7/2/07

Balada para un loco

Yo la cantaba. Era el verano, en Punta Chica. Me subían a una mesa en la casa de mi abuelo italiano y todos hacían silencio. Me decían vamos, empezá, se reían, se sorprendían y después aplaudían. Yo tendría 5, tal vez 6. No me acuerdo de mí, me acuerdo sólo que cantaba y que gesticulaba, y que probablemente eso, mover las manos, impostar la voz, bajar los ojos, era lo único que hacía bien. Me sabía el tango de memoria, y aunque nunca había visto a Amelita Baltar cantándolo, yo creía que la imitaba a la perfección.
De esa época me acuerdo de otras cosas. Yo vivía entre grandes y los grandes me trataban como si fuera grande. Siempre fue igual. Desde muy chiquita. Mi tía Gloria me daba la pinza de depilar y confiaba en que le arrancaría los pelos de las cejas mejor que nadie. Me hacían leer en voz alta -porque parece que nací sabiendo leer-, y cuidar a mis hermanos menores para que no se ahogaran en la pileta. Es que mamá no se podía hacer cargo: estaba siempre embarazada. Otra de mis importantes ocupaciones era mantener alejados a los chicos de la mesa del almuerzo de mi abuelo.
Mi abuelo Lucio dejaba que le invadiéramos la casa en el verano –mejor dicho, el jardín, porque a la casa, ni para hacer pis entrábamos- siempre y cuando no le aguáramos la fiesta. A mí, mi abuelo me parecía un viejo eterno, pero debe haber tenido su facha, porque se la pasaba rodeado de increíbles baronesas polacas de piel traslúcida que usaban fabulosos turbantes y vestían siempre de blanco. La verdad es que no sé de dónde las sacaba; todas llegaban en grandes barcos, pasaban unos días en Buenos Aires y seguían viaje. Eran aventureras porque eran europeas, lo que quería decir que eran modernas y livianas de cascos.
A la hora de almorzar estaba todo muy estipulado: los nietos comíamos sandwiches de mortadela y salchichón en un rincón lejano del jardín, mientras mi abuelo, atendido por mucamos rarísimos –me acuerdo de una pareja que era croata-, agasajaba a sus invitadas con el mejor vino y exquisitos platos. Eran horas tensas difíciles de sobrellevar, pero con tanto alcohol y calor, llegaba un momento en que mi abuelo y las baronesas se relajaban y ya no les importaba nada. Entonces los chicos avanzábamos empapados a la galería de baldosas rojas que hervían y nos acostábamos para calentarnos. Al rato, justo después de las galletitas Lincoln y el Nesquik, empezaba nuevamente la función: mi tía Gloria me pedía que la depilara un poco más y mamá me imploraba que no se me ahogara ningún hermano en la pileta. Como broche de oro, ya todos vestidos, listos para volvernos a casa (los ojos rojos de tanto cloro y los dedos de manos y pies llagados del fondo áspero de la pileta), me subían a la mesa para volver a cantar. Otra vez, me decían. Yo carraspeaba, ponía cara de opereta y comenzaba: Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?

¿Porteña yo?

No bailo el tango, soy vegetariana, no soy de River ni de Boca, no voy a cafés porque no me gusta el café, tomo mate sólo cuando me invitan, el Obelisco me parece espantoso, el color de la Casa Rosada me parece de una insoportable suavidad. ¿Qué tengo yo de porteña? Podría pensar que bastante poco, sólo el hecho de haber nacido en el Sanatorio Anchorena. El tema jamás me interesó demasiado, sin embargo bastó que me aburriera como una ostra durante enero y saliera con mi máquina de fotos a recorrer Buenos Aires para darme cuenta que hay cosas que uno lleva bajo la piel. El entendimiento, diría. El mirar y en seguida captar. El saber quién es quién. El dónde y el cuándo. Los códigos. Los años. El ser y el conocer.

Nieblas del Riachuelo

Enfilé para la Boca. Mil veces estuve ahí, al menos doy una vuelta una vez al año. Pero es distinto cuando una va sola, con mochila y cámara de fotos. A mí, por lo menos, me cambia la actitud. Estoy con mi máquina de fotos -increíble compañía-, tengo un propósito, así que todo, espiar, hurgar, curiosear, mirar, está permitido. Todo, menos algunas cosas.
De acá no pasés, me dice una mujer que avanza por Almirante Brown(pronúnciese ‘Bron’) con una palangana de plástico celeste llena de comida. De acá para allá (y me señala Caminito) no pasa nada, pero para el otro lado te revuelcan de los pelos con tal de sacarte la cámara. Digo gracias, miro hacia ese allá tan cercano donde me arrastrarían por el suelo. El Puente sobre el Riachuelo es una araña negra de mil patas, en cualquier lugar del mundo sería monumento nacional. En la orilla de enfrente las grúas de las areneras duermen la quietud del domingo, la bajante del río empuja un olor fétido, difícil de soportar. En seguida se alinean los puestos de una feria barata, como marco un destartalado y varado Vapor de La Carrera. Lo que se ve de La Boca antigua se cae a pedazos. Edificios de estilo italiano se desmoronan carcomidos por la humedad, viejos conventillos -todavía habitados- amenazan con derrumbarse sin más.
Pero en los alrededores de Caminito los colores estridentes de la pintura salvan las tradiciones y la historia, y convierten a la República de la Boca de chapa y madera en un mundo fotogénico: para donde dispares la cámara -muros, rejas, puertas, pisos calcáreos, ventanas, letreros- una buena foto lograrás. Está la gente también. Esa que una, por ser porteña (ahora lo comprendo), lee. Los que se sientan desde hace una eternidad a la misma mesa del mismo café, los que juegan por enésima vez una partida de truco, el que usa peluquín, la teñida que pasea con su perro, la que amasa todos los días los agnolotti como le enseñó su mamá, el almacenero con pinta de andar calzado, el dueño mariquita de una tienda de souvenirs. Podrían ser personajes de cualquier parte el mundo, pero son únicos: se nota a la legua que son de acá.

Y después está la otra gente. Dura gente de vivir duro, que desde hace un tiempo aprovecha durante el fin de semana el boom del turismo. Intentan parecer lo que no son, pero no hay nada que hacer: bajo el disfraz de cantante, de tanguera, de malevo, se les asoma la sordidez. ¿Engañan a los extranjeros las medias de red maltrechas, los taquitos aguja y la pollera roja reventada? Lo que veo es el corazón cansado, las ojeras y un gran dolor de pies.

La Boca –esa Boca inventada donde no te arrastran por el suelo para sacarte la cámara de fotos- se acaba pronto. Te lleva por Caminito entre pintores ignotos, grillas llenas de cuadros y esculturas gigantes de Perón, Gardel, santa Evita y san Maradona. Y en esa esquina donde todavía hay un antiguo buzón, donde te distraés con la forja de un balcón que querrías tener en tu casa, donde empezás a fantasear con irte del mapa, un policía te dice: y... mejor hasta acá nomás.
Me conformo, está bien, el viaje se terminó. Me quedo parada al lado del buzón, pienso ¿este buzón rojo será de verdad? Y es justo ahí cuando montado en un viento lejano me llega el loco de la balada. Me estremezco, me recuerdo arriba de la mesa y me vuelvo a escuchar:
...ya sé que estoy piantao, piantao, piantao,
yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión
y a vos te vi tan triste
vení, volá, sentí...
el loco berretín que tengo para vos...

Seguramente no habré tenido ni idea de que lo que cantaba era una maravilla.

Entre los palos borrachos en flor le saco una foto a la Bombonera. No es que me interese el fútbol, es que ese nombre, bommmmmm bo ne ra, me gusta un montón.

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