24/6/07

Chinese Latina enamorada de los Suzanis

Uzbekistan es un país en alguna parte de Asia Central, en la viejísima y mágica Ruta de la Seda, más allá del mar Caspio. Jamás en mi vida había escuchado hablar de Uzbek, como le dicen, pero aquí en Turquía es tan conocido como puede ser Italia para un francés. Lo busqué en el mapa: está rodeado por ignotos países que terminan en ‘istan’, aunque una de sus fronteras linda con Irán, a su vez vecino de Turquía. Toda esta enorme región de Asia tiene como común denominador el haber formado parte del antiquísimo imperio persa de los famosos Darío, Ciro –cómo me gusta ese nombre- y Cambises, y, hasta hace no mucho tiempo, del gran Imperio Turco. De ahí que aunque hoy Uzbekistan sea una república independiente, tenga un idioma y costumbres propias, los turcos hablen de ella como si fuera una provincia de Turquía.
Como verán por lo mucho que me tuve que aprender, hay algo relacionado con Uzbek que me atrae desmesuradamente...

Antes de empezar mi viaje sabía que iba a desfallecer por los tejidos y telas turcas. Los textiles son mi absoluta debilidad, y los turcos son master of the universe en la materia, especialmente en el tejido de alfombras. Variedad enorme de texturas, de técnicas, de tamaños, de tinturas, colores y de antigüedad, las alfombras son bellísimas, carísimas y no aptas para mi bolsillo. Pero mirar no cuesta nada; además, he descubierto que la fotografía –por la que cada día me apasiono más- es una manera fantástica y gratuita de poseer cosas. De ahí que de las 600 fotos que llevo sacadas en Turquía, 300 sean de alfombras, tapices, túnicas, vestidos ceremoniales, almohadones, y fastuosos trapos que cuelgan de las paredes de los mercados y que querría comprar para adornar mi casa.
De esa manera, sin preguntar ni un precio, tranquila y conforme con sólo capturar lo que me gustaba con mi cámara, andaba perdida por los mercados, hasta que vi un Suzani y perdí la compostura y el control.
Fue en el gran Bazzar de Estambul. Lo vi, coloridísimo, floribundo, de textura fuerte pero flexible, casero, casi íntimo y muy artesanal, y me quedé flechada, como si hubiera encontrado colgando de un clavo al hombre de mi vida. Tan atónita quedé que ni siquiera me acerqué, sólo grabé en mi memoria el sucucho donde lo vendían y trancé conmigo misma: si al final del viaje me sobraba algo de plata, esa cosa que todavía no tenía nombre y que absolutamente me chiflaba, iba a ir a parar como colcha a la cama de mi casa.
Soñé con el pedazo de tela en los buses, me lo imaginé en Andoriña. En Safranbolu no vi ninguno parecido, en cambio cuando llegué a Goreme, en Cappadocia, descubrí varios, siempre explosivos, intensos violetas, rojos, amarillos, verdes, naranjas y morados convertidos en flores y arabescos bordados pacientemente quién sabe durante cuánto tiempo. Con el correr de los días casi podría decir que me obsesioné: aprendí a distinguirlos con ojos de experta, averigüé precios –que en Turquía pueden variar hasta el ridículo-, y me enteré de su fascinante historia: Son originarios de Uzbekistan y su nombre, Suzani, en lengua uzbek quiere decir ‘needle work’. Desde hace una eternidad las futuras novias los bordan para cubrir espacios en su futura casa de casada, y es la costumbre que pasen a través del tiempo de madres a hijas. Por eso es que casi todos los Suzanis tienen entre sus bordados las iniciales de la mujer que lo hizo y el año de su boda. Y porque no fueron hechos para venderse, sino para usarse en la intimidad de una casa de recién casados, son deliciosamente femeninos y destilan una rara ingenuidad y calidez.

Chinese Latina no esperó a volver al sucucho del gran Bazaar de Estambul. Una mañana decidió que prefería pasar hambre durante un tiempo a no tener su objeto preciado y se compró su primer Suzani en Goreme. Pagó 80 YTL y no regateó ni un centavo, porque sabía que no era nada nada caro. A lo largo del viaje vio muchos otros, y ya habituada al juego, los tocaba, preguntaba precios y los miraba con atención. El segundo Suzani lo compró al bajarse del gület en el puerto de Kekova: esta vez pagó un poco más, pero compró un Suzani del tamaño de una carpa.
Chinese Latina está absolutamente feliz con el regalo que desde las profundidades de Asia Central le llevará a Andoriña. La ansiedad por ver los Suzanis desplegados en su casa es tan grande, que casi se tomaría un avión para que la llevara al Bajo de San Isidro por un día. El comprado en Goreme, de fabuloso fondo morado, ya tiene un lugar definido; el gran dilema será dónde poner el interminable Suzani que, por su extraordinario tamaño, aguardaba a algún loco comprador desde hace años en el mercado de Kekova.

Ah, Chinese Latina soy yo. El nombre me lo puso mi amigo Ali, y creo que me va a la perfección.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Vos sabes que me encanta ver tu trabajo acompañado de fotos ( te acordás cuando armaste lo de la Boca?)Asi que me encantaría ver algo de esas 600 fotos!!!!! Me haces acordar a mi cuando llega la primavera salgo al jardin y saco cantidad de fotos a las flores, me fasina la fotografía porque pienso que puedo prolongar ese momento MÁGICO!!! Además me encantan las telas,estoy esperando ver las fotos!!También sale tu amigo??? Besos, seguí disfrutando que desde acá también lo aprovechamos TODOS
ALE

Ser Viajera dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alicia Tilmant dijo...

En este último relato me siento totalmente identificada!!!!!!Lo peor es querer todos como si fuese la última cena pero mi dilema es que no hay más lugar para todos los tesoros del mundo!!!!

Un beso!

Alicia

Ser Viajera dijo...

Ali, vos te morís en los mercados de Turquía...
Besitos
Cana

Ser Viajera dijo...

Hey Ale!
Sí, imaginate flasheada con la explosión de colores en tu jardín, y vos que te lo querés devorar... Algo así me pasó... Claro que tengo fotos de Ali! Yo también muero de ganas de editarlas, pero me va a llevar unos días, porque son un montón (están BUENÍSIMAS) y quiero que quede súper bien.
Más vale que te aviso!
Beso grande
Cana