19/7/06

Mi corazón en Fez

Cíber en Casablanca, acabamos de bajarnos del tren que nos trajo desde Fez; no hay consigna para dejar nuestras mochilas y no nos queda otra que esperar la conexión a El Jadida en la estación. No veremos la famosa Corniche que en realidad no me importa nada, tampoco me importa ver cómo es el mar a esta altura de Marruecos. Es demasiado lo que traigo encima y prefiero no tener que lidear con nada nuevo aunque sea maravilloso. Fez pesa demasiado en mi memoria, necesito que se diluya un poco: tal vez me ayude escribir.
Mucho mucho; atrapante, misteriosa, sugestiva, envolvente, Fez se me metió bajo la piel. Con todo lo que tiene, sus olores especiados y repugnantes, su gente amable e irritante, sus momentos de silencio y su descontrol ensordecedor.
Todo junto explotándome en los oídos, emborráchandome los sentidos hasta implorar por favor basta, suficiente por hoy, quiero dejar de decir "la, chokran" que quiere decir no, merci, a todos los que se acercan a venderte cosas, a invitarte a tomar té, a mirar sus puestos de alfombras, sus joyerías, sus telas. Quiero bañarme, meterme en la cama, descansar de tanto impacto, para mañana al levantarme comprobar que estoy nueva y quiero más, más y más.

Fez es como una alfombra voladora que te lleva instante tras instante a un paisaje nuevo, diminuto e inmenso a la vez, a una calle que en el mapa no existe, a un muro semiderruido que esconde un fabuloso riad, una mesquita de 700 años enteramente azulejada, a rincones donde manan fuentes donde la gente se lava, donde junta agua, donde nosotros metemos la cabeza y nos empapamos para no desfallecer de calor. Y así como ese lugar aparece, jamás, por más que lo busques y lo busques, lo vas a volver a encontrar. Magia le dicen, o aprovechar el momento, lo que estás viendo en un segundo desaparecerá. Así que devoralo, aunque a veces te impresione, aunque a veces te asquee, aunque no quieras mirar cómo trabajan los hombres en las tintorerías de cueros, el aire fétido, tóxico, el agua a la cintura bajo el sol en unos nichos estrechos, teñidas las piernas de rojo, de azul, de amarillo azafrán.
Miro, y en el próximo souk los géneros se ven tan delicados, las especias huelen deliciosas, los hamman o baños públicos me dejan espiar la intimidad de la inexpugnable y silenciosa mujer marroquí.

Fez, aquí nos pasó de todo. Conocimos a Kalid, Fran le hizo un favor al traducirle un documento al inglés y a cambio nos invitó a almorzar en su casa. ¿Cómo declinar semejante invitación? Kalid vive con su madre Fátima y su hermana Zamira, como es viernes y es día sagrado en la Medina de Fez, las madres preparan cous cous. Fátima sólo habla arabig, Zamira un poco de inglés.
Así que almorzamos con ellos y con Aaron, un estudiante norteamericano de arabic que vive en la casa desde hace un mes. Segun las normas, nos lavamos, comemos cous cous sin platos, con una cuchara de la misma fuente y con las manos. Le sobremesa se extiende, nos enseñan a jugar parchis. Y más tarde llega un abuelo ciego, tres tias con sus maridos... mi Dios. Nos vamos a ver el sunset sobre la ciudad, Fran, Aaron, Kalid y yo. Cuando volvemos todos están tomando el té. Fátima quiere que comamos. Nosotras comemos, a punto de explotar. Nos vamos a la noche, exhaustas, después de darnos un montón de besos, uno dos, otra vez uno dos, uno dos y el último, tres.
La pensión donde estuvimos viviendo es espantosa, pero decente. Al menos dormimos bien. Cómo no dormir profundamente si estuvimos cuatro, o tal vez cinco días en Fez.

Time para la conexión a El Jadida. Eso es en la costa. Estamos camino a Essauira, dicen que es espectacular, pero en lo único que pienso es en Fez.
Muchos muchos besos

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