22/7/18

Isidro

Un día un zorzalito se cayó de su nido y lo traje a mi casa. Lo bauticé Isidro; comía medialunas y miguitas de pan. Isidro estuvo conmigo hasta que aprendió a volar. Entonces lo llevé debajo del árbol desde donde se había caído y desapareció en el cielo, volando, volando, volando, guiado por su mamá.

22/6/18

El tiempo que pasa

Sucede que cuando vuelvo de India o Nepal me pregunto por qué vuelvo. Entonces me digo que con las horas, con los días, me acostumbraré a haber vuelto. Me quedo en silencio, practico la paciencia, limpio mi casa cerrada a cal y canto durante tres meses, lavo mi ropa y la acomodo prolijamente en el ropero. Y espero. Me acostumbraré a los ruidos, me digo. Me acostumbraré a la ciudad, a la gente, a tantísimo ruido. Pero mientras persevero en el intento, extraño. Extraño mucho, tanto. Y mis ojos, que hace un tiempo aprendieron a no lagrimean, se me empapan de sólo recordar.
No sé qué recuerdo. No son momentos, no son personas, no son paisajes, ni ríos, ni carreteras, ni trenes. Es una sensación. El aire perdido, esa luz, los olores, los colores. Todo eso que es siempre nuevo, mi deambular liviano, mis ropa étnica metida en una mochila, las historias mínimas, la indescriptible necesidad de escribir. 
El tiempo que pasa, me digo. Lo veo pasar y no es lineal. El tiempo dibuja círculos y me habla, cada vez más descarnado, desde el espejo. Cuántas veces me he ido y por qué siempre decido volver. Tomo aire y vuelo, me voy lejos. Luego me retraigo asustada y vuelvo. Tal vez, quizá, porque a algún lado nos han enseñado que hay que volver. Voy y vengo, voy y vengo, voy y vengo. Y nunca me decido, finalmente y de una vez por todas, a partir.

La riqueza

Quiero una ventana grande, cortinas blancas, el sol de las mañanas, los zorzales despertándome en las madrugadas, el viento entre los sauces, la luna nueva, la que mengua y la que crece y también la que redonda y llena ilumina el cielo. Quiero noches silenciosas, el frío del invierno al otro lado de los postigos y un ventilador de techo cantando al ritmo del calor de enero. Quiero, descalza, lavar mi patio, fregar el musgo de los ladrillos con una escoba de paja. Quiero inundar macetas, podar geranios con la tijerita de alpaca que heredé de mi abuela, sacar yuyos con los dedos, perseguir hormigas y caracoles, hablarle a los cactus, tener un árbol. Quiero un sofá donde dormir la siesta. La hojarasca de junio arremolinándose en la vereda y la luz de las cinco en una tarde de julio tiñendo todo de color amarillo. Quiero el río cerca, ése que fluye trayéndome recuerdos; quiero, una tarde cualquiera, descubrir que todavía en Buenos aires habitan garzas moras.

14/1/18

Cuando yo te contaba

Las paredes violetas,
las cortinas blancas apenas meciéndose con la tenue brisa del verano,
el ventilador lento,
la luz de los faroles o la luna colándose lechosa por las rendijas de las celosías.
Y vos y yo, yo contándote un cuento.

Sentada a horcajadas sobre tu pecho,
nuestros cuerpos desvestidos o velados por las sábanas,
yo era tu Sherezade,
no la Sherezade desdibujada de ahora,
yo era la auténtica,
la del principio de los tiempos.

Yo te contaba.

A veces vos te reías, a veces te emocionabas, a veces no sé qué pensabas.
Y yo te amaba porque me escuchabas.

La gente sola

Cielo azul, sol amarillo, aire seco, los parques con los árboles desnudos. Y la ciudad marrón, monocroma, como vacía, congelada. 
Cuatro grados bajo cero a las dos de la tarde en New York. El sol invernal queda atrapado por instantes en los vidrios de los taxis y reverbera tímido en los cristales de los edificios altos, pero en seguida se hunde en las sombras de la 13, la 12, la 11, la 10. Camino Washington Square hacia el sur y recuerdo qué fue lo que durante tantos años me hizo volver una y otra vez a esta ciudad. Como hipnotizada, como necesitada, así fue que siempre volví. Buscaba soledades. Buscaba mirar historias. New York fue siempre para mí una ciudad de gente sola. Como yo, como todos los seres humanos. Pero acá mucho más desnudos, sin vergüenza, sin disimulo: solos. La soledad puede ser terrorífica y alienante para la gente que necesita de la tribu, pero también hermosa para la que no la necesita, para la que por algún motivo -doloroso o no- se ha excluido. Crea seres que destilan una intimidad conmovedora, únicos, irrepetibles. Gente que no se siente observada, gente que no sabe de la mirada del otro. Por lo tanto es mucho más un individuo. No importa que por ese motivo también pueda parecer medio trastornada. La gente sola a veces habla sola. O se ríe o canta o llora en un banco de una plaza. O mientras camina. O mientras anda en bicicleta.
New York no es la misma ciudad que conocí y recorrí hasta el cansancio hace tantos años. Vine por primera vez antes que Giugliani la limpiara de borrachos y drogadictos que acampaban en medio de las calles. Había zonas que ahora se han puesto de moda por donde era peligroso caminar después de cierta hora. Sin embargo, la espléndida ciudad que seduce a todos, alberga a la misma gente de siempre. La que está sola, la que sin ser más feliz o infeliz o mejor o peor que otras personas, a mí me gusta tanto observar. A la que me gusta seguir mientras intento adivinarle su historia. Inmersa en sus soledades, New York me conecta con la mía. Y vuelvo a darme cuenta de que no le tengo miedo, al contrario, me atrapa. En lo más hondo de mi soledad es donde habito yo.

28/1/16

Quince mil kilómetros no es nada

Miro a través de la ventana antigua y grande al fondo del pasillo y lo que veo es Bombay. Me paro ahí al atardecer, cuando la luz sobre Buenos Aires es medio gris azulada y en el cielo, allá arriba, inclinándome, sigue siendo dorada. Yo miro. Y escucho. Los zorzales y las palomas, a ésos los conozco, pero también arrullan la tarde pájaros desconocidos, exóticos, piando sin cesar. El Sudeste sopla y levanta olas negras en el Río de la Plata, pero aquí, arremolinado entre paredones y medianeras, podría ser un viento asiático y venir del mar. Y trae olas calientes, historias africanas y otras que ruedan desde Omán, Yemen y Qatar. Un árbol de hojas enormes se hamaca levemente. Lo admiro muchísimo, porque medio torcido, curvilíneo, logró superar la sombra de los paredones hasta alcanzar la luz del sol. Tiene hojas viejas verde oscuro y hojas nuevas, verde tropical. Viene y va, viene y va.
Miro a través de la ventana antigua al fondo del pasillo y ya no estoy acá. Huelo a cardamomo, coco y pescado. Hundo mis pies en el vapor blanco que cubre las calles de Colaba, y en Leopold Café me ensucio los dedos pelando camarones asados. Me mojan lluvias iridiscentes, intermitentes. Sale el sol. Oscurece. Suena el sonido brillante de un tuc-tuc. Y el melancólico llamado de una mezquita. Y las campanas de un templo hindú. Y ese olor. Ese olor penetrante, indescriptible, que siempre viene del mar. 

1/1/16

Primero de enero

Colgué un sari de Kathmandu a modo de cortina en mi ventana nueva. Tan etéreo es que aunque no haya ni la más mínima brisa se mece y adormece como el vaivén de una cuna. Hoy a la mañana, colándose entre el silencio del 1 de enero y el canto de los zorzales, un viento sorpresivo hinchó el sari como una vela de un velero y por un momento dejó mi ventana vacía. Entonces vi que por la gran pared ciega y nada agraciada del edificio vecino viene trepando el solitario tallito nuevo de una ampelopsis. Dada su tenacidad, creo que en unas semanas habrá sobrepasado la altura del piso donde vivo. Cuando el sari de Kathmandu se meza en mi ventana, entreveré la ristra de hojitas verdes casi transparentes que en línea recta y por la medianera blanca avanza buscando el cielo.

7/11/15

La carpa azul

Los preparativos estaban en la cabeza de mamá, o papá. No lo sé; tal vez en las de ambos. Pero un día de enero nos subíamos todos a un DKW amarillo (fue un Valiant color lila después, parecido al auto de Batman) y nos íbamos al Sur. Mamá y papá, hermosos, melenas despeinadas, jeans gastados y en zapatillas. El viaje era larguísimo y siempre tenía incidencias; una vez quedamos varados en una pensión de Bahía Blanca porque se rompió algo muy importante que se llamaba "cruceta". Fue terrible, recuerdo, el presupuesto de mis padres era muy acotado, así que nos metimos los nueve en una gran habitación. Me acuerdo el baño compartido, los viejos en chancletas y camisetas blancas, el comedor enorme donde comíamos fideos con osobuco. Pero el DKW o el Valiant finalmente anduvo y seguimos viaje. El calor y el viento de la Patagonia metiéndose por las ventanas que se abrían sólo hasta la mitad, la sonrisa enorme de mamá, su pelo castaño hasta la cintura, los chicos todos en el asiento de atrás, flequillos rectos, bermudas a cuadraditos, remeras rojas. Llegábamos extenuados a algún lado. A veces era el desolado Aluminé, otras el Steffen o el gigantesco Laccar, en Quila Quina. Entonces había que trabajar. Del baúl del auto salían mil cosas: cacerolas metidas unas adentro de otras, bolsas llenas de pañales para mi hermano más chico, una palangana naranja que hacía de bañadera y donde se lavaba la ropa. Y la carpa.
La carpa era azul marino y era el orgullo de papá. Era gigantesca, casi como de circo, y yo amaba y admiraba a papá porque sólo un tipo como él podía lidiar con tantas estacas, sogas, techos y sobretechos. Mientras papá buscaba el lugar perfecto donde armarla y decidía su orientación, mamá prendía el calentador y cocinaba arroz o puré Chef. Los varones más grandes asistían a papá entregando una a una las estacas y los más chicos correteaban alrededor. Yo juntaba Amancays y aunque tenía 7 u 8 años jugaba a que estaba enamorada y tenía un novio. Finalmente la carpa estaba armada. Mirarla desde el bosque de coihues o desde el río era una fiesta. Era simplemente fabulosa. El toque final era el catre que papá, sin poder ocultar su satisfacción, armaba para mamá. Dormíamos todos en bolsas de dormir, pero ella, gran madre de siete, dormía en un catre angostito, como de delicada princesa, que se plegaba y desplegaba mágicamente.
La noche era preciosa. Dormíamos todos juntos, con olor a shampoo porque no había día que no nos bañáramos a pesar del agua helada, uno al lado del otro, juntos, muy juntos, muy juntos. Y así eran las vacaciones, los viajes, la vida aventurera. Así, supongo, fue que yo comencé a soñar con hacerme viajera.

29/9/15

Riad Emerald

A media mañana, cuando creen que los huéspedes del riad ya se han ido a la calle y están solas, Rachida, Zohra y Hannae salen de la cocina y comienzan a conversar. En árabe marroquí y con voz aguda, transforman la quietud del patio en un gallinero. Las escucho desde mi cuarto, casi escondida, y aunque no entiendo nada, disfruto de su cotorreo. Hablan y limpian, y mientras limpian se descalzan, se desanudan las cofias, y finalmente se quitan las pulcras chilabas marrones que usan como uniforme. Las tres con esas calzas con estampados floreados que las mujeres musulmanas suelen usan bajo sus túnicas arremangadas hasta las rodillas, Zohra con camiseta y el corpiño extrañamente abrochado encima, baldean derrochando agua, inundan macetas, friegan todos los rincones. Escucho el agua que cae, el sonido de las escobas, sus voces y sus risas. Oh, madame María, me dicen cuando las descubro, y se tapan la boca repentinamente serias como pidiendo disculpas por su facha. Yo les digo que no importa, que soy solamente María y todas somos mujeres, entonces ellas se ríen, y empapadas, las caras rojas, el pelo revuelto, vuelven a sus escobas y baldes y retoman su precioso cotorreo.

27/9/15

La fiesta del cordero y la luna de sangre

Ibrahim (Abraham), fiel a lo que le pedía Dios, estaba a punto de sacrificar a su hijo Ismael cuando Dios lo detuvo y le indicó que reemplazara a Ismael por un cordero. La historia bíblica también aparece en el Corán y año tras año los musulmanes la recuerdan con una gran celebración, llamada Fiesta Grande o del Sacrificio.
Durante más de una semana navegué por un mundo que no parecía real. Atravesé el Alto Atlas, recorrí parte de la vieja ruta a Tumbuctú, pasé un par de días en el desierto y llegué muy al sur, a Taroudant. Pueblos conocidos, siempre dormidos, estaban convertidos en mercados atiborrados de gente donde se vendían corderos, manojos de alfalfa para engordarlos hasta el día de la matanza, mezclas de especias para sazonarlos y asarlos, dátiles de Zagora, pattiserie aromatizada con agua de azahar, y fruta y verdura lustrosa y zapatos y joyas doradas y gandoras y chilabas y kaftanes, todo nuevo, brillante, impoluto para festejar.
Las barberías no daban abasto, las mujeres estrenaban en pies y manos un nuevo decorado de henna, los burros y los autos bloqueaban las calles, y los corderos balaban en medio de las plazas, entre viejas cercas de adobe, amarrados como racimos en las esquinas. Una vez escogido uno, discutido su precio y pagado, los hombres se los llevaban en camiones, en motocicletas, en bicicletas, andando, cargados sobre sus hombros.
En Essaouira me tocó el día de la matanza. El largo ritual se lleva a cabo en el interior de las casas, pero en medio de las calles -vacías, las tiendas cerradas a cal y canto- se asaban las cabezas de los animales en grandes hogueras. Essaouira, blanca y azul, su puerto sorpresivamente quieto y silencioso, ahumaba volutas grises, con olor a carne y madera vieja desechada de los barcos.
Fue extraño no reconocer lo conocido, trasladarme siglos atrás, oír el crepitar del fuego en vez del graznido de las gaviotas, soñar con rituales antiguos que en realidad estaban sucediendo mientras dormía. Sin embargo me gustó porque todo me gusta, más que lo conocido lo nuevo desconocido.
Tanto miré, tanto soñé, que me abstraje del universo y no recordé la luna de sangre. La de hoy, la que sucederá en el cielo en una hora, luna llena eclipsada por la sombra de la Tierra. Cuando recordé, caminaba por Marrakech. Me di cuenta porque el cielo se puso repentinamente violeta. Se levantó viento, se arremolinó el polvo entre los puestos de comida de Jemaa el-Fnaa, desapareció el calor e hizo frío. Un frío extraño, la verdad.
Luna de sangre, luna eclipsada, ahora te espero mientras escribo en el patio del riad. El cielo está negro y entre las nubes te veo asomarte todavía blanca, como una perla enorme que aparece y desaparece sobre los minaretes de la ciudad.

13/9/15

Khamsah ya no está

Conocí a Khamsah hace cuatro o cinco años, en la terracita llena de aire donde funciona el Bleu Kafe. En ese entonces Khamsah, que evidentemente era un recién llegado a Marrakech desde Senegal, no interactuaba con los clientes y, concentrado y en silencio, sólo se acercaba a las mesas para recoger los platos sucios. Pero había algo en él que lo hacía resplandecer. No sólo era su preciosa piel ébano, su altura y esbeltez, su ropa inmaculada y sus maneras elegantes. Era sobre todo su sonrisa enorme y constante, y su risa, que se le escapaba porque sí a pesar de su timidez.
Volví al Bleu Kafe a lo largo de los meses y los años. Un día Khamsah me saludó y me acompañó a mi mesa. Otro día me trajo el menú y tomó la orden de lo que comería. La siguiente vez hablamos. Supe su nombre y un poco de su historia. Khamsah senegalés, de una aldea cercana a Dakar. A los veinte años se puso en marcha en busca de una vida mejor. Pensaba cruzar a Europa, pero las vueltas del destino hicieron que se quedara en Marrakech. Tuvo la suerte de que lo contrataran para lavar platos, después aprendió, fue camarero, y terminó como encargado del Bleu Kafe.
Cuando volvía a verlo después de un tiempo y le preguntaba cómo estaba, Khamsah siempre me decía que era feliz. Me lo decía como si no existiese otra posibilidad, como si la felicidad en su vida fuera obvia. Y se reía con esa risa inolvidable. Preciosa. Única. Suya y de nadie más en este mundo. En mayo de este año me dio su teléfono para que lo llamara cada vez que quisiera reservar una mesa. Prolijamente me anotó su nombre y su celular en una tarjetita. Esa vez se me llenaron los ojos de lágrimas de orgullo por el ser humano, por Khamsah llegado de tan lejos sin nada, sólo con deseos de prosperar, y por Khamsah siempre feliz.
Hoy volví a Marrakech. Trabajé en el patio del riad toda la tarde y a la nochecita me fui a dar una vuelta. El cielo y las calles eran una fiesta. Entonces decidí ir a comer algo al Bleu Kafe. En la puerta me atendió un amable marroquí y pensé que tal vez Khamsah estaría en la terraza. Subí las escaleritas y no lo encontré. Todo estaba igual, la tarde llena de golondrinas, el color rosado de Marrakech, los minaretes de las mezquitas a la distancia. Pero Khamsah no estaba. Pregunté, pronuncié su nombre lo mejor que pude y nadie me entendió. Lo describí. El senegalés precioso de sonrisa enorme.
Comí en silencio mientras oscurecía, pensando que una historia había terminado. Y que otra, la que Khamsah habrá decidido escribir en otro lugar del mundo, había comenzado.
Me alegré por él, porque sé que a donde vaya lo acompañarán los buenos vientos, y brindé conmigo misma por los encuentros que aquí y allá me regala la vida.
Pero Khamsah ya no está.
Y estoy triste; Marrakech, mi Marrakech, no será la misma sin él.

5/6/15

En el Tigre

Una fogata blanca y los árboles rojos. El río chocolate, un sol como dormido, nubes violetas remoloneando en el cielo. Pasa lento y silencioso un bote a remo, ronronea una lanchita, inventa espumas y enormes ondas una lancha colectivo. El aire húmedo trae sonidos distantes, y nostalgias, y recuerdos. Camino despacio el Paseo Victorica vacío, cantan los pájaros, se mecen apenas los sauces y los cipreses calvos.
Otoño en el Tigre, otoño en el río.
Un viernes a la tarde.

3/4/15

Otra nuevo adiós a India

Y en mi último día aquí, tuve un miedo repentino. Miedo incontrolable y paralizante de olvidarme de India. En vez de tomar el metro y atravesar oscuridades, contraté un tuc-tuc y me detuve en cada rotonda, en cada cruce de avenidas, en todos los semáforos. Entre negros caños de escape y ruidos sordos atravesé la ciudad hasta los viejos bazares de Chandni Chowk. Buscaba desesperadamente aferrarme a futuros recuerdos y poco a poco me apaciguaba: Allí estaba India, allí estaba todo. Old Delhi es la cocina del mundo, pensé mientras caminaba entre la marea humana, entre hindúes, musulmanes, sikhs y jainistas, entre los que compraban, los que vendían, los que pedían, entre gente de casta alta e intocables, entre los que a puro esfuerzo físico acarreaban bultos extraordinarios. Olí a papel en el bazar de los papeles, a sahumerio en los puestos de fruta, a aceite frito, a hierro caliente del tandori, a curry y a coco, a flores frescas y flores mustias, a dulces almibarados, a fuego y a madera, a sudor y orines, olí el olor de los seres humanos. Campanas en los templos, bocinas lejanas, el "chaló, chaló" de los conductores de rickshaws, el graznido de los cuervos, el sol velado por la bruma. Caminé y caminé sin rumbo, intentando mirar como ese lejano primer día, respirándolo todo. Y cuando estuve segura de que de India uno jamás se olvida, busqué las cúpulas de Jama Masjid, la gran mezquita. Eran las cinco y media y desde los minaretes llamaban a la oración. La cocina del mundo, volví a pensar, aquí se cuece la vida.

24/3/15

McLeod Ganj

Los ríos desbordados por el agua del deshielo, el cielo azul, las montañas nevadas. Eso es lo que veo. El avioncito aterrizó en un aeropuerto desierto y esto es 500 km al norte de Delhi, en Dharamsala. Todo es raro. Siempre es raro. Vengo de dos meses de estar permanentemente con gente, controlando buses, trenes, aviones, restaurantes y reservas de hoteles. Vengo de dos meses de contar todo lo que sé, de ofrecer mi mirada. India que te amo, te entrego al otro de la mejor manera que me sale. Y de pronto en este avioncito estoy sola. Hablo con el sikh que tengo a mi lado, con una señora de Mumbai envuelta en un sari precioso. Sola, y sí, me late el corazón. Lo siento: bomba en mi cuerpo que arrastra sangre y me hace brillar los ojos. No sé dónde estoy y eso es lo mejor que me puede pasar en la vida. El conductor del taxi que no habla inglés, las plantaciones de té, el olor de los campos, la subida de 9 km desde Dharamsala hasta Mc Leod Ganj. Parece que trepo al cielo. Tanta nieve allá arriba, ahí donde el Dalai Lama y miles de emigrados tibetanos se han refugiado. El primer día es como un sueño, ando como siempre que llego a un lugar desconocido, sin mapa. Camino y miro, completamente perdida. Al atardecer me guardo en mi cuarto y escucho a los monos saltar entre las ramas de los cedros buscando un recoveco donde pasar la noche. Arman tremendo estrépito, hasta que se apaciguan y todo es silencio. Entonces ceno comida tibetana, tan deliciosa. Y duermo envuelta en el rumor de las montañas, sueño con ríos, la estufa encendida, una bolsa de agua caliente entre las sábanas.
McLeod Ganj se apretuja en una altísima ladera. Edificios de colores como colmenas arrebujados unos contra otros. Y las montañas de Dhauladhar rodeándolo todo, nevadas. Me esperaba sólo budistas tibetanos, pero aquí confluyen sikhs del cercano Punjab, férreos musulmanes de Cashmir, e hindúes seguidores de Durga. Atraídos por la compasión budista y la prosperidad de la comunidad, además hay mendigos llegados del Rajasthan y hombres y mujeres de Madhya Pradesh que trabajan en la construcción. Me han contado que aquí ganan 250 rupias por jornada laboral cuando en su tierra sólo cobran 110. De éstos últimos impresionan las mujeres. Vestidas con saris muy modestos y muchas veces con niñitos colgados de sus faldas, hacen el trabajo más duro, acarrean sobre sus cabezas ladrillos, bolsas de cal y arena. Otros que me tienen hipnotizada son los hombres con correas y sogas a los hombros apostados en las esquinas de la diminuta y caótica Main Square. La piel curtida por el sol, altos y delgados (con aspecto de afganos), esperan a que alguien los contrate como porteadores para subir cargas a las montañas.
Camino en las mañanas, bajo y subo durante horas por toscas escalinatas de piedra. Al descender, descubro valles minúsculos atravesados por ríos; al trepar, entre bosques de cedros, aparecen rododendros florecidos. No sé cuánto tiempo me quedaré aquí. Tenía una cierta idea, pero decidí olvidarla y entregarme completamente al aquí y ahora. Será cuando sienta que tengo que partir, como cuando fui y soy serviajera. Y será simple y venturoso, adonde me lleve el camino.

1/3/15

Magic masala

Rajendra me dijo esta mañana que en Udaipur -donde en esta época del año siempre hay sol- llueve porque en Afganistán hubo un gran ciclón. Rajendra es el encargado de la guest-house donde me hospedo y sospecho que está inventando para hacerme reír. Lo cierto es que en Udaipur llovizna, hace frío y a mí me duele la garganta. En una tienda me vendieron un jarabe ayurveda color morado; en otra, una doctora homeópata envuelta en un precioso sari me dio globulitos. Con el shawl con el que normalmente me protejo del sol enroscado en mi cuello, mi campera de los Himalayas y un paraguas comprado en la lejana Kochi salgo a la calle. Camino entre havelis pintadas de rosa y azul, templos y vacas, pasan a mi lado cabritos, burros y un elefante. Los bazares, siempre atestados de gente, están semidesiertos. Sólo los joyeros trabajan olvidados de los truenos y el mal tiempo. En sus sucuchos, sentados en el suelo y doblados en dos, miran a través de grandes lupas y engarzan piedras a brazaletes de oro y a la plata. En la Torre del Reloj giro hacia el lago. Los palacios de los marajás, sus siluetas dibujadas en las aguas quietas, tienen las cúpulas veladas por nubes violetas. Un viento arremolinado baja desde las sierras que rodean a Udaipur y me roba el paraguas. De pronto me digo que sólo un curry me va a salvar. Entonces cruzo el puente que va de Lal Ghat a Hanuman Ghat y entro en Queen Café.
Humea la plancha caliente donde se tuesta el chapati y huele a jengibre y limón. El local es humilde y diminuto; dos mesas al fondo bajando cuatro escalones, dos mesas de patas cortitas con almohadones en vez de sillas en un entrepiso bajito. Todas están ocupadas, así que el dueño, un hindú de hermoso pelo plateado, me hace lugar en la mesa donde él se sienta a hacer las cuentas. En seguida se presenta Meena, su hija, y sobre el mantel cubierto de papelitos con comandas anotadas en hindi, me sirve un Pumkin curry, considerado en Udaipur como el mejor del mundo.
Meena me mira comer. Le cuento que apenas puedo tragar, me duele la garganta. Entonces me trae un platito con una mezcla de 36 especias hecha por ella a la que bautizó “Magic masala”. Eat on top of the curry, on top of the chapati, me dice. Espolvoreo, saboreo, lagrimeo. Los ojos rojos, los labios inflamados, el magic masala destapándome los oídos, corriéndome por las venas, anestesiándome la garganta, caldeándome el cuerpo desde la cabeza a los pies.
Llovizna sobre la ciudad rosa y azul; vuelvo a mi guest-house. Le digo a Rajendra que creo que estoy curada. Él me dice contento que mañana el sol le ganará a la lluvia que no sé cómo llegó a Udaipur desde el lejano Afganistán.