10/07/09

Tata va a Nepal

Acabo de enterarme por mi tía Carmen que mi abuelo Tata era un apasionado por Nepal. Nunca llegó a viajar, pero sin embargo leyó y leyó y, al menos a Carmen, que era su hija menor, le llenó la cabeza de pajaritos.

Mi abuelo Tata, personaje sin igual. Nunca escribí sobre él porque inconcientemente lo reservo para una novela, pero hoy, gracias a mi tía, se me apareció aquí, en mi Petit, junto a la sudestada que sacude preciosamente las ramas de MI tipa.
Estoy un poco desconcertada, sin embargo. Mi abuelo contaba y uno se quedaba embobado. Pero sus cuentos eran siempre TAN porteños... Yo era una niña y me lo imaginaba en los cabarets, en las tanguerías, en los teatros de varieté, en los cafés literarios donde se juntaba con su primo escritor, Manucho Mujica Laínez.
Como buen acuariano, mi abuelo vivía en su mundo. Yo, con mis ojos de 6 ó 7 años, lo tenía catalogado como extraterrestre. Bueno, en esa época esa palabra no la conocía. Pero algo así. Tengo un abuelo caído de la luna, extraño, divertido, contador de historias, exagerado como nadie, lector, pintor, coleccionista de porcelanas chinas que guardaba bajo llave dentro de una gran vitrina.
Tata era un dandy, en el más risueño sentido de la palabra. Desde que tuve uso de razón me pregunté constantemente que hacía casado con mi abuela Lela. Ella, tan terrenal, tan criolla, era su polo opuesto. Digamos que la energía masculina-femenina en la pareja de mis abuelos estaba un poco alterada. Era Lela la que andaba por la casa arreglando enchufes y cortocircuitos con una pinza y una tenaza. Era Tata el que daba de comer a los zorzales, el que regaba las clivias, el que contaba una y otra vez que tal bailarina (una famosa, no recuerdo el nombre) tenía las mejores piernas del mundo, el que tenía amigos estrambóticos que caían a almorzar los domingos. Mi abuela no decía nada. Ella se metía en la cocina y trabajaba. Seis hijos, sus nueras y yernos, sus nietos y los amigos culturosos y raros de su marido.

Yo tenía más que sufiente con mi abuelo así como lo conocía. Siempre me sentí una privilegiada de ser nieta de un ser humano que pintó cuadros coloridísimos hasta los 96 años, que recordaba con una gracia infinita las fiestas de disfraces en el Tigre Hotel, los tés galantes en la confitería del Águila y las reuniones con la 'creme' bohemia de Buenos Aires. Ahora me entero que además soñaba con Nepal.
De Argentina a Nepal hoy hay un abismo. En tiempo, en kilómetros, en dinero. En la época de mi abuelo Tata no había manera de salvarlo: lo único que quedaba a mano eran los libros.
Mi abuelo leía. Piernas cruzadas en su sillón favorito, anteojos calzados en la nariz prominente, su elegancia innata siempre intacta.
Hoy mi tía Carmen me escribió algo (justo hoy, en que colgué con muchísmo amor sus cuadros en las paredes de mi Petit) que me dejó perpleja: 'Papi, donde quiera que esté, debe estar disfrutando por adelantado que una nieta suya se vaya a Nepal...'

Ahora, mientras recuerdo, mientras lo recuerdo, me pregunto: ¿por qué ansío ir a Nepal?
Tata, te llevo en la sangre...

9/07/09

Yo, yo, yo

Desde las tripas. Sin límites. Desde mí. Yo. Yo. Yo. No viajo hasta octubre -en que me voy al tantas veces pospuesto Nepal-, por eso debe ser que alquilé Anduriña, mi casita del Bajo de San Isidro, y me vine a un monoambiente en medio de la civilización. Parece mentira, pero 20 km a veces son como tomarse un avión y cruzar el Atlántico. O el Pacífico. Todo nuevo, todo, todo, todo. Hasta ir al supermercado. Andaba entre las góndolas, agotada de tanto transportar cajas, y me lamentaba de no tener mi cámara. Le hubiera sacado fotos a todo: gente, productos, cajeros, carros. Esto es otro planeta.
Hoy es mi primera noche en mi Petit, y aunque el nido se ve divino, no tuve tiempo de colgar las cortinas. Me asomo a la noche oscurísima de un 5° piso invadido por las copas de las tipas. Maravilloso. Ya me imagino cuando las tipas lloren y ensucien todo, cuando más tarde se llenen de diminutas flores amarillas y hagan a los porteros lavar mil veces las veredas con lavandina y despotricar.

Paradójico que me haya venido desde la soledad del Bajo a 'la Capital' justo con la fucking gripe A. Creo que lo hice a propósito, no hay nada que hacerle: soy contreras, si todos van para un lado, yo voy como un toro para el otro. Rídículos todos, en Buenos Aires está todo parado, nadie trabaja, los ricos se han ido a sus casas de fin de semana, el gobierno declara asuetos, en el súper céntrico nos obligaron a hacer la cola de las cajas dejando entre los clientes 1 metro de distancia. God, ¡yo anduve un mes en bus por Bolivia sin vacunas! Y planeo llegar de Delhi a Katmandu de la misma manera... ¡y no me pienso vacunar! Juro que no es de temeraria: me cuido un montón, voy al médico cuando me tocan los rutinarios chequeos y me llevo un botiquín completo cuando viajo, pero ¿me voy a estar untando las manos con alcohol en gel cada dos por tres?
No entiendo de qué se cuida la gente. Realmente. ¿De morirse? Bueno, parece que en Argentina se han olvidado de que de algo, y en algún momento, nos moriremos. ¿Mientras tanto qué? ¿En aras de 'vivir' vivimos atrás de un barbijo?
El tema es interesante: me tiene compenetrada. Cuidarse cuidarse cuidarse es la mejor excusa para no vivir. Como si el propósito de vivir fuera cuidarse. El Kibalión lo dice: como es arriba es abajo. Que si hace demasiado frío, que si hace demasiado calor, que el dengue, la malaria, y la mar en coche. Siempre hay una manera para escudarse detrás del miedo. En la Tierra (aunque me imagino que en El Chad o en Somalia ni se enteraron de esta nueva enfermedad) hoy es la gripe A.
Y, si para nuestra generación -por llamarla de alguna manera- el tema es el aislamiento, la soledad, todo este invento lo incrementa. No te acerques, no me beses, no me respires cerca, mejor por teléfono, o por internet. Poco. Poquito, virtual...
Yo amo la soledad, pero sólo cuando es elegida. Tener que conformarse con la soledad porque no hay otra salida es no estar viva. Es estar muerta.

¿Me he ido por las ramas? Puede ser. Es que hace añares que no escribo y las ideas me salen a borbotones. Curioso, porque yo sólo quería contar de este viaje: desde el Bajo de San Isidro a la Capital. De cómo la necesidad de alimentar mi curiosidad ha hecho que dé vuelta todo, que arme unos líos bárbaros, que trabaje como una mula, que embale y desembale, que la mudanza sea una profundísima limpieza por dentro y por fuera.

De una casita preciosa pasé a un petit-petit-petit. Por elección propia. Mi obsesión desde hace unos años es tener menos. Menos, sin ser San Francisco de Asís, pero menos. Y en la desición de qué sí y qué no, tiré -mejor dicho, regalé- de todo. Es bueno verse en esa situación de elegir, darse cuenta de la cantidad enorme de cosas prescindibles que acarreamos de un lado al otro y de las que una realmente no puede desprenderse: puedo regalar mis mejores zapatos, mi tapado Prada de mi etapa 'cool', pero no mis libros, por ejemplo. No es cuestión de razonarlo: he leído todos. Pero no puedo dejarlos. Me gusta mirarlos, que me rodeen. Los libros conmigo.
Dejo, me voy a meter en la cama, ventana mediante, bajo la copa de las tipas.

Qué aventura esta noche. Casi como estar en Nepal.

6/07/09

People

Nuevo post de SerViajera en Let's flow!

1/07/09

Cuando late, late, late el corazón

Nuevo post de SerViajera en Let's Flow!

29/06/09

Let's Flow!

Tengo el honor de haber sido elegida Brand fan de Laken, una empresa que fabrica las 'botellas más verdes del mundo'. Esto significa que al estar hechas de aluminio, se ubican a la vanguardia del concepto de sostenibilidad. Let's Flow! es el sugestivo lema de Laken. De ahora en más postearé mis fotos y escribiré (en castellano e inglés) en su blog sobre viajes, deportes, naturaleza, sostenibilidad y cualquier tema que me haga -y nos haga- fluir. Lectores de SerViajera, queridos compañeros de ruta, los invito a seguirme a través de Let's Flow! y compartir conmigo esta nueva aventura.
Come with me. Let's Flow!

23/06/09

Travelling without moving

Escucho a los gatos aullar. La humedad del Bajo trae sus alaridos desde no sé dónde. Hacen el amor a pesar del frío. Me los imagino: en una azotea, en las barrancas, retozan bajo un cielo negro, sin luna.
Una copa de vino, un poco de queso, la soledad elegida, la calefacción encendida, mis libros. Los gatos me hacen acordar a Colette. La amé mientras la leí. Aunque no me gustan los gatos. Pero entiendo que apasionen, entiendo que atraigan, que seduzcan. A mí, sin embargo -y a pesar de Colette-, me repelen. ¿Será que soy un poco gato? Tal vez mirarlos me espanta porque es como mirarme en un espejo. Yo, ¿gato? O mejor dicho, yo, ¿gata? Tuve un novio que me decía así: gata, gatita. Yo me imaginaba ojos amarillos y pelambre color gris. Y suavemente peluda, ronroneando, acariciándome contra todo lo que tuviera cerca, haciendo miauuuu. No me gustaba, no me identificaba. Definitivamente no soy gato.
La cuestión es que esto de estar varada en Buenos Aires, esto de no viajar, me ha hecho buscar soluciones. Al fin de cuentas qué es un ser humano mas que un superviviente optimista. No viajo, luego leo. No leo cualquier cosa, elijo cuidadosamente crónicas de viaje. Y cómo disfruto. Recostada en el sofá de Anduriña, cobijada bajo una auténtica manta riojana de Ezcaray y con mi linterna de minero calzada alrededor de mi cabeza (ya no puedo evitarlo, me he enviciado y leo siempre con mi linterna boliviana comprada en Potosí) me deleité con Ébano de Kapusinski y ahora con 'The Old Patagonian Express' de Paul Theraux. Leo y miro un mapa, leo y busco palabras en el diccionario, leo y busco informacón en Google, leo y no puedo creer que sólo hace 30 años unos podía salir de Boston y llegar al sur argentino... en tren. Dios mío, ahora, según mis investigaciones, los trenes prácticamente han desaparecido. Quedan algunos, como el que intenté tomar hace sólo dos meses desde Uyuni (en Bolivia) hasta Villazón, en el norte Argentino. Envidio a Theraoux. Con toda mi alma. No sólo por su viaje, sino por cómo lo cuenta. Cuenta todo: sus debilidades, sus añoranzas, sus inseguridades. Cuenta que quiere subirse a un tren -no importa a dónde vaya- sólo porque tiene un buen libro para leer. Cuenta que posiblemente se puso en marcha para escapar de la vida sedentaria frente a su escritorio y de una novela a la que le cuesta poner punto final. Ante el calor, las esperas, los olores insoportables, el gentío, el polvo, los retrasos, los mosquitos, grita: I'm homeseek! y maldice esas ansias irrefrenables suyas de viajar.
Yo me río. Lo entiendo tanto. Subrayo todo su libro, lo sigo. Allá voy yo también.
Y mi vida en el Bajo, en invierno, transcurre así, inventada, viviendo de viajes de otros viajeros. Está bien. Así deberá ser. Hasta que vuelva a llegar mi turno y me ponga en marcha otra vez.

12/04/09

Mi mochila

Cuando estoy yéndome de algún lado, cuando estoy llegando a algún lado, mi mochila grande a mis espaldas y mi mochila chica colgada adelante me hacen sentir entera. Un universo con guantes, zapatillas y sombrero. Esa silueta agigantada soy yo y no necesito nada. Bueno, sí, me falta mi amado ordenador. Si lo tuviera sería un perfecto caracol.

Durante un mes mi mochila fue mi casa. Fue mutando, como mutaba la casona de mis abuelos cada vez que a mi loco abuelo se le daba por cambiar los muebles de su sitio. De él heredé esa característica: en un santiamén mi casa parece otra, todo tiene un nuevo lugar. Claro que dentro de mi mochila de 25 litros la situación no era exactamente igual. En vez de rotar, mis cosas iban quedando en el camino.

Cada vez menos. Ésa fue, a lo largo de las semanas, la consigna. A mi hermana Milagros, en Cusco, le metí en su valija unos buzos y un short que jamás usaría y mi bolsita de make-up; en Copacabana tiré dos remeras desteñidas; después del trip de tres días de Uyuni, dejé en un hostal un pantalón, un sweater y un pólar percudidos por la sal.

Poco, cada vez más poco. Las cosas supuestamente imprescindibles ya no son necesarias. Sólo cuenta pesar menos, andar liviana. Y tener espacio para esos objetos que a lo largo del viaje se convierten en bienes preciados. En La Paz no pude resistirme y me compré una mantón tejido a mano -de ésos tan elaborados que usan todas las cholas-, y dos alfombras antiguas. Pedro el portugués me enseñó que lo más pesado debe ir en el fondo de la mochila: acomodé allí el mantón y uno de los pullos, el otro, muy grande, lo acarreé de un lado al otro en una bolsa de plástico.

Así anduve hasta llegar a Tilcara. O a Purmamarca, ya no recuerdo en qué pueblo decidí que el viaje debía terminar. Tonta de mí, todo ese tiempo, cuando me despertaba en las mañanas después de haber dormido como un lirón, me desperezaba y sentía cada músculo de mi espalda. ¿Qué tengo?, me preguntaba. No me daba cuenta de que la mochila pesaba.

Ahora, vacía, cuelga mojada en el patio de Anduriña. La lavé, le saqué toda la tierra y la puse al sol. Me siento al mediodía y la miro mientras mordisqueo una manzana. Divago.
Le digo, compañera, tengo que engordar. Bolivia me dejó hecha un escracho.
Qué más da.
Por las que hemos pasado, compañera...
La mochila abierta suspira. Exhala visiones. La veo arriba de los techos de los buses bolivianos, llenándose de tierra y de soles. De pronto parece como si le hubiese abierto la puerta a todos mis recuerdos. De mi mochila salen un montón de voces, de colores, de olores. Un mes de mi vida, intenso, inolvidable, sobre mis espaldas.
Compañera, le digo, sos casi como mi memoria.
En el silencio de la tarde del Bajo mi mochila me habla. Hay cosas que jamás podremos olvidar.
Lima y mi hijo. El río 'salido'. El miedo en el hostal de Arequipa. Elías el guía. Las sombras del Cañón del Colca. La desolación de Malata. Alicja la polaca. El reflejo del sol sobre el Titicaca. Mi respiración entrecortada. Los bebes de La Paz. La comida de Felisa. El viento ululando en el Altiplano Boliviano. El resplandor de la sal. La levedad del aire a los 5000 metros de altura. Pedro el portugués. Las habas tostadas. El ceviche limeño. Los gallinazos de Barranco. Las noches heladas de Uyuni. El calor del mediodía en el Desierto de Sisoli. Mi linterna de minero. Laurent el francés.

Mi mochila cuelga limpia, húmeda y vacía.
Sin embargo, compañera, te siento bien calzada, llena de polvo y pesada sobre mi espalda.

7/04/09

Llegando estoy

A pesar de que todavía estoy en Bolivia, en un bus boliviano, rodeada de bolivianos, hay algo en el aire que me dice que ya estoy, que falta poco para Argentina. Jujuy, allá voy, por Villazón. Mi idea siempre fue entrar a mi país por la Quebrada de Humahuaca. Recorrí sus pueblos hace mil años, en otra vida. O sea que recuerdo y no recuerdo nada.

El bus boliviano me dejó a 3 cuadras del puente que separa Villazón de La Quiaca, primer pueblo jujeño-argentino. Caminé cuesta abajo con mi mochila grande y mochila chica; en mis manos la gran bolsa con uno de los pullos (mantas) que compré en La Paz. Vengo cansada. Desinhibida. Despojada. Desapegada. Me miro a mí misma y me doy risa. El glamour is gone y no me importa nada. Es raro: soy un asco y me siento poderosa.
Atravieso Villazón, gran mercado persa-boliviano, me acerco al puente. Hago Migraciones bolivianas, atravieso el puente. Y de pronto, me succiona un remolino. Lo juro. No me vuelo porque las mochilas y los pullos hacen de lastre. Pero por dos minutos me veo envuelta en el ojo de un intenso huracán de tierra. Desde Migraciones argentinas un gendarme me mira y se ríe. Fuck you, soldadito, vení a darme una mano. Llego a la ventanilla de Gendarmería. Tengo en la cara tres centímetros de tierra. ¿Por qué me hacen esperar? ¿Para qué sirve el Mercosur? De España paso a Francia sin mostrar un papel; desde Bolivia a Argentina hay que desnudarse y mostrar el alma.
Estoy a 1811 kilómetros de Buenos Aires, sin embargo La Quiaca, con todas sus diferencias, se siente tan argentina. ¿Qué es? No lo sé, pero lo percibo y en un punto me dan ganas de llorar. Siento que termina mi viaje. Que aquí no encontraré alimento para mi curiosidad.
Decido no dormir en La Quiaca y me voy cargada de polvo y kilos a Yavi. Lo recuerdo tanto a papá. Yo era chiquita y me contaba de Yavi, de Cachi, de Casabindo... Yo era grande y me hablaba de Uquía, a donde, pocos meses antes de su muerte, iba en su auto cargado de cosas desde Buenos Aires porque se le había ocurrido colaborar con un loco que intenta mejorar la vida de los chicos en ese pueblo perdido de la Quebrada.

Hola papá, estoy en Yavi. Estoy en Argentina, es el atardecer, estoy a 16 kilómetros de La Quiaca. Aquí, después de un mes de estar desconectada del mundo, no tengo señal en mi celular. Pero para recordarte no necesito aparatos, sé que me ves desde algún lugar. Te doy risa, ¿no? Sobretodo cuando una vez instalada en un hostal de Yavi decido que ahí esa noche no puedo dormir. Y vuelvo a cargar mis mochilas y mis pullos, le digo al dueño que me disculpe, pero que no puedo dormir sin tranca en la puerta de mi habitación. El dueño me dice que soy una chiquilina, que qué me va a pasar en esa tranquilidad. Reíte papá, yo de aquí me voy. Y camino por Yavi mientras se va poniendo el sol. Pago más, pero en el hostal Pachamama puedo encerrarme con llave en mi habitación.
Yavi tiene árboles... hace cuánto que no veo árboles. Y están amarillos, llegará pronto el otoño a la Quebrada. Yavi tiene una iglesia preciosa, mucho silencio, casas de adobe, callecitas desiertas.

A la mañana siguiente tomo un café con leche con medialunas, verdadera manteca y dulce leche. Me voy a La Quiaca y tomo un bus a Humahuaca. Bus semi-cama, inmaculado, moderno y en horario. En el celular ya tengo señal. No llamo a nadie, igual.
Me instalo en Humahuaca en el mejor hotel que encuentro. Me doy cuenta de que ya no resisto miserias. Llevo la ropa a la lavandería, me voy a la plaza, me recuesto contra un monumento y leo La Odisea. Sí, se me ha dado por releerla. Ulises, Telémaco y Penélope andan sueltos por Humahuaca. Me quedo dormida, apenas saco fotos. Pienso en mi proyecto bed&breakfast, paseo, pregunto precios. Decido que no será en Humahuaca, así que a la mañana siguiente sigo a Tilcara.
Pude ser Tilcara, me digo esperanzada. Pero ¿me veo viviendo aquí? Tilcara es precioso, pero aquí han desaparecido los extranjeros, son todos argentinos. Sumándole que se acerca Semana Santa y el pueblo se ha llenado de gente. Tengo miedo -pánico- de cruzarme con personas conocidas. Y no quiero. Me muero. Yo quiero todo nuevo.

Así que me disfrazo aún más y me voy del pueblo; llego hasta el Pucará y después sigo hasta la Garganta del Diablo. Camino 8 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta completamente sola por los cerros. Sol y viento, el río Grande cada vez más chiquito.
Qué belleza, qué dulce tristeza. No hay caso, siento que va terminando mi viaje.

6/04/09

El retorno del más allá

La palabra 'vacaciones' es preciosa: viene de 'vagare', o sea estar ocioso, descansar la mente, el alma y el cuerpo. Sin embargo hoy en día el término se ha desvirtuado un tanto. Las vacaciones en estos tiempos son casi como una utopía, la situación perfecta, el clima justo, el deseo oculto de que suceda todo lo que nunca sucede, las maletas con ropa nueva, la agenda llena de eventos, fiestas y comilonas.
Por eso jamás me voy de vacaciones; lo que yo hago es viajar. El viaje admite todo, las vacaciones no. ¿Como decir: me he ido de vacaciones y estoy agotada, sucia, demasiado delgada, lo único que deseo es una ducha caliente, mi ropa limpia y una cama con sábanas blancas? Nadie entendería nada y me tildarían de idiota.
Viajo, diría un Descartes femenino, luego estoy molida. Algo así. Pero soy feliz. Ya llevo un mes viajando y compruebo que hay ciertas cosas que me llenan de placer. Las mañanas, cuando descubro que mi energía y mi curiosidad siguen intactas, mi cámara de fotos, las ganas constantes de escribir, los ratos que paso tecleando apurada en los cíbers, las charlas con la gente del lugar, los encuentros con viajeros de todas partes del mundo, las largas caminatas a través de montañas o por las callecitas de los pueblos, y hasta la quietud, el ocio ('vagare'), de varias horas en un bus.

Me esperaban 6 horas de colectivo de Uyuni a Tupiza, último pueblo donde dormiría antes de cruzar a Jujuy, en Argentina. Sabía que el camino era una belleza, y que Tupiza, metido en un valle verde y rodeado de espectaculares formaciones rocosas rojizas, era ideal para 'hang out' después de tanto trajín, según mi hija Fran. Así que allá me fui, cuando en Uyuni todavía no amanecía. Allá es la parada de colectivos, una esquina del pueblo llamada por todos 'terminal'.

Pufff, el bus. No es que elegí el peor: Predilecto, 11 de Junio, El Rápido; en Bolivia lo mismo da. Frío polar, polvo aunque las ventanas están selladas, asientos remendados con cinta de embalar, sucios los pisos, sucios los vidrios, sucio todo. Y el camino de cornisa y ripio. Pasaron un par de horas y todo a nuestro alrededor era desolación. Color gris. Todo gris. Paramos en un pueblo, Atocha, que recién se despertaba. El conductor dijo 40 minutos de espera. Espera de no sé qué, porque el bus ya estaba casi lleno. En el pueblo no había nada que hacer, salvo mirar las vías de un tren que no pasa más. Intenté infructuosamente encontrar un sitio donde tomar un té caliente: ni un bar tiene Atocha.

El bus volvió a arrancar. Al principio todo me pareció igual: el zarandeo, los bocinazos exagerados del chofer en cada curva cerrada. Pero al rato noté algo terriblemente desagradable. Lo diré sin vueltas: alguien se había cagado encima. No sólo se había cagado encima, el olor era como de alguien que venía cagándose encima desde hacía semanas. El viaje no duró 6, sino 8 horas. Al mediodía el calor y el hedor eran insoportables. Intenté de todas las maneras posibles abrir una ventana, pero no hubo caso. Opté por cubrirme la nariz y la boca con un pañuelo, tipo cowboy bandolero, pero el olor a cagadera estaba en todas partes.

Bolivia
Bolivia
Bolivia...

El fértil valle cultivado y verdísimo de Tupiza, rodeado de fabulosas formaciones ocres que dejan chiquitos a los Mallos de Riglos, en Huesca, es mágico. Lo recorrí a pie bajo el sol del mediodía a la mañana siguiente. Dentro del bus no pude ni mirar por la ventana. A esas alturas yo era, con todo lo que tenía a mano cubriéndome la nariz, una imitación exagerada y desesperada de Billy the Kid.

4/04/09

Un baño a 5000 metros de altura y 15 grados bajo cero

Jamás me imaginé que iba a hacer una cosa así. No lo tenía en mis planes, menos que menos cuando a las 4 y media de la madrugada, helados (el jeep no tenía calefacción) partimos hacia la noche. Ni desayuno nos dio Felisa. Apúrense, apúrense pues. Y a pesar de mi linterna de minero en la confusión perdí un sweater y mi sunscreen.
¿A dónde nos llevaba la noche? De la negrura de las montañas brotaban nubes blancas. No flotaban, no bajaban: brotaban. Geisers. Allí estábamos. Por todos lados, en la ladera de una montaña. No sólo era el mundo patas para arriba, también estaba el ruido. El sonido de una fuerza oculta escapándose de la tierra. Como una garrafa de gas abierta. Como mil garrafas de gas abiertas. Dónde estoy, dónde me he ido. Los primeros rayos de sol pusieron cierto orden en el mundo. Los geisers quedaron atrás y llegamos a una laguna hacia donde fluyen aguas termales. Muy calientes, 35 grados. Amanecía, y unos pocos locos de otros tours ya se habían metido en el piletón natural. La imagen era irreal, la laguna destilando vapores helados, el piletón exhalando vapores calientes, hombres desnudos, el sol que comenzaba a salir. Me bajé del jeep dispuesta a tomar el desayuno que en un albergue nos prepararía Felisa.
Pero de pronto escuché mi nombre.

-¡María!
Casi sin poder moverme, gorro, bufanda, guantes, campera, dos pares de medias, me acerqué al piletón. Pedro el portugués disfrutaba feliz en el agua caliente.
-No te pierdas esto María. No puedes perdértelo.
-Pero hace demasiado frío. Me moriré.
-María, esto es lo más.

Tengo alma de niña, soy y seré siempre una niña grande, lo sé. Me quité los kilos de ropa detrás de un murito de piedras, me calcé la bikini, y allá fui. Pedro tenía razón: fue lo más. El agua corría trasparente y caliente, los vapores trepaban al cielo oscuro, comenzaba a salir el sol. Jamás olvidaré el momento. Jamás.

Después del desayuno hubo despedidas con enormes abrazos: las belgas y Laurent se quedaron en la frontera chilena, rumbo a San Pedro de Atacama. El jeep entonces fue todo para los divinos noruegos y yo. Volvimos por un camino de ripio a Uyuni que nos llevó 5 horas. Yo iba adelante, medio dormida, con la sensación de estar saliendo de un sueño que nunca podría contar. Después fue llegar a Uyuni, devorar unos tallarines a la bolognesa, despedirme de los noruegos, ir al hotel y ¡bañarme! durante 1 hora.
La aventura de Uyuni quedaba atrás. Pero no había mucho tiermpo de descansar: a las 6 de la mañana salía mi bus para Tupiza, última parada boliviana antes de cruzar a Argentina.