8/8/05

Habitación 301

Santiago de Compostela, Galicia

Oh, God, las cosas que me depara el destino. Reservé un cuarto en El Alfonso a las apuradas, sólo un rato antes de tomar el tren a Santiago. Saqué el teléfono de una página de Internet donde había una veintena de hostales, o sea que hubiera podido elegir cualquiera. Sin embargo llamé a éste. Al llegar me pregunté si no sería muy ruidoso, ya que estaba sobre una calle con bastante tráfico, en el borde del casco antiguo. Se lo sugerí a la dueña del hostal, y muy formal me contestó que de ninguna manera, que además la habitación que me había asignado estaba en el último piso, pequeña, sí, pero muy tranquila. No dijo nada más. Me ayudó a subir por las escaleras mi mochila y mi computadora, y sólo un segundo antes de abrir la puerta me dijo con una sonrisa: “Has tenido extraordinaria suerte, ¿sabes?. Ya verás la vista que tiene esta habitación. Es única, te lo aseguro, no existe otra igual en toda la ciudad. Hoy, un minuto antes de que llamaras, un cliente americano que la había reservado con meses de anticipación llamó avisando que su vuelo había sido cancelado y que llegará recién mañana”.
No tuve tiempo de preguntar nada, me hizo pasar, inspeccioné rápido el cuarto abuhardillado, diminuto pero impecable. Entonces Maricarmen -así se llamaba la dueña-se acercó a la ventanita sobre la cama y descorrió las cortinas. Un escalofrío me recorrió entera. La vista de la Catedral de Santiago, recortada en el perfecto cielo azul de la tarde, era simplemente abrumadora.

Cuando me quedé sola me arrodillé en la cama y saqué mil fotos de lo que veía. Si no hubiera sido porque me moría de hambre me hubiera quedado ahí, apoyada para el resto de mi vida contra el marco de la ventana. No quería moverme, no quería perderme nada. Es que de a poco la luz se apagaba en el cielo, el aire se volvía más fresco, la noche llegaba. Sobre los techos de tejas oscurecidas de moho caminaban sigilosos algunos gatos, salía enorme la luna.

Todo eso sucedía en torno a la majestuosa Catedral de Santiago de Compostela. Tomé conciencia de que en ese momento yo era la única persona en el mundo que veía lo que veía y como otras veces en mi vida me pregunté qué tenía que hacer con semejante situación. Por qué era yo la que estaba ahí. La única respuesta, la más sencilla pero a la vez la más real, fue que era una absoluta priviligiada.

Acabo de comer una típica empanada gallega y unas almejas a la marinera en una fonda barata cerca del hostal. Disfruté cada bocado, aunque me la pasé diciéndome Quiero apurar la noche, quiero volver a mi habitación y dormirme contemplando la Catedral, quiero que pronto sea mañana.
Que ya sea mañana.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy en la etapa de revisar todo lo que escribiste en el blog, es una forma de seguir conociendote, pero cuando vi la Catedral y la plaza me matò, me detuve en el tiempo y volvì a una noche en aquella plaza, me voy al rìo a caminar

Valkiria dijo...

Me he quedado totalmente speechless. En la foto la catedral se ve bellísima, me imagino cómo será verla 'en vivo y en directo'.

Pumuky Viajero dijo...

¿Cómo es posible que hayas estado en España y no hayas hecho una entrada de la ciudad más bonita, que es Toledo? Jejeje
Felicidades por el blog, amiga viajera