23/6/07

Rojo intenso, una luna y una estrella

La hermosísima bandera turca es así: el rojo inmenso de la sangre de todos sus muertos, la media luna como símbolo del cielo y la estrella de la esperanza.
Escribo envuelta en ella, ahora. No es que haya cambiado mi nacionalidad o que haya decidido hacerme musulmana, es que la llevo puesta hecha remera. Fue un regalo de Ali, un estambulí al que conocí ayer al rato de volver a Estambul.
Parece mentira; hace más de 15 días salí huyendo de esta gran ciudad, medio intrigada conmigo misma, porque no entendía bien qué me pasaba. Supuse que me ahuyentaban su tamaño, su intenso movimiento, su energía pesada de gran metrópoli. Esto en parte era verdad, pero ahora, después de algún tiempo en Turquía, reconozco cuál fue el principal motivo de mi huida: volar desde una ciudad como Madrid y en sólo 4 horas y media zambullirse en Estambul es demasiado fuerte. De ahí que me evadiera constantemente con un sueño profundo a cualquier hora y que anduviera medio dormida casi sin estar en donde estaba.
Tuve que digerir durante varios días lo que me había provocado Estambul para empezar a desear volver con todo el alma. Sí, así es: a medida que me familiarizaba con el carácter turco, que incorporaba sus códigos, comencé a extrañar esta ciudad por la que había andado como una sonámbula.
Para aprovechar el tiempo (volver desde Kas a Estambul en bus me hubiera llevado 14 horas), me tomé un colectivo hasta Fethiye, otro hasta Dalaman, y desde allí un vuelo de Turkish Airlines me dejó en una hora en Ataturk, el aeropuerto estambulí.

Todo, desde el primer instante, ha sido distinto: sigo siendo extranjera, claro, pero en una ínfima porción me siento parte de esta ciudad. Es como estar bien anclada, ya no volada, queriendo constantemente desaparecer. Ahora conozco a grandes rasgos lo que me espera: puedo tomarme el tram y el metro sin desesperar, sé cómo tengo que ir vestida, a quién hablar y a quién evitar, por dónde puedo y o no debo caminar. Volví a la Side Pension, el hotelito en Sultanahmet donde me había alojado 15 días atrás, triunfante. Las buenas ondas atraen sólo buena onda: por el mismo precio de la mínima habitación donde dormí la vez anterior, me dieron una habitación enorme con cama doble. Las ganas de perderme en Estambul eran tan fuertes que dejé todas mis cosas tiradas, y así, todavía con el pelo salado del mar de Kas, me fui a caminar.
Ali me dijo después que yo irradiaba felicidad, que de mis ojos chinos salían chispas, que lo comentaron con Hikmet cuando me senté en la mesa al lado de ellos. Que se notaba que yo estaba absolutamente cómoda, disfrutando cada detalle de esa tarde, las gaviotas graznando desde el cielo, el grito de los vendedores ambulantes, el movimiento de la callecita donde estaba el restaurante que elegí, a las 7 de la tarde, para cenar. También me confesó que casi largan una carcajada cuando descubrieron mi sistema para elegir el menú. Aquí tengo que dar una explicación: hace muchos días adopté una técnica para no equivocarme con lo que voy a comer. En vez de tratar de entender infructuosamente las cartas de los restaurantes, me paseo entre las mesas y selecciono mi menú de acuerdo a lo que veo que comen los demás. Después llamo al mozo y le señalo los platos elegidos. Fue de esta manera, haciendo señas sobre la sopa de lentejas amarillas, el puré de berenjenas asadas con yougurt, aceite de oliva y aceitunas negras, y el hojaldre relleno de carne picada, queso blanco e hinojo que comían Ali y Hikmet, que ellos y yo empezamos a conversar. Primero fue de mesa a mesa, ellos muy educados y respetuosos, y ya al final, tomando té los tres juntos, con tanta confianza que parecía que nos conocíamos de toda la vida.
Ali y Hikmet son los dos abogados y se conocen desde la época de la universidad. Son íntimos amigos, tanto que como Hikmet se acaba de separar de su mujer y está pasando un mal trago, está viviendo con Ali. Muy caballeros, divertidos y muy francos, a pesar de las evidentes diferencias culturales -los dos son musulmanes, van todos los viernes a la mezquita a orar y por sus costumbres son turcos hasta la médula- de entrada me sentí como si estuviera con dos viejos amigos. Así que cuando me invitaron a ver el anochecer desde un lugar sobre el puente del Bósforo no dudé ni medio instante y dije que sí. Al rato estaba en el auto de Hikmet atravesando el caótico Estambul. Tardamos más de una hora por el tráfico que había y nos perdimos la puesta de sol, pero el momento y el lugar fueron inolvidables. Desde la tetería donde nos instalamos se veían el enorme puente iluminado, el mar en penumbras, las luces difusas de los grandes cargueros que hacen la ruta hacia el mar Negro, y en la orilla de enfrente, la silueta del antiguo Estambul. La noche se puso fresca y tomamos litros de té envueltos en shwals que nos trajeron los camareros. Y sucedió algo mágico: aunque ellos hablan de Rusia, Siria, Irán e Iraq como si un argentino hablara de Chile o Uruguay, aunque Ali vaya todo el tiempo por trabajo a Moscú con la naturalidad con que un madrileño va y viene de Barcelona, aunque el exótico Este para ellos es su tierra, aunque pasan los fines de semana en Gallipoli o en Troya como un porteño se escapa a Mar del Plata, la conexión entre mis dos amigos estambulíes y yo superaba cualquier barrera. ¿Por qué? Misma vibración, apertura de mente, sí, pero además hay algo fundamental: ni Turquía ni Argentina están en el primer mundo. Hay mil diferencias, entre ellas, Turquía tiene el enorme peso de su historia, Argentina el peso de su juventud. No importa. Pero aquí, como en toda América Latina, los códigos son otros. El dinero, porque cuesta mucho ganarlo, a la fuerza –y gracias al cielo- no es símbolo de status, sólo una gran necesidad. Los turcos no están sordos ni ciegos como la mayor parte de la gente de los países europeos. No están aislados por mp3 porque tienen miedo de lo que puedan escuchar. Todavía sienten, buscan, se preguntan, son creativos, se dan el lujo de soñar, y también, de ser valientes y sufrir.
Qué regalo de noche me envió el universo. Terminó a la una de la mañana, después de fumar narguiles de manzana en un algún lugar escondido de la vieja Estambul.

4 comentarios:

Otra vez Ale dijo...

Que impresionante todo lo que estas conociendo nuevo, rasas, culturas,lugares, ¡comidas!después podes hacer el programa con Narda Lepes en Turquia!!!!! y que copado lo que contás sobre ese entendimiento entre sociedades que se pueden acercar desde el subdesarrollo, pero eso da para una chala con vinito de por medio en torcuato o en el bajo mirando fotos turcas!!!!!
Lo último y no te jodo más ¿de donde es esa foto con esa bobedilla ALUCINANTE?, se ve en muchos edificios al alcance del turista?, son por lo que me imagino ,todos así?????,muchos relatos me parece estar en la pelicula de la "Esmeralda perdida" la de Harrison Ford.....(que imaginación no? )
Besos Ale

Ser Viajera dijo...

Nooooooooooooooooo!!!! Me encanta que me escribas y que opines, y mires y preguntes!!! Es como si siguiera viajando, a pesar de que estoy sentada en un escritorio laburando... (mi vida ha cambiando drásticamente de pronto!!)
Te cuento que esa foto es del interior del Gran Bazaar de Estambul. Es un mercado gigantesco, laberíntico, súper antiguo, absolutamte cubierto por esas bóbedas, y sostenido por columnas. Los techos están todos pintados... Tengo mil fotos del gran Bazzar, porque es impresionante. Edificios al alacnce del turista? te diría que todos, porque hay mucha arquitectura de locos en espacios públicos, como mercados, por ejemplo, o mezquitas, a las que se puede entrar medio disfrazado de musulmán.
Y lo de la comunicación entre hermanos subdesarrollados... no hay con qué darle, es fantástico, da para una larga charla con vinito. Ya no me queda tantísimo para volver. Yo te aviso y vamos organizando...
No estás lejos de la Esmeralda Perdida. No todo Turquía es así, pero buena parte SÍ!!!
besossss
Cana

Hikmet dijo...

I am sure you've written nice things about Us,Wish I could speak spanish :)Regards from Istanbul...
Hikmet

Hikmet dijo...

I am sure you've written nice things about Us,Wish I could speak spanish :)Regards from Istanbul...
Hikmet