23/10/14

Diwali

Delhi, completamente adornada con guirnaldas de flores naranjas, se ha vaciado. Cuando caiga el sol la gente acudirá a los templos a venerar a Lakshmi, la diosa de la prosperidad y la salud, y con velas de manteca, lucecitas de colores y fuegos artificiales la invocarán.

Si en Holi se celebra la llegada de la esperanzadora primavera, y con ella el comienzo de la época de siembra y de mucho trabajo, en Diwali se festeja la llegada del tiempo de cosecha y el descanso que pronto traerá el invierno. Las dos fiestas son las más importantes del calendario hindú, una imposible sin la otra, la siembra y la cosecha, la vida y la muerte, el círculo eterno, Holi en marzo y Diwali en octubre.

Diwali ya se palpaba en pueblos y ciudades desde hacía semanas. Los bazares de Jaipur, en el Rajasthan, estaban más atiborrados que nunca y las calles de Amritsar, en el Punjab, estaban ocupadas por puestos donde se vendía de todo. Y es que en esta fiesta, como en una Nochebuena, la gente regala y recibe regalos.

Me asomo a la ventana de mi hotel y el panorama de la ciudad vacía es fascinante. Entre las altas torres que rodean Connaught Place ya se ven los primeros fuegos artificiales. Sin embargo mi cabeza está en otro lado. Me han contado que en las aldeas y pueblos rurales esta noche las mujeres dejarán las puertas de sus casas abiertas para que Lakshmi entre y las colme de abundancia. Veo las humildes casitas sin luz entre arrozales, las chozas de barro donde en una habitación duerme una familia entera. Veo a las mujeres que envueltas en saris amarillos trabajan de sol a sol en los campos de trigo; las veo ya en sus casas, encendiendo un pequeño fuego. Cocinan dhal y arroz en el suelo. Esta noche darán de comer a sus familias y después de lavar los trastos se quedarán solas. Entonces, con las puertas abiertas a la noche, se irán a dormir pensando que tal vez Lakshmi, esposa de Vishnu, les traiga un poquito de su hermosa e infinita abundancia.

3/10/14

Y entre tantas cosas, una historia de amor

Ensimismada, atrapada por sensaciones sobre las que quería escribir y no podía, desde Allepey, a través de un mar de palmeras, bananeros y cafetales, viajé en un sleeper train a Varkala. Apenas iluminados por débiles luces de neón, los compartimentos tenían las ventanas empañadas y estaban llenos de pasajeros que venían de Mumbai. Llevaban en el tren más de 35 horas, sin embargo se movían al compás del suave traqueteo con total parsimonia, sin demostrar el menor cansancio. Después el cielo se puso violeta y diluvió aunque el monzón ya terminó, después –siempre la ropa, la piel y el pelo húmedos-, caminé bajo el sol otra vez ardiente y velado por la bruma a lo largo de los impresionantes acantilados de Varkala. Pero nada de eso me conmovió, porque yo sólo pensaba en cómo escribir sobre el amor en la lentitud de los trópicos.

Iba perdida, iba a deriva.

Siempre bordeando el mar Arábigo hacia el sur llegué a Trivandum, la capital de Kerala. El tuc-tuc que me llevaba dio muchas vueltas hasta encontrar la guest house donde habia reservado, llamada Varikatt. Rodeada por un jardín antiguo lleno de flores, aunque extrañamente enclaustrada entre altos edificios, la vieja casa tenía un aura de lejanía y misterio, como si perteneciera a otro mundo. Al otro lado del portón me esperaba Mr Roy, un coronel retirado que guerreó en la frontera entre Kashmir y Pakistán y fue herido en Bangladesh. Siempre secundado por su asistente Anil, ex soldado nacido en Haryana, me mostró mi habitación y los salones de la casa, intactos a pesar de sus 150 años. Le dije que Varikatt era una auténtica joya, entonces me invitó con una taza de té y comenzó a contarme una historia de amor.

El tiempo súbitamente detenido en la galería sombreada por esteras, los ventiladores arrullando la mañana, los cuervos, el ruido de la calle más allá del portón de madera. Y la voz melodiosa de Mr Roy, su inglés perfecto y ese encanto innato, irresistible, de los buenos cuentacuentos: “La historia de Varikatt comienza en 1850 en Inglaterra, cuando Miss Bluncket escucha en el Yorkshire Club los relatos de Mr Brown, un tea planter recién llegado de India. Aunque jamás tienen la oportunidad de cruzar una palabra, cuando Mr Brown sorpresivamente regresa a Munnar -una región agreste en las colinas de Kerala-, Miss Bluncket, perdidamente enamorada, decide seguirlo. Entonces compra un pasaje en un barco a vapor cuyo destino final era Kochi, y navega durante seis meses hacia los trópicos…”

La historia de Miss Bluncket y Mr Brown continuó y se encadenó con otras historias. Las noches pasadas en un hoyo cavado en la nieve en la frontera de Ladakh y China, la avanzada de los pakistaníes sobre Kargil, las huellas de un tigre en las selvas de Bengal. Sentada en una vieja silla de rattan, con los codos sobre la mesa de la galería, yo escuchaba fascinada, sabiendo al fin que mi deambular de viajera me había llevado al lugar correcto, que a veces el viaje no es un paisaje, ni una ciudad, sino una sola persona.

No escribí sobre el amor en la lentitud de los trópicos, aunque quizá lo haga algún día. No hizo falta, porque lo imaginé todo el tiempo que pasé en Varikatt. El sur de India es intenso, tremendo. Las lluvias, los relámpagos, los truenos, los cielos, los amaneceres, la música, la bruma, el calor agobiante, los palmerales, los ríos, los arrozales, los cafetales, las siestas largas, los silencios, su lentitud y los sueños. Así debe ser el amor.

27/9/14

La lentitud de los trópicos

El sol ardiente desde que amanece siempre velado por la bruma, el calor que nunca cesa, el olor del mar y de las lagunas y los ríos que rodean a Alleppey. Una brisa milagrosa mueve apenas las copas de los viejos árboles del jardín y se mete por las puertas abiertas de la centenaria y tan preciosa casa donde vivo. Dan a los cuatro puntos cardinales, así que durante un instante, al comedor, donde escribo, llega un suave remolino. Pero salgo y el aire tórrido moja mi piel, mi pelo y mi ropa. En canoa ayer me interné por infinitos campos de arroz bordeados por palmeras, y el ritmo con que remaba Chercan, el botero, y el sonido acompasado del remo en el agua oscura, y la calma, y el reflejo y la humedad que venían de los canales y del cielo me adormecieron. Entonces pensé: La lentitud de los trópicos.
La lentitud en el sur de India, como una lluvia invisible, empapa todas las cosas. Su cadencia se hace sentir en los llamados de las mezquitas, sorpresivamente impregnados de una dulzura infinita, y en los bellísimos cánticos siríacos tradicionales que por las tardes se entonan en las iglesias sirio – ortodoxas. También habita en esta casa construida hace cien años por un médico ayurveda. Mr Joseph, el encargado, me cuenta su historia y la de Alleppey muy pausadamente y bajito; Krishnan, el camarero, dice good morning y good evening como si recitara una poesía; las tres mujeres encargadas de la limpieza - saris de colores, piel oscura, diminutos pendientes de oro, el pelo retinto recogido en la nuca- aparecen y desaparecen sin que las escuche, porque van descalzas y limpian el polvo del piso con escobitas de plumas. La lentitud es silenciosa. Y sensual. Viéndolas, un día, me pareció que al caminar sus saris bailaban un levísimo baile. Entonces me pregunté cómo será el amor aquí. El amor con tiempo, sin tiempo, el amor lento.

23/9/14

India al sur



Los cuervos me despiertan a la mañana; los cuervos y una tenue brisa que viene del mar. A los cuervos le siguen otros pájaros y, un rato después, una música melodiosa y antigua que llega desde algún lugar de Kochi. Duermo como una niña en el bungalow de madera de Mr Walton. Mi cuarto tiene las ventanas cubiertas por mosquiteros, los pisos de listones anchos y olor a limón. Cuando a la noche comienzo a dormirme, cansada por el calor húmedo del día y mecida por el silencio y el run-run de las aspas del ventilador, ya sé que voy a soñar hasta que me despierten los cuervos, ya sé que hasta que no escuche sus graznidos estaré viajando por tierras aún más lejanas de las que estoy. Aunque no recuerde nada, siempre sueño bello. Por eso, cuando entre las seis y media y las siete oigo a los cuervos me despierto feliz.

Kochi está sobre el Mar Arábigo, en el estado de Kerala, en el extremo sudeste de India. Como el resto de los estados del sur de India, Kerala parece de otro mundo, o al menos, otra India. Aquí no se habla hindi sino malayalam, el cristianismo sirio - ortodoxo está tan o más presente que el hinduismo y el islam, y el aire no huele a curry, cosa curiosa, sino a cardamomo y vainilla, a pimienta negra y canela, a coco, gengibre y clavo de olor. Kochi es pequeñito y dueño de una fabulosa historia colonialista. Durante siglos, mercaderes chinos, judíos, holandeses, portugueses e ingleses dejaron huellas en la arquitectura y en las costumbres de la gente. Sombreadas por enormes palmeras y árboles de tamaño extraordinario, las calles son angostas y tranquilas. Las casas tienen tejas portuguesas y están pintadas de colores estridentes. Hay iglesias por doquier -Santa Cruz, St. Francis, St. Xavier-, palacios de estilo holandés, grandes mansiones inglesas, y sugestivos cementerios de distintos credos mirando al mar. Unas enormes redes chinas, que se bajan y se levantan manualmente mediante un sistema antiquísimo de poleas, todavía son usadas por los pescadores al amanecer y al atardecer. Los hombres –incluso los sacerdotes cristianos- usan longhis que aquí se llaman mundus; las mujeres, aunque vayan a la iglesia, usan saris con el vientre al descubierto.
India que no es India pero es tan India, India que era tan mía y ahora se me agranda corriéndome las fronteras… Sueño toda la noche hasta que graznan los cuervos. Sueño bello y también siento. Todo lo que veo, todo lo que escucho, todo lo que saboreo, todo lo que huelo, todo nuevo. Y de todo eso que respiro tal vez lo que más recuerdo -no sé por qué, no sé por qué- es la sinagoga de Mattancherry, el viejo barrio judío. Absolutamente hermosa, tan preciosa y silenciosa como la que hace muy poco descubrí en el mellah en ruinas de Essaouira, en Marruecos, la sentí llena de pequeñas y grandes historias de vidas. Anónimas ya todas ellas, pero tangibles entre las cuatro inmaculadas paredes blancas.

31/8/14

Senegaleses en Tánger

Salgo a caminar por Tánger y ya sé dónde me llevará mi deambular. Me distraigo con itinerarios nuevos, bordeo el mar desde lo alto de la Kasbah, tomo té de menta en el Café Hafa, bajo al Grand Souk, me pierdo en el Petit Souk. Y justo ahí, en la placita rodeada de nostálgicos cafés de arquitectura francesa donde los marroquíes se sientan a ver la vida pasar, me desvío y me voy por una callecita estrecha, un tanto oscura y desolada.
Descubrí la rue Mokhtar Ahardan hace dos o tres viajes a Tánger. Fue una tarde en que distraída erré el camino y me sumergí en otro mundo, un mundo marginal a metros de una de las zonas más tradicionales de Tánger. La calle está salpicada de casonas y hoteles otrora lujosos devenidos en pensiones de mala muerte. También hay pequeños sucuchos de barberos y restaurantes donde sólo entran hombres. Me di cuenta en seguida de que la calle era zona de inmigrantes subsaharianos. Aquí en Tánger siempre ha habido miles, generalmente acampando fuera de la ciudad a la espera de una patera que los cruce al otro lado del estrecho, hacia los que ellos creen que es la felicidad. Sin embargo, y posiblemente ante la desesperación de una espera que jamás acaba, han avanzado poco a poco a la ciudad, formando un pequeño gueto en un rincón de la medina. Humildes, callados, los subsaharianos de la rue Mokhtar Ahardan son sobre todo senegaleses. Se los distingue por su hermosa negrura, su vestir colorido, sus bellas mujeres de escotes generosos y sonrisa enorme. En mi último viaje a Tanger descubrí que en un espacio diminuto habían abierto un restaunte senegalés. Cuatro mesas comunitarias, manteles de plástico de colores, vajilla de plástico descartable, la cocina a la vista de todos. Pasé varias veces, miré todo lo que pude, me pregunté si podría entrar y me juré que volvería.
Lo dije: hoy deambulé hasta que mi alma no pudo más y me llevó a rastras a la Rue Mokhtar Ahardan. En el restaurante senegalés había tres mujeres, varios niñitos y cuatro hombres. Pregunté si podía entrar. Me preguntaron si era alemana o algo así y les dije que tenía el pelo rubio porque descendía de inmigrantes italianos que habían cruzado el mar hacia América en busca de una mejor vida. Entonces me dijeron que sí, y como mi francés es deplorable, entablé una conversación en italiano con Matar, un senegalés que pasó una larga temporada trabajando en el puerto de Génova. Me convidaron café. Me dieron a probar un plato típico llamado Thiebou Dyenn. Con los codos apoyados sobre la mesa, una mujer con un bebe en el regazo contó a Matar, para que me tradujera, que en Marruecos los segregaban. Somos negros, las mujeres no usamos velo, nos vestimos de colores, usamos ropa ajustada y nos gusta bailar. Le pregunté a la mujer si era feliz, y me dijo que por más que su marido tenía trabajo, aquí no se atrevía a sonreír.
Hablé largo y tendido con Matar. Su visión de la necesaria mezcla de sangres para el bien de la humanidad me pareció conmovedora. No hay nada como la diversidad para entender al otro, me dijo. Más allá de lo que creamos, más allá de cómo hayamos elegido vivir, si somos diversos, si hemos aprehendido diferentes culturas, filosofías, religiones y modos de vida, es natural entender y aceptar que el otro es distinto. Con su sencilla camisa roja y amarilla, su pantalón estampado y su viejo sombrerito de paja, Matar me miró e intuyendo que lo entendía, terminó: así es María, Europa y las grandes potencias miran de una sola manera, están aferrados a lo antiguo, pero no podrán detenerlo. El futuro ya es China, ya es India y ya es África.

13/12/13

La volanta azul (mi primer relato de viaje, 1992)

Recuerdo que hacía mucho, mucho frío. No encuentro en mi memoria otra mañana tan fría, tan intensamente blanca. El campo demoraba en sacudirse la manta de escarcha que lo cubría y los pájaros esperaban a que el sol calentara el aire para salir de sus nidos. Era una mañana transparente y profundamente quieta, de domingo de invierno. Recuerdo, casi lo escucho, el rechinar de las ruedas de la volanta sobre ese fondo de silencio. Trac-trac-trac... y las huellas eran dos cintas en el polvo húmedo del camino. ¿Cómo no acordarme de esa mañana? ¿Cómo no recordar aquel aire seco y duro que me hacía arder la nariz y entrecerrar los ojos? No me he olvidado de nada, no se ha borrado ni el más mínimo detalle... El vapor que exhalaba la yegua mora, su trote corto, que retumbaba solísimo entre los eucaliptus, la pura felicidad en nuestras caras heladas... Era que al fin, después de haber trabajado tanto, de haberlo soñado durante tardes enteras, estábamos en la volanta camino a La Cautiva.
La idea de arreglar la volanta se le había ocurrido a Miguel cuando la vio junto a otros cachivaches que había heredado papá no sé de quién. Estaba en un estado lamentable, viejísima, casi inservible. Pero era una novedad, una variación para nuestros galopes de siempre. Enseguida Miguel se puso a explicar cómo restaurarla  -unas tablas acá, tornillos allá, un poco de pintura- y nosotros, que mientras Miguel hablaba imaginamos la transformación, pensamos en un gran viaje, un viaje largo, hasta La Cautiva, y no pudimos quedarnos ya tranquilos pensando en la sorpresa de nuestros primos al vernos llegar en la volanta magnífica.
Habíamos trabajado todas las tardes desde fines del verano. Al principio teníamos todo el tiempo del mundo, pero en marzo volvimos a la escuela y apenas nos quedaban unas horas libres para encerrarnos en el galpón y dedicarnos a la volanta. Con el correr de los días, Santiago, que como todo hermano mayor era el más responsable, había tomado la dirección de los trabajos. Él y Miguel hacían las tareas más pesadas, pero que a mí me parecían las más divertidas: clavar, serruchar, encolar. Clarita y yo éramos las encargadas de ir y venir llevando y trayendo herramientas, y en honor a la verdad, a veces nos aburríamos bastante. Pero resignadas al privilegio de nuestros hermanos varones que podían ensuciarse con grasa o arruinarse la ropa con pintura, nos sentábamos a mirar pensando en el viaje, en la cara que pondrían nuestros primos al vernos llegar.
No recuerdo que hayamos pasado una tarde después de la escuela fuera del galpón, ni siquiera cuando los días se acortaron y empezó a hacer frío. Por aquel entonces, la volanta había vuelto a tener forma de volanta. Emparchada aquí y allá, la contemplábamos con ojo crítico desde distintos ángulos. A veces sentados sobre bolsas de semillas, otras parados sobre los fierros de los tractores, nosotros la juzgábamos dignísima. Clarita y yo, viendo que ya no faltaba tanto para que estuviera lista, repasábamos por enésima vez lo que llevaríamos en nuestro viaje. Habíamos decidido recubrir los asientos de la volanta con dos o tres peleras para hacerlos más mullidos, y en vista de que ya habían caído las primeras heladas fuertes, nos habíamos ingeniado para juntar cuanta cosa nos pudiéramos echar encima. Teníamos, como si nos fuéramos al Polo, ponchos para taparnos las piernas, guantes de lana y cuero, bufandas, gorros y sombreros y unos gabanes de la época de mi abuela medio apolillados que creíamos que abrigarían más que nuestras camperas de nylon. Fue un día de lluvia cuando votamos el color que le daríamos como toque final y por tres a uno se descartó el verde y se pintó de azul.
¿Qué diré de la última noche antes del viaje? La imagen se filtra en mi memoria como se filtraba la pálida luz de la escalera en nuestros dormitorios oscuros. Recuerdo las conversaciones de cuarto a cuarto, a los varones, que pretendían dormirse como si nada y a nosotras, dando vueltas y más vueltas en nuestras camas. Me llega en susurros la voz de Clarita: “...no puedo dormirme Ana... no puedo dormirme...”

Cuando nos levantamos todavía era de noche. El campo estaba sumido en el misterioso silencio que precede a la madrugada. Ya no chillaban las lechuzas y todavía no gritaban los teros. Afuera estaba helando, lo supimos porque el cielo era un pozo negro lleno de estrellas y el aire estaba quieto, congelado. A través de los vidrios empañados espío la cocina humeante. Intuyo el olor de las tostadas calientes y alcanzo a vernos. Ya listos, con los gorros y los gabanes puestos tomamos apurados el café con leche. Santiago parece más grande, Miguel está hecho un payaso, Clarita se pierde entre tanto abrigo y yo... yo era feliz.

Recuerdo que hacía mucho, mucho frío. No encuentro en mi memoria otra mañana tan fría, tan intensamente blanca. Abriendo el silencio con un surco profundo, el trac-trac-trac de la volanta parecía querer despertar al día. La yegua mora resoplaba bajito y su trote corto se perdía entre los eucaliptus. Santiago, Miguel, Clarita y yo nos apretujábamos debajo de los ponchos y soplábamos aliento caliente sobre las bufandas que cubrían nuestras bocas. El sol manchaba de naranja el Este y, enorme, comenzaba a subir por el cielo. Rumbeábamos por el camino que bordeaba las chacras, y sin movernos, apenas mirando aquí y allá, nos parecía descubrir paisajes nuevos. Era domingo, y en lo Donati se preparaban para carnear un cordero. Más allá, en lo de Tomé, la jauría de galgos cazadores todavía dormía y la vaca de Don Pedro mugía llamándolo. En la entrada de La Angelita nos cruzamos con el Chueco Re, gran domador. Era día de doma en Los Baguales y venía engalanado, más erguido que nunca en su tordillo oscuro. Nos saludó con un gesto y balbuceó un buenos días, y siguió al tranco, imponente, hasta que lo perdimos de vista en una vuelta del camino. De a poco, sin darnos cuenta, se fue poblando la mañana. La gente se preparaba para dominguear y nosotros y nuestra volanta eran motivo para la charla lenta, con frases que se perdían en el aire: “...Pero si son los chicos de Don Eloy... y andan solos... y el carro ése, es una volanta. ‘Ta linda...”
Desde el mediodía no prestamos más atención a lo que nos rodeaba. Ni siquiera nos distrajo un charco con cinco o seis flamencos o un tren que silbó a lo lejos. Sabíamos que allá adelante, muy cerca, estaba La Cautiva y esforzando la vista buscábamos ansiosos los primeros puestos, los galpones, el monte que de lejos parecía una gran ballena. Clarita ya no podía controlar su impaciencia y saltaba en la parte de atrás de la volanta. A cada rato preguntaba cuánto faltaba...
-¿Cuánto falta Ana? ¿Falta mucho Santiago?
-Un poco más Clarita, sólo un poco más...
De pronto Miguel apuntó hacia una arboleda lejana.
-¿No es aquél el monte?
-No, todavía no...
-Me parece que sí... ¡Sí!... ¡Ésa es La Cautiva! ¡Ya llegamos, ya llegamos! Vamos yegüita mora, vamos, vamos...

Los tilos de la entrada le cerraron el paso al sol. Mudos de emoción y con los corazones al galope, recorrimos la avenida sombría. Al fondo, el parque antiguo de La Cautiva resplandecía entre el verde del pasto de invierno y las rosas tardías. Lejos, bajo los árboles desnudos, montones de hojas secas se quemaban despacio cargando el aire con olor a fogata y el silencio era más silencio porque arrullaban las palomas. Nuestros primos, que jugaban en la galería de la casa, sintieron el trac-trac-trac de la volanta y corrieron a ver quién venía. Recuerdo, imposible olvidarlo, la sorpresa de sus caras. Boquiabiertos, asombrados, no podían dejar de mirarnos. En mi memoria resuenan sus gritos como aquel día: “¡Son los Eloy! ¡Son los Eloy! ¡Vengan todos! ¡Vienen en una volanta! ¡En una volanta azul! ¡Una volanta azul!

30/6/13

Treinta años

Estabas vestida de hada y me peinabas. Hablabas sola, me deshacías la madeja de mi melena, me hacías peinados imposibles. Yo leía Crimen y Castigo, lo sé porque jamás olvidaré mi tamborilear sobre las tapas de ese libro. Crimen y Castigo sonaba como ningún otro libro y olía a chocolate.
Una cuchara de madera como varita mágica, un vestido mío que arrastrabas por el piso, la boca pintada a la perfección con uno de mis lápices de labios, convertías las tardes en fabulosos cuentos. Tus personajes vivían dentro del ropero de tu cuarto. Lo abrías y todos se desperdigaban por la casa. Subían las escaleras, se metían en la despensa o se escondían en el baño. Vos los buscabas, les hablabas, les dabas lecciones, los retabas y me peinabas.
Esas tardes en el campo eran maravillosas. Después del almuerzo tu hermano se iba al colegio con su delantal blanco y nos quedábamos solas. La chimenea prendida, el silencio del invierno, yo leía recostada en el sofá debajo del ventanal del living. Vos me peinabas con cuidado, me decías: ¿así de despacito está bien, mamá? Yo asentía mientras leía, y de pronto desaparecías con tu cuchara de madera - varita mágica dejándome toda despeinada. Por un rato largo deambulabas por la casa; desde el sofá te oía hablar con tus amigos habitantes de tu ropero. Después volvías, dejabas la varita mágica, y disfrazada de hada -tus labios rojos, un vestido mío arrastrando por el piso-, me peinabas.

22/6/13

SerViajeraFotos: Those eyes



Sus ojos en los míos, mis ojos en sus ojos. No pregunto, no dicen ni una palabra, y sin embargo, con sus miradas, me cuentan sus vidas, sus penas y alegrías, sus sueños.

Hacé click en "Those eyes" para ver las fotos en alta definición y pantalla completa directamente en Vimeo.

8/6/13

SerViajeraFotos: Nómadas


No existe la nada. Ahí donde uno cree que se termina todo, un mundo comienza. Con poco, bien poco, casi nada, los nómadas bereberes viven en tierras resecas, rodeados de montañas de piedras negras y enormes dunas de arena. Atesoran el agua que a pie o en burro buscan en algún pozo lejano, viven en jaimas que arman y desarman en unas horas, se guían por el sol, el viento, y las estrellas. Comen lo justo y necesario, poseen manadas de dromedarios y cabras y hacen del té la más bella de las ceremonias.
(Esta serie de fotos fue tomada durante la filmación de un documental en los confines de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia).

Hacé click sobre la imagen para acceder a la galería de imágenes.

24/3/13

Cosas mágicas

Hay dos personas en esta Tierra a las que quiero más que a mí misma. Una es un varón a quien yo llamo mi sun en vez de son porque como sea y desde donde sea me ilumina. La otra es una luna perlada en el cielo oscuro. La luna ha viajado conmigo incontables veces; nos hemos reído mucho y nos hemos, también (ella mucho más que yo), padecido. Mi primer viaje a India lo hice con ella-la luna, y ahora que estoy nuevamente aquí la recuerdo más que nunca. Es como si ese viaje hubiera sido hace una eternidad y al mismo tiempo ayer. Las dos hemos cambiado; yo soy una mujer-madre que se encamina hacia la tercera etapa de la vida y ella es una mujer-hija que sólo de vez en cuándo se permite, conmigo y a solas, ser por un rato una niña.

Hace tres días recibí un mensaje suyo. En él me decía que no me olvidara de llevarle esas cosas que tanto le gustan a la luna. Piedras extrañas, maderas lavadas por los ríos, trocitos de corteza de árboles, musgos secos, hojitas de plantas exóticas, agua del sagrado Ganges, fósiles si hubiera. En fin, terminaba el mensaje cortito y conciso, vos sabés, cosas mágicas.

Cosas mágicas; hubiera sido más fácil que me pidiera una pashmina. Pero yo doy la vida por mi sol y mi luna, así que desde hace tres días sólo pienso en hallar maravillas de ésas que tanto ansía la luna.

Y lo que ha sucedido es notable. Buscando eso que la sorprenda y la haga feliz encuentro cosas mágicas en todas partes. No sólo lo que he hallado hurgando durante horas en los bazares y a orillas del Yamuna o el Ganges. Me refiero al aire, a los olores, al viento, a los sonidos, a las campanas de los templos, al graznido de los cuervos, al chillido de los monos, al sol reverberando sobre los palacios carcomidos de Benares, a las pujas encendidas navegando a la deriva por el río, al traqueteo del tren que me adormece, al sabor de la comida, al silencio al que me entrego durante horas, al viajar sin tiempo, al no saber a dónde iré mañana, cuántos días me quedaré aquí, cuántos allá.

Cosas mágicas, todo es magia. Estoy a orillas del Ganges, al norte de Benares, a pocos kilómetros de su nacimiento. En mi primer viaje estuve aquí con la luna. No sé si fue el recuerdo, tal vez no, probablemente no, tal vez sólo la magia; pero esta mañana cuando atravesé el puente sobre el río me puse a llorar y no pude parar. El Ganges corría rápido, limpio y transparente, el viento agitaba las campanas de los templos y los árboles en las montañas relucían un verde nuevo.

Cosas mágicas ma, vos sabés.

El sol y la luna me dicen ma.

20/3/13

La noche en Varanasi

Perdida por el viejo bazar, busco el arco que me lleva hacia la calle principal. A esta hora de la tarde las estrechas galis están tan llenas de gente que es imposible caminar. Los templos están abarrotados, las calles están más sucias que nunca, huele a incienso y a especias, a basura y agua de rosas. Las mujeres eligen telas para un sari nuevo, compran pulseras y se decoran las manos con henna; los hombres se afeitan en los sucuchos de los barberos, mascan betel y escupen saliva roja en cualquier lado. Los puestos de chai no dan abasto, tampoco los que venden dulces con sabor a leche. Entre la multitud hay puñados de niños que corretean tras los extranjeros pidiendo monedas, perros famélicos, sadhus esperando limosnas, enormes toros y vacas, hombres empujando bicicletas cargadas con bultos y mercancías, soldados con enormes y vetustas escopetas al hombro que custodian el Vishwanath Temple. Salgo por el arco a la Main Road y la marea humana que camina hacia el Ganges es abrumadora. Me confundo con ellos, voy a la par de un grupo de mujeres con la cabeza rasurada, sadhus con tocados increíbles, hombres desnudos cubiertos enteramente con ceniza. En Dasaswamedh veo el río, respiro. El Ganges fluye gris, lento, al compás de la vida y de la muerte, que aquí en Varanasi son una sola cosa. La gente espera paciente a que empiece el Ganga Aarti, la ceremonia que todos los días se realiza en honor al sagrado Ganga. Se escuchan los primeros cánticos, el graznido de los cuervos, los motores cansados de las lanchas que van y vienen cargadas de personas. Desde Manikarnika, el ghat donde continuamente se creman muertos, el humo caracolea hacia el cielo. Oscurece. Ya se ven pujas flotando en río. Pronto Varanasi será una ciudad sin estrellas, medio gris medio azul, iluminada sólo por mil lucecitas que a la deriva y lentamente se lleva el río.

12/3/13

Madrugada en Pushkar

Son las cuatro y veinte de la mañana y me han despertado los gorriones. En la oscuridad de mi habitación, todavía medio dormida, recuerdo momentos de mi vida. El piar de los gorriones era cosa de todos los días. También los zorzales del verano. Viajar tiene esto: vivo todo por primera vez y al mismo tiempo rememoro. Por eso este estado tan particular, este especie de mareo continuo, este estar despierta al límite del sueño, este dormirme y soñar y volver a despertar entregada a tanta cosa que veo huelo escucho en este momento, o no sé si recuerdo.

Pushkar está lleno de gorriones. Aquí cantan desde los huecos de las enredaderas que trepan por el patio de la centenaria haveli donde vivo. Una haveli es una típica casa india, con paredes decoradas con preciosas pinturas, pesadas puertas de madera, enormes aldabas de bronce, patios y recovecos llenos de plantas y sillones-hamacas que cuelgan del techo donde recostarse a hacer nada. Como otras veces en que creí que había encontrado un nido perfecto, ni bien llegué decidí que me quedaría a vivir aquí. Me enamoré del patio, de las escaleritas de hierro que suben a mi cuarto, del candado a modo de cerradura, de los pisos de mármol, de la cama enorme con respaldo de madera, del techo abovedado con desteñidas pinturas de flores, de las frescas rosas granate que desde un viejo florero impregnan el aire con su perfume. Fui feliz, ah, y recordé todos esos lugares mágicos donde creí que me quedaría para siempre. Claro que ya me conozco; sé que éste será uno más: lo devoraré con mi sentidos, lo atesoraré en mi memoria y me iré.

Pero todavía estoy aquí, los gorriones siguen piando y no ha amanecido. Me pregunto cuando escucharé los primeros cánticos de lo templos de la minúscula ciudad. Son más de 400, algunos muy antiguos e impresionantes, otros más nuevos y humildes.

De un azul desteñido, escondido entre montañas bajas y arremolinado sobre un lago sagrado creado por Brahma, Pushkar es un hipnótico pueblo-santuario a donde llegan todos los días cientos de peregrinos hindúes. Una sola calle convertida en interminable bazar es el eje de la ciudad. Por allí circulan peregrinos con taparrabos blancos y enormes turbantes rojos, vacas sagradas, hippies de ojos azules, motos y hermosas mujeres Rajasthanis con espectaculares saris llenos de brillos. Una cuadra más allá, sobre el lago, el mundo cambia. A lo largo de 52 ghats los devotos se bañan, hacen ofrendas, oran, encienden velitas y palitos de incienso. Esto sucede durante todo el día: el agua que baña los ghats refleja los increíbles colores de los saris de las mujeres, la piel oscura de los hombres, los cuerpos magros de los sadhus. A la tarde, cuando el sol dora el agua quieta y los ghats se vacían, comienza el ritual de la música. Entonces a orillas del lago santo resuenan tambores.

Han dejado de piar los gorriones y escucho el zureo de palomas. Suenan lejanas las primeras campanitas de un templo. Son las 6 de la mañana, comienza el día.


2/3/13

Vos que no estás


Cómo me cuesta mi corazón vacío,
no pensar en él, 
él un rostro, él un abrazo, él vos, ése a quien tanto deseo.
Independiente, sola, el mundo en mi mano, pero sin vos no respiro.
Dónde estás boca sobre mi boca, dónde estás beso que quema,
dónde nuestro silencio, nuestra risa, nuestra mirada.
Me duele el cuerpo de no tenerte, me marchito, se me secan las manos; me muero.
Dónde estás que te quiero, dónde piel sobre piel, dónde latido sobre latido.
Piernas enredadas, dedos entrelazados, tu aliento dormido en mi espalda,
no sé quién sos, tampoco te adivino. 
Sin embargo te recuerdo como si estuvieras a mi lado, 
ahora, en este exacto momento. 
Y te ansío.

26/12/12

En bus hacia la tierra de los 3300 templos

La manzana y las dos bananas que me dio la dulce Mama para el long journey, zapatillas en vez de ojotas y buzo y campera porque leí que los buses de Myanmar son como los colombianos: una heladera. La terminal de Yangon es un barrial pero el bus que hace la ruta a Bagan es de una modernidad sin igual. No sólo tiene asientos mullidos y reclinables sino que una azafata con un conjunto de longyi y blusa plateado cuida por el bienestar de lo pasajeros. Cómo me gusta esto, un asiento cómodo, una gran ventana por donde mirar y la expectativa de horas de no hacer nada.
Yangon desaparece y lo que se ve es campo verde y raso, sólo plantaciones de papa y alfalfa, y, cerca de los ríos, parcelas de arroz. Las primeras horas transcurren por la expressway que une Yangon con Mandalay, una carretera de cuatro carriles construida por los militares con peajes cada dos por tres. La expressway está vacía: resulta tan cara que nadie la usa, salvo los buses y los modernos autos, siempre oscuros, de los militares o de la elite -pequeña, pero muy rica- allegada a ellos. La carretera desierta, el saber que gran parte de ella fue construida manualmente por hombres condenados a trabajos forzados, el entorno sin pueblos ni casas, me dan la sensación de que viajo por la ex URSS, o por el país imaginario donde Orwell situó 1984. Es increíble que una carretera pueda impresionarme tanto, pero es así; más adelante, cuando piense en esta desolada cinta gris, en vez de parecerme un símbolo de modernidad, me parecerá el símbolo de un país desde hace décadas oprimido donde en vez de pensar en sus habitantes el gobierno gasta millones de dólares en una expressway que apenas se usa.

Todo cambia cuando nos desviamos en Meiktila hacia Bagan. El camino se estrecha, aparecen casas de madera sombreadas por árboles de flores rojas y enhiestas palmeras. En el campo trabajan a mano hombres y mujeres; veo carros tirados por enormes cebúes blancos, niños volviendo de la escuela. Ahora voy con la frente pegada al vidrio, fascinada. A la altura de un aldea muy humilde quedamos detenidos. En medio de la ruta se contorsiona un toro negro hecho de tela mientras 5 chicos y chicas tocan los platillos. Plim plim plim, y el toro negro (un chico subido sobre los hombros de otro, uno más simulando ser el lomo y las patas bajo el disfraz) baila que te baila. Cinco minutos después varios de ellos suben al bus a pedir monedas por la función. Mingala-ba, kiats? 
En el paisaje empiezan a aparecer templos. Lejos en un maizal, a orillas de un arroyo, al costado de un pueblo, en medio de los surcos abiertos. Son distintos a los templos dorados de Yangon, éstos están construidos con ladrillos y algunos tienen el techo redondeado pintado de blanco. La sensación es que la ciudad ha quedado lejos, que estoy en otro Myanmar. Durante la última parada antes de llegar a Bagan descubro algo que será el mayor de los manjares durante mis futuros viajes en bus: las enormes patas y muslos de pollo asado que las mujeres venden alrededor de los micros. El pollo está tibio, recién salido del horno y su carne es tan dura que parece de vaca. Lo como con las manos a la vera del camino mientras mis compañeros de viaje comen los sempiternos noodles. Durante el resto del trayecto la gente que viene desde Yangon comienza a bajar y suben campesinos. Con sus longyis gastados, muchos descalzos, acarrean bultos y herramientas para labrar la tierra. También suben maestras que acaban de terminar su trabajo, preciosas con sus uniformes verdiblancos.
Después de 7 horas de viaje, cuando ya el cielo está oscurecido, llegamos a la terminal de Nyaung U, el pueblito más importante de la gran zona que ocupa la antigua Bagan. Recuerdo esto: me bajé del bus y olí el perfume de una flor desconocida. Se escuchaba la tenue brisa entre las ramas de unos altísimos árboles que después supe eran tamarindos, se escuchaban grillos y el sonido precioso del rodar de las bicicletas. Hacía calor, un calor seco, tan distinto al de Yangon. Se me acercó el conductor de un rickshaw muy pequeñito, le dije que iría caminando hasta mi guest house y se rió. ¿Es lejos? le pregunté yo. Twenty minutes contestó. Así que me senté en la sillita de su rickshaw, el hombre ató mi mochila atrás de su asiento y partimos. En la noche silenciosa y perfumada escuchaba su respiración y el chirrido que hacía su vieja bicicleta.
Me dije, esto me va a gustar tanto que me voy a quedar aquí quién sabe hasta cuándo. Y así fue, me quedé mucho tiempo en Bagan.

21/11/12

Shwedagon Paya, Mama y Aung San Suu Kyi

Deambulo por Yangon desde hace tres días y ya sé que hay cosas que serán una constante mientras esté en Myanmar: el día empezará antes de las 6 de la mañana y acabará a las 6 de la tarde, me servirán fried noodles para el desayuno, será difícil comunicarme con la gente porque casi nadie habla inglés, no podré saber dónde estoy porque todas las indicaciones (de lo que sea) están escritas sólo en birmano. A esto hay que sumarle que internet funciona poco y nada, que nadie me cambiará algunos de los dólares que traje porque tienen una leve marca o doblez o están invisiblemente gastados, que el almuerzo y cena estarán eternamente basados en tamin (arroz) hervido y me dejarán siempre un decepcionante sabor a poco. En Myanmar no existe el pan o algo que lo reemplace (como el chapati y el naan indios) y el chocolate -que tanta felicidad me produce- no es fácil de conseguir. Tampoco es fácil compartir experiencias e información con otros viajeros, simplemente porque hay muy pocos (y mucho menos viajando en solitario); esto hace que recuerde constantemente que mientras Tailandia recibe 14 millones de turistas al año, Myanmar sólo recibe 300 mil. Aunque no tomo esto muy en cuenta, ya que cuando viajo puedo permanecer días en silencio, reconozco que es precioso tenerla a Mama, con quien charlo, intentando entender su rudimentario inglés, mientras tomo el café instantáneo de la mañana y antes de irme a la cama. You María what you do today, where you go today. 

-Hace tanto calor Mama, en su Rangoon parece que llovieran gotas de sol. Hoy pasé la mañana en Shwedagon Pagoda.
-How you go? Is far away.
-En un tuk-tuk.
-You talk with monks in Shwedagon Paya? There many many, all holy men. Shwedagon is beautiful and peaceful, ha?

Sí, Shwedagon Pagoda tiene una energía muy especial. No es su antigüedad (algunos le adjudican más de 2500 años), su impresionante tamaño, los techos recubiertos en oro, las imágenes y esculturas de Buda, no es nada de eso. Lo maravilloso es caminar descalza sobre el piso de baldosas inmaculadamente limpio y frío, sentarse sin apuro a la sombra de los templos menores, escuchar los cánticos y el orar de los monjes, el silencio.
El budismo que se practica en Myanmar es el Theravada, distinto al Tibetano o Tántrico de Nepal, Tibet y norte de India al que estoy acostumbrada. Éste parece más austero y riguroso. Hay incontables monjes por todos lados, a veces solos, pero en general en grupo, caminando en fila india, como si fueran un ejército. A la mañana muy temprano se los ve de a cientos, marchando por las calles con sus cuencos negros donde la gente deposita comida. Van siempre descalzos, en silencio y muy serios, envueltos en sus hábitos morado oscuro casi bordó, con uno de los extremos fuertemente ajustado alrededor del cuello hasta el mentón. La sensación que causan es peculiar: inspiran tanto respeto que casi intimidan. Digamos que 'ocupan mucho lugar', que son notorios, aunque formen parte de la vida cotidiana tanto de Yangon como de cualquier aldea remota de Myanmar. Al verlos comprendo la fuertísima impresión que habrán causado en 2007, cuando miles de ellos salieron de sus monasterios para manifestarse contra la inhumana dictadura de los militares, en el gobierno desde un golpe militar en 1962. Los monjes son sagrados y por eso mismo intocables, y su presencia en las calles fue un desafío para la Junta Militar, que en un principio no supo qué hacer. Luego, a pesar de todo, hubo represalias contra ellos, varios fueron asesinados o encarcelados. Fue en una de esas manifestaciones -que comenzó justamente en Shwedagon Pagoda- que los monjes marcharon a la casa donde durante casi 15 años permaneció bajo arresto domiciliario Aung San Suu Kyi, una mujer que por su historia familiar y su impresionante carisma se convirtió en líder de la oposición y ganó -aún estando en prisión- las elecciones de 1990, aunque éstas fueron totalmente ignoradas por los militares, quienes continuaron en el poder.

-Mama, qué piensa de Aung San Suu Kyi?
-Oh, beautiful lady. Poor she, sacrifice life for the people. Nobel Peace Prize she is, you know? Now I am happy because she is not house arrest anymore. She can see her sons, not husband Mr Aris, because he die some years ago.
-Mama, mañana me voy de Yangon.
-Where you going?
-A Bagan.
-Oh, many many holy temples in Bagan. Not coming more to Rangoon?
-Sí, Mama, volveré cuando mi viaje haya terminado, para tomar mi avión.
-I see you María?
-Sí Mama, en unas semanas nos volveremos a ver.
-Nice. Tomorrow for long journey I give apple and bananas.

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