5/6/03

Personajes de Barcelona


Alfonso

Alfonso el colombiano tiene una casita en Poble Sec, a pocas cuadras del Barri Gotic, en Barcelona. Llegó a España hace sólo tres años, después de haber andado por muchos otros sitios. En su vida hizo de todo, “todo lo que tú puedas imaginar”, dice misterioso. Ahora, que según él se ha puesto mayor, se ha inventado un trabajo que le calza a la perfección: recibe huéspedes en las cuatro habitaciones que le sobran de su casa. Su manera de trabajar es singular. Alfonso no recibe a cualquier persona, sino que cuando le queda algún dormitorio vacío, va a la estación de Sants en el horario en que arriban los grandes trenes y, después de elegir cuidadosamente entre los que llegan, les ofrece alojamiento. “Yo elijo a mis clientes”, dice con orgullo, “no es cosa de meter a cualquiera en mi casa”. Alfonso vive escuchando salsas y merengues a todo volumen, ama a su perra Melcocha y al Gran Gabo. “Gabo”, dice, “y no García Márquez, es sólo para los que conocemos su obra de memoria y hablamos su idioma, que es el idioma del corazón y del amor”. Y sigue: “Qué mejor que un colombiano sensible como yo para entender a otro colombiano...”
Un día, cuando ya faltaba poco para que me volviera a Madrid, nos pusimos a hablar de libros y escritores latinoamericanos. En el vaivén de la conversación le terminé contando que había sido un cuento de su amadísimo Gabo -a quien yo también admiraba- lo que me había hecho ansiar desesperadamente conocer Barcelona. Dando por sobreentendido que sabría de qué cuento le hablaba, le dije que 'María dos Placeres' me había tocado el corazón de tal manera que desde el momento en que lo había leído había querido caminar por el barrio de Gracia, donde transcurría la historia. Noté mientras hablaba una cierta incomodidad en Alfonso. Con disimulo me hacía preguntas sobre el cuento, decía que no recordaba en qué libro de Gabo estaba... Finalmente, luego de dar varias vueltas, se resignó con horror a que ese cuento no lo había leído. "No lo he leído, a ése no. No lo recuerdo. Cómo es que se me ha pasado", decía, moviendo la cabeza desalentado. Le expliqué que el cuento era de la primera época de García Márquez, que incluso ni la historia ni la forma en que estaba escrito eran “muy García Márquez”. Pero Alfonso no tenía consuelo, sentía que había traicionado a su querido Gabo.
Sin saber bien qué hacer, le sugerí que tal vez si yo le refrescaba la trama del cuento lo recordaría. No dijo nada, así que poco a poco se lo empecé a contar. Estábamos sentados en su terracita, mirando los techos viejos del barrio que le hacían de marco al cielo y a las torres de la Catedral.
“María dos Placeres era una prostituta que se había venido de Portugal aún siendo muy niña. Había recorrido toda España trabajando de burdel en burdel, hasta que finalmente, ya madura, había comprado con sus ahorros un piso en el barrio tranquilo de Gracia. ¿Te acuerdas, Alfonso?” Alfonso, con la cabeza, decía que no. “Un día cualquiera, María tuvo una premonición: algo le sucedería antes de Navidad. ¿Y qué cosa podría sucederle a ella, a esa altura de su vida, ahora que estaba vieja? Una única cosa, había decidido María: lo que venía tenía que ser la muerte”. Me detuve un instante para ver si Alfonso reaccionaba. Acariciaba a su perra Melcocha y se lo veía pensativo. De pronto levantó la cabeza y me dijo: “Sigue María, cuenta, anda, cuenta...” Entonces María dos Praceres revivió en la terracita de Poble Sec. Le hizo caso a su premonición, se preparó para su muerte, se despidió de su perrito Noi, y un día de lluvia descubrió que se había equivocado, que eso que ella había intuido que llegaba no era la muerte, sino el amor.
Alfonso y yo terminamos amigos. Amigos no sé si es la palabra, pero hay momentos inolvidables que crean lazos que no tienen nombre. Fuimos juntos hasta la estación de Sants, yo porque partía a Madrid, él a elegir a quién ofrecería mi cuarto. Al despedirnos, en tono confidencial, me contó que algún día escribiría sus memorias, que tenía dos libretas llenas de anotaciones que a alguien, seguro, podían interesar. Me dio dos besos, y aunque no sabía nada de mí, se despidió diciéndome: “ Y de ti María, también he de escribir, también he de escribir...”


Otilia

Otilia parece que se vuela. Sí, ésa es la impresión que da, que se va a volar, que tiene alas, que está hecha de aire, liviana e inmaterial. Otilia es alta y delgada, tiene la piel del color de las calas, el pelo renegrido y crespo, las manos largas, las uñas pálidas y los ojos marrones, hundidos en las profundidades de su cara huesuda. Su reino es su pequeña pensión, ubicada en la segunda planta por escalera al fondo de un edificio del casco viejo de Sitges. La tercera planta está reservada sólo para ella: allí Otilia tiene su casa. Recién al cuarto día de estar alojada en una habitación pintada de blanco y azul, empecé a reconocerla detrás de mi puerta, caminando por los pasillos, bajando o subiendo las escaleras. Es que Otilia no hace ruido. Es silenciosa como un gato. Durante la mañana limpia las habitaciones, abre las ventanas de los balcones, les pone una flor a los floreros. A su paso deja un sutil perfume a sábanas y toallas recién lavadas, a jazmín y a cera. Más tarde, cerca del mediodía, baja a hacer la compra en el mercado. A la hora de la siesta no sé qué hace. Puede que duerma, puede que escuche música o vea televisión. Otilia me tiene intrigada. Es que tiene todo para ser bruja o hada, ángel o demonio. Ayer subí al tercer piso con cualquier pretexto. En el rellano de su casa tiene una reja con un manojo de cascabeles a manera de llamador. Otilia... llamé. Se entreabrió la puerta y se asomó un gato que se quedó observándome; luego apareció Otilia, se le acercó y lo tomó en sus brazos. Dígame... me dijo con su sonrisa tenue. Le dije que tal vez me iría al día siguiente, o algo así. Busqué la manera de estirar la conversión, de que me diera tiempo de mirar un poco más. Hubiera dado cualquier cosa por saber qué estaba haciendo, cómo era su casa, cómo vivía... Quería, sobre todo, escucharla hablar. Vale, me contestó, y se quedó mirándome con su sonrisa tenue, sin decir una palabra más, como si adivinara mi curiosidad.
Otilia vive sola en el tercer piso de su pensión de Sitges. Sé que tiene un gato y que huele a sábanas y toallas recién lavadas, a jazmín y a cera. No sé si es bruja o hada, si es ángel o demonio. Pero estoy segura de que puede volar.


1 comentario:

Valkiria dijo...

Qué alegría que hayas podido conocer a un paisano mío. Aunque de seguro conoces a muchos. Y al igual que él, yo también tengo por ahí un par -o más- de libretas llenas de mis pensamientos; en la última he hablado un poco de vos.

Saludos.