23/7/07

Morning glory (Oda al Bajo de San Isidro)

Pasto seco y humedecido. Gorro, guantes y abrigo, camino rápido respirando frío. Hace una semana mi salvavidas era una botella de agua en el calor madrileño; hoy Buenos Aires amanece naranja, helada en el río.

La mañana se levanta por el este; la noche todavía anida en las sombras de las barrancas. Respiro densas nubes blancas, siento mi sangre desperezarse, hormiguear en mis pies, trepar por mis pantorrillas. Un par de cotorras grita desde una palmera, los gorriones saltan buscando pedacitos de desayuno. Las calles todavía están vacías. Ni el bicicletero guapo y porrero, ni la modista Alma, ni Luis el jardinero. Busco el sur por el Camino de la Costa, de un lado los paredones que sostienen el declive de las barrancas, por el otro el pasto ralo, los árboles torcidos y sin hojas, el barro endurecido, basura desperdigada, la orilla de tosca, los juncos, el río. A lo lejos, yendo hacia Rosario, un carguero rompe el horizonte iluminado. Por el Canal Mitre avanza dando lentos panzazos una chata. Viene repleta de arena, con la cubierta acariciando el agua.
El sol se cuela por las patas de hormigón del muelle de Pacheco. A contraluz casi adivino la tanza de varias cañas; a un costado la radio, la bolsa con carnada, el termo y el mate. Otra vez me digo que todos los pescadores deben tener el corazón bueno. Sólo un hombre medio niño se pasa las horas sin pensar en nada, contento con que un bagre bigotudo muerda el anzuelo.
El agua está baja y tranquila, la playa de barro se confunde con las primeras ondas del río. Trastabillo entre montículos de tierra y escombros, salteo envases de plástico y suciedades de perro, la brisa blanda arrastra papeles y bolsas de polietileno. En un auto viejo con los vidrios empañados una pareja todavía practica intensos arrumacos, pasa un patrullero con una luz rota, los obreros gritan cosas. Rubia Rubia Rubia... Les hago adiós con la mano. Frente al Lincoln los ceibos desnudos envidian a sus hermanos de río arriba, allá donde el Río de la Plata es el Luján, el Paraná, el Uruguay... Querrían, como ellos, enterrarse en las orillas fangosas, mojarse eternamente en la liquidez marrón, conservar durante todo el año las hojas, explotar como es debido el rojo de su flor. Mal plantados están, aquí tienen sed y los golpea la furia de las sudestadas.
En la explanada de cemento la marea muestra como un trofeo lo que trajo durante la noche: un tronco enorme de extraña textura arrancado a una ignota selva, balsas de camalotes desprendidas de las islas, un loco nudo de hierros oxidados, un pedazo de bote que se niega a irse a pique, el cadáver de una garza, la armazón de una silla. Río sucio éste, tramposo y ladrón.
Llego al alambrado de la Reserva Natural: desde aquí, lechosa bajo la luz diáfana, Buenos Aires se muestra en una impresionante foto. El río abierto engaña bajo el sol: su enormidad marrón se ve color plata. Río taimado, la verdad es que del Mediterráneo sólo tiene el tamaño: es un mar sin sal ni arena, agua color chocolate, mezcla de barro e historias que vienen de mucho más allá que la lejana Mesopotamia.
Doy la vuelta, camino más rápido. La mañana helada que hacia el sur no tenía viento, hacia el norte me pega en la cara. Atravieso los mismos paisajes, me cruzo con un par de chinos que –no sé para qué- vienen a sacar raíces de caña de las zanjas, con pescadores que, despacio, vuelven a sus realidades en bicicleta. Hombres Adidas vienen corriendo, mujeres Nike vienen marchando, el eterno profe Richard guía las elongaciones de una alumna. Ah... Ahí viene Luisito con su carro lleno de herramientas. Escucho la risa estridente del diariero. Alma, en batón y desgreñada, riega las macetas de la vereda. El sodero grita: Soderitoooooo... llegó el Soderitooo...
El Bajo, invernal y amarillento, se despierta. Menos el bicicletero guapo. Su local está cerrado a cal y canto. Es que él no tiene apuros ni problemas; siempre anda con una sonrisa en la cara. Estará todavía en la cama, fumándose el primer porro de la mañana.

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