20/7/06

Té de menta y cous cous

Rapidísimo, así escribo antes de que se me borre todo desde este teclado viejo y machucado, en un cueva oscura de Taroudant. Qué contarles; es tanto que cuando tenga tiempo escribiré un libro. Estamos en un mundo lejano, tan distante que a veces me pregunto si podré volver. Otra galaxia, primero Marrakech y sus laberintos, sus colores, su gente y sus indescriptibles contrastes, mi hija Fran como reacción brotada con una urticaria gigante, yo con los ojos tan abiertos que no soy achinada anymore.
Después un auto alquilado con frenos-sin-frenos a través del Alto Atlas; mujeres bereberes tatuadas en los pómulos, sus ojos delineados con khol y vestidas con colores vibrantes, cosechando a mano minúsculas parcelas de trigo. Y a medida que avanzábamos hacia el sur la tierra cada vez más vacía, más antigua, más seca. Centenarias kasbahs y ksars construidos con barro y piedra al borde de palmerales, montañas desérticas, cielos tremendamente azules, gente cada vez más misteriosa, más oscura, más callada. Y luego las primeras dunas, la visión fantástica del Sahara, el increíble, inimaginable desierto.

Hassilabied, un pueblo diminuto entre Rissani y Merzouga que mira hacia las dunas y se quema todos los días con 40 grados de sol. Allá dormimos, en una kasbah vacía, ardida; allá nos topamos con increíbles personajes. Isabelle, una francesa viajera que se enamoró del tuareg Rachid y se quedo con él; Dave, un australiano que hace treinta años vive en un pueblo del Himalaya nepalí y desde hace varios meses viaja solo por el mundo.

Al atardecer nos adentramos en las dunas. Ya no hacía tanto calor, sin embargo quemaban. Difícil explicar el color de la arena. Es naranja intensísima y brilla con el sol como si tuviera polvo de oro entreverado. Llegar a la duna más alta fue una aventura. Lo que se veía desde ahí arriba era inmenso, la pura nada dorada, tornasolada, quieta y a la vez cambiante, ya que a medida que bajaba el sol, las sombras inventaban formas nuevas. Nos quedamos ahí, Fran, Dave y yo hasta que empezaron a prenderse las primeras luces de la aldea.

Volvimos corriendo en las bajadas enterrándonos hasta las rodillas, atravesamos el palmeral y llegamos al albergue justo con la llamada de la mezquita a rezar. Varios viejos, sentados en dirección a la Meca, miraban como caía la noche. Té de menta bajo un cielo increíblemente estrellado, después una ducha fría, cous cous, ensalada marroquí y una sobremesa antológica con Isabelle, Fran y Dave.

Quinientos kilómetros de vuelta a Marrakech que ya es como nuestra casa, comida en el mercado, más té de menta, a dormir y a no pensar. Mejor sólo disfrutar todo como si fuera un banquete... ya habrá tiempo para procesar esto que veo-siento-oigo-huelo-intuyo y ponerlo en algún lugar.




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