20/4/04

22 Ames House, Mace Street

Londres
Escribo metida en la cama, en el cuarto de Helena, una médica española a la que no conozco, room mate de mi hija Fran en la casa donde viven. Helena se ha ido a España por unas semanas, y me ha dejado el cuarto en préstamo. Me miro, y mi situación es insólita: la casa donde vive Fran tiene como habitantes a dos españolas, Helena y Berta, y a una pareja despareja formada por una inglesa y un yanqui que parece de Colorado o Texas. Todos conviven bastante ordenadamente en la casa, cada cual con su cuarto, compartiendo un baño y la cocina. La verdad es que la casa parece funcionar bastante bien, calefacción, agua caliente, washing machine, pero a mí me inhibe un poco usar todo como si fuera parte del grupo, así que hace dos días que no me baño, por ejemplo. Por suerte, como hace frío, mi no-aseo pasa desapercibido. Fran, en cambio, hace y deshace a su gusto, envuelta en su bata japonesa se mete en la cocina donde tiene una alacena para ella y prepara su comida, después se encierra en el baño, despliega sus cremas y sales y se da unos baños descomunales. Está bien: ella paga, ésta es su casa... Verla moverse con tanta comodidad entre estos personajes que conoció hace sólo dos meses me apabulla.

Esta preciosa mujer –porque con sus 20 años ya lo es-, desconcierta con su independencia, su seguridad, su personalidad y... su vida entera. La verdad es que no me alcanza la imaginación para atreverme a vislumbrar su futuro, no digo el lejano: ni siquiera me atrevo con el cercano. Ella y su vida en Londres, en este barrio muy cerca del centro pero lleno de inmigrantes indios, conviviendo con esta gente, haciendo amigos de todas partes del mundo con quienes se relaciona como si hubieran nacido en la misma cuadra porteña que ella ... Es increíble. Así la encontré cuando llegué: en el parque al lado del tube esperándome con su amigo Akio, un japonés ultra cool, con una facha mitad sabio japonés, mitad samurai, mitad rasta... En fin, muy difícil de describir. Akiro es fotógrafo, nacido en Kioto, estudiante de fotografía en Tokio y en Londres y se ha hecho íntimo de Fran.

Same place
Hoy a la mañana me animé y lo hice: me bañé. Fue rapidísimo, pero suficiente para sentirme persona civilizada otra vez. El día amaneció increíble, igual que ayer pero más cálido, un regalo insólito para Londres, siempre tan foggy y húmedo. En el cuarto de Helena duermo como hacía mucho no dormía: anoche tuve que desenchufar la compu porque de pronto se me cerraban los ojos sin control y en cualquier momento se me caía al piso, y hoy amanecí a las 9,30, después de haber soñado las cosas más asombrosas. El cuarto no tiene cortinas, así que la luz entra ni bien amanece y me despierta, pero al rato me duermo otra vez, mucho más profundo, y creo que en esas pocas horas hasta que me vuelvo a despertar sueño lo que después creo que soñé toda la noche. Son dos o tres horas de lo más intensas...

La cuestión es que con tanto sueño se me quedaron cosas en el tintero, Brighton por ejemplo. Ayer nos tomamos el tren hasta la costa que mira a Francia -¡el mar del Norte!-, al famoso balneario tantas veces descripto en las novelas inglesas de principio de siglo. Jamás me imaginé que el lugar me resultaría tan maravilloso. Primero, el viaje através de la famosa campiña inglesa no tiene desperdicio, después, desde la estación de Brighton la calle principal que baja a la costa, el mar y la playa de canto rodado son todo lo que uno necesita si quiere escaparse de Londres, o de tanta ciudad. Brighton no se olvida; todo en ella es fuerte: el olor a mar, el graznido de las gaviotas, las olas que rompen siempre con fuerza, aunque el día esté diáfano, tranquilo, aunque no haya viento. Al mirar la costa uno entiende que tantas novelas hayan situado escenas románticas o de pasión ahí. Es que es un sitio perfecto; aunque el mar esté tranquilo, constantemente pensamos en lo salvaje que se pondrá en un día de tormenta. Así es: Brighton es como esas personas contenidas, contraladas, pero que de todas maneras no ocultan ni por un segundo su intensidad, su carácter.

Estuvimos tiradas en la playa durante horas. A veces muy calladas, a veces hablamos y hablamos. En algún momento compramos comida y volvimos a la playa, en otro, nos fuimos a caminar y volvimos a la playa, como si fuera el único sitio posible para estar. Fue un placer. Volvimos a la tarde, con el tiempo para caminar desde Victoria’s Station casi hasta lo de Fran.
Y lo de hoy fue una maratón: Salimos de lo de Fran por el barrio musulmán de White Chapel, llegamos caminando hasta Bloomsbury, donde está la universidad de Fran, después hasta “más barato sushi take away de Londres”, según Fran, después picnic monumental en Green Park, un poco de siesta tiradas en el lawn, y al rato seguimos hasta Hyde Park, lo atravesamos hasta Notting Hill... Es que los parques están que explotan de flores, son una verdadera delicia. Fran se quedó ahí con una amiga, a su aire, yo me volví sola, a mi aire.
Otra vez estoy que me muero de sueño. Seguramente se me juntan varias cosas: la caminata, la emoción de estar con Fran, tantas charlas y franquezas.

In the kitchen, Fran's house
Estoy sola en la casa. Otra vez estoy separándome de Fran, otra vez estoy ultra sensible... Estuvimos toda la mañana juntas: me despertó, se metió en mi cama como cuando era chiquita y juntas planeamos ir a Notting Hill a tomar el desayuno. Sábado, sol, coffee and muffins resultaron espectaculares; Fran después partió a su trabajo en Brick Lane.
Anduve por ahí, fui a Camdem, volví por Regent’s Park, y caí a visitar a Fran en su trabajo dos horas antes de lo que habíamos quedado. Yo me pregunto, ¿todas las madres andarán moqueando en estas situacones? ¿O seré yo, que no puedo con lo que la quiero, que me cuesta horrores –aunque no lo demuestre y la apoye-, aceptar sus elecciones? Otro desafío más en mi vida, eso es Fran y el amor que le tengo. Quererla tanto y dejarla volar, porque eso es lo que vengo haciendo, cuando una parte de mí querría tenerla en casa, cerca, cuidada, contenida... Ah... sé que siempre esto va a costar mucho, que es algo con lo que voy a tener que aprender a convivir. Ser madre, qué enorme challenge.
Mañana al alba vuelvo a Madrid, y no sé cuándo la volveré a ver. Tampoco sé qué me espera a mí, cómo sigue mi vida, si el lunes realmente vuelvo a Buenos Aires, o si me quedo, tal vez porque la agencia me encargue más trabajo. Y si resulta que me quedo, cómo, dónde, hasta cuándo...
Pero de nada sirve hacer conjeturas, para qué. Para qué adelantarme, para qué preocuparme. Voy aprendiendo que lo mejor es entregarme a lo que dicte el sabio universo. Ja, dónde ha quedado aquella otra, lejana mujer que alguna vez fui yo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Guau, que vida. Soy Lucila, de Buenos Aires, encontrè tu blog buscando informacion sobre Rio, voy dentro de un mes a pasar unos dias sola y pensè que en una de esas me podias pasar algun dato de donde quedarme en Santa Teresa. Tengo especial aversion por los grupos nutridos de turistas y los recorridos tradicionales. Si lees el mensaje estoy en lucilapesoa@hotmail.com
Gracias, y que sigas viendo mucho mundo.

Anónimo dijo...

Hola Canaca:
Como siempre es un placer tener noticias tuyas y verte aunque sea en tus viajes y en tus fotos....tambien es otro placer leerte se recibe algo muy especial...
Espero que estes bien y cuando vuelvas avisa...me gustaria verte...
un beso grande
Patsy( tu amiga de siempre)