1/1/05

Hacia Alicante, un mes después del 11-M

En alguna parte del trayecto Madrid-Alacant, 14 de abril, 2004

Salame, mortadela, jamón, patatas fritas... Olores que se huelen a las dos y media de la tarde en el vagón nº 8 del Altaria de Renfe que va a Alicante. Así se viaja en tren por España, dándole especial importancia al qué se comerá. No es cuestión de comprar un bocadillo horrible y carísimo en un bar de la estación, no, al tren se sube con una vianda especialmente preparada en casa. La hora de la comida es la perfecta excusa para que el viaje en tren sea casi un fiesta, una ocasión para comer distinto, más frugal, pero siempre rico. Y es como de película; entre las dos y y las dos y media, uno por uno, en total sintonía, los pasajeros van sacando su picnic: tortillas recién hechas envueltas prolijamente en papel aluminio, tacos del mejor jamón ibérico, tuppers con rabas y pescado frito, bocadillos de queso y lomo, cerveza, servilletas y hasta abrelatas, por si alguno tiene antojo de aceitunas. Esta maravillosa ceremonia la descubrí –y la padecí- en mi primer viaje, uno que hice de Madrid a Barcelona hace ya dos años. Me acuerdo que la escena, muy ordenada, civilizada y por demás limpia, me tomó desprevenida y me provocó un agujero de envidia en el estomago. Pero aprendí la lección: hace un rato, ni bien vi que la señora que viaja a mi lado comenzaba a desplegar servilleta, utensilios y misteriosos bollos perfectamente envueltos, yo también saqué mis pequeños tesoros, más elementales, pero sabrosos: ahora el olor de mi bocadillo de brie y tomate se suma al vaho voluptuoso que flota en el vagón. Soy, felizmente, una más.
Salí de Chamartín a las 13, hicimos una parada en Atocha y rapidísimo dejamos atrás Madrid. No voy a negar que no me subí al tren así como así, no voy a negar que aunque enfrascada en El Pasado, cuando el tren pasó por Atocha, fui muy conciente de que estaba en Atocha y sin querer saqué el cálculo del tiempo que había pasado desde el atentado: un mes y 3 días...
Pero nada puede con el entusiasmo que siento en este momento; incluso el hecho de escribir de pasada sobre el 11 de marzo me entusiasma: viajar de esta manera no sólo me predispone para los encuentros, para la aventura de lo imprevisible y para estar en silencio, sino para estar donde están la vida y la muerte, -o la vida, así solo, que es lo mismo-, sea la calle, un bar, un colectivo o un tren que pasa por Atocha un mes y tres días después del atentado. Algo así como sentir que estás en el epicentro del mundo, que vos también sos parte de esa masa a la que le suceden cosas, buenas y terriblemente malas. Y lo siento como un alivio, como una liberación, como un reencuentro, porque esta sensación es diametralmente opuesta a la que padecí la última semana: la cárcel, la impotencia constante de sentirme excluida, de ser intocable; algo muy parecido a no estar viva.
Vivo, ahora, muy viva. Cada segundo por venir es una potencial sorpresa, aún prefiriendo que no suceda nada. Tengo El Pasado para consumir a mi antojo, un auto que me espera en Alicante, una ruta que me inventaré a medida que avance, un hotel que todavía no sé cuál será donde dormiré, un artículo apenas empezado que seguiré a la hora y el lugar que se me ocurra. Respiro aliviada y casi tanta libertad recuperada me da sueño: pero hasta eso puedo... cerrar los ojos ahora, en este momento y abrirlos recién en la estación de Alicante.

No dormí, nunca; en vez de eso leí con los ojos minúsculos de alergia madrileña páginas y páginas de El Pasado. Ya no sé que pensar, estoy rendida, más que nada en el mundo quisiera tenerlo a Alan Pauls en frente mío y escucharlo hablar. No es que tenga preguntas para hacerle, no hay nada que quiera dilucidar, simplemente quiero escucharlo hablar, saber si es humano, si se le nota algo de lo que es escribiendo, si parece un tipo normal. No puedo dejar de pensar en él ni un segundo: quíen es Rímini, quién es Rodi, quién Ida, quién la horripilante Sofía. Qué es el pasado, por qué pesa más que el presente, por qué devora todo, por qué no perdona, por qué no se acomoda, qué es el fucking pasado. Me pregunto si somos así de complejos, tan humanamente animales, me pregunto si caminamos pisando la línea delgada del equilibrio y la locura, me pregunto si realmente somos así de pobrecitos seres. Sin embargo no me contesto; es como si decidiera que no puedo ahondar en el tema, me declaro incompetente, no tengo herramientas, me falta mirar todo este asunto de lejos, y todavía lo miro desde demasiado cerca, casi como si yo fuera un personaje de la novela y estuviera, de algún modo, involucrada. Tengo miedo de aparecer en cualquier momento en escena, leerme y reconocerme...

Hotel San Miguel, Altea, Alacant, 12 de la noche

Un momento de felicidad supremo: salgo manejando el súper no sé qué que me dieron en Avis, bordeo las playas de Alicante, rumbo a Altea. Pongo música, canta Alejandro Sanz, subo el volumen. Me siento casi como en casa, no tengo necesidad de abrir el mapa, sé de memoria que debo tomar la autopista A7 o la N-332, si no quiero pagar peaje. No tengo idea de cuántos kilómetros son hasta Altea, no importa, sé que llegaré. Reconozco la ruta: Villa Joyosa, después el horror de Benidorm. Si hay algo muy característico de esta Costa Blanca son sus Sierras, que ahora se recortan enormes en la tarde medio brumosa. Llego a Altea, doblo hacia el Paseo marítimo, recuerdo la 1º vez que vine, hace 2 años, en auto con amigos hasta Alicante y en colectivo hasta Altea. Llegué a las 12 de la noche, arrastrando mi valija y sin saber dónde quedaba mi hotel. Qué aventura ésa... Ahora aparco, entro en el primer hotelito frente al mar, tomo un cuarto y salgo a caminar. Hace frío y el viento sopla helado. La Altea del año pasado con X. está oculta, agazapada, esperando ansiosa un poco de calor. Yo busco un Internet, vuelvo al hotel y trabajo para Somos, salgo otra vez al cíber, y ya volviendo me meto en uno de esos restaurantes frente al mar que sirven toda clase de paellas. Pido un “Arroz a Banda”, el más típico de esta zona, y aunque las cazuelas son siempre para dos, el mozo se compadece de mí, me dice que van a hacer una “ecepzión” y me trae una cazuela pequeñita. Después va y viene entre las mesas y de costado, como controlando mis movimientos, me mira comer. Al final, no aguanta y se acerca: “debes comerte la rasca, el ‘sucarrat’, que en valenciano quiere decir quemado, lo que queda pegado en la cazuela”. Arremeto con el sucarrat, que es una delicia, y el mozo entonces me felicita. Según él podria ser valenciana, o alicantina: “...haber nacido aquí, guapa, al lado del mar y habiéndote criado a sol y a paellas desde muy niña”.

15 de abril, 2004, 5 de la tarde

No pude con las ganas que tenía de quedarme al lado del mar y sigo aquí, en Altea. En realidad, demorada por una parva que me llegó de Somos, me fui del hotel al mediodía, cargué mis cosas en mi auto impresionante, saqué fotos en el pueblo viejo aprovechando el rato de sol y manejé por caminos sinuosos entre enormes plantaciones de limones, nísperos y naranjos hasta Guadalest, un castillo-fortaleza imponente contruido por los árabes en un peñasco imposible sobre el río Algar. De ahí iba a continuar hacia Murcia, hasta la ya famosa Sierra de Espuña, mi último destino de Audi, pero me di cuenta que moría por volver al hotelito, llevar la mesa hasta la ventana que da al mar, encender mi ordenador y escribir. Así que aquí estoy, otra vez... El día se ha puesto definitivamente gris, el Mediterráneo ha perdido su color verde-azul; el paisaje que abarca mi ventana se ve plomizo. En la playa no hay nadie, la rambla está desierta; sólo se escucha el continuo batir de unas olas sorprendentes contra el canto rodado. Es inusual ver el Mediterráneo así de encabritado; he abierto la ventana para que el olor marino sustituya al del desodorante de ambientes que me hace estornudar, y la he tenido que volver a cerrar: las olas alborotan tanto que no me dejan pensar. Ahora las escucho de lejos: se acercan, barren el canto rodado, hay un segundo de silencio y otra vez vuelven a comenzar.
Mientras escribo trato de no pensar en lo que tendría que estar haciendo: tengo el artículo del Baix Empordá, el que tengo que entregar en poquísimos días, varado en el primer párrafo. Yo lo sabía, iba a llegar un día en que escribir los artículos de viaje se convertiría en sólo trabajo, una tarea que más allá del placer se debe hacer y terminar. Es que me resulta extraño escribir sobre la Costa Brava en plena Costa Blanca... Es como tratar de recordar cómo era hacer el amor con un novio remoto mientas se hace el amor con la persona de la que uno está completamente enamorada, o recordar el gusto de una paella mientras se come un súper asado: imposible... Sé que exagero... escribir una ruta no tendría que parecerse a comer, ni a hacer el amor. Ése es un trabajo que tengo que poder hacer donde esté, como esté, aunque el sonido del mar y el paisaje en mi ventana me den ganas de escribir sobre otra cosa.
Fucking Telefónica... fucking fucking Telefónica... Me acaba de llegar un mensaje de la ofi... Tengo que ir al cíber a buscar más curro... Y pensar que yo me quejaba porque tenía que escribir una crónica de viaje...
Allá voy...

9 de la noche

Ya fui y volví, aunque esta vez llevé el ordenador y laburé ahí. Estuve sólo un rato, -es increíble a la velocidad con que me saco Telefónica de encima-, y cuando salí estaba lloviendo. El cielo ahora tiene un color violáceo que asusta. El mar está más violento, las olas estallan contra los espigones y empapan la calle. El rumor continúa, aunque ya no hay ni el más leve silencio entre ola y ola. Ahora el ruído es constante y sordo. Parece como si las olas golpearan lejos y esto, el sonido que no cesa y que lo invade todo, fuera su eco.

11 de la noche

Paco, se llama Paco. Lo veo desde mi mesa. Sentado justo atrás de mí, no se da cuenta que cada vez que se da vuelta para mirarme la espalda yo lo veo reflejado en el vidrio de la ventana que da a la calle. Está junto a cinco más, todos hombres. Cuando llego al comedor hablan en valenciano de algo que no llego a descubrir, pero uno de ellos, el que lleva la voz cantante, nombra a Confucio, a Marco Polo, a Idi Amin –lo juro-y a Mao Tse Tun. Hablan de inmigrantes, de América, de China, discuten, levantan la voz, y Paco, cada vez con más insistencia, gira y me mira. Estoy sola, tomo cerveza y como una tortilla de gambas. Pienso en mi vida, en la noche de tormenta sobre el mar, en Fran que está tan contenta porque voy a Londres, en Tivi, a quien juré que iba a visitar ni bien aterrizara en Buenos Aires. Querría que sonara el celular, que fuera X. y decirle Hola Amor delante de Paco, que Paco escuchara diciéndole Amor, te extraño, qué ganas de que estuvieras conmigo, ahora, ya, conmigo. De pronto uno de los amigos se para, se va afuera. Paco lo sigue y me mira ya abiertamente a través de la ventana. Al entrar viene directo hacia mí, me dice buen provecho, se ríe, y le dice al mozo, que justo pasa a su lado: “mañana a la noche reserve esta mesa para dos”. Me río -qué le voy a hacer-, y le digo que mañana cenará solo, ya que yo no estaré. Adónde te vas, preciosa, pregunta, y en un segundo, mientras pregunta y contesto, me hace un gesto de ¿puedo?, estira la mano, toma su copa de la otra mesa y se sienta en la mía. Paco es valenciano, y no para de preguntar. A dónde voy, que hago, por qué no estaré mañana... Le cuento un poco y yo también pregunto. Y después se le escapa algo del Megane. El Megane? El mío? Cómo sabe? Sabe todo, que tengo un Megane, que ando de aquí para allá con un ordenador portátil... Dios, que chiquito es Altea... y cómo registran los alteanos... Paco insiste, me invita a un trago después de cenar, le digo que tengo que trabajar. Entonces me pide que le prometa que si vuelvo a Altea lo voy a buscar. Ven aquí, preguntas al mozo por Paco y cenamos juntos, en esta mesa. Vale María? Le digo que claro, que así lo haré. Y se despide entonces, porque sus amigos ya se van. En vez de darme la mano, Paco me estampa dos besos, como si fuéramos amigos y de verdad, para alguna vez, tuviéramos una cita pendiente.

Miro el mar desde la ventana de mi cuarto. Las olas ahora arremeten contra el paredón de la rambla, han devorado la playa de canto rodado. Ya no huelo el olor a desinfectante, tal vez porque el tufo a frito del restaurante de abajo es el mismo que llevo pegoteado a mi ropa, a mi pelo, a mi piel. El San Miguel, salvando las distancias en tiempo y en presupuesto, me hace acordar al inolvidable Miraltajo, el hotelucho de Toledo que inhibió con su olor a aceite de oliva quemado mis papilas gustativas y olfativas (hay papilas olfativas?) –las que tienen que ver con el aceite de oliva, claro-durante un montón de años. Éste es igual: el comedor abajo, siempre con olor a fritanga, y las habitaciones arriba, muy sencillas y así nomás de limpias.

Me preparé para meterme en la cama, puse la selección de brasileños en el Winamp y ahora este cuarto con música y rumor de mar se ha convertido en la mejor cueva del mundo. Me cuesta irme a dormir... no quiero perderme esto... Ahora suena la trompeta de no sé quien en la versión de Garota de Ipanema de Caetano. Parecería que en este intante todo, todo, todo está bien.

En el Altaria de Renfe, de Alicante a Madrid, 16 de abril, 2004

Terminé El Pasado aquí, en el tren, como María -o sea yo- terminó Las partículas elementales en el metro de Madrid: moqueando. Sin embargo las lágrimas son diferentes y por motivos diferentes: la historia de Hollebequec era de un amor que pasmaba, ésta, la de Pauls, es sobre el desamor, el miedo y la muerte, o sea que estas lágrimas tienen sabor a hiel, aunque también son por todos nosotros, pobrecitos humanos. Sigo creyendo que todavía es pronto para opinar qué me sucede cuando pienso en El Pasado. Pero este necesario stand-by es producto de lo que me ha impactado.

Decidí volverme antes de lo previsto: me corrieron la lluvia desaforada, la mismísima Sierra de Espuña con sus arroyos desbocados, La Manga y el Mar Menor: o sea toda Murcia. Como había intuido, la Comunidad que descolla por sus huertas no tiene nada que ofrecer, salvo, claro, sus interminables huertas. La verdad es que despotriqué mientras manejaba kilómetros y kilómetros bajo la lluvia buscando un lugar de Murcia que fuera digno de describir para Audi. La sierra de Espuña es una gran montaña cubierta de pinos, sin pueblos, sin historia, La Manga parece Aruba, lo que no estaría nada mal... si estuviéramos en el Caribe y no en España. Día perdido y agotador, lo tengo que reconocer. Pensar que me hubiera gustanto tanto quedarme en Altea, levantarme a la mañana, no tener nada que hacer, dedicarme a escribir!. Pero no me quejo, de pronto frente a la costa encharcada de La Manga, absolutamente desilucionada, resolví irme literalmente a la mierda, y olvidarme de esa última ruta que ya veré cómo reeplazaré. De ahí en más, todo resultó bien, volé en el Megane a 140 por hora hacia Alicante, cambié el pasaje de mañana para hoy, devolví el auto a tiempo y esta noche duermo en Madrid.

Antes de ponerme a escribir estuve releyendo el diario, éste, y sobretodo el del año pasado. Noto cambios. Ahora me cuesta mucho describir paisajes, pueblos, por más impresionantes que sean. No es que me haya cansado, pero lo que me surge, lo que me dispara, es diferente. Podría hablar horas, por ejemplo, de la sensación que fue dormir anoche escuchando el ruído de la tormenta en el mar. Mientras trataba de dormirme –quería y no quería, por nada en el mundo quería perderme esa noche-, me vino a la mente la idea de mis viajes, de mi libertad, y, por primera vez, la idea de establecerme en un lugar, de eligir el lugar donde quiero vivir. Porque viajar permanentemente puede significar el colmo de la libertad, pero elegir dónde uno quiere vivir lo supera. Y me pregunté: ¿cuántos en esta tierra eligen realmente el lugar donde quieren vivir? ¿Elegí yo alguna vez dónde vivir? ¿Elegí dónde tener el sitio perfecto para escribir, para dormir, para comer, para ser? ¿Elegí qué tipo de aire quiero que me envuelva, qué sonidos, qué gente, qué quiero ver frente a mi ventana cuando me levante en las mañanas, qué cuando me voy a dormir? Las cosas siempre vienen impuestas, y creemos que elegimos cuando sólo nos movemos en un espacio acotado. Si nacimos en Buenos Aires, creemos que estamos eligiendo porque optamos por San Isidro, Belgrano o Palermo. Pero ¿por qué quedarse con eso? El mundo es mucho más grande, las opciones son casi infinitas. Para elegir primero hay que conocer. Saber que le pasa a uno en una gran ciudad, en un pueblo perdido, en la montaña, en el mar, en una isla, tierra adentro. Saber qué le sienta a uno más cómodo: ser extranjero o haber vivido desde siempre en ese lugar. No sé... las palabras que Héctor el astrólogo me dijo hace ya unos años me dan vueltas y vueltas. Me dijo: Viene una etapa terriblemente dinámica, en que viajarás muchísimo, dejando marcas como si fueras un explorador, porque sin darte cuenta estarás buscando el lugar donde vivir, donde establecerte.
Recordé sus palabras anoche, cuando en el cuartito del hotel de Altea, aunque hacía frío y llovía, me metí en la cama con la ventana abierta. No podía dormirme de placer, simplemente el sonido del mar me embelesaba, me colmaba de felicidad. Sé que el sonido de esa noche quedará para siempre en mi memoria. Todavía vibra en mis oídos, y me sigue dando felicidad.

2 comentarios:

ABRAHAM LÓPEZ MORENO dijo...

Estoy realizando un blog sobre mi pueblo y la sierra de Cazorla y deseo compartirlo con todos vosotros.
Si no os importa echarle un vistazo y me comentáis.

La dirección es la siguiente:

http://panoramicacazorlense.blogspot.com/

Un saludo.

Abraham

Valkiria dijo...

Hola de nuevo María.
Entiendo lo que dices de escribir por trabajo.

Cuando escribo sobre las cosas que me gustan, las palabras salen fácil, muy fácil. Pero cuando debo escribir -o escribía, más bien- por trabajo o estudio, la cosa es muy muy diferente.

Es más difícil agarrar las palabras correctas cuando tienes el deber de escribir, la inspiración parece irse por ratos, ratos largos. Casi eternos.

No hay como escribir cuando te nace y por lo que te nace; que no te digan ni cuándo ni sobré qué escribir.

Un abrazo.