No recuerdo cómo llegué a Benarés. No sé si fue en tren desde Haridwar o en bus desde Rishikesh. Pero sé que llegué a media mañana, cuando ya las calles eran un hervidero y el calor húmedo que emana el Ganges flotaba denso en el aire. El conductor del moto-rickshaw que me traía de la terminal o de la estación frenó en una esquina y me dijo que el Alka Hotel estaba en el barrio del Viejo Bazar, así que tendría que caminar. Con la mochila grande sobre mi espalda y la mochila chica sobre mi pecho intenté seguí sus indicaciones. A los dos minutos estaba desorientada y perdida. Hacía más de un mes que viajaba por la India, sin embargo no me había acostumbrado al caos de sus ciudades. En el bazar no se escuchaban bocinas ni gritos, pero por sus angostas galis avanzaban hordas de gente, bicicletas, hombres cargados con enormes bultos, vacas y carros. Me metí en pasadizos sin salida, tuve la sensación de que pasaba por los mismos sitios una y otra vez. Un enjambre de niños me seguía. A cambio de unas rupias todos prometían guiarme hasta el hotel. Me resistí, hasta que me di cuenta de que jamás saldría de ese laberinto sin ayuda. Elegí a uno de ellos al azar. El niño espantó al resto, tomó una correa que colgaba de mi mochila, y me condujo hasta el Alka tironeándome suavemente, como si yo fuera un burro al que llevaba de una rienda. En la puerta del hotel le agradecí y le di una propina. Entonces me dio la mano, esbozó una enorme sonrisa y me dijo que estaría siempre cerca para servirme. Ése fue el primer encuentro que tuve con Dhawal.
El hotel adonde había llegado resultó una increíble sorpresa. Había reservado una habitación sabiendo que el Alka no sólo era barato y bueno, sino que estaba a orillas del Ganges. Pero ni en sueños me imaginé que su ubicación pudiera ser tan espectacular. El edificio formaba una U alrededor de una enorme terraza abierta al río. Estaba muy elevado, así que parecía un palco privilegiado desde donde observar la mágica ciudad de Shiva. Apoyada en la balaustrada observé por primera vez la larga línea escalonada de los Ghats, el ir y venir de la gente, los palacios corroídos por el verdín, los barriletes que remontaban los niños volando por el cielo, el incesante movimiento de las barcas, el horizonte barroso que en la orilla de enfrente formaba el río. Un escalofrío me erizó la piel. El universo que se desplegaba allá abajo era hipnótico; la antigua Benarés parecía una alucinación.
Lo primero que uno aprende es que aquí jamás verá el cielo. Está siempre desaparecido, velado por el vapor caliente que emana el río. El sol es sólo nítido cuando amanece. Durante ese tiempo, mientras sadhus y maestros brahmanes se dan sus baños rituales y se entregan a la meditación, es una bola de fuego. Luego, a medida que trepa por el cielo, se convierte en una mancha difusa, como si estuviera eclipsado. El Ganges es marrón, los palacios amarillentos, los Ghats rojizos, negro el humo que en volutas caracolea desde los crematorios de Manikarnika y Harishchandra. Si sopla el viento el humo se posa en la orilla de enfrente enturbiando el horizonte aún más, pero a veces, cuando hay calma, permanece sobre los Ghats. Entonces se lo huele, acre, tóxico, irrespirable. Sólo de cuando en cuando, cuando la familia del muerto es rica, huele suavemente a sándalo, la madera más preciada. Pero los cuerpos de la mayoría son incinerados con madera barata, que más bien parece artificial, como si estuviera hecha de plástico.
Comienza el día y la rueda de la vida y la muerte gira lenta y eternamente en Benarés. Cientos de hindúes devotos llegan a los Ghats. Muchos se sumergen hasta la cintura y permanecen estáticos, orando, algunos sólo se mojan la cara y hacen una puja de flores y fruta a la Maa Ganga, otros se quitan la ropa y antes de introducirse en el agua se friegan el cuerpo con jabón. Los hombres, luego de purificarse, acuden a acicalarse a las altas salientes de piedra, donde sobre esteras los barberos despliegan peines, tijeras, navajas, cepillos de dientes, y tinturas a base de pasta de sándalo, ceniza y cúrcuma para adornarse la cara. Las mujeres salen del Ganga con sus preciosos saris empapados, pegados a la piel. Su pelo negro, que las casadas llevan dividido en dos por una raya roja pintada en el cuero cabelludo, reluce como si estuviera untado con aceite. El agua resbala por sus rostros y hace brillar el bindi rojo que decora sus frentes.
Mendigos, perros famélicos y vendedores ambulantes ya vagan por los Ghats. Con sus escobillones de paja, las barrenderas levantan nubes de polvo que escalones más abajo se vuelve a posar. Rodeadas de canastos repletos de flores naranjas y amarillas y de platillos con pequeñas velitas, las vendedoras de pujas enhebran guirnaldas. Los lavanderos ya han hecho la mitad de la colada. Se los ve en grupos, con los torsos desnudos y el agua a las rodillas, lavando en las zonas más estancadas del río. Para sacarle la suciedad a la ropa la golpean con fuerza contra grandes piedras chatas que afloran de la orilla. Luego la enjuagan en el agua turbia y la extienden a secar en los escalones altos de los Ghats.
Al mediodía aparecen los niños. Son cientos. Saltan de barca en barca, se zambullen al río, improvisan partidos de cricket, y desde las azoteas entablan batallas de cometas. El cielo no cambia: sigue desaparecido. El calor reverbera en los muros color arena, en las escalinatas rojizas. Los palacios y los edificios se ven como a través de un vidrio esfumado. Los sadhus buscan refugio en las recovas que están al ras del agua, los mendigos se cubren la cabeza con sus pobres trapos, los vendedores de fruta y flores se arraciman bajo las grandes sombrillas de tela y bambú. Parece que todo movimiento cesa, sin embargo por el Ganges navegan barcas atestadas de gente. Van y vienen continuamente, tan cargadas que sus cubiertas rozan el agua.
Recuerdo que el ventanal de mi habitación, la gran cama con sábanas realmente limpias, las alfombras cubriendo el suelo y los ventiladores del techo me parecieron un regalo del cielo. Tuve una idea loca: no tomaría más buses ni trenes, no acarrearía nunca más mi mochila, no regresaría a ningún lugar. Para siempre me quedaría a vivir en esa habitación. Vacié mi mochila, desparramé mis cosas, apilé mis dos libros, mi cuaderno y mi computadora sobre la mesa de luz, acomodé cremas y demás potes femeninos en la repisa del baño. El toque supremo fueron los saris que había comprado en Amritsar colgados de los barrales de las cortinas. No descansé hasta hacer que el lugar fuera muy mío, aunque descubrí en seguida que tenía compañía: en el baño vivía una lagartija. Tenía los ojos enormes, la cola larguísima y un color extraño, entre turquesa y azul. Se escabullía detrás del espejo cuando yo entraba, pero al irme volvía a aparecer. Aunque Indra –así la bauticé- no parecía muy interesada en mi vida, yo le decía Hello Indra, cada vez que, durante un instante, me la cruzaba.
La terraza del Alka tenía vida propia. El Ganges, Benarés y su cielo cambiante, viajeros de todas partes del mundo y los fabulosos camareros. Con el consabido ritmo indio, sus camisas siempre llenas de manchas y el pelo negro peinado con algún tipo de gel aceitoso, trabajaban de sol a sol, aunque se cayeran de sueño. Siempre agotados pero solícitos, en el Alka oficiaban de botones, reparaban cualquier desperfecto, hacían la limpieza, y espantaban a hondazos a un enorme mono que con insistencia quería aprovisionarse con las sobras de las mesas. La cocina del restaurante estaba abierta siempre. A cualquier hora se podía comer un thali, un arroz con dhal, o un plato de vegetales con phulkas recién horneadas. En las mesas reinaba un constante desorden, ya que los camareros solían confundir las comandas u olvidarse de los pedidos.
Una larga escalinata comunicaba la terraza directamente con los Ghats. La primera vez que bajé me encontré con Dhawal. Estaba junto a otros niños que aguardaban a los huéspedes del hotel para ofrecerles sus servicios. Cuando me vio, una sonrisa enorme le iluminó la cara. Me dijo que desde hacía mucho tiempo me estaba esperando y que la noche anterior me había buscado en la ceremonia del Ganga Aarti. ¿Dónde me había metido? ¿No había estado enferma, verdad? Sin darme tiempo a decir nada arremetió con más preguntas. ¿Me gustaba Benarés? ¿Ya había recorrido los Ghats? ¿Había paseado en barca? ¿Quería que me guiase hasta el Templo de Vishwanath o prefería visitar Manikarnika? Dhawal hablaba sin parar, seguía proponiéndome paseos, y yo pensaba en cómo me lo sacaría de encima.
Llevaba una camisa amarilla, un pantalón azul demasiado grande y unas sandalias de plástico muy gastadas. Tendría siete u ocho años y no sobrepasaba mi ombligo. Su piel era color chocolate, su pelo muy negro, lacio y duro. Tenía el cuerpo menudo y la cabeza grande, como los niños a los que todavía les queda mucho por crecer. Su rostro era una preciosidad. Dhawal sonreía y su cara resplandecía.
Traté de explicarle que quería descubrir la ciudad sola. Le dije que me quedaría varios días y le prometí que no contrataría a ningún otro niño; cuando necesitase ayuda, él sería mi guía. Creí que había dejado a Dhawal conforme, sin embargo, a los diez minutos lo tenía a mi lado. Me paré en seco, lo miré con cara de enojada y le pregunté si me había entendido. Por toda respuesta me dijo que quería ser mi amigo. No guide, me dijo, just your friend. Friendship is very nice, ha?
Camina a mi lado dando pasitos cortos, apurados. Le miro los pies, pequeñitos. Voy con mi cámara de fotos, me detengo todo el tiempo. A veces me siento en los escalones de los Ghats y me quedo sin hacer nada, sólo mirando. Dhawal intuye que prefiero estar en silencio, sin embargo no puede con él y me habla. Quiere saber de mi cámara, a qué le saco fotos. Quiere que le diga por qué vine a Benarés. Dónde vivo. Si soy hindú y venero a Shiva y Ganesh. Si estoy casada, si tengo hijos, si mis zapatillas son cómodas, si tengo una casa, si conozco el mar, si alguna vez vi una montaña, cuántos años tengo. Al principio sólo le contesto, después yo también empiezo a preguntar. Dhawal me responde, pero se las arregla para ser evasivo. Vive allá, cerca de las tiendas de seda del Viejo Bazar. Ha aprendido a escribir, aunque ahora no va a la escuela. Tiene varios hermanos, más grandes y más pequeños, pero no viven con él. Su padre está lejos, en Allahabad, donde confluyen los ríos sagrados Ganga, Yamuna y Saravasti. The Saravasti is magical, me explica muy serio, porque no se ve, es invisible. De su madre me dice que era preciosa y que para las ocasiones importantes usaba un hermoso sari de seda color rojo con bordes amarillos.
Dhawal camina a mi lado, espanta a las enormes vacas que se nos cruzan en el camino, acaricia el lomo de los pobres perros vagabundos, mira las batallas de barriletes y me asegura que ganará ése y no éste. En el Ghat de Dasaswamedh se encuentra con una amiga. Se llama Sita y vende cajitas de tinturas. Sita es más tímida que Dhawal y habla sólo un poco de inglés. Me toma una mano, moja un palito en una de las tinturas y me dibuja una estrella dorada. Please buy, me dice. Sita es de la misma estatura de Dhawal, aunque tiene la piel clara, el pelo castaño y enormes ojos color miel.
Somos tres ahora, caminando sin rumbo por los Ghats de Benarés. Hablamos y nos reímos. Yo disimulo sacando fotos, pero tengo el corazón encogido. Me pregunto por qué Dhawal y Sita se me han cruzado en mi camino. Tiene que haber una razón.
31/01/12
27/01/12
Ramadan
Chilabas blancas sobre azul noche. La oscuridad calurosa, seca y quieta, el humo espeso de los puestos de comida de Jemma-el-Fnna enturbiando el cielo de Marrakech. Faltan sólo unos minutos para que suene la sirena que marca el fin –por hoy- del ayuno de Ramadan y las calles del Gran Souk están desiertas, las puertas de las tiendas cerradas con candados, las mezquitas colmadas de gente. Ramadan dura casi un mes según el calendario lunar y se practica –en Marruecos- desde cerca de las 4 de la madrugada hasta las 7,10 de la tarde. Durante esas largas horas los musulmanes devotos no comen, no beben ninguna clase de líquidos, no fuman y no mantienen relaciones sexuales.
-I like you. You are special. -Me había abierto la puerta la primera vez que entré al Riad Camilia. Yo estaba concentrada en una sola cosa: la agencia para la que trabajaba me había asignado un largo reportaje sobre el sur de Marruecos y apenas registré su sonrisa. Sólo entendí que Hamid era uno de los encargados que por turnos se ocupaban del buen funcionamiento del hotel y que estaba al tanto de mi llegada, de mi profesión y de mi nombre. Yes, I am María, nice to meet you.
El antiguo riad devenido hotelito era una maravilla. Hamid me dio datos, me sirvió té, me preguntó varias veces si necesitaba alguna cosa. Durante los días siguientes no lo vi, o si lo vi no lo vi, sólo trabajé, mucho, caminé todas las callejuelas de la medina hasta que me grabé cada recoveco en la retina. Después dejé la ciudad, crucé el Alto Atlas, trekeé por el M'Goun, dormí en el Erg Chebbi, recorrí Taroudant y me regocijé en Essaouira. Fueron 1500 kilómetros durante 14 días. Y volví a Marrakech.
I like you. You are special. Le dije que sí.
En el hotel no había nadie. Nadie. Sólo la noche y el silencio, él y yo. La mesa estaba puesta primorosamente y había velas. Hamid no dejó que lo ayudara, a pesar de su largo ayuno sirvió con lentitud cada uno de los platos que había preparado. Comió, pero entre bocado y bocado me miró comer. Su mirada y su sonrisa. Y su deleite cada vez que yo le decía que lo que había cocinado era una delicia. Cada media hora se disculpaba y se retiraba a rezar. Volvía a los cinco minutos, comía unos pocos bocados y me contaba sobre Ramadan. Hamid me descubrió un mundo y yo escuchaba obnubilada. Olvidados él de su árabe y yo de mi español hablamos hasta las 3 de la mañana. Esa noche no pasó nada. Nada de nada. Hamid, con una extraña mezcla de ternura y determinación lo intentó todo. Le dije cien veces que no, que esa noche no; sí, tal vez tuve miedo. La sensación fue inolvidable: desde mi habitación y hasta que me quedé dormida lo escuché dar vueltas por el riad vacío. Al día siguiente partí hacia Fez. Estuve allí casi una semana y regresé a Marrakech dos días antes de marcharme a Madrid.
Dos días. Los dos lo sabíamos. Dormí, me levanté, salí de mi habitación y provocamos un encuentro. Hablando rápido y bajito, Hamid me invitó a su casa. A las 3 en una esquina de rue Dabachi. Le dije que sí.
Llevaba puesto un sombrero blanco y en la mano tenía un maletín. Marrakech ardía bajo el sol, Ramadan había terminado y la ciudad había recuperado su ajetreo habitual. De camino hacia la parada de ómnibus entramos a un bar y Hamid pidió dos licuados de palta. El bus arrancó recién cuando estuvo repleto de gente. Conseguimos dos asientos, yo era la única occidental. No corría el aire; mi shawl, empapado, se me pegaba a mi espalda. Poco a poco la ciudad quedó atrás, comenzaron las huertas en la tierra ocre, las nuevas urbanizaciones en medio de la nada. Anduvimos tanto que a lo lejos distinguí la silueta del Alto Atlas. Finalmente nos bajamos en un pueblito que parecía vacío. Caminamos dos cuadras por una calle de tierra y Hamid se detuvo frente a una puerta de lata pintada de verde, en la planta baja de un edificio de tres pisos.
-Welcome to my home, María.
Hamid vivía en una habitación diminuta con una ventanita tan alta que sólo dejaba ver un trocito de cielo. Tenía una cama, una mesita con una televisión, una heladerita, un lavabo y una encimera que hacían de cocina. Del techo pendía una bombita desnuda y no había ropero: la ropa de Hamid, muy ordenada, estaba apilada sobre una silla. Detrás de una cortina (lo supe después, cuando le dije que necesitaba ir al baño) había un inodoro-agujero al estilo turco.
El aire estaba inmóvil, hacía mucho calor. Me dijo que iba a comprar algo fresco y me dejó sola. Al rato volvió con yogourt y jugo de naranja. Bebimos, Hamid fumó un cigarrillo apuntando hacia la ventanita que miraba al cielo. Estuvimos juntos hasta que oscureció. Todo lo que hicimos lo hicimos en silencio, aunque durante las pausas me contó de su vida. Del pueblo de agricultores de donde venía, de su decisión de trasladarse a Marrakech para estudiar hostelería, de lo que deseaba para el futuro. Había descubierto que ni trabajando de sol a sol podría alguna vez ser dueño de un hotel, así que desde hacía unos meses, después de salir del trabajo, asistía a un curso de diseño de indumentaria. Cuando le pregunté si el tema le gustaba se rio y me dijo que no tenía ni idea de cómo se le había ocurrido semejante plan, que no sabía nada de moda y esas cosas, pero que creía que si aprendía a hacer ropa algún día iba a tener su propio negocio. Entonces, de debajo de la cama sacó su tesoro: envuelta en el embalaje original tenía una flamante máquina de coser. La desembaló con cuidado y me mostró cada una de sus partes. Volvió a reírse, me dijo que la había comprado con sus ahorros y que todavía no sabía cómo funcionaba. Hamid volvió a guardar la máquina y siguió contándome de sus sueños. Yo le acariciaba su pelo corto y duro y no sabía qué hacer con la ternura que sentía. Cerca de las ocho salimos de su casa y tomamos el bus de regreso a Marrakech. Sentados uno al lado del otro y sin que nadie nos viera, íbamos de la mano.
En la plaza frente a la terminal de ómnibus (ésa donde aparcan las calesas, a un paso de la Koutoubia), nos despedimos. Hamid amagó hacer lo que no se puede hacer en público, acariciarme el brazo, darme un beso; le dije Go back home, you beautiful thing, y él se me quedó mirando mientras atravesaba la plaza rumbo al Camilia.
Sabía que tenía que irme a dormir; temprano a la mañana siguiente volaba a Madrid y de Barajas debía ir directo a la agencia. Pero tenía un secreto y no quería que la noche terminara. Caminé sin rumbo por el laberinto del Gran Souk, comí un cous cous en Rahba Lakdima, volví sobre mis pasos hasta la rue Semarine, me compré pastas de almendras y pistachos en la Patisserie des Princes y me las fui comiendo por los callejones oscuros. Ya en mi habitación me bañé, hice mi maleta y me metí en la cama.
Entregada al ritmo febril de la agencia, en Madrid trabajé sin parar varios días. No hubo tiempo para otra cosa: mi vida era editar fotos y darle forma a toda la información acumulada. A la noche terminaba tan cansada que tomaba una caña y un bocadillo en el bar de Alex, veía la mitad de una peli y me quedaba dormida. Finalmente entregué el trabajo; me quedé conmigo misma. Entonces, después de tenerla tan guardada, afloró mi historia con Hamid como un torrente desbordado. Reviví cada instante, cada gesto, cada sonrisa, cada mirada. Me dije que toda la vida me regodearía recordando lo que vi, lo que escuché, lo que sentí. Y que si alguna vez encontraba las palabras para contar todo eso que viví, lo iba a escribir.
-I like you. You are special. -Me había abierto la puerta la primera vez que entré al Riad Camilia. Yo estaba concentrada en una sola cosa: la agencia para la que trabajaba me había asignado un largo reportaje sobre el sur de Marruecos y apenas registré su sonrisa. Sólo entendí que Hamid era uno de los encargados que por turnos se ocupaban del buen funcionamiento del hotel y que estaba al tanto de mi llegada, de mi profesión y de mi nombre. Yes, I am María, nice to meet you.
El antiguo riad devenido hotelito era una maravilla. Hamid me dio datos, me sirvió té, me preguntó varias veces si necesitaba alguna cosa. Durante los días siguientes no lo vi, o si lo vi no lo vi, sólo trabajé, mucho, caminé todas las callejuelas de la medina hasta que me grabé cada recoveco en la retina. Después dejé la ciudad, crucé el Alto Atlas, trekeé por el M'Goun, dormí en el Erg Chebbi, recorrí Taroudant y me regocijé en Essaouira. Fueron 1500 kilómetros durante 14 días. Y volví a Marrakech.
I like you. You are special.
El Riad Camilia fue un bálsamo: extenuada de tanto viaje, durante 24 horas me encerré en mi habitación y no salí de la cama. La mañana en que me iba de Marruecos Hamid estaba de turno y le dije: Thank you so much, y de puro amable añadí, I like you too.
No pensé en volver a Marruecos tan pronto, pero el trabajo es así. Regresé en agosto: debía escribir sobre Ramadan. Como la primera vez, Hamid estaba ahí, ojos marrones llenos de luz y una increíble sonrisa.
Hacía un calor sofocante y Marrakech había perdido su frenético ritmo habitual; la gente estaba agotada, los comerciantes, en vez de intentar vender, dormían de cualquier modo y a cualquier hora sobre sus mercancías. La primera noche comí todas las rarezas típicas de Ramadan que pude encontrar en Jemma el Fnna, caracoles, bocadillos de huevos duros y mantequilla, pescaditos con oliva, ají y tomate. Saqué fotos, muchas. Era el día número 24 de Ramadan y la gente sólo esperaba a que fuesen las 7,10 de la tarde para beber y comer. Mi cámara, la noche y yo: Marrakech era una fiesta.
Fue al día siguiente que al contarle de la fascinación que me producía estar en Marruecos en Ramadan me invitó a cenar.
-Here, in Riad Camilia, I’ll cook for you. Please, María, be my guest.
No pensé en volver a Marruecos tan pronto, pero el trabajo es así. Regresé en agosto: debía escribir sobre Ramadan. Como la primera vez, Hamid estaba ahí, ojos marrones llenos de luz y una increíble sonrisa.
Hacía un calor sofocante y Marrakech había perdido su frenético ritmo habitual; la gente estaba agotada, los comerciantes, en vez de intentar vender, dormían de cualquier modo y a cualquier hora sobre sus mercancías. La primera noche comí todas las rarezas típicas de Ramadan que pude encontrar en Jemma el Fnna, caracoles, bocadillos de huevos duros y mantequilla, pescaditos con oliva, ají y tomate. Saqué fotos, muchas. Era el día número 24 de Ramadan y la gente sólo esperaba a que fuesen las 7,10 de la tarde para beber y comer. Mi cámara, la noche y yo: Marrakech era una fiesta.
Fue al día siguiente que al contarle de la fascinación que me producía estar en Marruecos en Ramadan me invitó a cenar.
-Here, in Riad Camilia, I’ll cook for you. Please, María, be my guest.
I like you. You are special. Le dije que sí.
En el hotel no había nadie. Nadie. Sólo la noche y el silencio, él y yo. La mesa estaba puesta primorosamente y había velas. Hamid no dejó que lo ayudara, a pesar de su largo ayuno sirvió con lentitud cada uno de los platos que había preparado. Comió, pero entre bocado y bocado me miró comer. Su mirada y su sonrisa. Y su deleite cada vez que yo le decía que lo que había cocinado era una delicia. Cada media hora se disculpaba y se retiraba a rezar. Volvía a los cinco minutos, comía unos pocos bocados y me contaba sobre Ramadan. Hamid me descubrió un mundo y yo escuchaba obnubilada. Olvidados él de su árabe y yo de mi español hablamos hasta las 3 de la mañana. Esa noche no pasó nada. Nada de nada. Hamid, con una extraña mezcla de ternura y determinación lo intentó todo. Le dije cien veces que no, que esa noche no; sí, tal vez tuve miedo. La sensación fue inolvidable: desde mi habitación y hasta que me quedé dormida lo escuché dar vueltas por el riad vacío. Al día siguiente partí hacia Fez. Estuve allí casi una semana y regresé a Marrakech dos días antes de marcharme a Madrid.
Dos días. Los dos lo sabíamos. Dormí, me levanté, salí de mi habitación y provocamos un encuentro. Hablando rápido y bajito, Hamid me invitó a su casa. A las 3 en una esquina de rue Dabachi. Le dije que sí.
Llevaba puesto un sombrero blanco y en la mano tenía un maletín. Marrakech ardía bajo el sol, Ramadan había terminado y la ciudad había recuperado su ajetreo habitual. De camino hacia la parada de ómnibus entramos a un bar y Hamid pidió dos licuados de palta. El bus arrancó recién cuando estuvo repleto de gente. Conseguimos dos asientos, yo era la única occidental. No corría el aire; mi shawl, empapado, se me pegaba a mi espalda. Poco a poco la ciudad quedó atrás, comenzaron las huertas en la tierra ocre, las nuevas urbanizaciones en medio de la nada. Anduvimos tanto que a lo lejos distinguí la silueta del Alto Atlas. Finalmente nos bajamos en un pueblito que parecía vacío. Caminamos dos cuadras por una calle de tierra y Hamid se detuvo frente a una puerta de lata pintada de verde, en la planta baja de un edificio de tres pisos.
-Welcome to my home, María.
Hamid vivía en una habitación diminuta con una ventanita tan alta que sólo dejaba ver un trocito de cielo. Tenía una cama, una mesita con una televisión, una heladerita, un lavabo y una encimera que hacían de cocina. Del techo pendía una bombita desnuda y no había ropero: la ropa de Hamid, muy ordenada, estaba apilada sobre una silla. Detrás de una cortina (lo supe después, cuando le dije que necesitaba ir al baño) había un inodoro-agujero al estilo turco.
El aire estaba inmóvil, hacía mucho calor. Me dijo que iba a comprar algo fresco y me dejó sola. Al rato volvió con yogourt y jugo de naranja. Bebimos, Hamid fumó un cigarrillo apuntando hacia la ventanita que miraba al cielo. Estuvimos juntos hasta que oscureció. Todo lo que hicimos lo hicimos en silencio, aunque durante las pausas me contó de su vida. Del pueblo de agricultores de donde venía, de su decisión de trasladarse a Marrakech para estudiar hostelería, de lo que deseaba para el futuro. Había descubierto que ni trabajando de sol a sol podría alguna vez ser dueño de un hotel, así que desde hacía unos meses, después de salir del trabajo, asistía a un curso de diseño de indumentaria. Cuando le pregunté si el tema le gustaba se rio y me dijo que no tenía ni idea de cómo se le había ocurrido semejante plan, que no sabía nada de moda y esas cosas, pero que creía que si aprendía a hacer ropa algún día iba a tener su propio negocio. Entonces, de debajo de la cama sacó su tesoro: envuelta en el embalaje original tenía una flamante máquina de coser. La desembaló con cuidado y me mostró cada una de sus partes. Volvió a reírse, me dijo que la había comprado con sus ahorros y que todavía no sabía cómo funcionaba. Hamid volvió a guardar la máquina y siguió contándome de sus sueños. Yo le acariciaba su pelo corto y duro y no sabía qué hacer con la ternura que sentía. Cerca de las ocho salimos de su casa y tomamos el bus de regreso a Marrakech. Sentados uno al lado del otro y sin que nadie nos viera, íbamos de la mano.
En la plaza frente a la terminal de ómnibus (ésa donde aparcan las calesas, a un paso de la Koutoubia), nos despedimos. Hamid amagó hacer lo que no se puede hacer en público, acariciarme el brazo, darme un beso; le dije Go back home, you beautiful thing, y él se me quedó mirando mientras atravesaba la plaza rumbo al Camilia.
Sabía que tenía que irme a dormir; temprano a la mañana siguiente volaba a Madrid y de Barajas debía ir directo a la agencia. Pero tenía un secreto y no quería que la noche terminara. Caminé sin rumbo por el laberinto del Gran Souk, comí un cous cous en Rahba Lakdima, volví sobre mis pasos hasta la rue Semarine, me compré pastas de almendras y pistachos en la Patisserie des Princes y me las fui comiendo por los callejones oscuros. Ya en mi habitación me bañé, hice mi maleta y me metí en la cama.
Entregada al ritmo febril de la agencia, en Madrid trabajé sin parar varios días. No hubo tiempo para otra cosa: mi vida era editar fotos y darle forma a toda la información acumulada. A la noche terminaba tan cansada que tomaba una caña y un bocadillo en el bar de Alex, veía la mitad de una peli y me quedaba dormida. Finalmente entregué el trabajo; me quedé conmigo misma. Entonces, después de tenerla tan guardada, afloró mi historia con Hamid como un torrente desbordado. Reviví cada instante, cada gesto, cada sonrisa, cada mirada. Me dije que toda la vida me regodearía recordando lo que vi, lo que escuché, lo que sentí. Y que si alguna vez encontraba las palabras para contar todo eso que viví, lo iba a escribir.
17/01/12
La señora Esperanza
Entré en el hostal como un náufrago: por favor deme una
habitación decente, una cama con sábanas blancas, un baño con agua caliente, un
laundry donde vaciar toda mi mochila. Mi
ansiedad contrastaba con la calma chicha de la isla de Flores. Aquí todo funcionaba
al compás lento de los ventiladores. Ovidio (quien después fue mi amigo) me
dijo: disculpe seño, no tenemos disponibilidad. Yo estuve a un tris de ponerme
a llorar. El viaje desde Cobán hasta la pequeña ciudad de El Petén había sido larguísimo, con un montón de trasbordos de
combis-camionetas, incluido el cruce en Sayaxche de un río –el río Pasión- en canoa.
-Yo llamé, pero las líneas estaban mal.
-Así es, aquí eso suele suceder.
-Y ahora adónde voy.
-Pues seño, no sé.
Me quedé muda y me dije que el destino me lleve a donde me tenga que llevar; sino -la mochila como lastre- me suicido en las aguas del lago Petén-Itza. Pichón mojado, todavía abrigada aunque en Flores hacía más de 30 grados, una voz me habló. Veía televisión a un costado de la recepción, su gigantesca humanidad despanzurrada entre almohadones.
-Y tú de dónde eres, española de Andalucía o qué?
La mujer tenía el pelo retinto, la piel blanca, los ojos color miel. Ladina le dicen en Guatemala a esta casta, mezcla de nativo y conquistador español.
-No soy andaluza, soy argentina. Mi nombre es María, encantada. ¿Es usted la dueña del hostal?
-Así es corazón, bienvenida. Yo soy Esperanza.
Esperanza no tiene cejas: se las ha depilado enteras. En vez de pelitos tiene dos trazos curvos café perfectamente dibujados sobre sus ojos. La boca como un bombón rojo, los pómulos llenos de colorete, una blusa con ristras de volados, un jogging azul y zapatillas blancas. Mamá no era gorda y no se parecía ni remotamente a Esperanza, pero de pronto lo único que quiero es volver a ser niña y que esta señora me proteja.
-Ya te ha dicho Ovidio, no hay disponiilidad.
-Pero duermo aquí, en cualquier lado, en un huequito. Sólo présteme un baño donde ducharme, Esperanza.
Esperanza ríe con su risa grave y dice que todas las argentinas, como las andaluzas, somos unas exageradas.
-Es que me gusta todo, su hostal, Ovidio, usted y su nombre. Me gusta esta isla, me gustan los techos de chapa de las casas, las barcas de colores. Quiero dejar mis cosas en algún lado e irme a un muelle a no hacer nada mientras murmuran enloquecidos los zanates.
La risa otra vez y a Esperanza se le sacunden las carnes. A que en tu tierra no hay zanates... Si los hubiera querrías una tarde sin ellos. Ah con estas mujeres lejanas, dice a un San Benito enmarcado en una pared, y luego da instrucciones a Ovidio para que me instale en la habitación número 6.
-Mañana te mudamos a una habitación como la gente-, me dice levantando una ceja café.
Yo me muerdo los labios para no llorar de alegría, vacío mi mochila entera en el laundry, me doy un baño, ceno frente a los muelles mientras arman delicioso barullo los zanates. Después me duermo rodeada de olor a limpio, porque la número 6 que me ha regalado Esperanza es una habitación extraña, más bien el depósito donde apiladas en estanterías se guardan las sábanas y toallas blancas.
-Y tú de dónde eres, española de Andalucía o qué?
La mujer tenía el pelo retinto, la piel blanca, los ojos color miel. Ladina le dicen en Guatemala a esta casta, mezcla de nativo y conquistador español.
-No soy andaluza, soy argentina. Mi nombre es María, encantada. ¿Es usted la dueña del hostal?
-Así es corazón, bienvenida. Yo soy Esperanza.
Esperanza no tiene cejas: se las ha depilado enteras. En vez de pelitos tiene dos trazos curvos café perfectamente dibujados sobre sus ojos. La boca como un bombón rojo, los pómulos llenos de colorete, una blusa con ristras de volados, un jogging azul y zapatillas blancas. Mamá no era gorda y no se parecía ni remotamente a Esperanza, pero de pronto lo único que quiero es volver a ser niña y que esta señora me proteja.
-Ya te ha dicho Ovidio, no hay disponiilidad.
-Pero duermo aquí, en cualquier lado, en un huequito. Sólo présteme un baño donde ducharme, Esperanza.
Esperanza ríe con su risa grave y dice que todas las argentinas, como las andaluzas, somos unas exageradas.
-Es que me gusta todo, su hostal, Ovidio, usted y su nombre. Me gusta esta isla, me gustan los techos de chapa de las casas, las barcas de colores. Quiero dejar mis cosas en algún lado e irme a un muelle a no hacer nada mientras murmuran enloquecidos los zanates.
La risa otra vez y a Esperanza se le sacunden las carnes. A que en tu tierra no hay zanates... Si los hubiera querrías una tarde sin ellos. Ah con estas mujeres lejanas, dice a un San Benito enmarcado en una pared, y luego da instrucciones a Ovidio para que me instale en la habitación número 6.
-Mañana te mudamos a una habitación como la gente-, me dice levantando una ceja café.
Yo me muerdo los labios para no llorar de alegría, vacío mi mochila entera en el laundry, me doy un baño, ceno frente a los muelles mientras arman delicioso barullo los zanates. Después me duermo rodeada de olor a limpio, porque la número 6 que me ha regalado Esperanza es una habitación extraña, más bien el depósito donde apiladas en estanterías se guardan las sábanas y toallas blancas.
16/01/12
Musas
Son cinco mujeres. Una lleva tres críos, otra cuatro patos, otra
un costal de semillas, la más vieja un atado de machanes –las hojas con las que
se hacen los tamales-, la más joven (tan joven...) una guagua en el regazo y otra colgada a la
espalda. Salidas de algún rancho perdido
en el vacío inmenso de los Cuchumatanes, suben a la combi repleta en un cruce
de caminos entre Nebaj y Cunen y se
acomodan como pueden, alrededor mío. Se sonríen porque siempre sonríen, no me
hablan porque son de pocas palabras, no me hablan porque parezco gringa. Mi
pelo rubio y mi altura las inhiben. Pero poco a poco les explico: soy
argentina, latinoamericana, del mismo continente que Guatemala. Tengo este color de pelo y de piel porque soy
hija de inmigrantes, pero mi lengua es el español; hablo igual que ustedes.
Las observo todo el tiempo. Se me van los ojos atrás de sus movimientos dóciles y de sus maravillosos atuendos. Las miro en los mercados,
en los chicken buses, trabajando al sol y a mano en las huertas, vendiendo sus habilidades en las calles, llevando flores a la iglesia, encendiendo una vela a un santo, haciendo tortillas alrededor de los braseros, revolviendo guisos en los fogones de los comedores populares, criando hijos, pollos y cerdos, y cuidando un
marido que aunque sacrificado y trabajador, se emborracha de tanto en tanto para ahogar las penas. Sus tocados como recién hechos, sus manos de uñas cortas
sin una mácula de tierra, sus huipiles como recién estrenados, sus “cortes”
(polleras) sin una arruga. Pequeñitas, silenciosas, su pelo azabache siempre brillante y su andar de paso corto, van y vienen por los campos ondulados y las calles empedradas trabajando sin parar. Paren hijos, les dan la teta a toda hora hasta que se les acaba la leche porque el cielo ha querido mandarles un hijo más. Sin agua corriente en sus casas y sin embargo la ropa limpia, el fuego siempre encendido, sin dinero y sin embargo siempre un plato de comida. Pisos de tierra apisonada, sandalias aunque haga frío, niños que van a la escuela, el sueño atrasado, madres de sus hijos y de los hijos de sus hijos, de sus padres y hasta de sus maridos. Mujeres. Razón de vida y hacedoras de vida, sostienen el mundo, lo reinventan cuando ha perdido la poesía y cuando parece que se detiene, con su perseverancia y sabiduría lo vuelven a hacer girar.
13/01/12
Cuchumatanes: campesinos entre dos fuegos
Lejos de todo, de Guatemala City, de Huehuetenango –la cabecera
del departamento-, de las guías turísticas y de los shuttles que sólo llevan extranjeros
que no hablan una palabra de español, está Todo Santos Cuchumatán, un pueblito hundido
en un valle rodeado por las montañas desoladas de la cordillera de los Cuchumatanes. La
cordillera está emplazada en el noroeste de Guatemala, cerca de la frontera mexicana
de Chiapas, en una de las zonas más recónditas de Centroamérica. Dos cosas me
atrajeron sobremanera de los Cuchumatanes: La lejanía y dificultad para llegar –desafíos que siempre me resultan irresistibles-, y el hecho de que sus pueblos -entre ellos Todos Santos, Nebaj y San Francisco el Alto- hayan sido escenarios de las mayores matanzas
de campesinos durante la guerra civil que, aunque larga, tuvo su momento más álgido a partir de 1980. Yo había leído y quería ver.
Cuentan cosas tremendas: los campesinos, en su mayoría de ascendencia maya, iletrados, paupérrimos, ajenos a lo que sucede más allá de sus pequeñas parcelas sembradas y olvidados desde siempre por todos, fueron usados por los rebeldes y los militares para hacer los trabajos más horrendos: torturar, matar, enterrar, degollar, desollar, perseguir, culpar, quemar, acusar. No importaba a quienes, hijos, hermanos, amigos, compadres, fueran de un lado o de otro, inocentes, culpables, sospechosos, ancianos, niños recién destetados y adolescentes; los trabajos asquerosos, los que ni un bando ni otro querían hacer, los campesinos de los Cuchumatanes debían hacer.
Aunque en estas soledades viven pocos, cuentan que aquí murieron tantos que es imposible saber. Como en Perú con Sendero Luminoso (recuerdo "La hora azul", de Alonso Cueto), como en Colombia con las FARC, como en Ciudad Juárez con los traficantes de droga, como cuentan el paraguayo Roa Bastos, el guatemalteco Asturias, el mexicano Rulfo y tantos otros escritores latinoamericanos, los que pagan son los humildes, los que les da lo mismo la izquierda, el centro o la derecha, porque no tienen tiempo de andar con ideologías, porque sólo les preocupa el abrigo, una cama donde reposar los huesos y el pan de cada de día.
Tardé mucho en llegar a Todos Santos. Fue una vieja combi desde Huehue a Tres Caminos, luego otra más destartalada donde nos amontonamos 22 adultos y 7 niños, y, finalmente y cara al viento, la parte trasera de una camioneta. Durante dos horas nunca paramos de subir. Los Cuchumatanes empiezan de pronto, y las combis caracolean inclinadas a 20 km por hora echando un denso humo negro. En cada curva, como para que los motores descansen, el conductor se detiene, el ayudante abre la puerta corrediza y de algún lado siempre aparece alguien que quiere subir. Regáleme un lugar, vaya atrasito, por favor seño... Y la gente, callada, se aprieta para que quepa alguien más. Sube un viejo con sombrero y altas botas de goma embarradas, baja una mujer que huele a brasero y a campo, da de mamar a su crío una preciosa recién parida, se quedan dormidos hasta los que van parados, un hombre dice Conductor deténgase que tengo que mear. Otra curva, la puerta corrediza. Se bajan tres, suben cinco. Regáleme un lugar, por favor seño... Sin chistar todos se aprietan un poco más.
Desde la cima de los Cuchumatanes se tocan las nubes y el cielo. La tierra arada y sembrada baja en parcelas de colores hasta los ranchos. Ya en la caja de la camioneta atravesamos un meseta, después descendemos hasta Todos Santos. En lo que parece la plaza del pueblo el conductor de la camioneta frena y a manera de despedida dice Servidos señores.
Lo primero que veo es la arquitectura raquítica de Todos Santos rodeada de un paisaje fabuloso. Lo primero que veo es que ha sido día de mercado. Lo primero que veo es hombres vestidos todos iguales. No importa la edad, todos llevan pantalones blancos con rayas rojas, ancha faja de colores, camisa clara con la espalda y el cuello bordados. En la cabeza, un sombrero de paja con una cinta azul, amarilla y roja. Lo primero que pienso es que de alguna extraña manera he atravesado el espacio y he aterrizado en otro mundo. Pienso también y al mismo tiempo que es 24 de diciembre, son las 3 de la tarde y no sé dónde voy a dormir. La mujeres levantan los puestos, los hombres, acostumbrados a la soledad del trabajo en el campo, conversan entre sí con timidez. Alguien me indica una calle y una puerta. Con mi mochila a cuestas esquivo montañas de verdura, atados de leña, bolsas de semillas, cal en trozos, y un hombre -su atuendo perfecto- tirado en el piso, completamente borracho. En el hotel no hay huéspedes salvo, gracias a Dios, dos suizos y un canadiense. Decidimos pasar la Nochebuena juntos. En un almacén compramos cerveza, tortillas, frijoles, queso, semillas de marañón y chocolate. Son las 5 y se hace de noche en Todos Santos, titilan las lucecitas en los campos, el pueblo está desierto, hasta el borracho ha desaparecido. Yo escribo esto y recuerdo; es lo único que tengo, el recuerdo, porque a pesar de lo que me gusta, no saqué ni una sola foto. No fue miedo a una reacción, tampoco el temor de mostrar mi cámara en un lugar tan pobre. Fue la sensación de estar presenciando algo muy íntimo, algo que me producía inmenso pudor, la sensación de estar viendo las vidas de los campesinos de Todos Santos hasta los tuétanos.
Tardé mucho en llegar a Todos Santos. Fue una vieja combi desde Huehue a Tres Caminos, luego otra más destartalada donde nos amontonamos 22 adultos y 7 niños, y, finalmente y cara al viento, la parte trasera de una camioneta. Durante dos horas nunca paramos de subir. Los Cuchumatanes empiezan de pronto, y las combis caracolean inclinadas a 20 km por hora echando un denso humo negro. En cada curva, como para que los motores descansen, el conductor se detiene, el ayudante abre la puerta corrediza y de algún lado siempre aparece alguien que quiere subir. Regáleme un lugar, vaya atrasito, por favor seño... Y la gente, callada, se aprieta para que quepa alguien más. Sube un viejo con sombrero y altas botas de goma embarradas, baja una mujer que huele a brasero y a campo, da de mamar a su crío una preciosa recién parida, se quedan dormidos hasta los que van parados, un hombre dice Conductor deténgase que tengo que mear. Otra curva, la puerta corrediza. Se bajan tres, suben cinco. Regáleme un lugar, por favor seño... Sin chistar todos se aprietan un poco más.
Desde la cima de los Cuchumatanes se tocan las nubes y el cielo. La tierra arada y sembrada baja en parcelas de colores hasta los ranchos. Ya en la caja de la camioneta atravesamos un meseta, después descendemos hasta Todos Santos. En lo que parece la plaza del pueblo el conductor de la camioneta frena y a manera de despedida dice Servidos señores.
Lo primero que veo es la arquitectura raquítica de Todos Santos rodeada de un paisaje fabuloso. Lo primero que veo es que ha sido día de mercado. Lo primero que veo es hombres vestidos todos iguales. No importa la edad, todos llevan pantalones blancos con rayas rojas, ancha faja de colores, camisa clara con la espalda y el cuello bordados. En la cabeza, un sombrero de paja con una cinta azul, amarilla y roja. Lo primero que pienso es que de alguna extraña manera he atravesado el espacio y he aterrizado en otro mundo. Pienso también y al mismo tiempo que es 24 de diciembre, son las 3 de la tarde y no sé dónde voy a dormir. La mujeres levantan los puestos, los hombres, acostumbrados a la soledad del trabajo en el campo, conversan entre sí con timidez. Alguien me indica una calle y una puerta. Con mi mochila a cuestas esquivo montañas de verdura, atados de leña, bolsas de semillas, cal en trozos, y un hombre -su atuendo perfecto- tirado en el piso, completamente borracho. En el hotel no hay huéspedes salvo, gracias a Dios, dos suizos y un canadiense. Decidimos pasar la Nochebuena juntos. En un almacén compramos cerveza, tortillas, frijoles, queso, semillas de marañón y chocolate. Son las 5 y se hace de noche en Todos Santos, titilan las lucecitas en los campos, el pueblo está desierto, hasta el borracho ha desaparecido. Yo escribo esto y recuerdo; es lo único que tengo, el recuerdo, porque a pesar de lo que me gusta, no saqué ni una sola foto. No fue miedo a una reacción, tampoco el temor de mostrar mi cámara en un lugar tan pobre. Fue la sensación de estar presenciando algo muy íntimo, algo que me producía inmenso pudor, la sensación de estar viendo las vidas de los campesinos de Todos Santos hasta los tuétanos.
05/01/12
Los Garífuna, un puñado de sobrevivientes
Como en el Alka, el hotel sobre los ghats de Varanasi, una lagartija habita detrás del espejo del baño de mi choza-habitación. La lagartija india se llamaba Indra y yo sólo veía su estampida verde cuando encendía la luz; a ésta -mucho menos tímida, ya que es Garífuna- la bauticé con el nombre de Celia Cruz. Celia Cruz se mete en su escondite cuando mi presencia es muy evidente, sino anda de lo más campante por toda mi habitación. Mi choza de palos y paja, la luz titilante, la ducha fría y Celia Cruz suceden en Livingston, un puerto perdido sobre el mar Caribe a donde he venido a parar después de dos horas de lancha desde Río Dulce.
Livingston no es lo que una guía de turismo catalogaría como idílico paraíso, es apenas un humilde puerto sobrevolado constantemente por enormes pelícanos donde duermen viejos barcos de hierro y lanchas despintadas. Tampoco el mar es el Caribe de postal: aquí todavía tiene el color que al gran Golfo de Honduras le arroja el río Dulce. El pueblo es un racimo de casitas de tablas de madera remendadas con chapas, paja o cemento. Las gallinas y los pavos conviven con las guaras y los loros; los gatos, con los cerdos y los perros. Todos buscan comida en las veredas, en los muelles, en las cocinas cuando encuentran una puerta entreabierta. La selva late ahí, siempre cercana; llueve finito y luego sale el sol, entonces los olores de la tierra mojada y de la fruta madura invaden las callecitas y huele a papaya y a pescado, a sal, a barro, a humedad y a aceite frito. Por la extrema pobreza, el calor y la costumbre, muchos de los Garífuna andan descalzos. Las mujeres, contrastando enormemente con el recato de las mujeres mayas, bambolean sus carnes bajo la lycra chillona, los ancianos llevan sombreros de paja de copa alta y los jóvenes, con rastas hasta la cintura, usan remeras con la estampa del Che o de Bob, pantalones oversize y boinas con los colores rastafari. En Livingston la corriente eléctrica va y viene cuando quiere y sólo algunas de sus casas tienen agua corriente: para lavar la ropa y asearse hombres y mujeres van al lavadero municipal. El lugar es el sitio más limpio del pueblo: una gran pileta de agua cristalina techada, con pequeños fregaderos individuales donde cada cual se higieniza o hace la colada.
En este lugar tan particular amanecí el 31 de diciembre. Durante la mañana caminé dos horas hasta las Cascadas de Siete Altares, me zambullí en los enormes pozones y dejé que el agua me limpiara el alma. Después regresé a mi habitación-choza, me duché, y a manera de homenaje me puse un vestido blanco, el único que llevo en mi mochila. Me preguntaba cómo festejarían los Garífuna el Año Nuevo, así que al atardecer fui hasta la calle principal del pueblo. Los puestos de comida y artesanías funcionaban como siempre. Las mujeres iban y venían ofreciendo llenarte la cabeza de trencitas, en las veredas se encendían los braseros para hacer tortillas y los pescadores remataban lo que quedaba de la pesca del día. Salvo los tambores que ya calentaban en el local Ubafu, no había vestigio de que esa noche fuera de fiesta, y justamente eso hacía que fuera especial. En la terraza de un restaurante cualquiera me senté a comer un tapado, plato típico hecho con leche de coco, curry y camarones. Y mientras ante mis ojos, en vísperas de Año Nuevo, sucedía la humilde vida cotidiana de los Garífuna, supe que estaba en el lugar correcto. No sabía por qué ni para qué, pero el 2012 debía empezar aquí.
Podría engañarme diciéndome que ansiaba escuchar en vivo la música Garífuna –cosa en un punto muy cierta-, sin embargo sé que vine a Livingston porque me atraen las historias de sobrevivientes: A lo largo del siglo XVII cientos de esclavos huidos de naufragios se refugiaron en la isla de Saint Vincent. Allí se mezclaron con los Arawak, indígenas nativos del mar Caribe, dando origen a una etnia nueva: la de los Caribes Negros, o Garífuna. Famosos por su sangre aguerrida, los Garífuna le hicieron la vida imposible a los colonizadores ingleses, hasta que finalmente fueron vencidos y deportados a la isla de Roatán, en Honduras. Allí muchos murieron de inanición y los que lograron sobrevivir se trasladaron a distintos puntos de las costas caribeñas de Guatemala, Honduras y Belice. En Livingston vive la mayor comunidad Garífuna de Guatemala.
El extraño dialecto de los Garífuna es una mezcla de lenguas africanas, Caribe y francés. También su música, basada en la percusión, es única. Los Garífuna son apenas unos miles, sin embargo, en esta península a donde sólo se llega por agua han creado un universo propio, tan distinto al resto de Guatemala que uno se pregunta si no ha errado el rumbo y ha desembarcado en Barbados o Jamaica. Eso es sólo la primera impresión, en seguida uno se da cuenta de que los Garífuna no se parecen a nadie. Son tan negros carbón como los etíopes o nigerianos, pero notablemente bajos y con tendencia a la gordura. Y a diferencia del pueblo maya, tan sumiso y silencioso, éstos hablan fuerte y gesticulan con vehemencia, como si estuvieran siempre a punto de guerrear. Sin embargo los Garífuna son muy pacíficos, adhieren al rastafarismo e idolatran a Bob Marley. Livingston no es lo que una guía de turismo catalogaría como idílico paraíso, es apenas un humilde puerto sobrevolado constantemente por enormes pelícanos donde duermen viejos barcos de hierro y lanchas despintadas. Tampoco el mar es el Caribe de postal: aquí todavía tiene el color que al gran Golfo de Honduras le arroja el río Dulce. El pueblo es un racimo de casitas de tablas de madera remendadas con chapas, paja o cemento. Las gallinas y los pavos conviven con las guaras y los loros; los gatos, con los cerdos y los perros. Todos buscan comida en las veredas, en los muelles, en las cocinas cuando encuentran una puerta entreabierta. La selva late ahí, siempre cercana; llueve finito y luego sale el sol, entonces los olores de la tierra mojada y de la fruta madura invaden las callecitas y huele a papaya y a pescado, a sal, a barro, a humedad y a aceite frito. Por la extrema pobreza, el calor y la costumbre, muchos de los Garífuna andan descalzos. Las mujeres, contrastando enormemente con el recato de las mujeres mayas, bambolean sus carnes bajo la lycra chillona, los ancianos llevan sombreros de paja de copa alta y los jóvenes, con rastas hasta la cintura, usan remeras con la estampa del Che o de Bob, pantalones oversize y boinas con los colores rastafari. En Livingston la corriente eléctrica va y viene cuando quiere y sólo algunas de sus casas tienen agua corriente: para lavar la ropa y asearse hombres y mujeres van al lavadero municipal. El lugar es el sitio más limpio del pueblo: una gran pileta de agua cristalina techada, con pequeños fregaderos individuales donde cada cual se higieniza o hace la colada.
En este lugar tan particular amanecí el 31 de diciembre. Durante la mañana caminé dos horas hasta las Cascadas de Siete Altares, me zambullí en los enormes pozones y dejé que el agua me limpiara el alma. Después regresé a mi habitación-choza, me duché, y a manera de homenaje me puse un vestido blanco, el único que llevo en mi mochila. Me preguntaba cómo festejarían los Garífuna el Año Nuevo, así que al atardecer fui hasta la calle principal del pueblo. Los puestos de comida y artesanías funcionaban como siempre. Las mujeres iban y venían ofreciendo llenarte la cabeza de trencitas, en las veredas se encendían los braseros para hacer tortillas y los pescadores remataban lo que quedaba de la pesca del día. Salvo los tambores que ya calentaban en el local Ubafu, no había vestigio de que esa noche fuera de fiesta, y justamente eso hacía que fuera especial. En la terraza de un restaurante cualquiera me senté a comer un tapado, plato típico hecho con leche de coco, curry y camarones. Y mientras ante mis ojos, en vísperas de Año Nuevo, sucedía la humilde vida cotidiana de los Garífuna, supe que estaba en el lugar correcto. No sabía por qué ni para qué, pero el 2012 debía empezar aquí.
30/12/11
Tikal, la belleza de la espera
Escuchaba que de los árboles caían pesados goterones pero no
llovía. La senda estaba resbaladiza de barro, raíces, hojarasca y musgo; una
niebla blanca, inmóvil, velaba la tierra y el cielo. Sólo de cerca veía las ceibas
gigantescas, los helechales mojados, las palmeras apretadas, las enredaderas
florecidas, los líquenes que desde lo alto de los árboles aquí cuelgan como barbas de
viejo hasta el suelo. Los últimos sonidos de la noche se mezclaban con los primeros
de la mañana.
Graznaban, silbaban, cantaban, piaban, batían alas pájaros invisibles, pequeños monos agitaban las
ramas, un animal desconocido aullaba y su grito poderoso, como de bicho en
celo, retumbaba en la selva.
26/12/11
Atitlán y los conquistadores silenciosos
Atitlán se ha parecido siempre al paraíso. El enorme lago,
rodeado de volcanes y laderas selváticas donde los indígenas cultivan pequeñas
parcelas de maíz y café, está salpicado de pueblitos a donde sólo se puede
llegar en lancha desde Panajachel, el pueblo con más servicios del lago. Atitlán
está enclavado en Los Altos, una espectacular región montañosa donde la
población es en su gran mayoría maya. El lago parece que tuviera vida propia.
De mañana es pura calma, el sol, el cielo despejado y los volcanes reflejándose
en el agua como si fuera un espejo. A media tarde comienza a soplar el Xocomil,
un viento que arrastra nubes y hace saltar las barcas entre las olas. Los
pueblitos del lago son varios. Mi plan era instalarme en Santa Cruz, en una
choza frente al lago y en medio de la nada, pero mi cuerpo acusó recibo de la
habitación fría y las duchas congeladas de Chichicastenango y decidí quedarme
en Panajachel, tomando Optamox cada 12 horas. La idea resultó perfecta: todas
las mañanas durante 4 días las dediqué a conocer cada recoveco de Atitlán. A
eso de las 2 volvía a Panajachel, almorzaba-cenaba, me bañaba y me metía en la
cama hasta el día siguiente. Fueron 4 días extraños, sol y paseos en lancha a
la mañana, festines culinarios en los restaurantes Árbol de Fuego y Jazmín y 12 horas de sueño. Es bastante
probable que sin mi enfermedad me hubiera ido antes de Atitlán, así que de
alguna manera le estoy agradecida: gracias a mi tos y dolor de garganta conocí
todos los caseríos y pueblos del lago y entendí la conquista silenciosa de los
norteamericanos.
Y de esto se trata este post. La humanidad está buscando
algo que a mí me gusta llamar serenidad. Al menos eso busco yo: serenidad de
espíritu. No sucede en determinadas culturas, a determinada edad o dependiendo
de determinada posición económica: nos pasa a todos. Ya conté que los
estadounidenses han descubierto Guatemala desde hace un tiempo y con la
intención de aprender castellano se pasan aquí largas temporadas, a veces sólo
estudiando, y otras -especialmente la gente joven y con una generosidad loable- haciendo trabajos de voluntariado. Pero en Atitlán la cosa es diferente.
Con la creencia de que este lugar tiene una energía especial, llegaron para
quedarse. Los norteamericanos zen (casi todos retirados) han montado hoteles
–rústicos, acordes con el lugar en donde están- con saunas, clases de yoga,
pabellones de meditación, huertas orgánicas y slow food. Hasta aquí genial. El
tema es su inserción en la
comunidad Tz ’utujil, que vive desde tiempos inmemoriales en
San Juan, Santiago, San Marcos, San Pedro, Jaibalito o Santa Cruz, por sólo
nombrar algunos de los pueblos de Atitlán.
Los Tz’utujil viven, visten, trabajan y hablan como hace una
eternidad. Las mujeres son preciosas: visten huipiles azules bordados, cortes (faldas
largas) y rebozos y llevan cintas de colores en el pelo. Son increíbles
tejedoras, madres tiernas, cocineras maravillosas, incansables trabajadoras.
Los hombres, con pantalones rayados rojos y blancos a la rodilla, camisa, faja
ancha, sombrero de paja y sandalias de cuero, trabajan la tierra, reman en
endebles barcas de madera aunque sople el Xocomil, cargan leña, y de vez en
cuando, para olvidar las penas, se agarran unas terribles borracheras. Todos
ellos, mujeres, hombres y niños hablan cotidianamente en Tz’utujil y usan el
español como segunda lengua.
Durante mis recorridas por el lago, durante mis festines
culinarios en Árbol de Fuego o en Jazmín, fui entendiendo que la mayoría de
los norteamericanos que se han instalado en Atitlán sólo buscan aprender el
suficiente español necesario para pedir algo u ordenar. Han formado un gueto, no
pretenden asimilar nada, aprehender una cultura: son conquistadores, y como
conquistadores, todo el mundo acaba hablándoles en inglés.
Estaba ya harta de sus peroratas (Oh, I found THE place, now
I meditate and play the flute…) cuando me pasó lo siguiente:
Desembarco en San Marcos. Entro en un hotelito cuyas
cabañas, muy rústicas, me parecen una preciosura. Me atiende el dueño, a la
legua norteamericano. Me hago la tonta.
-Buenos días señor.
- Good morning.
-No habla castellano?
-No, I
don´t.
-So I guess
I should speak in English.
-Yes.
-Do you
have availability? May I see a room?
-Lupita!- le dice a una hermosa mujer Tz’utujil que barre el
patio- Show room number 3 to the lady!
No me gustan, no me gustan, nunca me han gustado. En una de
sus increíbles crónicas de viaje, Paul Theroux habla de lo engañoso que es el turismo como fuente de trabajo: los
ingresos económicos mejoran, pero la calidad de vida (sobre todo la de la gente
que sólo puede acceder a los puestos de trabajo más básicos) se deteriora de
una manera irreversible. Lupita ahora no sólo tiene que aprender inglés (¿con
los años olvidará su Tz’utujil?) sino que en vez de tejer maravillas trabaja de mucama. Cuando
me siento mejor, hago mi mochila, tomo un tuc-tuc hasta la calle principal de
Panajachel y me subo en un chicken bus rumbo a Sololá. Desde lo alto miro el
lago por última vez y pienso que de Atitlán recordaré a las tejedoras Tz’utujil
del precioso pueblito de San Juan y los platos increíbles de Árbol de Fuego y
Jazmín. ¡No quiero ver más norteamericanos zen!
Mientras estuve en Atitlán recordé permanentemente a mi queridísima amiga Eva. Eva es española y hace unos 5 años fuimos juntas a Mallorca por primera vez. Yo tenía que escribir un artículo para Audi sobre la espectacular costa Tramuntana y la pasamos increíble, salvo cuando entrábamos en algún hotel que nos gustaba y prácticamente nos echaban porque no hablábamos alemán. Eva estaba desconsolada, decía, cómo es que ha sucedido esto, soy extranjera en mi propio país...
Mientras estuve en Atitlán recordé permanentemente a mi queridísima amiga Eva. Eva es española y hace unos 5 años fuimos juntas a Mallorca por primera vez. Yo tenía que escribir un artículo para Audi sobre la espectacular costa Tramuntana y la pasamos increíble, salvo cuando entrábamos en algún hotel que nos gustaba y prácticamente nos echaban porque no hablábamos alemán. Eva estaba desconsolada, decía, cómo es que ha sucedido esto, soy extranjera en mi propio país...
21/12/11
Chichicastenango: Guatemala profunda
Hacía frío y chorreaba una llovizna finita. No había viento,
sin embargo las nubes descubrían cada tanto un pedacito de cielo. Entonces el
sol hacía brillar los charcos, las paredes mojadas, las cintas de colores de
los tocados de las mujeres quichés.
Chichicastenango está metido en un hueco entre cerros
verdes. Es grande, pero de tan apretado parece pequeño. Entre calles
adoquinadas y muros blancos la gente se arracima en un enorme mercado. Los
domingos y jueves llegan de los alrededores indígenas a surtirse de lo que
necesitan y a vender sus productos, curiosos y muchos turistas, pero lo cierto
es que Chichi tiene alma de mercado todos los días de la semana.
Antigua y su aire de comodidad cosmopolita quedaron atrás, lo supe ni bien
entré en la Posada
Los Arcos : mi habitación estaba helada y olía a humedad.
Bienvenida al viaje, me dije, y salí a caminar las calles con guantes y gorro
de lana. Chichi es difícil de describir. Podría decir que es sucia y pobre, que
es un enorme comedero, que huele a sopa y cilantro, a carne y pollo fritos, que
el aire está continuamente enturbiado por las cenizas del palo santo que se
quema en la plaza, que los perros famélicos hurgan las bolsas de basura, que
jamás en mi vida vi viejos tan viejos, que los niños andan desgreñados y tienen
los piececitos pegoteados de barro. Todo esto es cierto y sin embargo falso.
Nada es sólo lo que se ve, si no más bien lo que se siente. Chichi es hipnótica.
Una y otra vez enfoco y saco la misma foto, me siento en los escalones de la
iglesia a pesar de que decidí irme porque el humo del palo santo me hace arder
los ojos y tengo frío. Basta ya, me digo, sin embargo me quedo. La plaza, la blanca
iglesia de Santo Tomás adornada con banderitas de colores porque llega la
Navidad, los fogones donde espuman grandes cacerolas de latón turquesa, las
mujeres con precioso atuendo quiché haciendo tortillas alrededor de los
braseros, las vendedoras de flores ocupando la escalinata de la iglesia, los
innumerables puestos de ponchos, huipiles y fajas bordadas a mano, los pasadizos
oscuros donde se venden parvas de maní, habas, trigo, maíz, chiles secos, frijoles, nueces…
Todo el día ando perdida en un radio de tres o cuatro
cuadras. Me alejo un poco y llego hasta el cementerio de colores trepado en una
loma, a la vuelta paso por una esquina donde huele a gallinero. Varias mujeres –cada
una con una gallina, un pollo joven, o un gallo amarrado de las patas o dentro
de un canasto- esperan a que un
comprador se fije en sus bien alimentados tesoros. En la plaza me siento en un comedor y tomo un
caldo de verduras con hueso de res. Las mujeres mayas uniformadas con telas
bordadas color añil, sólo permitiéndose diferenciarse una de la otra por lo
llevan en los pies, los hombres con sombreros de ala ancha, camisa rayada,
pantalones de colores y anchas fajas sentados a mi alrededor. Seño yo speak english, Seño
cómpreme, Seño de qué país es, Seño así que le gusta Chichi, Seño cómo es que usted
parece gringa si no lo es…
Chichi se prepara para Navidad pero desde hace tres días y
hasta mañana conmemora sus fiestas patronales. El dueño de la posada me ve
regresar y aunque le digo que tengo frío y estoy cansada me manda nuevamente a la plaza. Seño se perderá los bailes, la misa, los
cohetes. Así que me abrigo más y me vuelvo a ir. En una esquina baila al son
de una marimba un grupo de enmascarados. Son increíbles. Están emplumados
imitando al quetzal, sin embargo llevan máscaras de cortesanos, con bucles y
rizados bigotes empolvados. En la plaza se han encendido las luces aunque el
ritmo continúa febril como si fuera de día. En la escalinata de la iglesia conviven
las floristas con curiosos, familias, borrachos y mendigos. Un par de humildes
indígenas balancean sahumerios de palo santo arrodillados frente a la puerta. Dentro
resuena la música. Por
un segundo dudo: aunque la letra es religiosa el ritmo es de un chachachá. Pero así es, la
iglesia es una fiesta. Globos de colores cuelgan en racimos del techo, los
santos están vestidos con sus mejores ropajes, una gran orquesta hace sonar
marimbas y trompetas. Los fieles, vestidos todos con esmero, han rebalsado los bancos y hay sillas de plástico azul por todos lados. Por momentos la música cesa, el cura habla y la gente aplaude.
Después el chachachá, lleno de amor y esperanza, recomienza en Chichicastenango.
19/12/11
Chicken bus a Chichi
Antigua es una belleza por donde se la mire, por algo ha
sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Tan preciosa es y tan cerca está de
Guatemala City que es un paraíso para muchos viajeros, especialmente
estadounidenses, que se instalan aquí con la buena excusa de aprender
castellano. Esto ha hecho que la ciudad, sin perder del todo su identidad,
tenga cualquier cosa que puedas necesitar y un cierto aire cosmopolita. Lo diré sin
vueltas: Antigua se siente un poco como una postal, y yo necesitaba sentirme de
viaje.
Así que me fui. Las guías –Lonely Planet, Rough Guide, etc.,
etc.- y las agencias de viaje guatemaltecas aconsejan contratar buses privados
para trasladarse de un lado a otro. La razón que dan es que el transporte público es
peligroso (según ellos el país está plagado de bandidos y ladrones) y muy incómodo.
Yo me fui una mañana hasta la terminal y descubrí que ardía de gente –en su
mayoría indígenas- y que había buses que salían cada 10 minutos hacia todos los
destinos posibles. Siempre digo que si
uno hiciese caso a las guías de viaje no viajaría a ningún lado. Escritas en
países del primer mundo, consideran peligroso lo que para una argentina (o
viajero independiente con un poco de experiencia) es normal. Así
como para ir a la India te aconsejan que te des 10 vacunas, para venir a
Guatemala te sugieren que viajes con custodia o -entrelíneas- que vengas armado con un fusil.
Fuck Lonely Planet, me subí en un chicken bus. Mi destino
era Chichi –Chichicastenango-, ciudad cuyo mercado (montado todos los domingos
y jueves) es el más grande de Centroamérica. Los tours organizados llegan el
mismo día del increíble espectáculo, a media mañana. Yo partí un día antes;
quería amanecer allí y tener el mercado desde las 7 hasta las 10 todo para mí. En
la terminal descubrí que los buses guatemaltecos llegan a todos lados, pero nunca en forma directa, si no haciendo varias combinaciones. Para ir a Chichi tuve que ir primero hacia Chimal –
Chimaltenango-, bajarme en El Cruce y ahí sí, tomar el bus a Chichi.
El chicken bus es eso: un gallinero con ruedas. Los famosos
school buses amarillos que en algún momento USA desechó vinieron a parar a
Guatemala y son usados para el transporte público. Casi todos están pintados de
estridentes colores, aunque no es extraño ver un school bus tal cual se los ve en
las pelis norteamericanas transportando indígenas por el medio del campo.
En el gallinero con ruedas hay filas de asientos separadas
por un angosto pasillo central. Los asientos son para dos personas, pero
obligatoriamente (nadie puede ir parado) se deben sentar tres. No importa si
una de las personas lleva un gallo precioso en una jaula, un bulto enorme o una
guagua colgando de la
espalda. El amasijo es fenomenal, pero nadie se queja y todos
viajan de buen humor. El problema es cuando el bus trepa o baja por un camino
sinuoso: en cada curva el bamboleo se asemeja al de la montaña rusa. No hay de
donde agarrarse y los asientos, de liso cuero gastado, son patinosos, así que al
ritmo acelerado del conductor, para la izquierda vamos todos y luego para la
derecha nos caemos todos, mujeres con guaguas, gallos, bultos, niños y ancianos. Lo peor es si te toca sentarte contra el pasillo, medio
trasero apoyadito apenas y el resto en el aire. No sólo acabás en el piso cada
dos por tres (o aplastada en el asiento al otro lado del pasillo), si no que tenés
que lidear con los vendedores ambulantes que suben irremediablemente en cada
parada. Pollofritopollofritopollofrito,
habitasconchilehabitasconchile,
juguitosseñofresquitosjuguitosseñofresquitos,
tortillascalentitastortillascalentitas… eso es lo de menos. Me tocó un
buen tramo del viaje a El Cruce un Testigo de Jehová dando una conferencia sobre
mi cabeza. El hombre se despachó sobre el amor en Navidad y las virtudes de una
crema que cura hongos, granos y alergias, producto que vendió a casi todos los
viajeros del bus.
Fuck Lonely Planet, no le creo nada, aunque en cuanto a la
incomodidad tiene razón. Pero ¿quién me quita lo bailado?
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