23/11/07

Gares Routieres

Tánger amaneció toda inundada. Ríos de agua oscura corren hacia el mar, inventando caminos y dejando a su paso suciedad y absoluto caos. A pesar del barrial, las mujeres muestran lo único que pueden mostrar: sus pies pintados con henna enfundados en increíbles zapatitos de tacón. Se las ve más extrañas que nunca, caminando enteramente cubiertas como si fueran paraguas vivientes tratando de no enterrar sus preciosas sandalias en el fango.
En el Continental tomé un desayuno fantástico y deslumbrada saqué fotos de cada rincón. Después pregunté y me dijeron que lo más probable es que siguiera lloviendo. Así que cambié mis planes. En vez de internarme en el Rif (me imaginé arrastrada por un aluvión color chocolate en medio de las montañas), fui hasta la estación de autobuses y saqué billete a Assilah, un pueblo sobre el Atlántico.

La Gare Routiere de Tánger es una experiencia de las fuertes. En realidad, no sólo la de Tánger puede hacer brotar urticaria, sino cualquier terminal o parada de buses de cualquier pueblito o ciudad marroquí. Aunque ya había viajado en autobús por Marruecos, siempre lo había hecho en buses de larga distancia. Horrorosos, pero con cierto decoro. En cambio los trayectos que en este viaje me propongo hacer son cortos, por lo tanto los buses que voy a usar son humildemente locales.
La Gare Routiere de Tánger –sucia, descontrolada, atiborrada de hombres que aparentemente trabajan allí, no se sabe muy bien de qué- es, sobre todo, un griterío continuo, persistente, monocorde, insistente, estridente, agudo, y en un punto hipnótico: Tetuan-tetuan-tetuan-tetuan... Meqnez-meqnez-meqnez-meqnez... Tetuan-tetuan-tetuan-tetuan... Rabat-rabat-rabat-rabat... Tetuan-tetuan-tetuan-tetuan... Uno puede comprar su tiquet en las casillas desmoronadas de las empresas de ómnibus (que casi siempre están vacías), pero nadie lo hace así; en vez los vendedores están parados en la improvisada plataforma ofreciendo lugar en el siguiente bus a partir. La información no existe, tampoco los horarios, y menos la certidumbre de que lo que allí está sucediendo –los gritos, la cantidad de gente, los bultos inverosímiles que se cargan a los techos de los colectivos- es lo de todos los días o se debe a algún acontencimiento extraordianrio. A los vendedores una los reconoce por la intuición, les cree como si fuera una niña con esperanza e ilusión, y finalmente les compra un billete rogando al cielo que sea hacia ese sitio donde una quiere ir. Ésa es la primer fase. Luego hay que esperar. Nunca se sabe cuánto y tampoco muy bien dónde. Mi táctica es quedarme muy cerca del vendedor. Llega un momento en que él o alguien que una no sabe de dónde salió te indica determinado colectivo. El bolso te lo quitan de las manos y va a parar, moneda mediante, al fondo del depósito del bus. Ésa es la fase dos.
La fase tres consiste en subir al colectivo semi destartalado y buscar un asiento que no esté empapado. Claro que esto no debe ser normal; se debe a que la lluvia de anoche entró no sé por dónde y dejó todo mojado. Una vez acomodada, la fase tres casi está terminada, aunque se alarga hasta lo inverosímil, ya que el bus no sale hasta que no está totalmente lleno. Mientras uno espera ya sentado, y con el fondo de la cantinela de afuera (Tetuan-tetuan-tetuan-tetuan... Meqnez-meqnez-meqnez-meqnez.... Tetuan-tetuan-tetuan-tetuan... Rabat-rabat-rabat-rabat... Tetuan-tetuan-tetuan-tetuan...), suben al bus vendedores ambulantes que hablan en marroquí y gesticulan como si estuvieran contando un fabulosa historia. El producto que venden lo muestran al final, así que juro que al principio creí que el primer vendedor que subió era un fanático religioso o un cuentacuentos profesional.
Finalmente -¡oh milagro!- el bus arranca; tres son los personajes que están a cargo: el conductor, el controlador de boletos y el ‘abre y cierra puertas’, que va instalado en la puerta de atrás. Cuando un pasajero quiere bajar, el ‘abrepuertas’ avisa al chofer que se detenga aplaudiendo varias veces o golpeando sobre las paredes del colectivo. A veces el chofer no escucha, así que varios pasajeros se suman a los golpes y a los aplausos y parece que el colectivo va a estallar.
Desde la Gare Routiere de Assilah (mucho más miserable que la de Tánger) caminé hasta mi hotel, sencillito, pero limpio y con agua caliente. La ciudad esá ubicada en una saliente sobre el mar turquesa, que a lo largo de kilómetros lame largas y solitarias playas de arena dorada.

La medina de Assilah, tranquilísima, pequeñita y sorprendentemente limpia, es de cuento. Influenciada por los musulmanes exiliados de España, es blanca nívea como los pueblos de Andalucía. Claro que aquí y allá hay toques de verdes inconcebibles, celestes y turquesas que querría copiar, o saborear. Estoy convencida que Dios erró en eso: los colores, como los vegetales, las carnes o los pescados, se deberían poder comer. Al menos yo me los devoraría con enorme placer.
Rodeada por una enorme y alta muralla, de un lado las casas de Assilah se asoman al puerto pesquero, diminuto y humilde; del otro estallan las olas y el viento y todo huele a salitre y mar. Allí, sobre una vieja atalaya que mira hacia el horizonte, se instalan los hombres jóvenes con chilabas (largas túnicas con capuchas) a fumar hachís -'chocolate', como le dicen en España, o marihuana-, el psicotrópico (¿se dirá así?) logrado mediante la concentración y compresión del ancenstral kif o cannabis.
Las tardes a lo largo de las murallas de Assilah son inolvidables. A mí me tocaron nubes violetas que destacaban la blancura de la vieja 'ville'. Y en el aire, moteado de enormes gaviotas, un dulce olor del kif.

1 comentario:

diego quiroga dijo...

Cana,
me encantan tus crónicas
te mando un beso grande


Diego Quiroga