5/7/04

Una caña, un bocadillo y Alex

Te dejé en Barajas y no quise volver a casa. Tener que hablar, contestar preguntas, escuchar cualquier comentario hubiera sido como suicidarme. En vez me tomé el metro y en 40 minutos estuve en el centro. No tenía un lugar a donde quería ir: todo me daba lo mismo, así que me bajé en Cibeles y caminé por la Gran Vía. Traté de distraerme, miré escaparates; incluso en una tienda entré y me probé un vestido, ése que no tuve tiempo de salir a comprar y ponerme para vos. Seguramente habrá parecido que quería algo nuevo para un momento especial; eso pensaba mientras la vendedora me decía que el vestido me sentaba de maravillas y yo me engañaba jugando a que esta noche –esta noche- te sorprendería con el vestido y con las ganas terribles que otra vez tenía en ese instante de hacer el amor. Pero no dije nada; tampoco compré el vestido. Me fui intuyendo que estaba tratando de retener el pasado, esas horas antes que fueron hace poco, esta mañana cuando nos levantamos juntos, estos días que son sólo una semana atrás y que dichos así parecen casi nada. Anduve callada por los barrios que vos ya sabés durante horas. Y en Huertas y en El Retiro y en La Latina estaba lleno de gente y a mí no me importaba. Era lo que yo más necesitaba: un mundo donde perderme, donde, por lo menos hasta la noche, no volver a encontrarme. Es que me doy miedo: no sé qué voy a sentir cuando me desvista y me vea, me mire, me salgan las palabras como lágrimas a borbotones. Será en cualquier momento, quizá cuando al fin me meta en la cama y no resista la tentación de ser cruda y pensarme aquí y pensarte en algún lugar del cielo sobre el Atlántico, y pensarnos a los dos, sólo hace unas horas, desde hace una semana.
Digamos que traté de no ser yo, o intenté demorarme, y así transcurrió la tarde. Después volví por Chueca, y aunque eran recién las seis y no tenía hambre ni sed, me senté en la barra de un bar y pedí una caña y un bocadillo de ibérico. El bar estaba vacío y el gay que atendía, intrigado por mi acento, me dio charla. Yo soy argentina y no lo parezco; él es rumano y tampoco lo parece. Podría ser andaluz, francés, qué sé yo qué, si lo que más cuenta es lo amanerado que es. Me dice Cielo, soy de Transilvania, pero no me gusta admitirlo, a los rumanos aquí se los mira mal; me fui de casa a los quince, viví en Hungría cinco años, después dos en Italia, y desde hace tres en Madrid, donde tengo mi pareja, un sevillano celoso. Me río, se ríe, me llamo María, yo Alex, y a través de la barra me besa la mano –según él- a la manera rumana. La conversación sigue, se pone la mano en el corazón y me cuenta que ama a su pareja con locura, pero que de vez en vez lo engaña: es que soy un enamorado del sexo, María... mi sevillano no lo sabe, que me mata, pero tengo por allí mis cosillas. Lo escucho apoyada sobre la barra: hoy nada me espanta, nada me sorprende: soy como esas imágenes solitarias de una road movie que aquí y allá escuchan lo que sea sin hablar. Alex tiene los ojos clarísimos, el pelo muy negro peinado a lo flamenco y una patillas que como cicatrices le atraviesan la cara. Sueña con arreglarse los labios y la barbilla, aunque su mayor ambición es quedar seleccionado para El Gran Hermano. Dice que tiene condiciones: le basta ver cómo engaña a su pareja para saberlo. “Me encanta chulear, Cielo, aunque yo te juro que a mi sevillano lo amo...”. Alex habla como si estuviera solo, avanza desmesurado con sus sueños, retrocede y me cuenta anécdotas, comienzan a escapársele intimidades. Y de pronto yo, que he estado muda, lo interrrumpo. Le digo con palabras y con mi mirada: hace una horas se ha ido él. Entonces se sirve una caña y me invita otra: anda, Cielo, bebe, ahoga tu pena, cuéntame: ¿dónde se ha ido tu hombre? Le cuento un poco, apenas algo para que entienda, después un poco más y termino desembuchando mi historia. Él que no está, él que de tanto en tanto se toma un avión y durante una semana fantaseamos que siempre es así, que siempre estamos juntos, que su otra vida no existe. Los ojos celestes de Alex brillan acuosos. Qué bello, Cielo, cómo lo amas. Suspiro, otra vez enmudezco. Me voy Alex, le digo, tengo que ir lejos. Entonces me dice espera, que necesito contarte algo. Me mira fijo: sabes, en un pueblo de Hungría tengo dos hijos. Una niña bella y un niño moreno, como yo. Son hermosos, aunque hace ya mucho tiempo que no los veo. Pero les mando dinero cuando puedo. Sí, ya sé, se excusa, dando por sobreentendida mi sorpresa. Cielo, me dice, yo soy homosexual cuando me enamoro de un hombre, cuando me enamoro de una mujer soy bien hombre. Y termina: Hombre, mujer, lo mismo da, uno de lo que se enamora es de un alma.

1 comentario:

Valkiria dijo...

Es cierto. Nunca te enamoras de una persona por su sexo; te enamoras de ella por lo que es. Por lo que lleva adentro... por lo que tiene en su alma.