24/11/07

Kif, la pipa del placer

Desde ayer a la tarde estoy en el Rif. No cuento cómo llegué hasta acá porque ya se lo imaginarán. Eso sí, agreguen que en vez de un colectivo, desde Assilah tuve que tomar uno de vuelta a Tánger, otro a Tetuán y el último a Chaouen. O sea, incertidumbre, cantinelas, vendedores y esperas, todo multiplicado por tres. Pero finalmente, cuando al dejar atrás Tetuán comencé a vislumbrar las míticas montañas, todo me dejó de importar.

El Rif es una cadena montañosa que corre paralela al Mediterráneo entre Tetuán y el límite marroquí con Argelia, no muy alta, pero lo suficientemente impresionante como para que la costa en esa zona sea muy escarpada, poco habitada y casi inaccesible. Eso del lado del mar; sobre las otras laderas y en los valles hay algunos pueblitos perdidos, entre los que destaca uno que ha ido cambiando su nombre a través del tiempo según sus dominadores: Chaouen, Xauen, o Chefchaouen. Ahí, en ese puntito del mapa, rodeada de montañas sombreadas por cedros y pinos, y sembradas hasta el último milímetro de kif, o cannabis, he venido a parar.
Chaouen era un ardiente deseo desde hace rato. Alégrense los que no están interesados en datos literarios: aquí no ha transcurrido otra novela que me marcó la vida, así que no voy a aburrirlos con nombres de personajes y escritores. Del Rif, del kif y de Chefchaouen les voy a contar otras cosas.

Son tantas que iré paso a paso. Primero contaré que escribo desde la cama de mi cuartito del Dar Terrae, un hotelito precioso ubicado en plena medina de Chaouen. Mi habitación es chiquitita, celeste con toques amarillos. Tiene un viejo arcón, pisos de terracota turquesa, una alfombra vieja, la cama en un rincón escondida tras cortinados blancos, y una chimenea, que desde hace 5 minutos está encendida. Vino a prenderla Bilal, el hijo del dueño del Dar Terrae, quien además de solícito, habla varios idiomas y es un devoto musulmán, ya que desaparece para rezar -especialmente hoy, que es viernes- a cada hora.
Así como estoy, oliendo a leña, calentita, con ropa cómoda y un gorro nepalí comprado en Londres que no me saco ni para dormir, se me da por imaginar que tendría que escribir pensamientos profundos e inteligentes, cosa que no voy a hacer. En vez quiero dejar asentado que la primera pipa de kif la fumé ayer, en rueda con unos chicos norteamericanos, Bilal y dos amigos suyos. Lo hicimos en el salón-recepción, sin escondernos, porque aquí el kif -que en árabe quiere decir placer- es casi como tomar mate en Argentina. Lo que más me gustó del kif rifeño es su delicioso olor. Me encantaría que fumarlo fuera como olerlo. También me gustó la pipa, un palito muy largo y finito con un cuenco pequeñito profusamente tallado. De las sensaciones que me produjo no hablo; en realidad en todo lo que tenga que ver con fumatas soy una eterna desilusionada: fumé mi primer porro a los 40, después vinieron, muy salteados, algunos más, pero todavía no le conozco el tan mentado efecto. Tuve un novio que decía que yo no siento nada porque nací emporrada. Puede ser. Pero lo cierto es que más allá del efecto que pueda producir, lo agradable es el círculo de gente, la pipa pasando de mano en mano, la intimidad de compartir un ritual.

Claro que el kif tiene sus bemoles. Fumado de la manera tradicional tiene efectos suaves, y la costumbre es tan ancestral que es imposible de erradicar, casi como pedirle a un coya que no mastique coca mientras cuida de sus llamas en los Andes peruanos. El tema que alborota y descontrola toda la zona del Rif es la producción a gran escala de kif para elaborar hachís. El problema comenzó cerca de 1960 y es grande: el negocio (el Rif y Afganistán son los mayores productores de 'chocolate' del mundo) da de comer a muchos campesinos, vuelve híper millonarios a los traficantes, y llena de hachís de altísima y poderosa calidad a Europa. Para tener una idea del alcance del asunto, hay zonas del Rif tan peligrosas –especialmente entre Chaouen y Ketama- donde se desaconseja ir sin un guía, ya que los traficantes controlan absolutamente el área y uno puede pasarla realmente mal.

O sea que el Rif es sinónimo de kif y por ende de hachís, lo que significa atracción hipnótica para hippies, y mucho peligro. Pero además es la región montañosa donde está escondida Chaouen. Originario asentamiento de los bereberes de la región para frenar el avance de los portugueses anclados en Ceuta, y luego próspero asentamiento de judíos y musulmanes cuando en 1494 fueron expulsados de Granada, Chaouen tiene unas historias fascinantes, un mágico enclave, costumbres ancestrales y un especialísimo color. Si, dije bien: especialísimo color. Porque Chefchaouen es toda azul. Toda azul. Azul claro, azul celeste, azul turquesa, azul violáceo... toda, toda, enteramente, azul.

Bilal me trajo una sopa de garbanzos condimentada con comino y unos fetuccini llenos de ajo a mi cuarto, tomé té, me di un baño con verdadera agua caliente (cosa no tan frecuente en los hoteles de precio medio en Marruecos) y ya estoy metida en la cama. Afuera llueve y hace mucho frío. Escucho el agua retumbar en los patios y se me cierran los ojos de sueño. Todavía la chimenea está encendida, así que además de dormir abrigada, de una vez por todas mi ropa, colgada por toda mi habitación, va a dejar de estar húmeda.

3 comentarios:

Floro dijo...

Escena:
-Esto no me hace efecto- , dijo devolviendo el porro, mientras descubría sorprendido que "El Cumpleaños Feliz" y "El Payaso Plin-Plin" compartían la misma melodía. ¿No será el tuyo un caso similar?. Beso, Floro.

Ser Viajera dijo...

Como me hiciste reir Dr Varela... pero te juro te juro te juro que...
besos desde un ciber de Tanger

Mercedes P dijo...

Kif, Kif, me encanto! Big Kiss!