nada de nada, nada de nada. Me refiero a cosas que no vienen a colación y puntualmente al viaje a Marruecos. Sin todavía salir de la cama, me di cuenta de que quería venir sola: viajar sola por el norte de Marruecos era lo mejor del viaje. ¿Qué había pasado? ¿Había perdido el miedo? No. Había entendido que el miedo, o la posibilidad latente del miedo, está dentro de una y es parte vital del viaje. Cuando una ya lo sabe no incomoda, no pesa, simplemente está ahí para que una lo mire, como mira un paisaje, un rostro, un callejón, una mezquita... o un espejo.

Gracias a Louise Bourgeois hoy aterricé sola y feliz en Tanger. La ciudad, enclave antiquísimo de musulmanes, judíos y cristianos, ex colonia española, ex colonia francesa, ex colonia inglesa, ex ciudad de perdición, ex morada de escritores y pintores (Bowles, Matisse, Burroughs, Kerouac, etc.), ex antro de timadores, contrabandistas y todo tipo de peligrosos mafiosos, gira alrededor de su puerto gigante, conexión africana más cercana a Europa. A primera vista Tanger es caótica y gris, aunque en seguida uno queda envuelto en la fascinación de su medina arrinconada sobre una colina contra el puerto, el ambiente cargado de nostalgia, los edificios franceses y españoles convertidos en tiendas de los souks. Tanger se descubre despacio, mirando con cuidado: en medio de ‘ruelles’ pintadas de naranja, azul, verde y amarillo aparece un clásico y arbolado cementerio inglés. O entre los típicos cafés lleno de hombres que toman té y miran televisión se ve una iglesia católica sin nombre ni cruz.

Pero, sin duda, lo mejor de este día es estar hospedada en el legendario Hotel Continental. Difícil explicar lo que el lugar significa en Tanger y para mí. Construido a principios del siglo XX con un magnífico esplendor digno de las Mil y una Noches, el hotel mira desde la ladera de la medina hacia el puerto. Desde su terraza se ve la bahía atiborrada de cargueros, cruceros de pasajeros, ferrys que van y vienen de Algeciras y Tarifa y pesqueros de todos los tamaños. Tanger ha crecido tan mal, que a la fascinante vista del puerto desde el Continental hay que agregarle incontables containers varados justo a los pies de la colina. El hotel, hoy deteriorado y decadente, ha sido morada de famosos escritores y pintores. Es más, no sé si Paul Bowles se alojó alguna vez acá, pero sí sé que Bertolucci usó el hotel para filmar escenas de Sheltering Sky.
Pisos de terracota, salones enormes cubiertos enteramente de azulejos, escaleras de mármol y madera, techos pintados decorados son rosas y rosetones, un piano de cola en el comedor, sillas de nácar, arañas de cristal, farolas de bronce y patios secretos donde manan fuentes, sobreviven a los años como si el siglo XX hubiera sido tranquilo, mientras las habitaciones apenas son dignas y adolecen hasta de buena agua caliente. La idea de vivir un par de días acá me resulta mágica. Me han dado un cuarto que mira al puerto; en este momento, ya de noche, escucho las sirenas de los barcos, las bocinas agudas de los petits taxis (que en Tanger están pintados de turquesa y amarillo) y los bocinazos graves de los camiones atascados entre los containers.
El único detalle fuera de toda previsión (pensé que venía directo al sol) es que ahora caen baldazos del cielo y sopla un desaforado Levante. Aunque ya cené un delicioso tajine de pescado en un restaurante de la Corniche, querría volver a salir, caminar por la oscurecida medina. Pero lo dejo para mañana. Estar en el Continental, convivir con sus fantasmas, es más de lo que puedo pedir.

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