28/1/16

Quince mil kilómetros no es nada

Miro a través de la ventana antigua y grande al fondo del pasillo y lo que veo es Bombay. Me paro ahí al atardecer, cuando la luz sobre Buenos Aires es medio gris azulada y en el cielo, allá arriba, inclinándome, sigue siendo dorada. Yo miro. Y escucho. Los zorzales y las palomas, a ésos los conozco, pero también arrullan la tarde pájaros desconocidos, exóticos, piando sin cesar. El Sudoeste sopla y levanta olas negras en el Río de la Plata, pero aquí, arremolinado entre paredones y medianeras, podría ser un viento asiático y venir del mar. Y trae olas calientes, historias africanas y otras que ruedan desde Omán, Yemen y Qatar. Un árbol de hojas enormes se hamaca levemente. Lo admiro muchísimo, porque medio torcido, curvilíneo, logró superar la sombra de los paredones hasta alcanzar la luz del sol. Tiene hojas viejas verde oscuro y hojas nuevas, verde tropical. Viene y va, viene y va. Miro a través de la ventana antigua al fondo del pasillo y huelo a cardamomo, coco y pescado. Hundo mis pies en el vapor blanco que cubre las calles de Colaba y en Leopold Café me ensucio los dedos pelando camarones asados. Me mojan lluvias iridiscentes, intermitentes. Sale el sol. Oscurece. El sonido brillante de un tuc-tuc. El melancólico llamado de una mezquita. Las campanitas de un templo hindú. Y ese olor. Ese olor penetrante, inenarrable, que siempre viene del mar. 

1/1/16

Primero de enero

Colgué un sari de Kathmandu a modo de cortina en mi ventana nueva. Tan etéreo es que aunque no haya ni la más mínima brisa se mece y adormece como el vaivén de una cuna. Hoy a la mañana, colándose entre el silencio del 1 de enero y el canto de los zorzales, un viento sorpresivo hinchó el sari como una vela de un velero y por un momento dejó mi ventana vacía. Entonces vi que por la gran pared ciega y nada agraciada del edificio vecino viene trepando el solitario tallito nuevo de una ampelopsis. Dada su tenacidad, creo que en unas semanas habrá sobrepasado la altura del piso donde vivo. Cuando el sari de Kathmandu se meza en mi ventana, entreveré la ristra de hojitas verdes casi transparentes que en línea recta y por la medianera blanca avanza buscando el cielo.

29/9/15

Riad Emerald

A media mañana, cuando creen que los huéspedes del riad ya se han ido a la calle y están solas, Rachida, Zohra y Hannae salen de la cocina y comienzan a conversar. En árabe marroquí y con voz aguda, transforman la quietud del patio en un gallinero. Las escucho desde mi cuarto, casi escondida, y aunque no entiendo nada, disfruto de su cotorreo. Hablan y limpian, y mientras limpian se descalzan, se desanudan las cofias, y finalmente se quitan las pulcras chilabas marrones que usan como uniforme. Las tres con esas calzas con estampados floreados que las mujeres musulmanas suelen usan bajo sus túnicas arremangadas hasta las rodillas, Zohra con camiseta y el corpiño extrañamente abrochado encima, baldean derrochando agua, inundan macetas, friegan todos los rincones. Escucho el agua que cae, el sonido de las escobas, sus voces y sus risas. Oh, madame María, me dicen cuando las descubro, y se tapan la boca repentinamente serias como pidiendo disculpas por su facha. Yo les digo que no importa, que soy solamente María y todas somos mujeres, entonces ellas se ríen, y empapadas, las caras rojas, el pelo revuelto, vuelven a sus escobas y baldes y retoman su precioso cotorreo.

27/9/15

La fiesta del cordero y la luna de sangre

Ibrahim (Abraham), fiel a lo que le pedía Dios, estaba a punto de sacrificar a su hijo Ismael cuando Dios lo detuvo y le indicó que reemplazara a Ismael por un cordero. La historia bíblica también aparece en el Corán y año tras año los musulmanes la recuerdan con una gran celebración, llamada Fiesta Grande o del Sacrificio.
Durante más de una semana navegué por un mundo que no parecía real. Atravesé el Alto Atlas, recorrí parte de la vieja ruta a Tumbuctú, pasé un par de días en el desierto y llegué muy al sur, a Taroudant. Pueblos conocidos, siempre dormidos, estaban convertidos en mercados atiborrados de gente donde se vendían corderos, manojos de alfalfa para engordarlos hasta el día de la matanza, mezclas de especias para sazonarlos y asarlos, dátiles de Zagora, pattiserie aromatizada con agua de azahar, y fruta y verdura lustrosa y zapatos y joyas doradas y gandoras y chilabas y kaftanes, todo nuevo, brillante, impoluto para festejar.
Las barberías no daban abasto, las mujeres estrenaban en pies y manos un nuevo decorado de henna, los burros y los autos bloqueaban las calles, y los corderos balaban en medio de las plazas, entre viejas cercas de adobe, amarrados como racimos en las esquinas. Una vez escogido uno, discutido su precio y pagado, los hombres se los llevaban en camiones, en motocicletas, en bicicletas, andando, cargados sobre sus hombros.
En Essaouira me tocó el día de la matanza. El largo ritual se lleva a cabo en el interior de las casas, pero en medio de las calles -vacías, las tiendas cerradas a cal y canto- se asaban las cabezas de los animales en grandes hogueras. Essaouira, blanca y azul, su puerto sorpresivamente quieto y silencioso, ahumaba volutas grises, con olor a carne y madera vieja desechada de los barcos.
Fue extraño no reconocer lo conocido, trasladarme siglos atrás, oír el crepitar del fuego en vez del graznido de las gaviotas, soñar con rituales antiguos que en realidad estaban sucediendo mientras dormía. Sin embargo me gustó porque todo me gusta, más que lo conocido lo nuevo desconocido.
Tanto miré, tanto soñé, que me abstraje del universo y no recordé la luna de sangre. La de hoy, la que sucederá en el cielo en una hora, luna llena eclipsada por la sombra de la Tierra. Cuando recordé, caminaba por Marrakech. Me di cuenta porque el cielo se puso repentinamente violeta. Se levantó viento, se arremolinó el polvo entre los puestos de comida de Jemaa el-Fnaa, desapareció el calor e hizo frío. Un frío extraño, la verdad.
Luna de sangre, luna eclipsada, ahora te espero mientras escribo en el patio del riad. El cielo está negro y entre las nubes te veo asomarte todavía blanca, como una perla enorme que aparece y desaparece sobre los minaretes de la ciudad.

13/9/15

Khamsah ya no está

Conocí a Khamsah hace cuatro o cinco años, en la terracita llena de aire donde funciona el Bleu Kafe. En ese entonces Khamsah, que evidentemente era un recién llegado a Marrakech desde Senegal, no interactuaba con los clientes y, concentrado y en silencio, sólo se acercaba a las mesas para recoger los platos sucios. Pero había algo en él que lo hacía resplandecer. No sólo era su preciosa piel ébano, su altura y esbeltez, su ropa inmaculada y sus maneras elegantes. Era sobre todo su sonrisa enorme y constante, y su risa, que se le escapaba porque sí a pesar de su timidez.
Volví al Bleu Kafe a lo largo de los meses y los años. Un día Khamsah me saludó y me acompañó a mi mesa. Otro día me trajo el menú y tomó la orden de lo que comería. La siguiente vez hablamos. Supe su nombre y un poco de su historia. Khamsah senegalés, de una aldea cercana a Dakar. A los veinte años se puso en marcha en busca de una vida mejor. Pensaba cruzar a Europa, pero las vueltas del destino hicieron que se quedara en Marrakech. Tuvo la suerte de que lo contrataran para lavar platos, después aprendió, fue camarero, y terminó como encargado del Bleu Kafe.
Cuando volvía a verlo después de un tiempo y le preguntaba cómo estaba, Khamsah siempre me decía que era feliz. Me lo decía como si no existiese otra posibilidad, como si la felicidad en su vida fuera obvia. Y se reía con esa risa inolvidable. Preciosa. Única. Suya y de nadie más en este mundo. En mayo de este año me dio su teléfono para que lo llamara cada vez que quisiera reservar una mesa. Prolijamente me anotó su nombre y su celular en una tarjetita. Esa vez se me llenaron los ojos de lágrimas de orgullo por el ser humano, por Khamsah llegado de tan lejos sin nada, sólo con deseos de prosperar, y por Khamsah siempre feliz.
Hoy volví a Marrakech. Trabajé en el patio del riad toda la tarde y a la nochecita me fui a dar una vuelta. El cielo y las calles eran una fiesta. Entonces decidí ir a comer algo al Bleu Kafe. En la puerta me atendió un amable marroquí y pensé que tal vez Khamsah estaría en la terraza. Subí las escaleritas y no lo encontré. Todo estaba igual, la tarde llena de golondrinas, el color rosado de Marrakech, los minaretes de las mezquitas a la distancia. Pero Khamsah no estaba. Pregunté, pronuncié su nombre lo mejor que pude y nadie me entendió. Lo describí. El senegalés precioso de sonrisa enorme.
Comí en silencio mientras oscurecía, pensando que una historia había terminado. Y que otra, la que Khamsah habrá decidido escribir en otro lugar del mundo, había comenzado.
Me alegré por él, porque sé que a donde vaya lo acompañarán los buenos vientos, y brindé conmigo misma por los encuentros que aquí y allá me regala la vida.
Pero Khamsah ya no está.
Y estoy triste; Marrakech, mi Marrakech, no será la misma sin él.

3/4/15

Otra nuevo adiós a India

Y en mi último día aquí, tuve un miedo repentino. Miedo incontrolable y paralizante de olvidarme de India. En vez de tomar el metro y atravesar oscuridades, contraté un tuc-tuc y me detuve en cada rotonda, en cada cruce de avenidas, en todos los semáforos. Entre negros caños de escape y ruidos sordos atravesé la ciudad hasta los viejos bazares de Chandni Chowk. Buscaba desesperadamente aferrarme a futuros recuerdos y poco a poco me apaciguaba: Allí estaba India, allí estaba todo. Old Delhi es la cocina del mundo, pensé mientras caminaba entre la marea humana, entre hindúes, musulmanes, sikhs y jainistas, entre los que compraban, los que vendían, los que pedían, entre gente de casta alta e intocables, entre los que a puro esfuerzo físico acarreaban bultos extraordinarios. Olí a papel en el bazar de los papeles, a sahumerio en los puestos de fruta, a aceite frito, a hierro caliente del tandori, a curry y a coco, a flores frescas y flores mustias, a dulces almibarados, a fuego y a madera, a sudor y orines, olí el olor de los seres humanos. Campanas en los templos, bocinas lejanas, el "chaló, chaló" de los conductores de rickshaws, el graznido de los cuervos, el sol velado por la bruma. Caminé y caminé sin rumbo, intentando mirar como ese lejano primer día, respirándolo todo. Y cuando estuve segura de que de India uno jamás se olvida, busqué las cúpulas de Jama Masjid, la gran mezquita. Eran las cinco y media y desde los minaretes llamaban a la oración. La cocina del mundo, volví a pensar, aquí se cuece la vida.

24/3/15

McLeod Ganj

Los ríos desbordados por el agua del deshielo, el cielo azul, las montañas nevadas. Eso es lo que veo. El avioncito aterrizó en un aeropuerto desierto y esto es 500 km al norte de Delhi, en Dharamsala. Todo es raro. Siempre es raro. Vengo de dos meses de estar permanentemente con gente, controlando buses, trenes, aviones, restaurantes y reservas de hoteles. Vengo de dos meses de contar todo lo que sé, de ofrecer mi mirada. India que te amo, te entrego al otro de la mejor manera que me sale. Y de pronto en este avioncito estoy sola. Hablo con el sikh que tengo a mi lado, con una señora de Mumbai envuelta en un sari precioso. Sola, y sí, me late el corazón. Lo siento: bomba en mi cuerpo que arrastra sangre y me hace brillar los ojos. No sé dónde estoy y eso es lo mejor que me puede pasar en la vida. El conductor del taxi que no habla inglés, las plantaciones de té, el olor de los campos, la subida de 9 km desde Dharamsala hasta Mc Leod Ganj. Parece que trepo al cielo. Tanta nieve allá arriba, ahí donde el Dalai Lama y miles de emigrados tibetanos se han refugiado. El primer día es como un sueño, ando como siempre que llego a un lugar desconocido, sin mapa. Camino y miro, completamente perdida. Al atardecer me guardo en mi cuarto y escucho a los monos saltar entre las ramas de los cedros buscando un recoveco donde pasar la noche. Arman tremendo estrépito, hasta que se apaciguan y todo es silencio. Entonces ceno comida tibetana, tan deliciosa. Y duermo envuelta en el rumor de las montañas, sueño con ríos, la estufa encendida, una bolsa de agua caliente entre las sábanas.
McLeod Ganj se apretuja en una altísima ladera. Edificios de colores como colmenas arrebujados unos contra otros. Y las montañas de Dhauladhar rodeándolo todo, nevadas. Me esperaba sólo budistas tibetanos, pero aquí confluyen sikhs del cercano Punjab, férreos musulmanes de Cashmir, e hindúes seguidores de Durga. Atraídos por la compasión budista y la prosperidad de la comunidad, además hay mendigos llegados del Rajasthan y hombres y mujeres de Madhya Pradesh que trabajan en la construcción. Me han contado que aquí ganan 250 rupias por jornada laboral cuando en su tierra sólo cobran 110. De éstos últimos impresionan las mujeres. Vestidas con saris muy modestos y muchas veces con niñitos colgados de sus faldas, hacen el trabajo más duro, acarrean sobre sus cabezas ladrillos, bolsas de cal y arena. Otros que me tienen hipnotizada son los hombres con correas y sogas a los hombros apostados en las esquinas de la diminuta y caótica Main Square. La piel curtida por el sol, altos y delgados (con aspecto de afganos), esperan a que alguien los contrate como porteadores para subir cargas a las montañas.
Camino en las mañanas, bajo y subo durante horas por toscas escalinatas de piedra. Al descender, descubro valles minúsculos atravesados por ríos; al trepar, entre bosques de cedros, aparecen rododendros florecidos. No sé cuánto tiempo me quedaré aquí. Tenía una cierta idea, pero decidí olvidarla y entregarme completamente al aquí y ahora. Será cuando sienta que tengo que partir, como cuando fui y soy serviajera. Y será simple y venturoso, adonde me lleve el camino.

1/3/15

Magic masala

Rajendra me ha dicho que en Udaipur -donde en esta época del año siempre hay sol- llueve porque en Afganistán hubo un gran ciclón. Rajendra es el encargado de la guest-house donde me hospedo y siempre está haciendo bromas, así que sospecho que está inventando para hacerme reír. Lo cierto es que en Udaipur llovizna, hace frío y a mí me duele la garganta. En una tienda me vendieron un jarabe ayurveda color morado; en otra, una doctora homeópata envuelta en un precioso sari me dio globulitos. Con el shawl con el que normalmente me protejo del sol enroscado en mi cuello, mi campera de los Himalayas y un paraguas comprado en la lejana Kochi salgo a la calle. Voy entre antiguas havelis, templos, vacas, burritos, un elefante, cabritos. Los bazares, hermosos e hipnóticos, siempre atestados de gente, están semidesiertos. Sólo los joyeros trabajan olvidados del mal tiempo. En sus sucuchos, sentados en el suelo y doblados en dos, miran a través de grandes lupas, engarzan piedras y forjan metales con viejos mecheros. En la Clock Tower giro hacia la Old City. Los palacios de los marajás, sus siluetas siempre dibujadas en las aguas quietas del lago, tienen las cúpulas veladas por nubes violetas. Un viento arremolinado baja desde las sierras que rodean a Udaipur y me roba el paraguas. De pronto me digo que sólo un curry me va a salvar. Entonces cruzo el puente que va de Lal Ghat a Hanuman Ghat y entro en Queen Café.
Humea la plancha caliente donde se tuesta el chapati y huele a jengibre y limón. El local es extremadamente sencillo y diminuto; dos mesas al fondo bajando cuatro escalones, dos mesas de patas cortitas con almohadones en vez de sillas en un entrepiso bajito. Todas están ocupadas, así que el dueño, un anciano hindú de pocas palabras y aspecto venerable, me hace lugar en la mesa donde él se sienta a hacer las cuentas. En seguida se presenta Meena, su hija, y entre papelitos con comandas anotadas en hindi, hojas de menúes y pilas de servilletas de colores, me sirve un Pumkin curry, considerado en Udaipur como el mejor del mundo.
Meena me mira comer, su madre -preciosa y larguísima trenza gris, sari azul- sale de la cocina y me mira comer. Carraspeo y les cuento que me duele la garganta. No better than this, dice Meena y presurosa me trae un platito con una poderosa mezcla de 36 especias hecha por ella a la que bautizó “Magic masala”. Eat, me dice. Eat on top of the curry, on top of the chapati. Espolvoreo, como, lagrimeo de placer. Los ojos rojos, los labios inflamados, el magic masala destapándome los oídos, corriéndome por las venas, curándome la garganta, caldeándome el cuerpo desde la cabeza a los pies.
Llueve sobre la ciudad finito, vuelvo a mi guest-house. Dice Rajendra que mañana el sol le ganará al mal tiempo que no sé cómo llegó a Udaipur desde el lejano Afganistán.

23/10/14

Diwali

Delhi, completamente adornada con guirnaldas de flores naranjas, se ha vaciado. Cuando caiga el sol la gente acudirá a los templos a venerar a Lakshmi, la diosa de la prosperidad y la salud, y con velas de manteca, lucecitas de colores y fuegos artificiales la invocarán.

Si en Holi se celebra la llegada de la esperanzadora primavera, y con ella el comienzo de la época de siembra y de mucho trabajo, en Diwali se festeja la llegada del tiempo de cosecha y el descanso que pronto traerá el invierno. Las dos fiestas son las más importantes del calendario hindú, una imposible sin la otra, la siembra y la cosecha, la vida y la muerte, el círculo eterno, Holi en marzo y Diwali en octubre.

Diwali ya se palpaba en pueblos y ciudades desde hacía semanas. Los bazares de Jaipur, en el Rajasthan, estaban más atiborrados que nunca y las calles de Amritsar, en el Punjab, estaban ocupadas por puestos donde se vendía de todo. Y es que en esta fiesta, como en una Nochebuena, la gente regala y recibe regalos.

Me asomo a la ventana de mi hotel y el panorama de la ciudad vacía es fascinante. Entre las altas torres que rodean Connaught Place ya se ven los primeros fuegos artificiales. Sin embargo mi cabeza está en otro lado. Me han contado que en las aldeas y pueblos rurales esta noche las mujeres dejarán las puertas de sus casas abiertas para que Lakshmi entre y las colme de abundancia. Veo las humildes casitas sin luz entre arrozales, las chozas de barro donde en una habitación duerme una familia entera. Veo a las mujeres que envueltas en saris amarillos trabajan de sol a sol en los campos de trigo; las veo ya en sus casas, encendiendo un pequeño fuego. Cocinan dhal y arroz en el suelo. Esta noche darán de comer a sus familias y después de lavar los trastos se quedarán solas. Entonces, con las puertas abiertas a la noche, se irán a dormir pensando que tal vez Lakshmi, esposa de Vishnu, les traiga un poquito de su hermosa e infinita abundancia.

3/10/14

Y entre tantas cosas, una historia de amor

Ensimismada, atrapada por sensaciones sobre las que quería escribir y no podía, desde Allepey, a través de un mar de palmeras, bananeros y cafetales, viajé en un sleeper train a Varkala. Apenas iluminados por débiles luces de neón, los compartimentos tenían las ventanas empañadas y estaban llenos de pasajeros que venían de Mumbai. Llevaban en el tren más de 35 horas, sin embargo se movían al compás del suave traqueteo con total parsimonia, sin demostrar el menor cansancio. Después el cielo se puso violeta y diluvió aunque el monzón ya terminó, después –siempre la ropa, la piel y el pelo húmedos-, caminé bajo el sol otra vez ardiente y velado por la bruma a lo largo de los impresionantes acantilados de Varkala. Pero nada de eso me conmovió, porque yo sólo pensaba en cómo escribir sobre el amor en la lentitud de los trópicos.

Iba perdida, iba a deriva.

Siempre bordeando el mar Arábigo hacia el sur llegué a Trivandum, la capital de Kerala. El tuc-tuc que me llevaba dio muchas vueltas hasta encontrar la guest house donde habia reservado, llamada Varikatt. Rodeada por un jardín antiguo lleno de flores, aunque extrañamente enclaustrada entre altos edificios, la vieja casa tenía un aura de lejanía y misterio, como si perteneciera a otro mundo. Al otro lado del portón me esperaba Mr Roy, un coronel retirado que guerreó en la frontera entre Kashmir y Pakistán y fue herido en Bangladesh. Siempre secundado por su asistente Anil, ex soldado nacido en Haryana, me mostró mi habitación y los salones de la casa, intactos a pesar de sus 150 años. Le dije que Varikatt era una auténtica joya, entonces me invitó con una taza de té y comenzó a contarme una historia de amor.

El tiempo súbitamente detenido en la galería sombreada por esteras, los ventiladores arrullando la mañana, los cuervos, el ruido de la calle más allá del portón de madera. Y la voz melodiosa de Mr Roy, su inglés perfecto y ese encanto innato, irresistible, de los buenos cuentacuentos: “La historia de Varikatt comienza en 1850 en Inglaterra, cuando Miss Bluncket escucha en el Yorkshire Club los relatos de Mr Brown, un tea planter recién llegado de India. Aunque jamás tienen la oportunidad de cruzar una palabra, cuando Mr Brown sorpresivamente regresa a Munnar -una región agreste en las colinas de Kerala-, Miss Bluncket, perdidamente enamorada, decide seguirlo. Entonces compra un pasaje en un barco a vapor cuyo destino final era Kochi, y navega durante seis meses hacia los trópicos…”

La historia de Miss Bluncket y Mr Brown continuó y se encadenó con otras historias. Las noches pasadas en un hoyo cavado en la nieve en la frontera de Ladakh y China, la avanzada de los pakistaníes sobre Kargil, las huellas de un tigre en las selvas de Bengal. Sentada en una vieja silla de rattan, con los codos sobre la mesa de la galería, yo escuchaba fascinada, sabiendo al fin que mi deambular de viajera me había llevado al lugar correcto, que a veces el viaje no es un paisaje, ni una ciudad, sino una sola persona.

No escribí sobre el amor en la lentitud de los trópicos, aunque quizá lo haga algún día. No hizo falta, porque lo imaginé todo el tiempo que pasé en Varikatt. El sur de India es intenso, tremendo. Las lluvias, los relámpagos, los truenos, los cielos, los amaneceres, la música, la bruma, el calor agobiante, los palmerales, los ríos, los arrozales, los cafetales, las siestas largas, los silencios, su lentitud y los sueños. Así debe ser el amor.

27/9/14

La lentitud de los trópicos

El sol ardiente desde que amanece siempre velado por la bruma, el calor que nunca cesa, el olor del mar y de las lagunas y los ríos que rodean a Alleppey. Una brisa milagrosa mueve apenas las copas de los viejos árboles del jardín y se mete por las puertas abiertas de la centenaria y tan preciosa casa donde vivo. Dan a los cuatro puntos cardinales, así que durante un instante, al comedor, donde escribo, llega un suave remolino. Pero salgo y el aire tórrido moja mi piel, mi pelo y mi ropa. En canoa ayer me interné por infinitos campos de arroz bordeados por palmeras, y el ritmo con que remaba Chercan, el botero, y el sonido acompasado del remo en el agua oscura, y la calma, y el reflejo y la humedad que venían de los canales y del cielo me adormecieron. Entonces pensé: La lentitud de los trópicos.
La lentitud en el sur de India, como una lluvia invisible, empapa todas las cosas. Su cadencia se hace sentir en los llamados de las mezquitas, sorpresivamente impregnados de una dulzura infinita, y en los bellísimos cánticos siríacos tradicionales que por las tardes se entonan en las iglesias sirio – ortodoxas. También habita en esta casa construida hace cien años por un médico ayurveda. Mr Joseph, el encargado, me cuenta su historia y la de Alleppey muy pausadamente y bajito; Krishnan, el camarero, dice good morning y good evening como si recitara una poesía; las tres mujeres encargadas de la limpieza -saris de colores, piel oscura, diminutos pendientes de oro, el pelo retinto recogido en la nuca- aparecen y desaparecen sin que las escuche, porque van descalzas y limpian el polvo del piso con escobitas de plumas. La lentitud es silenciosa. Y sensual. Cómo será el amor aquí, fantaseo y me imagino. El amor con tiempo, sin tiempo, el amor lento.

23/9/14

India al sur

Los cuervos me despiertan a la mañana; los cuervos y una tenue brisa que viene del mar. A los cuervos le siguen otros pájaros y, un rato después, una música melodiosa y antigua que llega desde algún lugar de Kochi. Duermo como una niña en el bungalow de madera de Mr Walton. Mi cuarto tiene las ventanas cubiertas por mosquiteros, los pisos de listones anchos y olor a limón. Cuando a la noche comienzo a dormirme, cansada por el calor húmedo del día y mecida por el silencio y el run-run de las aspas del ventilador, ya sé que voy a soñar hasta que me despierten los cuervos, ya sé que hasta que no escuche sus graznidos estaré viajando por tierras aún más lejanas de las que estoy. Aunque no recuerde nada, siempre sueño bello. Por eso, cuando entre las seis y media y las siete oigo a los cuervos me despierto feliz.

Kochi está sobre el Mar Arábigo, en el estado de Kerala, en el extremo sudeste de India. Como el resto de los estados del sur de India, Kerala parece de otro mundo, o al menos, otra India. Aquí no se habla hindi sino malayalam, el cristianismo sirio - ortodoxo está tan o más presente que el hinduismo y el islam, y el aire no huele a curry, cosa curiosa, sino a cardamomo y vainilla, a pimienta negra y canela, a coco, gengibre y clavo de olor. Kochi es pequeñito y dueño de una fabulosa historia colonialista. Durante siglos, mercaderes chinos, judíos, holandeses, portugueses e ingleses dejaron huellas en la arquitectura y en las costumbres de la gente. Sombreadas por enormes palmeras y árboles de tamaño extraordinario, las calles son angostas y tranquilas. Las casas tienen tejas portuguesas y están pintadas de colores estridentes. Hay iglesias por doquier -Santa Cruz, St. Francis, St. Xavier-, palacios de estilo holandés, grandes mansiones inglesas, y sugestivos cementerios de distintos credos mirando al mar. Unas enormes redes chinas, que se bajan y se levantan manualmente mediante un sistema antiquísimo de poleas, todavía son usadas por los pescadores al amanecer y al atardecer. Los hombres –incluso los sacerdotes cristianos- usan longhis que aquí se llaman mundus; las mujeres, aunque vayan a la iglesia, usan saris con el vientre al descubierto.
India que no es India pero es tan India, India que era tan mía y ahora se me agranda corriéndome las fronteras… Sueño toda la noche hasta que graznan los cuervos. Sueño bello y también siento. Todo lo que veo, todo lo que escucho, todo lo que saboreo, todo lo que huelo, todo nuevo. Y de todo eso que respiro tal vez lo que más recuerdo -no sé por qué, no sé por qué- es la sinagoga de Mattancherry, el viejo barrio judío. Absolutamente hermosa, tan preciosa y silenciosa como la que hace muy poco descubrí en el mellah en ruinas de Essaouira, en Marruecos, la sentí llena de pequeñas y grandes historias de vidas. Anónimas ya todas ellas, pero tangibles entre las cuatro inmaculadas paredes blancas.

31/8/14

Senegaleses en Tánger

Salgo a caminar por Tánger y ya sé dónde me llevará mi deambular. Me distraigo con itinerarios nuevos, bordeo el mar desde lo alto de la Kasbah, tomo té de menta en el Café Hafa, bajo al Grand Souk, me pierdo en el Petit Souk. Y justo ahí, en la placita rodeada de nostálgicos cafés de arquitectura francesa donde los marroquíes se sientan a ver la vida pasar, me desvío y me voy por una callecita estrecha, un tanto oscura y desolada.
Descubrí la rue Mokhtar Ahardan hace dos o tres viajes a Tánger. Fue una tarde en que distraída erré el camino y me sumergí en otro mundo, un mundo marginal a metros de una de las zonas más tradicionales de Tánger. La calle está salpicada de casonas y hoteles otrora lujosos devenidos en pensiones de mala muerte. También hay pequeños sucuchos de barberos y restaurantes donde sólo entran hombres. Me di cuenta en seguida de que la calle era zona de inmigrantes subsaharianos. Aquí en Tánger siempre ha habido miles, generalmente acampando fuera de la ciudad a la espera de una patera que los cruce al otro lado del estrecho, hacia los que ellos creen que es la felicidad. Sin embargo, y posiblemente ante la desesperación de una espera que jamás acaba, han avanzado poco a poco a la ciudad, formando un pequeño gueto en un rincón de la medina. Humildes, callados, los subsaharianos de la rue Mokhtar Ahardan son sobre todo senegaleses. Se los distingue por su hermosa negrura, su vestir colorido, sus bellas mujeres de escotes generosos y sonrisa enorme. En mi último viaje a Tanger descubrí que en un espacio diminuto habían abierto un restaunte senegalés. Cuatro mesas comunitarias, manteles de plástico de colores, vajilla de plástico descartable, la cocina a la vista de todos. Pasé varias veces, miré todo lo que pude, me pregunté si podría entrar y me juré que volvería.
Lo dije: hoy deambulé hasta que mi alma no pudo más y me llevó a rastras a la Rue Mokhtar Ahardan. En el restaurante senegalés había tres mujeres, varios niñitos y cuatro hombres. Pregunté si podía entrar. Me preguntaron si era alemana o algo así y les dije que tenía el pelo rubio porque descendía de inmigrantes italianos que habían cruzado el mar hacia América en busca de una mejor vida. Entonces me dijeron que sí, y como mi francés es deplorable, entablé una conversación en italiano con Matar, un senegalés que pasó una larga temporada trabajando en el puerto de Génova. Me convidaron café. Me dieron a probar un plato típico llamado Thiebou Dyenn. Con los codos apoyados sobre la mesa, una mujer con un bebe en el regazo contó a Matar, para que me tradujera, que en Marruecos los segregaban. Somos negros, las mujeres no usamos velo, nos vestimos de colores, usamos ropa ajustada y nos gusta bailar. Le pregunté a la mujer si era feliz, y me dijo que por más que su marido tenía trabajo, aquí no se atrevía a sonreír.
Hablé largo y tendido con Matar. Su visión de la necesaria mezcla de sangres para el bien de la humanidad me pareció conmovedora. No hay nada como la diversidad para entender al otro, me dijo. Más allá de lo que creamos, más allá de cómo hayamos elegido vivir, si somos diversos, si hemos aprehendido diferentes culturas, filosofías, religiones y modos de vida, es natural entender y aceptar que el otro es distinto. Con su sencilla camisa roja y amarilla, su pantalón estampado y su viejo sombrerito de paja, Matar me miró e intuyendo que lo entendía, terminó: así es María, Europa y las grandes potencias miran de una sola manera, están aferrados a lo antiguo, pero no podrán detenerlo. El futuro ya es China, ya es India y ya es África.

30/6/13

Treinta años

Estabas vestida de hada y me peinabas. Hablabas sola, me deshacías la madeja de mi melena, me hacías peinados imposibles. Yo leía Crimen y Castigo, lo sé porque jamás olvidaré mi tamborilear sobre las tapas de ese libro. Crimen y Castigo sonaba como ningún otro libro y olía a chocolate.
Una cuchara de madera como varita mágica, un vestido mío que arrastrabas por el piso, la boca pintada a la perfección con uno de mis lápices de labios, convertías las tardes en fabulosos cuentos. Tus personajes vivían dentro del ropero de tu cuarto. Lo abrías y todos se desperdigaban por la casa. Subían las escaleras, se metían en la despensa o se escondían en el baño. Vos los buscabas, les hablabas, les dabas lecciones, los retabas y me peinabas.
Esas tardes en el campo eran maravillosas. Después del almuerzo tu hermano se iba al colegio con su delantal blanco y nos quedábamos solas. La chimenea prendida, el silencio del invierno, yo leía recostada en el sofá debajo del ventanal del living. Vos me peinabas con cuidado, me decías: ¿así de despacito está bien, mamá? Yo asentía mientras leía, y de pronto desaparecías con tu cuchara de madera - varita mágica dejándome toda despeinada. Por un rato largo deambulabas por la casa; desde el sofá te oía hablar con tus amigos habitantes de tu ropero. Después volvías, dejabas la varita mágica, y disfrazada de hada -tus labios rojos, un vestido mío arrastrando por el piso-, me peinabas.

22/6/13

SerViajeraFotos: Those eyes



Sus ojos en los míos, mis ojos en sus ojos. No pregunto, no dicen ni una palabra, y sin embargo, con sus miradas, me cuentan sus vidas, sus penas y alegrías, sus sueños.

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