28/5/07

La boda del pastor

Uncastillo es una de las pequeñitas villas medievales de la comarca aragonesa de Cinco Villas, ubicada justo antes de que Aragón deje de ser sólo enlomada y se quiebre en los enormes picos de los Pirineos. El pueblo está sobre una sierra, enroscado alrededor de una antigua torre muy alta. En sus pocas callecitas hay ocho iglesias, cuatro de las cuales son románicas, o sea anteriores a 1400. En la villa viven sólo 100 personas, casi todos ancianos que nacieron y van a morir aquí. Salvo por las campanas de la iglesia de la plaza Mayor, que suenan cada cuarto de hora, Uncastillo tiene una tranquilidad que pasma. Sin embargo hoy hubo jaleo: en la iglesia de Santa María se celebró una boda. Me enteré porque escuché estridentes balidos y mugidos, cencerros, tracas y hasta cañonazos. La sensación era que el pueblo había sido invadido a la hora de la siesta por rebaños de ovejas y vacas que berreaban desesperadas, pero con un extraño tono metálico, como de micrófono. Salí a la plaza, vi un grupo de cinco o seis hombres peinados a la gomina y bien trajeados y a un corro de viejas vestidas de negro que los miraban. Pregunté. Resulta que el que se casaba era pastor, y mientras la ceremonia sucedía dentro de la iglesia del siglo XIV, sus amigos, con grabaciones campestres y amplificadores, le gastaban una broma. “Es que el novio es pastor”, me repetía una vieja sin dientes, creo que feliz con lo que sucedía a las 3 de la tarde en la plaza Mayor de su pueblo.
Me fui a caminar por ahí. Visité todas las iglesias, subí hasta la torre y el castillo, saqué fotos. Mientras tanto los sonidos continuaban. A la hora volví. Los mugidos y balidos llegaban a su apoteosis. La plaza era un mar de papelitos picados de colores que se arremolinaban y se iban hacia el cielo. Los chicos corrían como locos juntando caramelos, estallaban las tracas, reventaban globos de papel llenos de sorpresas y confites, y los novios eran fotografiados con la familia, los amigos y los viejos del pueblo bajo el portal de la iglesia.
El novio: 40 ó 50 años, o tal vez 30 muy deteriorados, no sé. Gordo, petiso, morocho y machote, se esforzaba tanto en entrar la tripa dentro del traje azul que tal vez se ponía por primera vez en su vida, que parecía que la panza se le escapaba por la papada.
La novia: Uffff, qué decir de la novia... Vestido amarillo lleno de tules, encajes y volados, escote a reventar, cola larguísima, pelo colorado, peinado elevado, maquillaje celeste. Parecía una fantástica torta empalagosa.
La comitiva no les iba a la saga. Una boda en España –aunque sea de un pastor- es un evento social elegantísimo, tan elegante que nadie reconoce a nadie, y las mujeres, de tan producidas, parecen disfrazadas. La plaza de Uncastillo era un espectáculo digno de ver. Apoyada contra una pared, me quedé junto a las viejas a mirar hasta que el evento se acabó y los novios se perdieron por las callecitas del pueblo hacia el bar sobre la carreterita que va a Sos del Rey Católico (otro pueblo de las Cinco Villas) donde agasajarían a sus amigos con unas cuántas copas. Entonces la plaza quedó vacía, sólo invadida por millones de papelitos. Las viejas no esperaron ni un minuto: de algún lado surgieron escobas y se pusieron a barrer. El papel picado les hacía travesuras, se iba por el aire y no se dejaba atrapar. Las viejas protestaban, mascullaban palabras en antiguo aragonés, armaban alharaca. Finalmente lo lograron, dejaron las piedras gastadas sin mácula. Y despacito, arrastrando los pies y medio encorvadas, desaparecieron por los rincones del pueblo.
Ahora son las 11 de la noche. Acabo de volver del único mesón de Uncastillo. Atravesé el silencio de la villa muerta de hambre y medio agotada, y volví caminando feliz. ¿Qué comí? Ensalada tibia de tomates con setas y aceite de oliva de la comarca, Huevos rotos sobre patatas con jamón y una copa de vino tinto de Campo de Borja, un pueblo del Moncayo donde estuve el año pasado.
Salvo las campanas cada cuarto de hora, no se escucha nada, el pueblo parece que duerme. Las viejas ya habrán lavado los platos y estarán mirando tele; el pastor ya se habrá quitado el traje. Quién sabe, a lo mejor ya está retozando de lo lindo con su pastora.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Wow, me imaginé todo lo que narraste. Soy de México y un deseo metidísimo que tengo es conocer algún día una villa medieval, así, como la que describes. Obviamente acá no existen tales villas(aunque sí hay mucho que ver), pero quiero viajar para conocer estos lugares por los que parece no trascurrir el tiempo. Me encantó la manera en que describes el lugar y lo sucedido.