30/11/07

Medinas

Almizcle frotado en mis muñecas, en el hueco interno de mis codos y en mi cuello.
La mujer me vendió dos paquetes de almizcle compactado por 20 dirhams, lo que viene a ser 20 céntimos de €, o sea menos de 1 peso argentino. Con comprarle sólo un paquete –una especie de tableta chiquitita, como un mini jabón-, la vendedora ambulante se hubiera conformado, pero el aroma me gustó tanto que le dije que llevaría dos. Deux, madame. Deux. Deux (seña con los dedos en V). La mujer se alborotó de alegría; no debe ser usual que le compren dos tabletitas juntas y que encima le digan madame. Como agradecimiento, sin decir una palabra y sonriendo, ella misma me frotó el almizcle en los lugares ‘secretos’. Después desapareció entre al multitud.
Yo me quedé toda perfumada en la fabulosa medina de Tetuán. Creo que antes de contar mi día ‘en el laberinto’, tengo que explicar que las medinas son los barrios antiguos de las ciudades o pueblos árabes. Obviamente las hay de todo tipo –enloquecedoras, tranquilas, dinámicas, enormes, un poco turísticas (como la de Marrakech), pequeñitas, míseras, muy míseras, un poco más prósperas-, pero siempre son las zonas más apasionantes y auténticas de cualquier ciudad. Marruecos tiene dos medinas declaradas por la Unesco Patrimonio de la Humanidad: la de Fez, donde estuve el año pasado con Fran, y la de Tetuán.
Tengo una deuda pendiente con el viaje del año pasado: apenas escribí 3 mails apurados desde horrendos cíbers. Pero la situación era muy diferente; no llevé mi computadora (nunca más vuelvo a viajar sin mi ordenador, ni aunque me vaya a escalar el Himalaya), los cíbers son difíciles de encontrar y sobretodo, viajaba con Fran. O sea que todo lo que me pasaba por la mente terminaba en los oídos de mi hija. Pobrecita.

Es imposible hablar de la medina de Tetuán sin decir unas palabras de la de Fez. Porque las dos son absolutamente fascinantes aunque muy diferentes. Fez, centro religioso y cultural de Marruecos, guarda milenarias tradiciones y costumbres casi intactas. Su medina es la ciudad medieval habitada más antigua y grande del mundo, compuesta nada menos que por 9400 callejuelas. Nadie está preparado para entrar por alguna de sus Babs (puertas): hasta el más experimentado trotamundo queda aturdido-fascinado-hipnotizado-seducido-perdido-perturbado-mareado-asqueado-cautivado. Y eso sólo para comenzar. Fez te destruye, hace que desees irte a la cama a las 6 de la tarde con los sentidos agotados y hace que desees levantarte a las 6 de la mañana en busca de más, más y más.
Las 9400 callejuelas –a veces techadas con un entramado de cañas, especialmente donde se vende comida- están divididas en souks (gremios), que trabajan de la misma manera que 800 años atrás. En oscuros sucuchos de 2 por 2, uno pegado al otro, trabajan herreros, carpinteros, tejedores, vidrieros, marmoleros, ceramistas, hilanderos, orfebres, tejedores, sastres, perfumistas, zapateros, tintoreros, curtidores. Cada souk tiene un sonido y un aroma propio. Toc toctoc toc. Toc toctoc toc. Toc toctoc toc: el rumor sale del fondo de las tiendas donde trabajan hombres en sus telares de madera. En el souk de los hilanderos cuelgan las madejas de colores en racimos. Están todavía mojadas, y exhalan vahos de vapor. Dentro de los talleres, los hombres las tiñen metiendo brazos y piernas dentro de tambores de agua caliente mezclada con tinturas. Las condiciones en que trabajan hace que duela mirar.
Después de horas de andar perdida -es imposible guiarse por un mapa dentro de la medina de Fez; es más, todos los libros de viaje recomiendan contratar un guía oficial para no desesperarse- una cree que ha visto todo. Sin embargo falta lo más impresionante: el souk de los curtidores. Increíble no encontrarlo antes, tal es el olor fétido que desprende. Pero las curtiembres son un laberinto dentro del laberinto. Da inmenso pudor y vergüenza ver qué pasa ahí adentro, 35 grados de calor, un sol despiadado en el cielo y los hombres con el agua a la cintura en diminutas piletas llenas de colorantes tiñendo cueros.
Y al lado de las curtiembres, perfumistas.
Y al lado de los perfumistas, orfebres.
Y al lado de los orfebres, comida.
Exquisiteces dulces, especies, pescados, aceitunas, frutas, carne, pollos vivos, cabezas de cabritos, frutos secos.
Y entremezclado con la comida, alfombras, o sandalias, o chilabas, o vasitos para tomar té, o antigüedades, o instrumentos musicales, o pachminas.
Y carros tirados por caballos cargados de mercaderías que rozan las paredes de la medina.
Y mendigos ciegos.
Y un fastuoso palacio del siglo XV.
Y tullidos.
Y viejas vendiendo por 5 dirhams un atado de coriandro, de perejil o de albaca.
Y una mezquita maravillosa que tiene 800 años.
Y una fuente recubierta de azulejos donde la gente se lava antes de ir a la mezquita.
Y el llamado a orar desde lo alto de los minaretes.
Y los hombres que no cesan –jamás cesan, jamás, jamás- de ofrecerse como guías, y los vendedores que insisten en que les compres algo, y los chicos que te persiguen esperando que les pidas ayuda, por favor estoy perdida, no puedo más, no quiero ver más, no quiero oler más, cuántos dirhams querés para sacarme de acá.

Estoy envuelta en almizcle. Me huelo almizclada, dulce, casi como si me hubiera untado con dulce de leche. Así ando perdida por la medina de Tetuán. La ciudad mira al Mediterráneo y estuvo siempre influenciada por los sucesos en España. Como en Tánger y el resto del Rif, en Tetuán se asentaron los refugiados judíos y musulmanes que huían de Granada, aunque fueron los más recientes 40 años -hasta 1956 Tetuán fue capital del protectorado español- los que sellaron su estilo tan particular, un estilo hispano-marroquí.
Dueña de una fama terrible por sus ladrones y carteristas, la sensación al andar por Tetuán es que una camina entre mafiosos. Los ‘tetuanenses’, en un punto tan marroquíes como el mejor, entienden el castellano, incluso algunos lo hablan como si fueran auténticos andaluces, y tienen pinta de atorrantes y la mirada brillante, como si además de las trampas del mundo árabe, conocieran a la perfección las del mundo occidental.

La medina de Tetuán no es tan grande como la de Fez ni tan laberíntica, aunque es igual de dinámica, a la vez rica y dolorosamente mísera, fascinantemente diversa. Tiene una arquitectura curiosísima y heterogénea: veinte mezquitas tradicionales y un montón de edificios españoles del siglo XIX que alguna vez fueron elegantes y hoy están medio desmoronados. Está metida en un pozo y rodeada en parte de murallas; las callejuelas tienen pasadizos con arcos y escalinatas muy empinadas hacia arriba. Cada vez que intenté subir siempre hubo alguien que me alertó de no seguir. ¡Señora! ¡Señora! ¡No! ¡No! ¡Peligro! Lo cierto es que justamente por agradecer a una mujer con velo y chilaba que me persuadió en perfecto español, quedé atrapada en las garras de un manipulador. Sí. Todo empezó porque conté a la mujer que venía de Chaouen. La mujer me presentó primero a otra mujer que acarreaba un bebito, luego a una vieja viejísima, luego a un hombre, al que saludó con gran efusión, que ‘por casualidad’ pasaba por ahí. Él se puso a hablar del Rif con la mano apoyada en el corazón y me contó que justamente ese día había feria de campesinos rifeños en la medina de Tetuán. Y me dijo que para que no me perdiera me iba a acompañar. Le creí y le agradecí, sí. No pasó nada y la aventura me salió 5 €, que tampoco es tanto, pero fue increíble cómo el tipo me embaucó. De todas maneras gracias a él anduve por lugares por donde jamás hubiera andado sola.
Atravesamos antiquísimos corrales subterráneos donde los comerciantes todavía dejan sus mulas y caballos, unas curtiembres impresionantes y un tramo de murallas desde donde se veía toda la ciudad. Después, claro, tuve que aceptar un té en una casa andaluza-marroquí donde vendían alfombras y sacarme de encima al vendedor, que obviamente estaba arreglado con el supuesto rifeño que me había llevado hasta allí. Como no hubo venta, mi falso guía no ganó comisión, pero no se conformó con dejarme libre por menos de 5 €. Al instante guardó el billete y desapareció.
Entonces miré a mi alrededor. ¿Dónde estaba yo? En algún sitio de la medina de Tetuán, mareada, enojada conmigo misma por haberme dejado engañar, y totalmente perdida.

¿Cómo fue que salí de allí? Bueno, siempre se sale de los laberintos. Transpiré un poco, pero al menos estaba perfumada. Cuando me di cuenta que a pesar de seguir dentro de la medina al fin estaba en un lugar seguro, me dio hambre. Entonces entré en un sucucho infecto donde freían pescaditos, y pedí con un gesto una porción. Me trajeron 4 pescados deliciosos acompañados por una sopa típica de tomate y habas, o algo así. Yo me sentía salvada; ahora miro las fotos y no puedo entender cómo me animé a entrar a semejante cueva y comer ahí.

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