20/2/03

Diosamadre americana

Todo comienza con un ruido ensordecedor de petardos, cohetes, cañitas voladoras y bengalas. Un humo blanco de características casi corpóreas domina la escena. Purísimo, cada vez más denso e intenso, el humo parece hecho de algodón. Total es la cerrazón; el mundo aguarda en silencio. Entonces, lentamente, como si fuera un telón, el humo blanco comienza a elevarse hacia un cielo turquesa-todavía-no-inventado.
Poco a poco se entrevé la tierra cubierta de un pasto nuevo, tierno, lleno de jugo dulzón. Verde, todo es verde, no sólo el pasto sino las plantas de hojas lanceoladas, los brotes tiernos cubiertos de pelusa blancuzca, los pimpollos recién nacidos, las enredaderas que trepan lujuriosas hacia no se sabe dónde. El olor que se respira también es verde, olor a tierra húmeda y negra, olor a aire cargado de sol amarillo y de lluvia azul que alguna vez fue y empapó y encharcó todo para que naciera el verde como una explosión. Su profundidad es tal que se mete muy adentro de los que miran boquiabiertos, medio hipnotizados y ahora conmocionados porque descubren que el olor se les ha transformado en sabor, sí, lo sienten primero en la punta de la lengua y después en toda la boca, como si el perfume hubiera venido envuelto en un pedacito de papel celofán.
Los petardos, cañitas voladoras y bengalas han cesado. El humo, ahora, cuelga del cielo transformado en nubes gordas. El mundo permanece inmóvil. Entonces la tierra se abre y emerge, vestida de fatal, sensual Pachamama, Diosamadre americana. El silencio es total. La naturaleza calla y los que observan no se atreven ni a respirar. En el centro de la escena, Ella se sacude la modorra de haber estado tanto tiempo guardada. Sus vestidos y su tocado resplandecen bajo la luz del sol. Viste un torbellino de rojo sagrado y naranja espiritual, de amarillo iluminado y violeta místico, de azul noche tachonada de estrellas y verde jungla tropical. Su pelo cae trenzado con jazmines del cabo y espigas de trigo y su pecho respira plácido bajo interminables cuentas de piedras preciosas enhebradas en hilos de oro.
Es curioso el casco que cubre su cabeza. Hecho de un metal desconocido, emite destellos acompasados, como un faro solitario. El latido de luz es a la vez una advertencia y una llamada desesperada:

No te acerques... ¡Aquí estoy!
No te acerques... ¡Aquí estoy!
No te acerques... ¡Aquí estoy!

Del mismo metal precioso con que está hecho el casco, es el gran estuche guarda-misiles que lleva apretado en la mano derecha. En la otra, en la del corazón, tiene una taza llena de leche fresca. Diosamadre, soberana, mira a su alrededor. Entre destellos estira la mano izquierda y, generosa, ofrece de beber. Pero he aquí que los que se acercan a saciarse están muertos de sed, voltean la taza con su torpeza y derraman la leche. Entonces Ella saca del estuche guarda-misiles de metal desconocido una Palabra, apunta y dispara. Los hombres, uno tras otro, instantáneamente caen chamuscados, incinerados de tanto fuego.
Diosamadre es sólo una mujer. Está sola y espera a Ése que no llega.

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