1/10/13

Saturno en Escorpio

Caigo a pedazos. Me desbarranco.
Lonjas de piel como cáscaras de manzana, en el suelo.
Dicen que Saturno en Escorpio tiene la culpa; no sé, yo me hundo hacia lo profundo –raíces verdes, pétalos de rododendros lloviendo sobre mi cabeza, polen como motas de oro acariciándome-, perdida.
Dejo de ser yo, la segura de sí, la tan conocida.
Mi cuerpo ya no cuenta; no mi mirada, no mi estatura, no mis labios heredados de una esclava secreta llegada de Etiopía. Me derrumbo y nada de lo que fue será.
Me miro con mirada de águila desde las alturas del cielo y no me veo. En cambio veo un lecho de río arenoso por el que deambulo. Brilla la luz que llega desde la superficie. Se arremolina, se entrevera con algas y peces rojos y caballitos de mar que me miran.
Ésa que fui no es más. He dejado de existir como creí que era; voy hacia mi destino, fluyo y ¡ah, que placer! me acaricia la corriente.
Así, entregada, respiro bocanadas de sol lejano y agua salada.
Brazos abiertos, burbujas transparentes. Soy pájaro y planeo, soy cruz y nueva, soy otra, navego.

30/6/13

Treinta años

Estabas vestida de hada y me peinabas. Hablabas sola, me deshacías la madeja de mi melena, me hacías peinados imposibles. Yo leía Crimen y Castigo, lo sé porque jamás olvidaré mi tamborilear sobre las tapas de ese libro. Crimen y Castigo sonaba como ningún otro libro y olía a chocolate.
Una cuchara de madera como varita mágica, un vestido mío que arrastrabas por el piso, la boca pintada a la perfección con uno de mis lápices de labios, convertías las tardes en fabulosos cuentos. Tus personajes vivían dentro del ropero de tu cuarto. Lo abrías y todos se desperdigaban por la casa. Subían las escaleras, se metían en la despensa o se escondían en el baño. Vos los buscabas, les hablabas, les dabas lecciones, los retabas y me peinabas.
Esas tardes en el campo eran maravillosas. Después del almuerzo tu hermano se iba al colegio con su delantal blanco y nos quedábamos solas. La chimenea prendida, el silencio del invierno, yo leía recostada en el sofá debajo del ventanal del living. Vos me peinabas con cuidado, me decías: ¿así de despacito está bien, mamá? Yo asentía mientras leía, y de pronto desaparecías con tu cuchara de madera - varita mágica dejándome toda despeinada. Por un rato largo deambulabas por la casa; desde el sofá te oía hablar con tus amigos habitantes de tu ropero. Después volvías, dejabas la varita mágica, y disfrazada de hada -tus labios rojos, un vestido mío arrastrando por el piso-, me peinabas.

22/6/13

SerViajeraFotos: Those eyes



Sus ojos en los míos, mis ojos en sus ojos. No pregunto, no dicen ni una palabra, y sin embargo, con sus miradas, me cuentan sus vidas, sus penas y alegrías, sus sueños.

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8/6/13

SerViajeraFotos: Nómadas


No existe la nada. Ahí donde uno cree que se termina todo, un mundo comienza. Con poco, bien poco, casi nada, los nómadas bereberes viven en tierras resecas, rodeados de montañas de piedras negras y enormes dunas de arena. Atesoran el agua que a pie o en burro buscan en algún pozo lejano, viven en jaimas que arman y desarman en unas horas, se guían por el sol, el viento, y las estrellas. Comen lo justo y necesario, poseen manadas de dromedarios y cabras y hacen del té la más bella de las ceremonias.
(Esta serie de fotos fue tomada durante la filmación de un documental en los confines de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia).

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24/3/13

Cosas mágicas

Hay dos personas en esta Tierra a las que quiero más que a mí misma. Una es un varón a quien yo llamo mi sun en vez de son porque como sea y desde donde sea me ilumina. La otra es una luna perlada en el cielo oscuro. La luna ha viajado conmigo incontables veces; nos hemos reído mucho y nos hemos, también (ella mucho más que yo), padecido. Mi primer viaje a India lo hice con ella-la luna, y ahora que estoy nuevamente aquí la recuerdo más que nunca. Es como si ese viaje hubiera sido hace una eternidad y al mismo tiempo ayer. Las dos hemos cambiado; yo soy una mujer-madre que se encamina hacia la tercera etapa de la vida y ella es una mujer-hija que sólo de vez en cuándo se permite, conmigo y a solas, ser por un rato una niña.

Hace tres días recibí un mensaje suyo. En él me decía que no me olvidara de llevarle esas cosas que tanto le gustan a la luna. Piedras extrañas, maderas lavadas por los ríos, trocitos de corteza de árboles, musgos secos, hojitas de plantas exóticas, agua del sagrado Ganges, fósiles si hubiera. En fin, terminaba el mensaje cortito y conciso, vos sabés, cosas mágicas.

Cosas mágicas; hubiera sido más fácil que me pidiera una pashmina. Pero yo doy la vida por mi sol y mi luna, así que desde hace tres días sólo pienso en hallar maravillas de ésas que tanto ansía la luna.

Y lo que ha sucedido es notable. Buscando eso que la sorprenda y la haga feliz encuentro cosas mágicas en todas partes. No sólo lo que he hallado hurgando durante horas en los bazares y a orillas del Yamuna o el Ganges. Me refiero al aire, a los olores, al viento, a los sonidos, a las campanas de los templos, al graznido de los cuervos, al chillido de los monos, al sol reverberando sobre los palacios carcomidos de Benares, a las pujas encendidas navegando a la deriva por el río, al traqueteo del tren que me adormece, al sabor de la comida, al silencio al que me entrego durante horas, al viajar sin tiempo, al no saber a dónde iré mañana, cuántos días me quedaré aquí, cuántos allá.

Cosas mágicas, todo es magia. Estoy a orillas del Ganges, al norte de Benares, a pocos kilómetros de su nacimiento. En mi primer viaje estuve aquí con la luna. No sé si fue el recuerdo, tal vez no, probablemente no, tal vez sólo la magia; pero esta mañana cuando atravesé el puente sobre el río me puse a llorar y no pude parar. El Ganges corría rápido, limpio y transparente, el viento agitaba las campanas de los templos y los árboles en las montañas relucían un verde nuevo.

Cosas mágicas ma, vos sabés.

El sol y la luna me dicen ma.

20/3/13

La noche en Varanasi

Perdida por el viejo bazar, busco el arco que me lleva hacia la calle principal. A esta hora de la tarde los estrechos galis están tan llenos de gente que es imposible caminar. Los templos están abarrotados, las calles están más sucias que nunca, huele a incienso y a bosta, a basura y agua de rosas. Las mujeres eligen telas para un sari nuevo, compran pulseras y se tatúan las manos con henna; los hombres se afeitan en los sucuchos de los barberos, mascan betel y escupen saliva roja en cualquier lado. Los puestos de chai no dan a basto, tampoco los que venden dulces con sabor a leche. Entre la multitud hay cientos de niños que corretean tras los extranjeros pidiendo monedas, perros famélicos, tullidos y enfermos implorando limosna, enormes toros y vacas, hombres empujando bicicletas cargadas con bultos y mercancías, soldados con enormes y vetustas escopetas al hombro que custodian el Vishwanath Temple. Salgo por el arco a la Main Road y la marea humana que camina hacia el Dasaswamedh Ghat -el mas céntrico e importante- es abrumadora. Me confundo con ellos, voy a la par de un grupo de mujeres con la cabeza rasurada, sadhus con tocados increíbles, hombres desnudos cubiertos enteramente con ceniza. En Dasaswamedh veo el Ganges, respiro. El río fluye gris, lento, al compás de la muerte, que aquí en Varanasi es eterna. La gente espera paciente a que empiece el Ganga Aarti, la fiesta que todos los días se celebra en honor al sagrado Ganges. Se escuchan los primeros cánticos, el graznido de los cuervos, los motores cansados de las lanchas que van y vienen por el río cargados de personas. Desde Manikarnika, el ghat donde continuamente se creman muertos, el humo caracolea hacia el cielo. Oscurece. Ya se ven pujas flotando en río. Pronto Varanasi será una ciudad sin estrellas, medio gris medio azul, iluminada sólo por mil lucecitas que a la deriva y lentamente se lleva el río.

12/3/13

Madrugada en Pushkar

Son las cuatro y veinte de la mañana y me han despertado los gorriones. En la oscuridad de mi habitación, todavía medio dormida, recuerdo momentos de mi vida. El piar de los gorriones era cosa de todos los días. También los zorzales del verano. Viajar tiene esto: vivo todo por primera vez y al mismo tiempo rememoro. Por eso este estado tan particular, este especie de mareo continuo, este estar despierta al límite del sueño, este dormirme y soñar y volver a despertar entregada a tanta cosa que veo huelo escucho en este momento, o no sé si recuerdo.

Pushkar está lleno de gorriones. Aquí cantan desde los huecos de las enredaderas que trepan por el patio de la centenaria haveli donde vivo. Una haveli es una típica casa india, con paredes decoradas con preciosas pinturas, pesadas puertas de madera, enormes aldabas de bronce, patios y recovecos llenos de plantas y sillones-hamacas que cuelgan del techo donde recostarse a hacer nada. Como otras veces en que creí que había encontrado un nido perfecto, ni bien llegué decidí que me quedaría a vivir aquí. Me enamoré del patio, de las escaleritas de hierro que suben a mi cuarto, del candado a modo de cerradura, de los pisos de mármol, de la cama enorme con respaldo de madera, del techo abovedado con desteñidas pinturas de flores, de las frescas rosas granate que desde un viejo florero impregnan el aire con su perfume. Fui feliz, ah, y recordé todos esos lugares mágicos donde creí que me quedaría para siempre. Claro que ya me conozco; sé que éste será uno más: lo devoraré con mi sentidos, lo atesoraré en mi memoria y me iré.

Pero todavía estoy aquí, los gorriones siguen piando y no ha amanecido. Me pregunto cuando escucharé los primeros cánticos de lo templos de la minúscula ciudad. Son más de 400, algunos muy antiguos e impresionantes, otros más nuevos y humildes.

De un azul desteñido, escondido entre montañas bajas y arremolinado sobre un lago sagrado creado por Brahma, Pushkar es un hipnótico pueblo-santuario a donde llegan todos los días cientos de peregrinos hindúes. Una sola calle convertida en interminable bazar es el eje de la ciudad. Por allí circulan peregrinos con taparrabos blancos y enormes turbantes rojos, vacas sagradas, hippies de ojos azules, motos y hermosas mujeres Rajasthanis con espectaculares saris llenos de brillos. Una cuadra más allá, sobre el lago, el mundo cambia. A lo largo de 52 ghats los devotos se bañan, hacen ofrendas, oran, encienden velitas y palitos de incienso. Esto sucede durante todo el día: el agua que baña los ghats refleja los increíbles colores de los saris de las mujeres, la piel oscura de los hombres, los cuerpos magros de los sadhus. A la tarde, cuando el sol dora el agua quieta y los ghats se vacían, comienza el ritual de la música. Entonces a orillas del lago santo resuenan tambores.

Han dejado de piar los gorriones y escucho el zureo de palomas. Suenan lejanas las primeras campanitas de un templo. Son las 6 de la mañana, comienza el día.


2/3/13

Vos que no estás


Cómo me cuesta mi corazón vacío,
no pensar en él, 
él un rostro, él un abrazo, él vos, ése a quien tanto deseo.
Independiente, sola, el mundo en mi mano, pero sin vos no respiro.
Dónde estás boca sobre mi boca, dónde estás beso que quema,
dónde nuestro silencio, nuestra risa, nuestra mirada.
Me duele el cuerpo de no tenerte, me marchito, se me secan las manos; me muero.
Dónde estás que te quiero, dónde piel sobre piel, dónde latido sobre latido.
Piernas enredadas, dedos entrelazados, tu aliento dormido en mi espalda,
no sé quién sos, tampoco te adivino. 
Sin embargo te recuerdo como si estuvieras a mi lado, 
ahora, en este exacto momento. 
Y te ansío.

26/12/12

En bus hacia la tierra de los 3300 templos

La manzana y las dos bananas que me dio la dulce Mama para el long journey, zapatillas en vez de ojotas y buzo y campera porque leí que los buses de Myanmar son como los colombianos: una heladera. La terminal de Yangon es un barrial pero el bus que hace la ruta a Bagan es de una modernidad sin igual. No sólo tiene asientos mullidos y reclinables sino que una azafata con un conjunto de longyi y blusa plateado cuida por el bienestar de lo pasajeros. Cómo me gusta esto, un asiento cómodo, una gran ventana por donde mirar y la expectativa de horas de no hacer nada.
Yangon desaparece y lo que se ve es campo verde y raso, sólo plantaciones de papa y alfalfa, y, cerca de los ríos, parcelas de arroz. Las primeras horas transcurren por la expressway que une Yangon con Mandalay, una carretera de cuatro carriles construida por los militares con peajes cada dos por tres. La expressway está vacía: resulta tan cara que nadie la usa, salvo los buses y los modernos autos, siempre oscuros, de los militares o de la elite -pequeña, pero muy rica- allegada a ellos. La carretera desierta, el saber que gran parte de ella fue construida manualmente por hombres condenados a trabajos forzados, el entorno sin pueblos ni casas, me dan la sensación de que viajo por la ex URSS, o por el país imaginario donde Orwell situó 1984. Es increíble que una carretera pueda impresionarme tanto, pero es así; más adelante, cuando piense en esta desolada cinta gris, en vez de parecerme un símbolo de modernidad, me parecerá el símbolo de un país desde hace décadas oprimido donde en vez de pensar en sus habitantes el gobierno gasta millones de dólares en una expressway que apenas se usa.

Todo cambia cuando nos desviamos en Meiktila hacia Bagan. El camino se estrecha, aparecen casas de madera sombreadas por árboles de flores rojas y enhiestas palmeras. En el campo trabajan a mano hombres y mujeres; veo carros tirados por enormes cebúes blancos, niños volviendo de la escuela. Ahora voy con la frente pegada al vidrio, fascinada. A la altura de un aldea muy humilde quedamos detenidos. En medio de la ruta se contorsiona un toro negro hecho de tela mientras 5 chicos y chicas tocan los platillos. Plim plim plim, y el toro negro (un chico subido sobre los hombros de otro, uno más simulando ser el lomo y las patas bajo el disfraz) baila que te baila. Cinco minutos después varios de ellos suben al bus a pedir monedas por la función. Mingala-ba, kiats? 
En el paisaje empiezan a aparecer templos. Lejos en un maizal, a orillas de un arroyo, al costado de un pueblo, en medio de los surcos abiertos. Son distintos a los templos dorados de Yangon, éstos están construidos con ladrillos y algunos tienen el techo redondeado pintado de blanco. La sensación es que la ciudad ha quedado lejos, que estoy en otro Myanmar. Durante la última parada antes de llegar a Bagan descubro algo que será el mayor de los manjares durante mis futuros viajes en bus: las enormes patas y muslos de pollo asado que las mujeres venden alrededor de los micros. El pollo está tibio, recién salido del horno y su carne es tan dura que parece de vaca. Lo como con las manos a la vera del camino mientras mis compañeros de viaje comen los sempiternos noodles. Durante el resto del trayecto la gente que viene desde Yangon comienza a bajar y suben campesinos. Con sus longyis gastados, muchos descalzos, acarrean bultos y herramientas para labrar la tierra. También suben maestras que acaban de terminar su trabajo, preciosas con sus uniformes verdiblancos.
Después de 7 horas de viaje, cuando ya el cielo está oscurecido, llegamos a la terminal de Nyaung U, el pueblito más importante de la gran zona que ocupa la antigua Bagan. Recuerdo esto: me bajé del bus y olí el perfume de una flor desconocida. Se escuchaba la tenue brisa entre las ramas de unos altísimos árboles que después supe eran tamarindos, se escuchaban grillos y el sonido precioso del rodar de las bicicletas. Hacía calor, un calor seco, tan distinto al de Yangon. Se me acercó el conductor de un rickshaw muy pequeñito, le dije que iría caminando hasta mi guest house y se rió. ¿Es lejos? le pregunté yo. Twenty minutes contestó. Así que me senté en la sillita de su rickshaw, el hombre ató mi mochila atrás de su asiento y partimos. En la noche silenciosa y perfumada escuchaba su respiración y el chirrido que hacía su vieja bicicleta.
Me dije, esto me va a gustar tanto que me voy a quedar aquí quién sabe hasta cuándo. Y así fue, me quedé mucho tiempo en Bagan.

21/11/12

Shwedagon Paya, Mama y Aung San Suu Kyi

Deambulo por Yangon desde hace tres días y ya sé que hay cosas que serán una constante mientras esté en Myanmar: el día empezará antes de las 6 de la mañana y acabará a las 6 de la tarde, me servirán fried noodles para el desayuno, será difícil comunicarme con la gente porque casi nadie habla inglés, no podré saber dónde estoy porque todas las indicaciones (de lo que sea) están escritas sólo en birmano. A esto hay que sumarle que internet funciona poco y nada, que nadie me cambiará algunos de los dólares que traje porque tienen una leve marca o doblez o están invisiblemente gastados, que el almuerzo y cena estarán eternamente basados en tamin (arroz) hervido y me dejarán siempre un decepcionante sabor a poco. En Myanmar no existe el pan o algo que lo reemplace (como el chapati y el naan indios) y el chocolate -que tanta felicidad me produce- no es fácil de conseguir. Tampoco es fácil compartir experiencias e información con otros viajeros, simplemente porque hay muy pocos (y mucho menos viajando en solitario); esto hace que recuerde constantemente que mientras Tailandia recibe 14 millones de turistas al año, Myanmar sólo recibe 300 mil. Aunque no tomo esto muy en cuenta, ya que cuando viajo puedo permanecer días en silencio, reconozco que es precioso tenerla a Mama, con quien charlo, intentando entender su rudimentario inglés, mientras tomo el café instantáneo de la mañana y antes de irme a la cama. You María what you do today, where you go today. 

-Hace tanto calor Mama, en su Rangoon parece que llovieran gotas de sol. Hoy pasé la mañana en Shwedagon Pagoda.
-How you go? Is far away.
-En un tuk-tuk.
-You talk with monks in Shwedagon Paya? There many many, all holy men. Shwedagon is beautiful and peaceful, ha?

Sí, Shwedagon Pagoda tiene una energía muy especial. No es su antigüedad (algunos le adjudican más de 2500 años), su impresionante tamaño, los techos recubiertos en oro, las imágenes y esculturas de Buda, no es nada de eso. Lo maravilloso es caminar descalza sobre el piso de baldosas inmaculadamente limpio y frío, sentarse sin apuro a la sombra de los templos menores, escuchar los cánticos y el orar de los monjes, el silencio.
El budismo que se practica en Myanmar es el Theravada, distinto al Tibetano o Tántrico de Nepal, Tibet y norte de India al que estoy acostumbrada. Éste parece más austero y riguroso. Hay incontables monjes por todos lados, a veces solos, pero en general en grupo, caminando en fila india, como si fueran un ejército. A la mañana muy temprano se los ve de a cientos, marchando por las calles con sus cuencos negros donde la gente deposita comida. Van siempre descalzos, en silencio y muy serios, envueltos en sus hábitos morado oscuro casi bordó, con uno de los extremos fuertemente ajustado alrededor del cuello hasta el mentón. La sensación que causan es peculiar: inspiran tanto respeto que casi intimidan. Digamos que 'ocupan mucho lugar', que son notorios, aunque formen parte de la vida cotidiana tanto de Yangon como de cualquier aldea remota de Myanmar. Al verlos comprendo la fuertísima impresión que habrán causado en 2007, cuando miles de ellos salieron de sus monasterios para manifestarse contra la inhumana dictadura de los militares, en el gobierno desde un golpe militar en 1962. Los monjes son sagrados y por eso mismo intocables, y su presencia en las calles fue un desafío para la Junta Militar, que en un principio no supo qué hacer. Luego, a pesar de todo, hubo represalias contra ellos, varios fueron asesinados o encarcelados. Fue en una de esas manifestaciones -que comenzó justamente en Shwedagon Pagoda- que los monjes marcharon a la casa donde durante casi 15 años permaneció bajo arresto domiciliario Aung San Suu Kyi, una mujer que por su historia familiar y su impresionante carisma se convirtió en líder de la oposición y ganó -aún estando en prisión- las elecciones de 1990, aunque éstas fueron totalmente ignoradas por los militares, quienes continuaron en el poder.

-Mama, qué piensa de Aung San Suu Kyi?
-Oh, beautiful lady. Poor she, sacrifice life for the people. Nobel Peace Prize she is, you know? Now I am happy because she is not house arrest anymore. She can see her sons, not husband Mr Aris, because he die some years ago.
-Mama, mañana me voy de Yangon.
-Where you going?
-A Bagan.
-Oh, many many holy temples in Bagan. Not coming more to Rangoon?
-Sí, Mama, volveré cuando mi viaje haya terminado, para tomar mi avión.
-I see you María?
-Sí Mama, en unas semanas nos volveremos a ver.
-Nice. Tomorrow for long journey I give apple and bananas.

18/11/12

Myanmar: Mingala-ba Rangoon

Me desenredo de las sábanas, abro los ojos, una luz lechosa se filtra a través de la ventanita de mi habitación. Es de día, pienso. Miro mi reloj: todavía no son las seis. Me lavo la cara, me visto, evito el precario ascensor de la guest house donde me hospedo y bajo por las escaleras. En el minúsculo comedor huele a fried noodles y a bananas. Las cuatro mesas están ocupadas, así que me siento a esperar en la salita donde está la televisión. Una señora mayor envuelta en un precioso longyi y con un tradicional tocado de flores blancas en su pelo negro se me acerca y me da una taza con agua caliente y un sobrecito de café instantáneo. La saludo con un mingala-ba (buenos días, la única palabra que sé decir en birmano) y ella, sus ojos desaparecidos bajo los pliegues de sus párpados, sonríe y me dice todo junto mingala-ba-good morning. En un inglés muy básico me pide que la llame Mama y me aclara es la abuela de la casa. Mama se sienta a mi lado, me mira con curiosidad y me pregunta cómo es viajar sola. A mí me gusta, le digo, si estuviera acompañada seguramente no estaríamos conversando. Y cómo es vivir en Yangon, le pregunto yo. Nací aquí, en Rangoon, me dice, vi muchas cosas y siempre fue difícil. Y ahora, ¿es mejor? vuelvo a preguntar, sabiendo que en Myanmar la mayor parte de la gente es reacia a responder preguntas que tengan que ver con la situación política del país. Es lo mismo, contesta en voz baja. Ahora nos dicen que vivimos en democracia porque hubo elecciones, pero nada ha cambiado, los generales siguen estando aquí. Mama vuelve a sonreír, me palmea suavemente la rodilla y me pregunta: You no husband? Children? Want noodles?

El calor es pegajoso, el aire, como empapado, moja mi ropa y mi piel. Además de la vida, tantas cosas suceden al mismo tiempo cuando uno viaja. Ahora, en la calle, soy consciente de la tremenda adrenalina que me genera el primer encuentro con personas de una cultura desconocida. No sé cómo me mirarán, si seré bienvenida o los incomodaré, si me observarán o pasaré desapercibida, si querrán hablarme o me evitarán, qué me dirán cuando les pregunte si puedo sacarles una foto.
Yangon recién amanecido ya es un hervidero de gente. Los light trucks y los tuk-tuk van colmados, los puestos ambulantes estrechan las calles, las mesas de los cafés están todas ocupadas. La actividad es intensa, sin embargo se percibe una extraña tranquilidad, un 'no apuro', como si la vida fluyera a un ritmo de otro tiempo. ¿Cuánto leí sobre Myanmar antes de viajar? Lo que pude, lo suficiente para desear estar acá. A media cuadra de mi guest house veo una vendedora de sandías con grandes rectángulos blancuzcos pintados en ambas mejillas. En un primer momento pienso que será una costumbre de una etnia en particular, con el correr de los días descubriré que casi todas las mujeres de Myanmar, adultas o niñas, untan su rostro con thanaka, una pasta hecha con la corteza de un árbol que sirve como protector solar y exótico make-up. Qué felicidad no saber nada, me digo, nada de nada a pesar de lo que leí, un paso y otro paso y sorprenderme, tener un mundo nuevo por descubrir.
Disparo con mi cámara queriendo captar lo tangible e intangible, lo que se ve y lo invisible. Me pierdo en la zona del mercado y no puedo creer dónde me he sumergido. Nada, no sé nada. Ni el nombre de las verduras ni el de los pescados, ni el del guiso que se cuece en grandes cacerolas de aluminio, ni el de las plantas que parecen raras algas, ni el de unos ¿moluscos? que se venden vivos. No sé en qué idioma habla la gente, no entiendo lo que dice. Nadie habla en inglés, los letreros están escritos en el redondeado alfabeto birmano, sin traducción. Los hombres mascan betel, la boca como una cueva oscura, los dientes teñidos de rojo sangre. Las mujeres, con longyis y blusas de colores, sonríen con el rostro embadurnado con thanaka y los ojos rasgados. Casi todas: no sonríen las musulmanas, cubiertas con sus tradicionales velos oscuros. Entre la mezcla de gente distingo también algunas mujeres con un bindi rojo en la frente. Son hindúes descendientes de inmigrantes llegados de la India hace décadas, cuando Myanmar se llamaba Birmania y era colonia británica; ésas tampoco sonríen, miran con ese mirar diáfano que casi da pudor porque deja al descubierto su alma. La calle por donde ando perdida bordea el mercado, una gran galpón de madera construido por los ingleses hace más de 100 años. Dentro, los vendedores son todos hombres. Casi en penumbras, iluminados por unas pocas bombitas que cuelgan desnudas desde lo alto del techo, los carniceros trozan carne y los polleros degüellan gallinas. La mayoría de los vendedores me saluda respetuosamente; algunos intentan decir unas palabras en inglés. What country? Ar-gen-ti-na... Far away your country? You budhist or muslim? Un hombre de unos 70 años, vestido a la occidental y dueño de un puesto de especias, me detiene y comienza a hablar, orgulloso de su buen inglés. Me cuenta que su familia llegó a Myanmar cuando él era niño desde Madras. No recuerda nada de la India, sólo el largo viaje en barco a través de la Bahía de Bengala. Cuénteme cómo era el barco. Oh, it was a big ship with white sails...
Cuando salgo del mercado miro por primera vez al cielo. Estoy a sólo tres cuadras de Sule Pagoda, el gran templo budista de techos dorados considerado centro neurálgico de la ciudad y los edificios que me rodean se caen a pedazos. Veo ruinosas casonas inglesas, deterioradas construcciones de la época socialista, mezquitas, una iglesia metodista, una sinagoga. Pienso: El 90 % de los 60 millones de habitantes de Myanmar practica el budismo, el 10 % restante esta compuesto por musulmanes, animistas y cristianos. El país tiene más de 100 etnias. Es uno de los países más pobres del mundo, sin embargo cuenta con extraordinarios recursos naturales. Un 1,5 % del PBI se destina a educación y salud. Cerca de la mitad del PBI se destina a las fuerzas armadas. Myanmar cuenta con 500.000 militares. También, aproximadamente, con la misma cantidad de monjes budistas. Datos, tengo un montón de datos, pero no sé nada. Son recién las 11 de la mañana, en un humilde y diminuto local atendido por indios me tomo un lassi tibio y me digo que si no me muero con esto no me muero con nada. Después voy hasta la entrada de Sule Pagoda, me acerco a la jaula donde un hombre tiene encerrados cientos de pajaritos, elijo uno, pago unos míseros kyats y el pajarito vuela libre otra vez, confundido al principio, pero embriagado en seguida con tanto cielo.

Los datos sobre estadísticas los extraje de UNICEF, BBC, Lonely Planet y Rough Guide.

15/11/12

Un lenguaje nuevo para Myanmar

Durante el tiempo que estuve en Myanmar estuve desaparecida de mí. Fue algo paulatino, o quizá sucedió ni bien aterricé en Yangon e inconscientemente hice como que no pasaba nada. Lo cierto es que cuando quise encontrarme -creo que fue en Bagan- ya estaba muy lejos de mí, totalmente perdida. Fue por eso (lo sé ahora que ha pasado casi un mes desde que regresé) que durante los 25 días que viajé por la ex Birmania no pude escribir nada. Al principio lo intenté; fiel a mi estilo, recién cenada y bañada, ya guardada en mi habitación, armaba mi escritorio sobre mi cama. Entonces me proponía darle forma a las palabras y frases sueltas que había escrito en mi cuaderno durante el día. El esfuerzo era infructuoso, no sólo no me gustaba lo que escribía sino que no sabía qué ni cómo tenía que escribir. Yo no estoy más aquí, pensaba, todos los viajes son diferentes, pero éste me tiene hechizada. Así viajé de un lado a otro, con la sensación de que me iba abarrotando de sensaciones, anécdotas, voces e ideas, sin que yo, perdida, pudiera contarlas.
Durante el día estaba ocupada en devorar lo que veía; a las 6 de la tarde, cuando oscurecía, me opacaba y sentía el peso de mi ausencia. Esa sublime urgencia que me hace dejar todo para escribir y que me lleva a otra dimensión me había abandonado, y me preguntaba qué era ese estar callada sin hacer nada. Me entregué, no podía hacer otra cosa. En vez de escribir, metida en la cama y con la luz apagada, escuchaba los cánticos que, a veces durante toda la noche, resuenan en los pueblos desde los monasterios budistas. También escuchaba el croar de las ranas, el piar de unos pájaros nocturnos desconocidos muy parecidos a las golondrinas. Y pensaba en que no estaba pensando en nada.
Ahora empiezo a entender que Myanmar no tuvo nada que ver con mi desdoblamiento, con ese perderme y no encontrarme. Más bien creo que coincidió con el desmoronamiento de ciertas estructuras que ya no me interesan, con un contar que ya no me llena, con un mirar que quiere ampliarse para ver más en profundidad. Y es lógico: cuando se derrumba todo, hasta que se empieza a construir, no hay nada. El vacío me pasó estando de viaje. O, mejor dicho, el momento culminante de un largo proceso de cambio fue durante mi viaje a Myanmar.
Aclarado esto (sé que soy yo la que más necesita esta aclaración y es posiblemente prescindible para el que me lea), con un alivio tremendo y con el entusiasmo de estar frente a algo totalmente nuevo y por ende desconocido, voy a contar, paso a paso, mi extraordinario viaje a Myanmar.

19/10/12

SerViajeraFotos: Inle Lake, Myanmar

Llegué a Nyaungshwe -principal pueblo de Inle Lake- en bus desde Hsipaw, en un viaje-pesadilla de 15 horas donde creí que moriría congelada por al exceso de aire acondicionado (símbolo de modernidad en Myanmar) y quedaría sorda y tonta por el altísimo volumen de la televisión. Después de darme una ducha en mi guest house me metí en la cama. Pero a las dos horas ya estaba tomando el desayuno y apurándome hacia el mercado, ya que ese día tocaba en Nyaungshwe el Five Day Market, un mercado rotativo entre los pueblos del lago. Inle está en Shan State y congrega etnias Intha, Pa-O y Taung Yo, que conservan sus costumbres, sus dialectos y preciosas vestimentas. Aquí todo es una fiesta para los ojos: los mercados, las aldeas sobre palafitos, las huertas flotantes, el cielo reflejado en el agua, el ir y venir de las barcas, los viejos monasterios budistas de madera y bambú en medio del lago. Pero lo más sugestivo de Inle es, sin duda, sus pescadores. Sobre canoas muy chatas e inestables, de pie y haciendo equilibrio en uno de sus extremos, guían sus embarcaciones empujando un solo remo con una pierna, mientras lanzan sus redes al agua. Un sistema ancestral, único en el mundo, de una belleza hipnótica, sin igual.

Hacé click sobre la imagen para acceder a la galería de fotos.

17/10/12

SerViajeraFotos: Myanmar: Pankam y el olor del té

Pankam es la más grande de las 11 aldeas que rodean a Hsipaw, en el Shan State, al este de Myanmar. Llegué allí caminando durante 6 horas cuesta arriba con un guía, Sai Naung, y nos alojamos en una casa de familia. A las 6 de la tarde, ya de noche y una vez que hubiéramos cenado, 'Mr Uncle', el jefe de la familia, avisó a Sai Naung que en una casa vecina estaban procesando té recién recolectado. Allá fuimos. Lo que presencié me hizo pensar que el corazón se me saldría por la boca: ¿Cómo fotografiar lo que veía? En una habitación apenas iluminada por una bombita y por la luz roja que emanaba un gran horno a leña, trabajaba un grupo de hombres y mujeres alrededor de una mesa de bambú. Transpirados y agotados, sólo descansaban durante los 10 minutos en que el té fresco es ablandado mediante el vapor de agua. Pasado ese tiempo, el té es arrojado sobre la mesa y comienza el trabajo de romper las hojas con las manos, mediante una especie de "amasado" grupal que debe hacerse rápido, mientras las hojas están calientes. Una vez convertido en hebras, el té va a parar a enormes canastos. La operación se repite durante horas, hasta que todas las hojas recolectadas han sido procesadas. Luego, durante dos o tres días, sobre grandes esteras, las hebras se secarán al sol. El té que se produce en la zona de Pankam es el Black tea, el de mayor calidad de Myanmar.

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16/10/12

SerViajeraFotos: En Hsipaw, Myanmar

Hsipaw es una pequeña ciudad del gran Estado de Shan, al este de Myanmar. Llegué allí en el viejo tren que va de Mandalay a Lashio y me encontré con un Myanmar diferente. Los shan se sienten orgullosos de su etnia (algunos ni siquiera se consideran birmanos), tienen su propio dialecto, una particular manera de comer y de vivir. En Hsipaw vagué por sus calles de tierra salpicadas de viejas casas y monasterios de bambú y teka, y un día -junto al guía Sai Naoung- me fui a Pankam, la más grande de las 11 aldeas emplazadas en lo alto de las montañas que rodean el valle donde está Hsipaw. Caminé 6 horas cuesta arriba y pasé la noche en la casa de una familia. Fue de las experiencias más fuertes e inolvidables de lo que va de mi viaje por Myanmar.

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